Relato Histórico - Fragmento 1 , por Alejandro Francisco Álvarez

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Relato Histórico – Fragmento 1 , por Alejandro Francisco Álvarez

RELATO HISTÓRICO

 

HISTORIA, VERDAD


Y COMPROMISO

 Fragmento I

 

 Por Alejandro Francisco Álvarez

 

 

 

 

Juan D. Perón, Isabel Martínez de Perón,

Fabio Bellomo y Alejandro Álvarez

 Navidad de 1967, Madrid.

 


Primera parte


JUAN DOMINGO PERON

 

 CAPITULO I      EL PERONISMO

 

No pocas veces, personas ajenas al Movimiento Peronista, e incluso algunos compañeros, me han preguntado por qué o cómo me hice, yo, peronista. Pienso que ésto tuvo que ver con la historia vital de uno, no con la política. Gatica decía (y Leonardo Favio le hace decir en la película): “Yo nunca me metí en política; yo soy peronista”. Bueno, es éso, la historia vital de cada uno, lo que yo soy o no soy, que tiene que ver con los demás, con los otros, no con los partidos políticos. Los partidos desarrollan con el tiempo un tipo de conciencia distinto de la percepción que tiene la gente.

 La familia es la comunidad en gestación; luego, en la comunidad propiamente dicha, se desarrolla un proceso a partir del cual aparece la política, y con el tiempo, como lo estamos viendo y sufriendo hoy, no sólo en la Argentina sino en todo el mundo, la política degenera: en lugar de servir a la comunidad -una de sus funciones- termina siendo expropiada por unos pocos, cada vez más pocos, que la ponen al exclusivo servicio de sus intereses (porque se trata, como la historia lo viene demostrando hoy y lo ha demostrado en otras épocas, de un proceso de cada vez mayor exclusión).

 En 1955 yo tenía 19 años. A los 18 me había afiliado al Partido Peronista. En esa actitud se conjugaron los tropismos propios de esa edad, que para mí fue un período político preconciente. Para la gran mayoría de la gente el peronismo era por entonces, y para mí lo sigue siendo, la posibilidad de la alegría y no sólo las llamadas conquistas sociales. Era un vivir el hoy. Lo otro, lo que podríamos llamar por entonces “la política”, estaba en el orden gremial, porque el Partido Peronista, femenino o masculino, jamás tuvo vida. El peronismo era lo que estaba en el corazón, era la Nación, aún con sus virtudes, vicios y defectos. Cada uno podía afirmar o negar a partir de la conciencia común de una existencia. Y entonces, por ésto mismo, el peronismo era el portador de un cuestionamiento constante.

 

Qué fue el peronismo

 

Para los que lo veían desde fuera, el peronismo era un cascarudo impenetrable. Porque ser peronista, o hacerse peronista, implicaba cambiar, dejar de pensar que la Argentina no puede ser (como hizo aquí la que podríamos denominar “contracultura”, esa visión oligárquica del mundo) para ver y comprobar que la Argentina es. Que se trata de un ser sin mediación, un ser ahí, independiente de la reflexión.

 

Hemos heredado, como fondo cultural, esa preexistencia del ser Nación y del ser anti-Nación. La conciencia de ser Nación es equivalente a la conciencia de ser católico, y aún a la de ser de Ríver o de Boca… ¿Quiénes son entonces, en nuestras tierras, los autores de la confusión? Los liberales. Ellos difunden a lo largo de nuestra historia, aún desde antes de Rivadavia, y hasta hoy, la tesis de que los argentinos no estamos en condiciones de ser libres.

 

Los orígenes de lo antinacional arrancan con la cultura borbónica, que es de hechura inconfundiblemente británica. El problema de Inglaterra siempre fue la Europa unida. Entonces sus políticas siempre se orientaron a la división, a disolver la Cristiandad, contando primero con la propia habilidad y después con la estupidez de los oponentes, a las que se sumó también la difusión

contracultural: esos son los fundamentos del poder británico. Los Borbones tomaron parte activa en las filas de la estupidez, en España y también en Portugal, donde sostuvieron a los Braganza1 , y aquí perpetraron la expulsión de los jesuitas, que rompió la columna vertebral del continente americano, consumando su obra de exterminio el marqués de Pombal2 , con la creación de las intendencias y la extensión de “las luces” por comarcas americanas. Es desde entonces que unos asumen y otros rechazan; después eso deviene en Nación y anti-Nación.

 

 

 

1 Casa de familia real portuguesa que reinó en Portugal de 1640 a 1910 y en Brasil, de 1822 a 1889.

2 Sebastiao José de Carvalho e Melo, Marqués de Pombal (1699-1782). En 1755 fue nombrado Primer Ministro por

José I. Durante el reinado de éste, dirigió el país siguiendo los postulados del despotismo ilustrado.

 

 

Tomar posición hoy en una pugna entre Nación y anti-Nación es una actitud trivial, un infantilismo político. Porque es algo que ya pasó. En este tiempo que vivimos se toma partido por la cultura o a favor de la contracultura. Esto no significa dejar la historia de lado, que hasta sería suicida en orden a aprehender las constantes de nuestra propia identidad: por un lado los Rivadavia, Sarmiento, Alvear, Menem, orientados por el liberalismo (ideología cardinal de la contracultura); por el otro San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón, movidos por la búsqueda de la verdad (búsqueda siempre de la verdadera cultura) que en el pueblo es algo natural.

 

¿Dónde anida la diferencia esencial entre cultura y contracultura? En el hecho de que la potestad oligárquica fundamental es la capacidad de abstracción, pero como conquista secreta3 , en tanto que los pueblos viven en un magma primordial, el del eterno retorno, y crecen en ese magma, que es indestructible, con una enorme capacidad de adaptación a los cambios que se suceden, sobre todo en la superficie de las cosas. Por tanto, no se puede tratar el problema de la Nación si no se plantea éste, el problema cultural de fondo.

 

Siempre existe ese eterno retorno en el pueblo, y puede persistir por siglos, porque constituye la cultura fundamental del hombre y se auto sostiene. La abstracción, en cambio, se despliega. Hay un intercambio constante entre ambos términos, que se hizo dual sólo en Occidente. Porque en Occidente lo permanente ha sido la herejía dualista, que tuvo sus orígenes conocidos entre los dravídicos del sur de la India; de ellos pasó a Grecia y de ésta saltó a la modernidad europea, influyendo más de lo que parece en su cultura. Su portador básico es el gnosticismo. Durante el interregno entre la Grecia clásica y la modernidad, también las herejías cristianas fueron todas dualistas, y lo siguen siendo. Nuestra cultura es portadora de este conflicto –dualismo vs. monismo-, que también arrastramos.

 

Los dualistas han hecho que Occidente niegue al Espíritu en los hechos. Como los fenicios, creen que existen dos espíritus contrapuestos, pero con el mismo poder -el Mal y el Bien-, y han dado pie a la aparición de verdaderos servidores del mal que, conciente o inconcientemente, impugnan la existencia del Espíritu. La única conciencia verdaderamente espiritual es, en Occidente,

la conciencia cristiana. ¿Qué dice el cristiano? Que el Espíritu no puede ser malo, que no hay “malos espíritus”, que en todo caso el Mal es la degradación o la directa negación del Bien4 .

 

Hemos dicho que sólo en el orden de la cultura existe una búsqueda de la verdad. Pero para tener una verdad del mundo, el hombre ahora debe ser protegido. Individualmente no puede llegar, no se puede reunir con ella, sometido como está al círculo vicioso de las contradicciones que hemos apuntado. Es preciso un paraguas previo: olvidar toda esta construcción babélica e inútil; redescubrir que sólo existe el magma inalterable e inextinguible, y reiniciar el conjunto del proceso. Todo proceso histórico se apoya en ese magma primordial constante, o no existe.

 

¿Qué pasa hoy? Que, por un lado, el magma está vacante, y por el otro, los seres humanos se consumen y se destruyen. Sería necesario un estudio profundo de este fenómeno. Siempre, por lo menos en la historia de Occidente, existió esa separación, que alentaron los fariseos de todos los tiempos. La oligarquía no ha sido aquí un fenómeno transitorio, sino una constante, con pequeños períodos intermedios de retorno a la verdad que luego han vuelto a oligarquizarse. Porque la oligarquía (el espíritu oligárquico, decía Evita) es un correlato de la soberbia. Entonces, el estudio del que hablábamos tendría que partir de ciertas preguntas indispensables: ¿Cómo nace la soberbia? ¿Qué significa en la práctica? Se trata de descubrir una dinámica que dé razón de ésto, sobre todo de la soberbia de la inteligencia, que causa la pérdida de las raíces.

 

La soberbia no es sólo un pecado. Es también una enfermedad, como el SIDA. Y hasta puede decirse que el SIDA es una perífrasis de esta enfermedad. Como la soberbia, el SIDA convierte a las autodefensas en enemigos. Las autodefensas que salvan al hombre, al ser atacadas por  esta enfermedad, lo destruyen. En el orden de la cultura ocurre lo mismo: lo que antes aclaraba, ahora confunde. No es un proceso facultativo, es totalmente inconsciente. El resultado es que estos enfermos hacen todo para mal, que lo que hacen no puede ser bueno. Quieren agarrar un vaso y agarran un cenicero. Entonces estos hombres pasan a desconfiar de la realidad.

 

 

3 Semejante en ésto al manejo del dinero.

4 La confusión, por ejemplo, en sus distintos grados.

 

 

Cuando tales hombres desconfían de la realidad comienzan a experimentar extrañas consecuencias. Inventan el “realismo”, que recrea la realidad en razón de aquella desconfianza y, por ejemplo, sobrecargan a la economía de controles y mediciones para terminar no controlando nada, o llevan la virtud a tal extremo que ésta se convierte en vicio. El hombre (un individuo, un número, en este ordenamiento gestado por la enfermedad) queda así aislado, alienado. Obviamente, nada de ésto ocurre entre la gente, porque el que tiene que vivir no puede ser soberbio. Es en medio de la gente que alienta el Espíritu.

 

El Espíritu es como el árbol: más desarrollada tiene la copa cuanto más desarrolladas están sus raíces. El Espíritu, que obra donde quiere, está en dos lugares, y en un tercero: en el logos constante de la humanidad; en el mitoi-logoi o lenguaje simbólico poético, y en el Logos con mayúscula5 .

No se puede ya hablar de Nación/anti-Nación si no se tiene en cuenta todo ésto. Si ésto no se comprende, la Nación sólo es concebible como Estado (aquí puede decirse que también los nacionalistas fueron siempre proclives a enfermarse), y cuando se lo comprende se descubre que la incompatibilidad ya es otra: cultura vs. contracultura.

 

En Europa los Estados fundaron las Naciones. En la Argentina, el Estado no creó la Nación ni fue creado por ella: siempre fue su enemigo, siempre procuró desmantelarla. Perón cayó en 1955 por obra de ese Estado, encarnado en la burocracia militar.

 

¿Por qué los marinos siempre fueron enemigos?, nos hemos preguntado infinidad de veces. Y aquí haría falta volver a un viejo tema, el de la guerra interna entre el ejército y la marina, dentro de la burocracia militar. Pero recordarlo serviría también para no caer nunca más en la vieja trampa que arrastró a muchos dirigentes peronistas a confiar en el ejército. Porque el ejército ha sido el enemigo verdadero de la Nación: basta recapitular los apellidos de la Caballería6 . La marina, en cambio, trabajó con la Unión Cívica Radical: ambos constituyeron el estamento rector de esa clase media donde todo es mediocre. Sin embargo, no basta esta descripción para inteligir la interna de la burocracia militar, porque en su interior -no lo olvidemos- siempre operaron, también, las logias. En el anverso de lo que personificaron estos gorilas, como los llamó nuestro pueblo, estaban Perón y Eva Perón.

 

La función cumplida por Perón y Eva Perón

 

La función de Perón y Eva Perón fue, en parte, la de ser el Sol de las muchedumbres de entonces. En realidad, si ponemos la lupa y miramos, reflejaban la luz y el calor del Sol y, en ese sentido, ejercieron una verdadera pontificación.

 

En un minuto de la historia aparece algo no previsto, que gesta el espíritu de una época. Este espíritu, que se niega a morir, transita por una diversidad de formas, que va adoptando en cada momento de su devenir. Hacia el final de su vigencia sobreviene una transfiguración. Por ésto sostengo, basándome en el criterio de realidad del magma, estable y a la vez en constante movimiento, que hoy el Movimiento Nacional tiene que asumir una nueva forma.

 

            La aparición de Perón no informa únicamente su propio período: cambia también el pasado y el futuro, extiende sus ramas y también sus raíces. Como ha ocurrido en otros momentos históricos, cuanto más pasa el tiempo más se recuerdan estas personalidades luminosas. ¿Cómo las recuerdan los pueblos? Como lo acabamos de señalar: transformando el presente en una cosa nueva.

 

 

5 Logos: palabra proferida y  racional. 

6 Club San Jorge – Círculo  San Jorge.

 

 

 

Es que todo hombre tiene una estirpe, aunque en estos tiempos la ignore en medio de la niebla que difunde la contracultura, aunque no lo sepa. Existe un “recuerdo genético”, presente en todo lo que hace, que paradójicamente es el que permite operar los cambios verdaderos.

 

Perón y Eva Perón, más el pueblo, conformaron un complejo de funciones. Si en lo institucional reinventaron la Plaza de Mayo, como categoría general todo dependió de una ecuación insoslayable: Perón trabajó la masa y la convirtió en pueblo; el pueblo convirtió al “caudillo” al que adhería, no ya por conveniencia sino por verdadero amor, en conductor. El complejo funcional no hubiese sido posible si Perón -como han hecho tantos a lo largo de la historia- se hubiese quedado en caudillo, sirviéndose de las muchedumbres en el estado de masa en que las encontró, para poder manipularlas como escudo de sus intereses personales y de los del grupo de alcahuetes de que se rodean estos personajes en su intimidad. La masa es siempre masa germinal, tierra fértil en la que cualquier cosa es posible. El pueblo es pueblo en la medida que asume su misión histórica, y éso fue lo que logró Perón.

 

Pero, además de ese trabajo de conducción, de por sí monumental, Perón fue el primer teórico de la conducción. Además de ejercerla como acción, de actuarla como “novela”, la dejó anotada para enseñanza de otros en infinidad de libros, escritos, discursos, conversaciones, filmaciones, grabaciones y correspondencia. ¿Por qué esta enseñanza no se internacionalizó? Porque es imposible que llegue a los hombres si no son otros hombres, si la contracultura infla constantemente el individualismo para mantener a las muchedumbres en estado numérico, estadístico, de mera masa.

 

Existen distintos conceptos del poder. Para la contracultura consiste en mandar (dictar, imponer, decretar, prescribir, conminar, intimar a los demás): los individuos deben ser obligados a hacer o no hacer, quieran o no quieran, utilizando los medios de manipulación más brutales… o más sutiles. Para Perón, en cambio, el poder es una construcción sinfónica de personas convencidas de encarnar una misión en la historia, que se ejercita mediante la persuasión.

 

Para poder convencer hay que reconocer al otro, estar dispuesto a entregarse a él. La esencia de la contracutura es precisamente lo contrario, porque concibe al otro como “el enemigo” (como decía Sartre7, el infierno son los demás”). Perón veía siempre en el otro a un potencial amigo y aliado. Él mismo decía que la conducción es un oficio (en su aspecto técnico), pero también un arte, y que es preciso ser un determinado tipo de hombre (“tener el óleo sagrado de Samuel”) para ejercerla. Ese oficio y ese arte -añadía- también se pueden adquirir por medio del trabajo. Y es por éso que hace un “manual” de conducción para todos. Desgraciadamente, en nuestros días no son muchos -diría que son escasísimos- los hombres dispuestos a entregar-se… Y en ésto consiste el principal problema a que hoy se ven enfrentadas todas las dirigencias.

 

El molde histórico de Perón es Jesús. Para Perón lo que define la conducción es el amor: insistía siempre en que “no se puede conducir lo que no se ama”. Y esto es chino, resulta incomprensible, está vedado a los egoístas, a los que no aman, a los que resuelven todo por el enfrentamiento o la exclusión, a los que odian al prójimo, a los que prefieren mandar. La conducción se remite constantemente a valores universales; es un hecho real, no un valor ideológico. Para decirlo sintéticamente, la conducción es una relación amorosa, de diálogo, de no confrontación. No es entonces una relación agónica, sino mayéutica.

 

7 Sartre, Jean Paul. Analista y autor dramático: su producción más destacada la constituyen: “La  náusea”, “Las moscas”, “A puerta cerrada”, “la prostituta respetuosa”. En ellas ya plantea el existencialismo ateísta, que reaparece en sus ensayos filosóficos “Los caminos de la libertad”. La primera etapa de su pensamiento es típicamente existencialista, “El ser y la nada”. En la década de 1950 evoluciona hacia el marxismo. Escribe “Crítica de la razón dialéctica”. Su ruptura oficial con el marxismo se plasmó en su ensayo “El fantasma de Stalin”.

 

 

La función de la ideología consiste siempre en sustraer al problema de donde éste se encuentra. Así, por ejemplo, hablar de una cuestión perenne, hablar del amor, hoy suena anticuado: la modernidad ha difundido masivamente su propio concepto contracultural del “amor”: para el hombre moderno, que sólo experimenta alguna seguridad moviéndose en los estratos materiales de la existencia, “hacer el amor” tan sólo significa sexo, mero acto instrumental de los sentidos.

 

Tal vez por estar de este modo confinada, esa modernidad que derrocó a Perón en 1955 se refirió rencorosamente a “la pareja gobernante”, en contraste con un pueblo humilde, que amó y que fue amado, y que pudo, por tanto, hablar de Perón-y-Evita. Es curioso ver cómo desde 1955 hasta hoy los “libertadores” y todos sus herederos y epígonos rehuyen sistemáticamente toda referencia a la relación amorosa existente entre ambos, un hecho evidente en su simpleza, pero que, según parece, sólo los humildes pudieron ver. Suplantando esta verdad, como por otra parte hacen siempre, terminaron por oponer a Perón y Evita, inventando subterfugios ideológicos como el “evitismo”.

 

Perón y Eva Perón fueron el resumen del avatar histórico, y personal, de un pueblo, el de los argentinos fieles, aún bajo la condición de relatividad que debe sobrellevar este término. El resto de argentinidad que perdura en ellos, en el sentido que hemos expuesto más arriba, sigue siendo peronista, ya no en un orden político sino más bien por herencia espiritual, y aún presintiendo que van a tener que ganarlo todo de nuevo. Como en el caso de San Martín, que sólo usaba caballos moros8 , es ésta una constante que tiene su texto-guía en la vida histórica de nuestro pueblo y que quienes aspiren a realizaciones liberadoras constructivas deberían dedicarse a estudiar.

 

 

El papel de los dirigentes

 

Digo “papel” de los dirigentes peronistas porque fue éso: más papel que obra. La más auténtica, sin duda, fue la dirigencia gremial. Eran, por lo menos, dirigentes de sus sindicatos. Porque dirigente es el que dirige. Hoy, cuando no hay nada que dirigir, se pudrieron hasta las palabras. Entonces hablo de los sindicatos de ayer, no de los sindicatos- empresa de hoy.

 

Nuestros dirigentes sindicales se hicieron a hachazos, fueron dirigentes de circunstancias, que encontraron unos gremios mal o peor organizados. En 1945 lo que había no eran sindicatos, sino escritorios con sellos que fabricaban los partidos políticos y que, diciendo que representaban a los obreros o proletarios, en realidad estaban subordinados a la opinión. Fue Perón quien creó los sindicatos argentinos de los últimos cincuenta años, suscitando su organización pero desde aquel momento subordinada al interés. Todas las opiniones eran toleradas y estaban admitidas, pero

dentro de un sólo sindicato, representadas por agrupaciones internas. Obviamente, por esos años, y aún mucho después de 1955, los “democráticos” profesionales, los “bien pensantes”, los “hombre light” de entonces, se tuvieron que retirar al no poder conformar, la mayor parte de las veces, más que minorías ínfimas.

 

La dirigencia política peronista verdadera recién aparece después del 55. Antes eran, a lo sumo, colaboradores de Perón, en las fuerzas armadas, la organización política, la economía, etc. No había dirigentes políticos sino dirigentes del Movimiento, y sin hornear (Borlenghi, Mercante, Bramuglia, etc., a quienes Perón aprovechó, como lo hizo con las instituciones, a las que usó de andamios para construir, porque a Perón lo único que le importaba era la gente). La dirigencia de aquel entonces, por lo general, resultó funesta, pero eso obedeció a que el peronismo estaba a medio hacer. Perón había cuestionado en los hechos el sistema de representación que a lo largo de cien años había montado el demoliberalismo; por tanto, la dirigencia tuvo en su movimiento un volumen realmente poco importante.

 

Pero aquí existe, de por medio, también un problema cultural. La modernidad instaló el escalonamiento de las dirigencias (un escalafón trágico, connatural a este sistema, impregnado de mitología, con elementos poiéticos presentes en su razón), con el héroe como modelo, supeditado a la aprobación, o no, de la denominada opinión pública. En el peronismo el dirigente se forma de otra manera. La diferenciación no es de naturaleza sino de función. Cuando la dirigencia peronista copia el modelo ajeno pierde su propio modelo interior y se transcultura. Este proceso facsimilar de las últimas direcciones peronistas sólo se puede entender en el marco de una enfermedad, gratificante como la sarna o como un cáncer “de onda”, que esos dirigentes agarran voluptuosamente a puñados y se meten dentro del cerebro. El conjunto del régimen peronista estaba pensado por Perón para desarrollarse como un sistema inédito en el mundo. Ellos impidieron ese desarrollo.

 

 

8 San Martín jamás usó un caballo blanco, siempre usó caballos moros, oscuros.

 

 

Nuestra generación hace posible una dirigencia peronista propia… y es abortada. No ocurre sólo con la organización gremial, sino con todo el peronismo. A partir de los años 60 los dirigentes gremiales comienzan a dar forma a sus propias empresas y los políticos a pensar en negocios particulares o en la integración de lobbys y holdings acordes con esos negocios. Y ¿que ocurre entonces por fuera de tales estructuras? La Nación no las acepta. Las deja. Queda sólo una apariencia, una piel de serpiente, a la que los periodistas llaman el peronismo o el justicialismo, pero la serpiente se ha ido. Así, el PJ es hoy un partido íntegramente de dirigentes y prácticamente sin dirigidos. Tal es el curso subterráneo de la Historia.

 

Los dirigentes políticos de otros partidos o agrupamientos usan a la ideología de préstamo, para vestirse, para armar su exoesqueleto apariencial a fin de moverse en esa realidad siempre virtual que es la opinión pública. La dirigencia peronista carece de tal armadura, sólo tiene endoesqueleto; por tanto, el peronismo genera tendencias internas no ideológicas.

 

Perón -como su época- pensó en la revolución. Los pasos de su ascensión en la vida pública fueron los del tribuno, el emperador, el mendigo y el sabio. En la cabeza sólo disponía de tiempos cortos. Se podía perder por esta razón, pero no se podía hacer otra cosa.

 

El Perón sabio de los últimos años dirá, a manera de resumen, cómo son las cosas. Cuando vuelve es para dar una única enseñanza: ha aprendido qué es el hombre (antes sabía qué son los hombres). Su modelo -guardando las debidas distancias- era el de Cristo. Necesitaba predicadores. Tras su retorno sólo tuvo mediocres y logreros. El mismo lo decía por entonces: “¡Les dejé una estancia y me pusieron un quiosquito!”.

 

Las dos modernidades

 

El problema que se presenta aquí es el de los temas-raíz, sin los cuales se hace imposible entender estas cosas (en el sentido de aprehensión, no de mera comprensión). Uno de esos temas es el de la existencia de dos modernidades: una, que está terminada, y otra, que viene a ser la nuestra. El tronco de la modernidad originaria estaba dentro de Occidente después de Colón. Dentro de ese tronco fue injertándose un remedo de modernidad, de matriz anglosajona, que tuvo su momento de esplendor durante los 64 años de mandato de la “democrática” reina Victoria y que, salvo retrospectivas, remakes y replays, o sea, más de lo mismo, no tiene ya nada que dar, ni podría hacerlo. La otra, la modernidad primigenia que siguió a España hasta nuestras tierras, conforma hoy una cultura mestiza omnipresente, nacida naturalmente del tronco original.

 

En la llamada “época de los descubrimientos”, los personeros de la modernidad anglosajona, situados frente a la divergencia que suponía América, prefirieron tomar distancia, no mezclarse. Los ibéricos, en cambio, lo primero que hicieron en América fue mestizarse o, para decirlo mejor, continuaron mestizándose después de haberlo hecho durante ocho siglos en España y Portugal con judíos y moros. Esta modernidad nuestra es marmolada porque es joven; aún se notan en ella las vetas de la hibridación.

 

No hay ya ninguna modernidad anglosajona en pie. Yo sostengo que no tiene posibilidades porque no tuvo hibridación y, por el contrario, siempre buscó purificar: tal fue el signo del modelo U.S.A de las 13 colonias,  antes  el  del  Parlamento  nórdico  y  antes  aún  el  del  “pueblo  elegido”  de  Calvino.  El  rechazo anglosajón a la mestización, que fue en ellos un problema “del balero”, como solemos decir nosotros, resultó traumático en todo el mundo, y por tanto en el norte de América. Ni siquiera hubo hasta ahora cruce con los franceses de Québec. Las grandes ciudades anglosajonas (Londres, Nueva York, Los Angeles) son un mosaico de guetos étnicos. En el resto de América todo ocurrió al revés, y viene al caso recordar que Manuel Belgrano quería poner un inca al frente de las colonias españolas recién liberadas.

 

Los “guetos” de Iberoamérica fueron surgiendo en las últimas dos ó tres décadas, primero al compás de la concentración urbana del consumo y a continuación a consecuencia de la denominada globalización, esto es, a partir del modelo de la exclusión: son los countries amurallados, por un lado, y las villas miseria, por el otro.

 

En esta situación de default de esa modernidad-injerto, que en su caída provoca un creciente rechazo de la gente, se gesta en este fin de siglo el nuevo Movimiento Nacional. Sin caer en el fatalismo, sostengo que parece haber en ésto una constante. Existe la posibilidad de supervivencia, en Occidente, de la modernidad mestiza, que sólo podrá ser Occidente si niega a Occidente. Si no, morirá con él. Pareciera que los signos de los tiempos nos muestran que el curso es ése.

 

 

 

CAPÍTULO II  GUARDIA DE HIERRO

 

 

 

Dijimos que en un momento del proceso de la modernidad se produjo una dicotomía en la cultura de Occidente, la separación de una rama-simulacro o rama-espejismo del tronco originario; que esa dicotomía nos ha conducido a la ruina y que nosotros todavía tenemos posibilidades de retomar la modernidad primordial interrumpida. Tenemos por un lado esa rama, oligárquica y, por tanto, ideológica, que no acepta la mestización, y por el otro el tronco primordial de la modernidad, el patrimonio común, que ha continuado creciendo silenciosamente y que por no ser oligárquico acepta la mestización, es capaz de liberar inagotables sentidos no ideológicos y tiene, por tanto, la posibilidad cultural verdadera.

 

Tal es uno de los ejes del problema actual, puesto que en la medida en que los hombres acepten esta posibilidad o, mejor dicho, participen de ella -y diría que tal posibilidad se vuelve cada vez más una necesidad-, aceptarán también un trabajo. Aceptarán un concepto de cultura (toda cultura implica un concepto de trabajo, y la nuestra también) y dejarán de generar o de realimentar una contracultura que va “contra todo”, especialmente si ese todo involucra trabajo, que es lo que nos está sucediendo.

 

Lo que en lingua vulgaris se llama “contracultura” (los underground, las nuevas minorías, los artistas del vacío, todos los nuevos sofistas, por ejemplo) son, en mi opinión, sólo una parte, indisoluble, de la contracultura verdadera, que es la del régimen. No olvidemos que ellos siempre son duales, siempre son bipolares.

 

La bipolaridad es un rasgo fundamental de la contracultura, porque un rasgo fundamental del pensar farisaico, como ya hemos anotado, es el dualismo. Por tanto, ellos trasponen este modo bipolar de percibir la realidad a los diversos pelajes con que ésta se presenta, y así, en términos políticos, ésto significa dividir al mundo en “liberales y conservadores” o, si se quiere, demócratas y oligarcas en la antigua Atenas. En Roma fue distinto porque ahí apareció el pueblo, como masa, pero pueblo al fin; un pueblo presente (éso es César) que no es el “partido popular”: por esta razón Roma termina, no en una socialdemocracia, sino en el Imperio.

 

Al discernir estas particularidades observamos que:

  1. El tema de la cultura es esencial si se quiere pensar hoy en todo ésto.
  2. Dentro de la cultura aparece una contracultura, que se produce por una disociación o desnaturalización del proceso cultural verdadero.

 

 

El germen de la disociación contracultural

 

Sería necesario, antes de seguir, tratar de ver de qué forma se introdujo esta escisión en el interior del proceso cultural de la modernidad, y por qué. En rigor la escisión obedeció al proceso de oligarquización. Ese es el secreto: la contracultura no es una voluntad, es una consecuencia.

 

El advenimiento de la contracultura constituyó un proceso, no un acto acabado desde su inicio. Comenzó como parte del proceso cultural de la modernidad. Pero ya estaba inserto en la corriente de la cultura occidental desde los tiempos bíblicos, como una disposición paralela del pensamiento. Judíos, griegos y romanos aportaron a esa gran corriente innumerables elementos positivos, pero tenía que haber entre ellos elementos negativos para que, a la larga, se bifurcaran los senderos.

 

No estoy diciendo que la cultura contiene, en su curso, todos los elementos positivos y la contracultura todos los negativos, pero sí que con el esfuerzo crítico se pueden determinar los elementos que constituyeron el germen de la desviación.

 

El primer conjunto de esos elementos, y el primer problema de la cultura occidental, lo encontramos en la democracia griega. Todo empieza con el desprecio a los heráclidas9  y a Pisístrato10 . Pero los pueblos de la Hélade están a favor de los tiranos. Porque el proceso en la Grecia verdaderamente clásica, la anterior al siglo VII AC, es inverso al de Roma. Como que Roma es de algún modo la continuidad-copia de aquéllo: los romanos toman contacto con la cultura griega en un punto, que es lo que hoy se llama la época clásica, en el siglo IV, y que en rigor no es la época clásica, sino el principio, y ya bastante avanzado, de la decadencia. En realidad Pisístrato, los heráclidas gobernantes de Tebas, son los actores verdaderamente populares de esta época en Grecia. Armodio y Aristogiton matan al hijo de Pisístrato, y aunque los historiadores los elevan a la categoría de grandes héroes de la democracia ¿son los héroes de quién? De la aristocracia, de los eupátridas11 . De ninguna manera son los héroes populares. Son como Casio y Bruto en Roma, a tal grado de éstos se inspiran en aquéllos. ¿Para qué? Para instaurar una república oligárquica.

 

La democracia, tal cual ha sido concebida en Atenas y posteriormente, es una de las formas oligárquicas más desarrolladas, en gran medida porque es también la más encubierta. En un sentido es la más perfecta como engaño. Por ejemplo, es más perfecta que Bizancio, a la que los turcos heredan pero con una continuidad política total, ya que el sultanato es una herencia de Bizancio y hasta puede decirse que ahí siguen gobernando los griegos.

 

El cristianismo acepta después elementos sensibles de los griegos para manejarse: un lenguaje sensible, sectores filosóficos y la lengua. Hace entonces ese trabajo que según Sorel12 es el trabajo más gigantesco de la humanidad: haber desarrollado una Teología con esos elementos.

 

Casi diría que ese mismo trabajo, con los elementos que hoy están a disposición, es el que hay que hacer ahora. Pero el individuo, en este momento de la historia, está actuando del siguiente modo: reacciona contra el sistema, contra todo, contra el tronco y la espada; en un espacio cultural bipolar es guerrillero de izquierda y derecha al mismo tiempo. Esta actitud obedece a que es portador de una cosa. Es una actitud que, en la misma medida en que rechaza -y aunque rechace todo y no acepte nada, que es incorrecto- lo que le queda es lo que tiene de herencia. Y ésto que tienen de herencia no es contracultural, es cultural. Mal, sin reflexión, sin elaboración… pero es positivo, a cambio de que rechace todo.

 

Los tres tabúes trágicos

 

También hay algunos que dicen que rechazan y hacen el “underground”. ¿Qué es el “underground”? Una mentira más, que acepta el sistema y dice “tiremos la bronca dentro del sistema”, con los mismos cánones del sistema. De modo que el “underground” es una herramienta más del sistema, sumamente útil a éste porque le sirve para agudizar los principios de la contracultura.

 

¿Qué es la contracultura?

 

Desde el punto de vista político es un sistema oligárquico. Desde un punto de vista racial es un sistema de exclusivismo racista.

 

 

 

9 Heráclito (540-480 a.C.): filósofo nacido en Éfeso. Desarrolló los principios de la filosofía dialéctica en “Sobre la Naturaleza”. Para él, todo es devenir y el cambio es el resultado de la lucha de los contrarios y sus síntesis. Decía “nada es, todo fluye”, el elemento ordenador, para él, es el fuego. Influyó notablemente en Nietzsche y Hegel.

 

 

10 Pisístrato (600-527 a.C.): tirano de Atenas. Conquistó Salamina en el año 561 a.C.. Se autodenominó tirano. Se distinguió en la guerra con Megara (570-565). Caudillo del partido popular, se adueño del poder que detentó hasta el

año 560 a.C.

11 Miembros de familias y las familias mismas que constituyeron la primitiva nobleza de Atenas.

12 Sorel, Georges (1847-1922): escritor y político francés, de profesión ingeniero. Fue teórico de la doctrina del sindicalismo revolucionario. Autor de “Reflexiones sobre la violencia”, “La ruina del mundo antiguo”, “Las ilusiones del progreso”, “Materiales para una teoría del proletariado”.

 

 

 

Desde el punto de vista social es un sistema que pretende ser aristocrático sin serlo, “de parado”. Desde el punto de vista religioso es dualista.

Pero básicamente, desde el punto de vista de la conducta, la contracultura es trágica. Y esto último es lo único que define totalmente a la contracultura: es el manejo de una hipocresía fundamental de la tragedia, esencial absolutamente a la tragedia, que es la tragedia como espectáculo.

 

Cuando la tragedia se convierte de rito en espectáculo, ese espectáculo no muestra al espectador lo que piensa aquél que arma el espectáculo. ¿Qué es lo que muestra? Muestra los tabúes. Tabúes sobre el amor, sobre el poder y sobre el saber (los tres grandes tabúes de la tragedia) de los cuales los productores de contracultura se preservan, pero que imponen a los demás, para mejor sujetarlos. De modo que el espectáculo, ese espectáculo, es un vehículo de la contracultura ya en el siglo V A.C. Ya aparece ahí, no el mito originario, sino el mito originado, el mito en el sentido aristotélico del término. El poeta no debe desde entonces escribir más rimas, debe inventar mitos: éso hacen Esquilo13 , Sófocles14 , Eurípides15  y el resto de los trágicos. Y lo mismo hacen después los trágicos de la época isabelina y lo vuelven a hacer casi inmediatamente los clásicos franceses: Corneille16 , Racine17 , etc.

 

Los españoles, por el contrario, no pueden escribir tragedias. Les resulta imposible. Cuando hacen una tragedia –La vida es sueño, por ejemplo- no es una tragedia. Calderón no escribió ninguna tragedia, como suele decirse. Hizo dramas. Esta imposibilidad de tragedia es consecuente con el cristianismo, porque la tragedia -un universo predestinado y sin redención- supone el paganismo.

 

El culto de lo trágico, un culto contemporáneo que encontramos por todas partes, no es solamente un producto de la cultura o de los productores de grandes subproductos de la cultura, sino que es una muestra, un espectáculo, como lo era en el siglo V A.C. Lo era para Pericles, que repartía gratis en el ágora las entradas del teatro, porque era democrático.

 

Para unos y otros el problema ha sido siempre qué cosa muestra el espectáculo. El espectáculo es un vehículo ideológico. Lo era cuando no había ideología organizada y se manejaba el mito como sistema ideológico de contención, y lo es ahora, cuando el hecho trágico sirve a la construcción de la ideología. Como hace Shakespeare. Shakespeare es un antecedente imprescindible en la construcción ideológica de Occidente de los últimos 500 años. El es, sin duda, el restaurador del paradigma trágico, que se instituye como eje cultural de la modernidad anglosajona y que también se derrama, desde entonces, sobre Occidente y el mundo. ¿Cómo? Por medio del teatro, de infinidad de poesías, novelas, canciones, películas y, en nuestros días, en los teleteatros que siguen día a día millones de telespectadores.

 

13 Esquilo (525-456 a.C.): Poeta considerado como el creador de la tragedia griega. Su obra más importante es La Orestiada, trilogía formada por Agamenón, Las coéforas y Las euménides. Se trata de la venganza de Orestes, hijo de Agamenón, que al volver a su patria fue asesinado por su esposa Clitemnestra y por Egisto, que se había casado con ella en ausencia de Agamenón. Se conservan Prometeo encadenado, Las suplicantes, Los siete contra Tebas y Los persas, cuyas escenas se desarrollan en el Palacio de Jerges, en Susa, donde van llegando las noticias de las derrotas de los persas en Maratón y Salamina.

14 Sófocles (496-406 a.C.): se conservan siete tragedias suyas: Antígona, Electra, Traquíneas, Ajax, Filóctetes, Edipo

Rey y Edipo en colono. Limitó la importancia del coro y aumentó a tres el número de actores. Las figuras de Edipo y

Antífona son las más representativas.

15 Eurípides ( 480-405 a.C.): poeta dramático nacido en salamina. Gran renovador del teatro helénico y trágico. Medea, Fedra, Electra, Hécuba, Alcestes, Ifigenia en aulida, Orestes, Ifigenia en taurina, son algunas de las tragedias más

importantes. Se caracterizan por la penetración psicológica de los personajes.

16 Corneille, Pierre (1606-1684): creador de la tragedia clásica francesa. Asimiló la preceptiva neoclásico, superándolo con frecuencia. Se destaca el carácter heroico de sus personajes – siempre en pugna entre la propia inclinación y el

deber – Su primer éxito fue El Cid en 1636. Entre sus obras posteriores figuran las tragedias Horacio, Cinna, El mentiroso.

17 Racine, Jean (1639-1699): poeta trágico francés, historiador de la corte de Luis XIV. Su obra constituye la cumbre de la dramaturgia francesa neoclásica. Andrómana, Británico, Bernice, Ballaseto, Nitrídates, Ifigenia, Fedra, Ester, Atalía. Estudió en Port Royal donde asimiló las doctrinas jansenistas. Su obra se acercó lo más posible a la tragedia clásica.

 

En el mundo actual, signado por la expansión contracultural, lo que parece responder particularmente a la cultura -viéndolo desde aquí, desde la Argentina- es el cine norteamericano y algunas pocas cosas más. No Withman18, pero sí Carl Sandburg19 ; también Norman Rockwell o Remington en la pintura. Uno casi diría que estos tipos son de acá, porque se asemejan a un Molina Campos.

 

Los culturemas

 

Para nosotros es esencial validar, calificar las cosas, poniéndolas donde realmente están. Es absolutamente imposible intentar sistematizar u organizar algo en la Argentina si tres personas ven la misma cosa y piensan diferente. Por ejemplo, hay uno moviendo el vientre en plena calle y tres policías que lo ven: uno dice “está bien, hay que darle una medalla”, otro dice “está más o menos” y un tercero que exclama “¡a éste hay que matarlo!”. De modo que uno le da una medalla, otro lo lleva en averiguación de antecedentes y otro lo mata.  A nadie se le ocurriría pensar en tal situación que existe una fuerza policial, porque no hay ninguna capacidad operativa. La gente carece de un ordenamiento que diga “ésto está acá y las intenciones, que son inaprehensibles, no cuentan”. Ante un tipo que entra al bar con una ametralladora, se puede decir “recemos el Padrenuestro”, pero lo que hay que pensar es que puede matar a alguien y que, por lo menos, hay que sacarle la ametralladora. No se puede dudar. Debe existir una respuesta que todos conozcan, más o menos de antemano, un código de comportamiento ante la realidad. Hay que ubicar a la gente en una conciencia crítica.

 

En las circunstancias que atravesamos hoy no se puede pedir, todavía, un código de comportamiento común ni una conciencia crítica. Ese es el final; primero hay que extender las bases para que eso sea posible. Y falta mucho.

 

Yo tenía antes una manera de categorizar -no se si aún estoy de acuerdo con ella- que consistía en hacer como se hace en lingüística: tomar unidades, como con el fonema. Había abstraído, o extraído, los culturemas, considerándolos unidades de la cultura básica de la humanidad, de todos los pueblos en general. Y de algunos en particular, ya que después están las particularidades, que son elaboraciones. Y del otro lado, como contrapartida, o mejor como desarrollo incorrecto, había colocado lo que yo llamaba sofemas. El sofema es un sofisma: no es una mentira, es una media verdad. No es verdad ni mentira, es como Hamlet, una ambigüedad, y no Macbeth, que no es ambiguo. Porque en Shakespeare hay cosas en las que es ambiguo y otras en las que no lo es. Cuando debe enfrentarse a una situación clara deja de ser ambiguo (como en Macbeth o en La Tempestad, que es un drama, aunque confuso, y no una tragedia, acerca del hombre nuevo que es Calibán).

 

Habría, por tanto, un campo determinado por los culturemas y otro determinado por los sofemas, más un campo que les es común, donde están encimados. Porque nada de esto está separado. La separación es un producto del análisis, pero en la realidad no es así. Son círculos que no sólo se tocan, sino que también se superponen.

 

Yo no pienso que haya una sola causa sino que hay causas y concausas que en el proceso van pasando unas adelante y otras después, se van interrelacionando y van configurando la crisis. Cuando extraemos, por un esfuerzo analítico, una de las causas, el problema que tenemos es como sacar una línea de pesca: uno tira de la línea y no sale un anzuelo sino que viene otro y después otro, y en uno viene un bagre, en otro un dorado, en otro nada y en otro un zapato viejo. Distintas estructuras. Pero la línea es todo éso. Hay que sacarla toda hasta el último anzuelo. Y resulta que en el último hay un sábalo.

 

 

 

 

18 Withman, Walt (1819-1892): ardiente defensor de la democracia, escribió en prosa “Democratic Vistas”. Poeta, publicó hojas de hierbas en varias ediciones.

19 Sandburg, Carl (1878-1967): poeta norteamericano. Sus poemas de Chicago lo convierten en el escritor más referente de la escuela de Chicago. “Humo y acero”; “Buenos días, América”; “El pueblo, sí”; son partes de sus obras.

 

 

 

En todas las estructuras hay esqueletos. Por ejemplo, el del cristianismo, que es el único que puede romper con ésto de la tragedia porque su concepción pasa de la tragedia al drama. Y ésta es la lucha fundamental de Cristo, obviamente desde el punto de vista cultural, no en el orden religioso. Porque busca golpear al sistema en el único núcleo donde no sólo es vulnerable, sino que puede ser eliminado. Por eso hay un montón de retorcidos que hablan de una “tragedia del Gólgota”. Son unos infames. Pueden existir algunos que no entienden, que no saben la diferencia entre drama y tragedia y por eso usan esa palabra, y la transmiten, pero los que introducen la palabra sí saben. Y ¿qué vuelve a aparecer entonces, a partir de tal introducción y transmisión de vivos y tontos combinados? Una concepción de carácter ideológico: el tabú.

 

Hay que aclarar aquí que no es siempre condición necesaria que al decir algo verdadero se fracase. Se puede decir algo verdadero y tener éxito. El cristianismo es un ejemplo de este último caso. El cristianismo evita la tragedia. Ese es el “signo de contradicción” que ha traído al mundo.

 

El tabú es acumulativo

 

El efecto que tiene un tabú entre los seres humanos es acumulativo a lo largo de la historia. Este tabú cultural de la tragedia ha venido enfermando el cuerpo, ha enfermado la psiché y termina enfermando al espíritu. Que es lo que Viktor Frankl entrevé pero no llega a plantear en su formulación de la Logoterapia. Lo que hace Frankl es darse cuenta de que pasa algo anómalo en los hombres, y tiende las bases para la comprensión de lo que en el sujeto produce ese tabú, en la acumulación individual, personal, comunitaria y en la humanidad en su conjunto; en el campo de la cultura pero, sobre todo, en el comportamiento, sea éste de origen psicológico, espiritual y aún físico.

 

Leyendo a Platón reparé en que, en La República, insistía en que los chicos no tienen que cambiar los juegos. ¿Por qué? Porque los chicos aprenden con los juegos. Cuando se les cambian los juegos aprenden otra cosa, que no se sabe qué es. Entonces deja La República la incógnita de cómo va a ser esa generación. Platón sostenía que los juegos tienen que ser siempre los mismos, que es lo que da unidad a las generaciones en el tiempo. Tal vez es un exceso, pero hay una razón. Es lo que decía Perón del subconsciente, de que lo que se aprende en la infancia, hasta los seis años de edad, no desaparece más.

 

En el tiempo, toda esta acumulación, o sedimentación de la tragedia, revierte constantemente porque, como dirían los comunicacionistas, tiene un rulo de reafirmación constante del mensaje. Este rulo se convierte finalmente, si se lo mide desde el campo político, en una justificación de la oligarquía; medido desde el campo económico, en una guerra de los ricos contra los pobres, y si se lo mide desde el campo moral, ético, en la soberbia frente a la humildad. Por otro lado, cuando este proceso pasa el punto máximo de acumulación empieza a desbordar de sí mismo, porque ya no puede ser contenido. A partir de ese momento va mostrando cada vez más su verdadera escencia. Y ésta, su verdadera escencia, no es lo último que se incorporó sino lo primero, su origen.

 

Porque en las cuestiones históricas la decantación no deja el vestido, sino el hueso.

 

Cuando nos encontramos ante algo que viene desde el fondo del tiempo, lo que hoy tenemos es el hueso. Ocurre a la inversa de lo que suele decirse: “Quedaron en las cáscaras”. No, es al revés, lo que queda es la escencia.

 

¿Cuál es la escencia, en este caso? La soberbia de la inteligencia, que es la peor de las soberbias. En el proceso final del rulo de reafirmación del mensaje, esa soberbia se descubre como tal, muestra el hueso. Y produce, del otro lado, la reacción, porque no puede ocultar más su escencia. Los disfraces, las ropas, las carnes, han quedado por el camino; ahora no queda más que el hueso, la soberbia pura. Y ésta puede ser nombrada: Satán, Menem, Yabrán… Tienen contenidos, facetas, aparentemente diferentes, pero señalan y caracterizan un mismo hecho, una misma verdad. Es ésto lo que la gente ve. Y lo que la gente nombra de diversas maneras, según los distintos ángulos en que está ubicada. Pero todos están viendo lo mismo. En rigor, nombran con palabras diferentes, pero lo que ven es un mismo fenómeno, que se ha ubicado más allá del lenguaje.

 

Del principio a la acción

 

Para nosotros el problema de la unidad está en esa unificación que produce la realidad, no en el lenguaje. No interesa qué lenguaje usa cada uno. El fenómeno puede ser denominado Satán, oligarquía, fariseísmo, gran maquinaria…

 

Vale la pena insistir en esta cuestión porque contiene un elemento práctico: permite remitir constantemente a cada persona a un sistema de valores. En la medida en que una persona adhiere a esos valores sale del problema. Y tiene una sola puerta para entrar en la realidad, no muchas. Si quiere la verdad y busca elegir lo que dice que quiere elegir (“quiero cambiar ésto”, “quiero hacer esto otro”, etc.), tiene que pasar por esa puerta.

 

Ahora bien, se puede intentar abrir esa puerta de dos maneras: o con el sistema ideológico, que es un chaleco de fuerza, o de la forma que acabamos de mencionar, esto es, por una elección libre. El verdadero camino es este último, el del ejercicio; el otro es el ideológico.

 

En toda esta cuestión el criterio para juzgar no es preciso inventarlo, ya está hecho. Pero a una persona no se le debe decir “Usted es un imbécil”, ni siquiera “Usted está equivocado”, sino demostrarle de que el criterio que él tiene para enjuiciar algo es un criterio que es, necesariamente, del régimen. Que desde este ángulo no se puede enjuiciar así. No es que no se puede porque alguien dice; no se puede porque es lo mismo que pisarse los pies para caminar: uno se cae. Entonces esa persona debe comprender, primero, pero más luego sentir, las razones por las cuales está equivocada y las razones sobre cómo reordenar el conjunto de sus criterios, no para coincidir con uno, sino coincidir con un punto focal, que está mucho más allá de él y de nosotros. Eso es lo que hay que lograr.

 

Hay una escala de valores, que es lo que Perón llamaba ideología. Llamaba ideología a la axiología, un concepto del medioevo tardío, del que la modernidad lo tomó. Contemporáneamente se le dice axiología precisamente por esa construcción. En aquél entonces se decía ideología: Perón tomaba esa cosa antigua y él decía ideología no por error, sino -yo creo- con la intención clara de confundir al enemigo, a los tipos que decían “El peronismo no tiene ideología”. Se les podía responder entonces: “¿Cómo, si Perón dice ‘la ideología’?”. Y entonces los confundía a los otros. A los nuestros no los confundía porque no tenían la menor idea de qué era antes o después, daba lo mismo. Lo que Perón decía era así, y chau. El problema era de los otros, que quedaban trabados en su razonamiento. Pero en rigor, lo que Perón llama ideología es la axiología.

 

Hay, primero, un criterio axiológico. Pero a ese campo axiológico o de los principios, que es un campo del deber ser, o de la virtud, debe sumarse el campo de la acción en función de la virtud, o sea en función de los principios. Éso es lo que se llama doctrina. En el medio, como conexión entre la una y la otra, están las parcialidades teóricas, porque hay veces en que hay mucha distancia entre el principio y la acción, e incluso la doctrina. Entonces se formula una teoría: una “teoría general de la justicia” (o del derecho), una “teoría general del desarrollo económico”, una “teoría general de la salud”. ¿Para qué? Para que lo que es principio, traspasando por la teoría, llegue al campo doctrinario y pueda ser práctico. Entonces baja el principio hasta el nivel del tipo que, pata al suelo, lo tiene que realizar. Por eso se dio en la época peronista la discusión de Cossio con Kelsen.

 

El poder no es fuente de derecho

 

La importancia que tiene la Teoría Pura del Derecho de Kelsen es que plantea el derecho de la fuerza, que en realidad no es ningún derecho. El derecho de los golpes de Estado -el argumento de que “la situación de hecho engendra derecho” o “es fuente de derecho”- está fundado en Kelsen. La situación de hecho no engendra nada. Lo que hay en Kelsen, y en todos sus acólitos, es una sórdida y aprovechada ignorancia del Derecho Natural.

 

En la Teoría Egológica, de la que Cossio fue uno de sus expositores, se plantea un orden que empieza por el Derecho Natural. ¿Cuáles son las fuentes del derecho? El Derecho Natural, la Ley (la Norma, con su orden jerárquico de constitución, leyes, etc.), la Jurisprudencia, la Doctrina y la Costumbre.

 

Si se invierte el orden que preside el Derecho Natural -que es lo que hacen estos aprovechadores en beneficio propio, en el caso de los contratos de adhesión, por ejemplo- queda en primer lugar la Costumbre (“nosotros lo hacemos así”). ¿Qué cosa es ésa? ¿Qué pasa con el Derecho Natural? ¿Con la Ley escrita, positiva? ¿Con la Jurisprudencia? ¿Con la Doctrina? La Costumbre viene recién después, si hay algún agujero que llenar. Kelsen, los golpistas, los imperios (políticos, económicos, etc.) dicen: “El poder engendra derecho”. Y el poder no engendra ningún derecho. El poder respeta o no respeta el derecho, pero no lo engendra. Porque lo único que engendra derecho es la legitimidad.

 

La legitimidad tiene un orden prelatorio basado en la axiología, en principios universales, aceptados, fundamentales y de Derecho natural. Esto es simple, como es en rigor en Santo Tomás de Aquino. Pero a lo sencillo se lo hace complicado para embarullarlo todo, para que los que tienen poder (por lo general unos pocos) hagan la de ellos. Abreviando: para que no haya ningún derecho. Se consuma el mismo proceder que en los casos de la salud, el trabajo, la educación o la vivienda, por dar ejemplos elementales y asequibles a todo el mundo.

 

La discusión por el verdadero derecho ya está presente en la controversia de Jesús con el Sanedrín. El Sanedrín plantea que hay 650 preceptos. Jesús responde: “Esos preceptos los hicieron ustedes. No hay ningún precepto. Hay diez mandamientos. Y hay uno que lo dice todo”. Ante este planteo los miembros del Sanedrín y los fariseos en su conjunto se enardecen, porque con el trapicheo de los 650 preceptos, acumulados durante 3.000 años, habían logrado el poder exclusivo del grupo. Habían implantado la oligarquía.

 

La configuración de la oligarquía

 

Incluso impusieron el mito trágico en Israel. Por eso, dos siglos antes de Cristo, en -180, Judas Macabeo le escribe a Ageo, rey de Esparta, diciéndole que ellos son hermanos, y el otro le contesta confirmándole que efectivamente es así, que los egipcios dicen lo mismo y que todos “pertenecemos al mismo pueblo”. ¿Por qué? ¿Cuál es el secreto? El secreto es que se trata del mismo régimen (como los soviéticos y los norteamericanos que, veinte siglos después, se envían los mismos mensajes, aún en plena guerra fría).

 

Esa porfía del Sanedrín, que pertenece al pasado, responde también a la estructura de la tragedia como realidad. Es la tragedia lo que les pasa finalmente. ¿Por qué llora Jesús por la suerte de Jerusalén? “Si tú hubieras comprendido… Tus enemigos te arrasarán junto con tus hijos… y no dejarán en ti piedra sobre piedra…” Y así fue: veinte o treinta años después Tito (el vengador, como le llaman quienes ven en él un arma de la que se vale la Providencia para que se cumpla la verdadera Justicia sobre aquel pretendido derecho inventado por los hombres) arrasa Jerusalén. En realidad es un acto histórico, que la Providencia aprovecha. Como siempre, la causa primera es el acto histórico, y su administración por la Providencia es causa segunda. Fueron esos hombres contumaces los que lo provocaron.

 

Esto lo cuenta para los gentiles el historiador Flavio Josefo, que era fariseo y general de los judíos, en sus Antigüedades Judías (un relato desde la creación del mundo hasta la destrucción de Jerusalén), especialmente en su parte final, La guerra de los judíos. Flavio Josefo, en Cesárea de Filipos -a la que él cita como Torre de Estratón, porque así se llamaba antes de Herodes-, había sido jefe de los sitiados mientras Tito lo cercaba, y aguantó cerca de tres meses. Tras la derrota de los judíos, arrasada Jerusalén, Flavio

 

Josefo se entrega a la clemencia romana y Tito, un brillante conductor, que conocía sus condiciones, lo aparta de los prisioneros, lo manda llamar y lo pone a su lado. En las Antigüedades está claro, asimismo, cómo habían sido las etapas del pueblo judío, en cuyo seno hubo también una mestización. En la época del advenimiento de Cristo, Israel ya está totalmente helenizado: los fariseos, los ricos, los funcionarios, los comerciantes, hablan griego; ponen a sus hijos nombres griegos, de modo que ya no hay ningún Isaac, Samuel o Jacob. En hebreo ya no habla nadie, salvo los sacerdotes durante las ceremonias, y son contados los que entienden sus palabras.  Sólo el pueblo, los pobres, hablan en el viejo arameo. Por eso Cristo predica en arameo.

 

En Israel hay entonces una fusión, que permite que la estructura trágica griega se vea reforzada con la resistencia farisaica al cristianismo. Estos dos componentes reunidos -la estructura de la tragedia y el fariseísmo- configuran el proceso de la oligarquía anterior a la modernidad, y el de la modernidad misma.

 

Origen de la oligarquía en Europa y EE.UU.

 

Fariseísmo y mito trágico, en efecto, constituyen el núcleo del conflicto fundamental entre Carlos V20 y las potencias protestantes del norte europeo. El rompecabezas de los protestantes no es otro que éste. Lutero21 es un agente oligárquico, y lo demuestra con toda claridad en la guerra campesina: primero da cuerda a los labradores y aldeanos para que se rebelen, y luego dice a los príncipes que deben reprimirlos (ahí nacen los Hermanos Moravos, después de la batalla del Monte Tabor). El problema fundamental de lo que desde entonces comienza a denominarse “Occidente” queda planteado ahí, y desde entonces sigue ese curso.

 

En la España romana -en el verdadero sentido de lo que este término significa en los siglos XV y XVI- lo que había armado Lutero resultaba intolerable. Con todo derecho cualquier español hubiera podido preguntar a cualquier protestante: “¿Así que nosotros somos absolutos? Y ustedes ¿qué son?”. Porque los mismos que hablaban contra la Inquisición se cansaron de quemar gente. ¿O de quién es El Martillo de los Brujos, editado en Ginebra? Porque El Martillo es un clásico en su género, que explica cómo se debe torturar. Los métodos que prescribe le son suministrados incluso a Juana de Arco. Sus enseñanzas se aplican repetidamente no sólo en Inglaterra, Francia, Alemania y en general en todo el norte de Europa, sino también, después, en los Estados Unidos (el caso de las “brujas de Salem” es el más conocido, pero hubo en ese país, hasta bien entrado nuestro siglo, infinidad de episodios similares). Las cosas que llegaron a pasar en Francia fueron realmente innombrables (los “demonios de Ludún” figuran en esa lista incontable). Y ¡oh casualidad!: los países que acabamos de citar aparecen hoy, según la imagen que de ellos nos proporcionan los mass media, ¡como los más inflexibles defensores de los derechos humanos!

 

No pretendo decir que durante los siglos XV y XVI había de un lado santos y del otro demonios. Santos y demonios había de los dos lados. Pero lo que aún habría que desentrañar es por dónde iba el hilo esencial de todo este proceso, que también aparece cuando todo ésto se vuelca sobre América. Aquí no  existía la estructura histórica feudal de Europa y, desde el punto de vista de ellos, los que habitaban América estaban pelados, en medio de la más absoluta nada. Pero no era la nada, era un algo que no conocían, que ignoraban. Ese “algo” era un algo nuevo, pero necesariamente contenía también la impronta de quienes habían resistido aquel proceso de protestantización en Europa.

 

 

 

20 Carlos V (1500-1558): príncipe de los Países Bajos (1506-1555), Rey de España y Nápoles (1519-1556) y Emperador de Alemania (1519-1556). Su reinado fue de contínuas luchas. La primera guerra, lamada de las Comunidades, surgió

en Castilla como protesta por la imposición de gobernantes extranjeros, vencidos los comuneros en Villamar (1521). La lucha contra los mahometanos tuvo dos frentes, uno en el centro de Europa contra Solimán el Magnífico, emperador de

Turquía y el otro en el Mediterráneo, donde Barbarroja se apoderó de Túnez. La lucha contra los protestantes, a quienes

venció en la batalla de Mühlberg (1547), ceso en 1548 por el convenio de Nassau, ratificado en Hamburgo, por el que se reconocía igualdad y libertad religiosa a católicos y protestantes.

 

21 Lutero, Martin (1483-1546): reformador y teólogo alemán, egresó de los ermitaños de San agustín donde se ordenó sacerdote. Un viaje a Roma, donde según él existía cierta relajación de la Iglesia, le hizo concebir la Reforma; publicando las 95 tesis contra las indulgencias. Los puntos esenciales de la doctrina luterana son la importancia que se da a la fe, capaz de la justificación, ya que la naturaleza humana, corrupta por el pecado, sólo puede redimirse pos

Cristo y la fe en Él. El celibato en el clero es optativo. En principio se admitió la confesión privada y la absolución, pero sin necesidad de enumerar los pecados. Negación de la libertad a causa del pecado original. Niega la idea del sacrificio eucarístico, sustituyendo la transubstanciación por la ubicuidad o consubstanciación. Preconizó la libre interpretación de la Biblia.

 

 

Los dos frentes (las dos caras) de Iberoamérica

 

Si volvemos al concepto de los culturemas, podemos preguntarnos cuáles sobrevivieron en América. La respuesta correcta es que sobrevivieron todos. Y del otro lado podemos encontrar todo el conjunto de los sofemas, ya desde entonces formando parte de lo que hoy llamaríamos el “frente antinacional”, o el “frente antipopular”. No corresponde juzgar aquí si los que piensan y obran a partir de sofemas son buenos o malos: ellos estuvieron siempre, y están convencidos aún, de que es así.

 

Casi desde nuestros orígenes, por tanto, existe en Iberoamérica una radicalidad en el enfrentamiento que subyace muy por debajo de la radicalidad, o no, que muestran a lo largo de nuestra propia historia los enfrentamientos políticos, militares, económicos, etc., en la superficie visible, sensorial, de la realidad. Y en aquel nivel primario, esencial, no hay arreglo posible, porque unos son fariseos, y por tanto soberbios -no en el plano personal, pero sí desde el punto de vista cultural- y los otros carecen de elementos suficientes: tienen los elementos míticos pero no disponen de elementos racionales. Mientras éstos giran en el eterno retorno, los otros pareciera que se elevan en la soberbia más absoluta. No hay disposición alguna a la unidad, no porque los diversos actores no quieran, sino porque es imposible.

 

Ante tal panorama ¿cuál será la política correcta? Será aquélla que permita que, por un lado, ésto se desarrolle, y por el otro, se pueda llegar a una resolución en paz  de esta cuestión. Una política pacífica no es una política pacifista. Pero menos aún podría ser violenta, como quieren y buscan los fariseos de nuestro tiempo.

 

El mito del héroe y el origen de la violencia

 

Desde el momento en el cual ellos comenzaron a consentir la homosexualidad comenzaron a fomentar la violencia. A lo largo de la historia, violencia y homosexualidad han estado siempre íntimamente ligadas. Pero nadie puede, en el mundo humano, violar la naturaleza sin pagar las consecuencias. Se puede imaginar esa posibilidad, escribir novelas o hacer películas en las que esa violación sale gratis, pero en la realidad éso se paga. Cuando ocurre, lo pagan las personas, pero también lo paga la sociedad, porque lo permite. Y si lo alienta es mucho peor.

 

A esta primera violación le siguen una serie de actos violentos, que la continúan y son sus secuelas. Entre ellas está la violación del Derecho Natural, pero también la de la convivencia, el “escándalo de los pequeños”, y suma y sigue. Todo se vuelve, en realidad, escándalo, las violaciones prosiguen, y tal suma ¿como hace para no terminar en la violencia física? Los crímenes más terribles, más sangrientos, los cometen  los  homosexuales.  No  es  que  ellos  lo  quieran,  pero  la  violencia  es  consustancial  a  la homosexualidad. Bajo su apariencia rosada, se trata de algo que en el fondo es profundamente negro.

 

Homosexualidad y violencia están involucradas en un mito profundo. Desde el punto de vista de la guerra psicológica ellos saben que es así. Y lo saben, al punto de haber asociado al nazismo con la homosexualidad. Se han basado para ello en una anécdota que es Roehm y el grupo que lo rodeaba, que habrían sido a la vez homosexuales y los nazis más violentos y revolucionarios, al punto que un día matan a doscientos en la “noche de los cuchillos largos”. La guerra psicológica de los Aliados tomó este episodio y lo desarrolló, demostrando la presencia del mito profundo. Desde el punto de vista mitológico, el del conocimiento poético, cualquiera sabe que ésto es así, que es cierto. Y que si lo de Roehm no fue así, debería haberlo sido. Es una lucidez que no se puede explicar, pero que es, porque se constata en la realidad cotidiana.

 

Cuando se habla de otro caso, el de José Luis Cabezas ¿de qué se habla en realidad? Y otro más: ¿cuál es la discusión cuando Emilio Eduardo Massera dice que Acosta tiene una bomba atómica en el cerebro? En realidad Acosta no tiene una bomba atómica en el cerebro, el caso es más simple: no tiene alma. Massera no se atreve a decir ésto. No lo dice porque Acosta, y muchos más entre ese tipo de gente, son el producto final del proceso contracultural: son asesinos, peor aún, matarifes. Matar no les produce nada, están anestesiados totalmente, no tienen alma. Son un núcleo duro que, si se pudiera romper, encontraríamos que por dentro está vacío. Si no, no les hubiera sido posible hacer lo que hicieron. Podemos legítimamente preguntarnos qué se ha destapado, qué ominosa caja de Pandora se ha abierto en nuestro tiempo. Y algo más ominoso: ¿quién vuelve a meter todo ésto dentro de la caja?

 

Y bien, algunos de esos tipos, por ejemplo Alfredo Astiz, eran homosexuales. Y en el bando opuesto pasaba lo mismo. Porque la encarnación del héroe en términos apolíneos, que ambos bandos pretendieron demostrar, termina finalmente en Dionisios, en la orgía. De Apolo dice bien Giorgio Colli que “la misma lira que tañe es la que compone el arco que mata”. La lira se hacía con dos cuernos, y con dos cuernos también se hacía el arco, de modo que son un mismo instrumento. Por eso Apolo no es lo que suele decirse: es el que hiere de lejos, como revela Homero, aunque sea, al mismo tiempo, el que protege las artes. Estos, que son nombres, son también imágenes que perviven en el imaginario subterráneo de una cultura. Están presentes aunque se ignoren ya los nombres. La estructura que señalaban sigue funcionando.

 

Pero Perón murió en la cama

 

Conozco un montón de Hamlets que caminan por la calle, decenas de Edipos y de Ofelias y de Agamenones. Los conoce cualquiera de nosotros. No les es menester vestir una toga y declamar en el proscenio, están en la realidad, porque están en la cultura, profundamente. Son elementos contraculturales, pero ¿cómo se los distingue, cómo se los separa? El único que los separa es Cristo. Y en la Argentina el único que era consciente de eso y los separó claramente fue Perón: por eso quería volver y morir en la cama, como cualquier vecino, como antes que él habían hecho San Martín, Rosas e Yrigoyen. Lo que ellos rechazaron no fue el protectorado del Perú, la guerra, el partido, el gobierno o lo que fuere, sino el precio cultural que había que pagar para seguir. No lo pagaron. De esa actitud brota la condena que toda la imbecilidad lanza sobre éllos: es la condena de la contracultura. Estos imbéciles deseaban, en realidad, que ellos hubiesen seguido, pero pagando el precio. Y en caso de que hubiesen pretendido seguir, pero sin pagar, también tenían preparada la respuesta: el héroe trágico.

 

Lo mismo les hizo Napoleón. Es la respuesta inversa, siempre, de la que dan ellos. Porque no hay ningún liderazgo popular que sea trágico. Con total seguridad se puede afirmar que cuando es trágico no es popular. Por eso el régimen levanta ahora a Guevara y a Evita, contra Perón y contra Castro.

 

La peripecia de Fidel Castro es paradigmática: después de 40 años como conductor de un proceso revolucionario, que en sus comienzos fue violento, en Cuba no hay ya, ni habrá en adelante, una gota de sangre más. Mientras en las calles de La Habana grandes carteles siguen reviviendo el mito de las metralletas y los barbudos, en la realidad Castro acepta ahora el bronce y orienta un proceso de transacción. En Cuba, por tanto, se acabó la tragedia.

 

Con Béguin22 ocurre otro tanto en Medio Oriente: se cansó de matar ingleses primero y árabes después y, en otro momento histórico es, en Israel, el único que arregla. ¿Qué había que hacer? Reunirse con Anwar el-Sadat23 . Y cuando Béguin lo hace deja pagando a todos los que viven del conflicto: en primer lugar los asesinos, por supuesto. Los verdaderos asesinos, la haganá, no los combatientes.

 

De ejemplos como éstos está lleno el mundo. Porque se trata de la estructura fundamental, que está en todas partes.

 

 

 

 

22 Bégin, Menahem (1913-1992 ): político israelí, fundador del partido derechista Likud (1973). Ocupó la jefatura del gobierno de 1977 a 1983. Partidario de una solución negociada para el Oriente próximo. Premio Nobel de la Paz en 1978 junto a Anwar el-Sadat.

23 Sadat- Anwar el (1918-1981): militar y político egipcio. Presidente de Egipto de 1970 a 1981. Se apartó de la política pro-soviética de Nasser, firmó con Israel los acuerdos de Camp Davis. Murió asesinado.

 

 

Los extremismos forman parte de la contracultura

 

En el campo político todos los extremismos, obviamente, son trágicos. Y son también británicos: los ingleses han manejado en todas partes tanto a los trotzkistas como a los nacionalistas, porque tienen absolutamente claro este problema antropológico, y lo usan. Lo han empleado en la India (donde el nacionalismo, como parte del legado británico, logró dividir a un país, antes unido y sin mayores conflictos internos, en tres: India, Pakistán y Sri Lanka, tal como lo denuncia Toynbee en The World and the West), y también lo hicieron en China, en América, en todos lados… Y funcionó. Los ingleses son perfectamente concientes de lo que crearon, o contribuyeron decididamente a crear. Y participan en cada ocasión que se presenta: su preeminencia, incluso actual, no depende de su poder económico -de ahí que los marxistas no tengan la menor idea de esta cuestión-, sino del manejo de los extremismos trágicos. Los norteamericanos tampoco tienen la más pálida idea de una práctica que, aunque ignoran, a ellos también les cabe. ¿O qué son los asesinatos de John F. Kennedy, Martin Luther King, y antes Abrahan Lincoln? Son puestas en escena del mismo tema: la fabricación de la tragedia, cuyo empleo se repite insistentemente: la víctima difícilmente muere en combate; la matan, y después la glorifican como héroe trágico. ¿Por qué hacen ésto? Generalmente la respuesta es “porque se necesita”. Se necesita el héroe trágico. Desde el punto de vista contracultural ésto se entiende así. No hay ninguna otra consideración, porque para los asesinos el resto de la humanidad, digámoslo sin rodeos, es mierda. La violencia y el asesinato son, en términos contraculturales, algo meramente instrumental.

 

Vemos aquí que otro rasgo fundamental de la contracultura es la creencia en que hay hombres y subhombres.  El problema  es, a partir de esta idea, racial, religioso,  lingüístico,  cultural…  y crematístico. Porque todos los demás aspectos se pueden superar, salvo el del dinero. Por éso son fariseos. No serían fariseos si tuvieran todos esos prejuicios menos éste. Es por eso que para ellos el que es pobre deja de contar, no existe. Uno puede ser Galileo, pero si es rico no hay complicaciones; puede ser samaritano, pero siendo rico tampoco hay complicaciones. Si en cambio uno es pobre, ni aún siendo judío es computable.

 

Fariseísmo no es judaísmo

 

Y a propósito, debemos señalar que para Occidente el pueblo judío y la cultura judía son una cuña, en la medida en que sean los fariseos quienes los manejen. Los fariseos judíos manejan a la comunidad judía como si fuera un matadero. Ellos son los que llevan al matadero a los judíos, con la obvia complicidad de los otros, de los fariseos no judíos. Debido a que el fariseísmo es un sistema de carácter contracultural, no es necesario ser judío; más aún, hoy los judíos son una minoría en las filas del fariseísmo. La inmensa mayoría son gentiles, goim. Pero estos fariseos judíos siguen jugando el rol de tomar a su colectividad y castigarla constantemente, convertirla en víctima y ofrecerla, no a Jehová sino a Mammon. Es lo que decía Jesús: ¿A quién sirven? Porque no se puede servir a dos amos. Y ellos, desde aquel momento hasta hoy, siguen sirviendo al mismo amo. Hablar de lo que ocurría hace 2.000 años es inevitable, si no es imposible entender qué pasa. Sobre todo porque ya desde entonces todo ésto estaba organizado y tipificado claramente. Hay que extrapolar el comportamiento de los fariseos, tomarlo desde los cuatro Evangelios y desde los Hechos y las Cartas, para comprobar que se trata de un complejo no judío, ni siquiera originariamente judío. Contiene, en cambio, un elemento griego que es fundamental.

 

 

La formación del fariseísmo como secta ocurre dos siglos antes de Cristo. Está inserta en el proceso de helenización de los judíos. A la inversa de lo que muchos han creído, en vez de separación hay ahí una verdadera fusión. Y después de ese proceso ya no se puede decir que haya una cultura griega. El hacedor de cultura, en adelante, será Roma, y los que se van del Imperio -por ejemplo, a la India- desaparecen de la historia, al menos de la oficial. El judaísmo se desarrolla, desde entonces, en el mismo lugar donde se desarrolla el cristianismo, en el Imperio, como elemento claro de oposición.

 

La oposición del judaísmo al cristianismo no obedece a un problema religioso, sino a una cuestión histórica. Los dirigentes del pueblo judío deciden que el poder temporal es lo importante y todo lo demás una fantochada. Sólo para algunos insensatos el problema es religioso. Pero a los fariseos les conviene la difusión de este error, porque los prestigia ante la comunidad judía y les permite, en consecuencia, conducir el gueto. Hace ya mucho tiempo que estos hipócritas no tienen nada que ver con la religión, con ninguna, y menos aún con la judaica. No tienen nada que ver con ella ya en la época de Cristo, como lo demuestra el propio Cristo.

 

¿Quiénes gobiernan los campos de concentración?

 

Somos nosotros los judíos. Ellos no son nada, o en todo caso son una cosa. Los fariseos, judíos y de los otros, sólo son pobres esclavos que pasan del gueto al campo de concentración y del campo de concentración al gueto.

 

Y a todos los demás, en nuestros días, también les ocurre lo mismo, porque el modelo, que es el modelo oligárquico-farisaico (el del gueto y el del campo de concentración) es ahora un modelo universal. Los guetos se llaman ahora “countries”, “barrios vigilados” y “villas de emergencia”. Y en el orden de las actitudes morales o del espíritu ¿no vivimos en un campo de concentración? ¿No vivimos también en un campo de concentración en el orden político? (Sin vigilantes y sin perros porque ya la perfección es tal que no necesitan uniforme).

 

En los actuales campos de concentración también hay kapos. Carlos Saúl Menem, por ejemplo, es el kapo de un campo de concentración llamado “República Argentina”. Y después vienen todos los aspirantes a kapo, que hacen lo mismo que hacían los fariseos con su comunidad: son vampiros, viven de la sangre de sus congéneres y, sobre todo, de los que son sus compatriotas y hablan su misma lengua.

 

Cuando hablamos de campo de concentración nos referimos, no al mito del campo de concentración, sino al campo de concentración real, a cómo fue verdaderamente durante el régimen nazi. Las SS, por ejemplo, no podían entrar al campo: permanecían afuera de la alambrada. Dentro de la alambrada estaban los rojos o los verdes, había 16 categorías que usaban un rombo de color para distinguirse ente sí. Los rojos eran los políticos, los verdes delincuentes comunes, los amarillos judíos. Y dentro de los campos de concentración la lucha por el poder era entre los rojos y los verdes, por la explotación de sus compañeros. Los milicos de las SS tenían prohibido cruzar la alambrada; sólo intervenían si los prisioneros pasaban del otro lado. Los que gobernaban los campos eran, por tanto, los kapos. Tal era el status del campo de concentración. Y éso es lo que se oculta. Lo sabemos porque lo cuenta, en La mentira de Ulises, alguien que estuvo en el campo de Dachau cuatro años, nada más que por ser diputado socialista, el francés Paul Rassinier. Rassinier escribe este libro porque, tras ser liberado, descubre que nadie contaba la verdad. Ningún otro podía decirla -ni los políticos, ni los comunes, ni los judíos ni nadie- porque ellos mismos eran los que torturaban a su propia gente, que es lo que hacen siempre los kapos, con alambradas o sin ellas. Pues bien, a raíz de la publicación de este libro testimonial, Rassinier es acusado, en una Francia que ha retornado a la democracia… ¡de “pro-fascista”!. Los “Compañeros de la Liberación”, sobrevivientes de los campos que ponen su sede al lado del mausoleo de Napoleón, inician una persecución contra Razinier tal vez porque son, en su mayor parte, héroes de madera, fabricados por la prensa. De hecho, los kapos eran mayoría entre los que sobrevivían a las penurias del campo de concentración.

 

Es preciso decir la verdad

 

¿No es el campo de concentración el modelo de la sociedad en que vivimos? ¿No es, también, el modelo que persigue la contracultura? Para comprobarlo, basta mencionar que en los campos están prohibidos los tabúes trágicos: el poder, el amor, el saber. Lo animal está, en cambio, permitido. Es la realización del ideal de la oligarquía occidental.

 

Creo que cabe aquí mencionar que quienes inventan y emplean por primera vez los campos de concentración son los británicos y los franceses. Los británicos en Africa del Sur los ponen en boga con los boers, pero los franceses ya lo hacían en la Isla del Diablo, porque esa isla empezó como un campo de concentración, no como una prisión, en 1848. Los primeros que van a la Isla del Diablo son los federados del 48. Los deposita allí el Estado francés de 1848, el Estado de Thiers, que es el Estado masónico. Al menos eso es lo dicen por entonces, sus propios funcionarios. Los alemanes, después, simplemente lo siguen aplicando. Y los soviéticos hacen otro tanto en los gulags. Lo mismo que los norteamericanos, con 150.000 japoneses en los nisei durante la Segunda Guerra Mundial. Y los mejicanos. Los procesos de reconcentración de poblaciones que se verifican en Vietnam y en otros países, se hacen primero en Méjico, hacia 1924, cuando los cristeros. Los campos de concentración para los cristeros mejicanos son muy similares a los de la guerra de los boers, incluyendo el hambre y las pestes, porque se deja a los prisioneros desprovistos de todo. Y ¿no hacen también ésto los adalides de la democracia oral, los franceses, con los republicanos españoles, a los que “acomodan” en la arena de la costa, en pleno siglo XX? Pasando revista a estos hechos, todo aparece como si se hubiese puesto en vigor, desde mediados del siglo pasado, un convenio clandestino mundial sobre este punto. Un convenio, obviamente contracultural, del poder. Dicho en otro lenguaje, podría designarse a ésta, también, como la “política de Satanás”. El poder mundial es semejante a un icosaedro: tiene veinte caras, si no más. ¿Cómo no van a aparecer, en medio de situaciones de esta envergadura monstruosa, quienes piensan en términos de milenarismo, quienes vislumbran un “Juicio de las Naciones”, en el que todo ésto termine para siempre, porque es insostenible?

 

Nuestro problema es, por tanto, cómo se sale del campo. En nuestra situación es un acertijo bastante difícil porque no hay alambradas ni están, aparentemente, los perros ni los guardianes. No existen los límites físicos. Han logrado poner los límites dentro de la cabeza y en el corazón de cada uno… ¿Y entonces?

 

Este parece ser el problema central de nuestro tiempo. Sobre él habría mucho que decir. Sólo hemos pintado aquí su realidad en trazos gruesos, pero puede ser examinado mucho más fina y detalladamente. Lo que creo es que estas cosas hay que decirlas… o callar. O se dice la verdad o se la calla. Cuando uno calla no miente, pero también está condenado el callar cuando se sabe la verdad. La verdad obliga a decirla.

 

El protagonismo del pueblo en el proceso peronista

 

El peronismo es una cosa del pueblo. Porque el protagonismo del pueblo en el peronismo existió. Ahora, lo que se trata es de ver cómo y cuándo. Porque hay una teoría, la de los basistas, que dice: “Todo lo hizo el pueblo, Perón es un producto del pueblo argentino, y si no hubiera sido Perón hubiera sido cualquiera”. Decir tal cosa es mentir, porque la historia no está dada. Podía ocurrir o no. Hubo una conjunción, pero esta conjunción fue preparada. Juan Domingo Perón estuvo tres años preparándola, haciendo lo de Hipólito Yrigoyen24 : hablando en pequeños grupos de personas y trabajando en el despacho 17 ó 20 horas por día. Y no sólo Perón, sino también los que lo acompañaban.

Los que escuchaban la palabra de Perón iban y repetían, a veces bien y otras veces mal. Generalmente repetían pasándolo por el prisma de lo que eran antes de escucharlo: unos lo pasaban por el tamiz anarquista, otros por el socialista, otros por el comunista, otros por el tamiz católico, por el nacionalista, por el radical o por el conservador, porque de todo éso hubo…

 

El punto de fusión fue, obviamente, el 17 de octubre de 1945, un hecho conocido aunque bastante mal valorado, porque no es un “encuentro”. El encuentro ya había sido antes, por eso los tipos estaban ese día en la plaza. No pedían por cualquiera. No es lo mismo cincuenta tipos que claman “¡General, no afloje!” en la calle Tucumán frente a la Legislatura que lo que hizo la gente con Perón. La historia no es un “vale todo”, o un “todo es igual”. Todavía no era pueblo pero ya sabía de qué se trataba ser pueblo.

 

 

 

24 Yrigoyen, Hipólito (1850/2-1933): fue uno de los fundadores del partido radical. Elegido presidente de la República de 1916 a 1922, proyectó la nacionalización de los yacimientos petrolíferos, elegido por segunda vez para la presidencia (1928-1934) fue depuesto por la revolución militar en 1930, encabezada por José F. Uriburu.

 

 

 

Masa y pueblo

 

 

 

El pueblo no es ni una clase social ni una etnia ni ninguna de esas cosas. Es una mezcla. Todavía nadie ha precisado el término “pueblo”, aunque Perón intentó, mucho después, una reformulación de la categoría, al señalar la diferencia entre masa y pueblo e identificar con éste los términos “organización”, “dignidad” y “doctrina”.

 

En 1945 había poca organización, algo de doctrina y mucha dignidad. Por entonces Perón hablaba constantemente de “la masa” pero, también, fue aprendiendo. Con el paso del tiempo se fue desprendiendo así de muchas palabras, no porque fueran malas, sino porque dejaban de significar. Necesitaba, para lo que estaba construyendo, una categoría superior a la que se empleaba lingua vulgaris, no sólo en la Argentina sino en todo el mundo, consistente en decir masa: “la masa proletaria”, “la sociedad de masas”, los “mass- media”.

 

Perón creó una categoría -pueblo- que, habiendo sido hasta entonces de carácter político general, él convirtió en categoría específica. Porque “pueblo” no es “el pueblo”, sino que es un proceso de transformación. Un marxista explicaría “de toma de conciencia”, un cristiano o un musulmán dirían “de conversión”, y los peronistas decimos “de dignificación, adoctrinamiento y organización”.

 

Organización es participación; es compartir el criterio, el adoctrinamiento, y es también recuperación de la propia humanidad en la dignidad. Éso es pueblo.

 

Preferir el pueblo a la masa no contiene el designio de crear una dicotomía hegeliana, una contradicción, entre pueblo y masa. La masa también es pueblo. Cuando nos hemos referido a la cultura, hemos dicho que la masa tiene una cultura que es originaria y originante. Tiene tierra fértil. Es poseedora, casi exclusiva, del mito. El proceso de adoctrinamiento y de organización es un proceso de jerarquía ordenada, es el mismo proceso de adquisición de las técnicas o de los valores superiores del espíritu, o sea de la capacidad para salir del mero mito. No cabe despreciar al mito, pero éste es el proceso de su tránsito al conocimiento de logos.

 

Lo que dice Perón no es un dislate, sino algo profundo. Él también va a buscar, como propone Jaeger,  el origen del logos en el mito. Y no lo va a buscar en el pasado, sino en su presente, en donde está. Y así, contra los que piensan que Perón escribió la doctrina peronista, él responde: No, yo la leí. ¿Dónde? En el pueblo. ¿Estaba allí el logos? Sí, y él lo expresa, porque puede expresarlo. Estaba de otra forma, de otro modo; estaba en el modo del mito y en términos poéticos, que había que convertir en discurso político, o sea en doctrina. El proceso ha sido ése.

 

Exilio, peregrinación, retorno

 

Podría pensarse que si uno afirma que el logos de esta civilización está agotado, debería ir a la fuente y ponerse a estudiar los mitos griegos. Esta afirmación es mitad acierto y mitad error. El error es obvio. Y el acierto es sólo la mitad porque el resto, la verdadera otra mitad, es que el mito está presente en el hoy. Y lo que debe hacerse es bucear en la propia realidad, porque de ahí va a salir todo. El logos sirve para saber cómo, pero no para saber qué.

 

Pretender llegar hasta el mito de los griegos es hacer un mero uso del logos, adoptar una actitud historicista, pensando que uno va a descubrir así qué pensaban los griegos. No se puede llegar al mito de los griegos y, más aún, es altamente factible que podamos alcanzar el pensamiento de los griegos contemplando a la gente de hoy y no leyendo libros de historia u observando ruinas para ver qué dicen las piedras. Porque ocurre que los griegos murieron, desaparecieron, y si hay algo vivo está acá, entre nosotros.

 

Del mismo modo que desde la época de la Grecia llamada “clásica” está presente la tragedia en el ámbito virtual de la contracultura, también desde entonces está Ulises en la realidad de la cultura. Si por un lado la Ilíada, para muchos de sus partícipes (Aquiles, Menelao, Agamenón, Ajax…), es una tragedia, la Odisea, por el contrario, es un drama. Y es a la vez un modelo, el de un hombre que no es “héroe”. Cuando Homero habla de Ulises, rey de Itaca, dice “el ingenioso Ulises”. Aquiles y los otros eran, en cambio, “brillantes”, eran “amigos de Ares”, etc., pero no ingeniosos. El paradigma histórico del hombre, por tanto, es Ulises; el resto -los otros personajes- forman parte de una fábula. En el siglo VIII, ó IX A.C., cuando se escribe (o se reúne) la Odisea, el relato histórico era mitológico, era fábula, venía ya impregnado de lo trágico, y es en Ulises que emerge el hombre verdadero.

 

Los atributos de Ulises son la peregrinación, la valentía, la inteligencia, la “habilidad en tretas”… Ulises se pelea con el mundo, hasta con los dioses; vive diez años de su vida navegando en vano (la peregrinación o, dicho de otra manera, la vida), para retornar finalmente y encontrarse con que le habían evaporado el patrimonio, se querían acostar con su mujer, querían matar a Telémaco -su hijo-, y hasta que habían decidido matarlo a él. Su vuelta a Itaca parece entonces una venganza, pero él ha retornado para ejercer la justicia, que es lo que en verdad hace finalmente.

 

El proceso exilio-peregrinación-retorno, que es el modelo de Ulises, también es el modelo del pueblo de Israel. Por dos veces, y en realidad por tres: la primera vez el exilio es en Egipto; la segunda es en Babilonia. Y la tercera es la Diáspora. Es el exilio, es la peregrinación -corta o larga, poco importa- y es finalmente el retorno.

 

¿Qué es, en verdad, un “modelo”?

 

Cuando se dice “Grecia es Occidente” se dice una estupidez: el tropismo que los griegos tenían -y que realiza Alejandro- es el tropismo de volver a las fuentes. Ellos también eran exiliados, peregrinaron muchos siglos y finalmente volvieron al mismo lugar, o parecido, de donde habían salido. La epopeya siempre es ésa, en Ulises, en los griegos y para el pueblo de Israel. Y ¿no es también el modelo de cualquiera? Las diversas cosas que les ocurren ¿no son las cosas que le ocurren a un hombre, o a un pueblo, como en el caso de los judíos? Ésos son los modelos, porque ése es el modelo de la historia.

 

Pensar en un modelo no es pensar “yo voy a ser como…”, que es como se concibe el modelo en términos modernos. Los verdaderos modelos son proposiciones de carácter histórico que después se cumplen en la realidad, independientemente de que los hombres lo sepan o no. Posnanki, en Los argonautas del Pacífico occidental, hace la historia de la migración de los maoríes. Los maoríes vivían en Hawaii, y un día apareció uno que dijo: “A partir de ahora tienen que gobernar las mujeres”. Una mitad se opuso, pero decidió que lo conveniente no era resolver la cuestión a lanzazos y cortésmente propuso una votación, por medio de la cual “los que son más se quedan, los que son menos se van”. Los rebeldes resultaron ser unos pocos menos, y se fueron. Familias enteras subieron a las grandes piraguas y durante el viaje peregrinaron por todo el Pacífico. Fueron dejando compatriotas en diversidad de otras islas, porque navegaron desde Hawaii hasta Nueva Zelandia, donde finalmente desembarcaron porque estaba vacía, no vivía allí nadie. Pero los maoríes, finalmente,  también  volvieron.  ¿Habían  leído,  acaso,  las  Sagradas  Escrituras,  o  alguna  Historia  del Pensamiento Griego? No. Siguieron naturalmente, sin una “toma de conciencia” a la manera occidental, el modelo.

 

Hay un momento en que se vuelve. No importa cuándo. Porque hay un momento de exilio, un período de peregrinación y un momento de retorno. En el caso de los maoríes, a su retorno a Hawaii descubrieron cosas para ellos increíbles: cambios en el lenguaje, costumbres diferentes… En el siglo XVIII, cuando llegan los yanquis a Hawaii, ya estaba todo muy mezclado, pero ¿quién gobernaba? Una reina, Kameha-meha, que fue el primer gobernante del mundo que reconoció a los Estados Unidos como nación independiente y en su testamento legó las islas, a su muerte, a los norteamericanos. (El segundo en reconocer la independencia estadounidense fue Toussaint-L’Overture25 , el esclavo negro que había libertado a Haití de los esclavistas franceses un año antes, en 1801, y que mandó, además, un regimiento a operar en la revolución contra los ingleses).

 

¿Existe todavía el pueblo argentino?

 

El concepto de peregrinación es aplicable también al pueblo argentino, desde el momento en que se reconoce como pueblo. El pueblo argentino ha tenido varios exilios y peregrinaciones. El último de esos ciclos comenzó en 1955 con un largo exilio y pasa, tras la muerte de Perón en 1974, por una accidentada, dura y peligrosa peregrinación que se prolonga hasta nuestros días.

 

Al llegar 1989, el que vota a Menem es un pueblo que ya está dejando de serlo. Pero éste es otro problema, un problema distinto. ¿Por qué se llega a esta situación? ¿Por qué los precandidatos justicialistas eran sólo dos: Menem y Antonio Cafiero? ¿Por qué había que elegir o Fulano o Mengano, y no Perengano o Zutano? Como dice Cervantes, “entre bobos anda el juego”, y no podía ser de otra manera. Es que la respuesta a todas estas preguntas está en el proceso anterior, no en ése.

 

Desde 1974 hasta 1989 transcurrieron 15 años y ¿qué pasó? Fue durante ese período que se estimuló como nunca el cuestionamiento interno y externo de la doctrina, se disparó la destrucción de la organización y se liquidó la dignidad que había sido divisa del linaje peronista en el poder, en el llano y en el exilio… Después de éso ¿cómo impedir que votaran a Menem? Era como votar a Tamborini-Mosca, incluso peor. Era como decir “Urquiza es el Partido Federal”. En un sentido sí, y precisamente el problema es ése. Es una cuestión compleja, porque no es totalmente falso que el pueblo argentino haya votado mal y que Menem no sea peronista. Pero ¿es maldad de Menem o es que ya el conjunto del sistema del movimiento nacional estaba agotado, no en 1989 sino mucho antes?

 

Partículas y comportamientos aleatorios

 

Aún en 1997 encontrábamos viejos peronistas que seguían votando a Menem, en particular en algunas provincias. ¿Por qué? Para explicarlo, hagamos una analogía: supongamos que yo voy en una nave espacial y, cerca de la galaxia de Andrómeda, me encuentro con una piedra del tamaño de un puño, que es una buena, vieja y valiosa piedra de granito de la Tierra, pero ¿es la Tierra? ¿Se puede decir que esos peronistas sueltos, incluídos algunos pequeños grupos u organizaciones peronistas que pudieran haber sobrevivido a la devastación del período 1974-1989, son el peronismo, o son al menos una representación, una vez desprendidos del sistema que les dio origen y sustento? ¿Desprendidos de sus raíces, de su savia? A esos viejos peronistas se los puede comparar a un buen auto, incluso al mejor, pero montado sobre tacos porque le faltan las ruedas. 

 

 

 

25 Toussaint, Pierre F.D.: político y general haitiano, llamado también Toussaint-L’Overture, nació en Santo Domingo (1743). Murió en 1803. Tomó parte en el levantamiento de los esclavos en 1791. Al ser abolida la esclavitud en 1793, se hizo con el control de Haití, proclamando a la isla independiente. Fue vencido por los franceses y murió en prisión en Francia.

 

 

Cuando desaparece un destino y una misión común, un sentido común de la vida, cada partícula tiene un comportamiento aleatorio: pueden así seguir un rumbo u otro, chocar o no chocar con otras partículas, pero todas, en general, tenderán a asegurarse su propia supervivencia individual. No es que unas estén bien y otras mal, porque las que “están bien” también están mal. Si tomamos un chorro de electrones (sean mesones, protones, etc.) y observamos, veremos que tienen ese comportamiento aleatorio, imprevisible, en una franja de tiempo y espacio concretos. Pero hay tablas estadísticas que permiten decir “en tanto tiempo y en tanto espacio pasa en un altísimo porcentaje tal cosa, en un porcentaje menor tal otra, en otro porcentaje otra…” Es el llamado principio de indeterminación. De igual modo, al romperse aquéllo que era el peronismo, o el Movimiento Nacional, ha pasado lo mismo.

 

La Unión Cívica Radical ha dado muestras de que mató al Movimiento Nacional en ella antes de Yrigoyen. Por eso sobrevivió. En cambio el Partido Federal no, le pasó lo mismo que al peronismo: se atomizó. Se convirtió en sus partículas elementales, erráticas y, por tanto, todos estaban equivocados. ¿Por qué equivocados? Porque todos eran parte, partícula, pero al haber dejado de responder a un todo, a un sistema común, habían dejado de participar de una verdad descubierta y construida en común. Estaban sueltos, y cada uno esgrimía su propia y pequeña “verdad”, que a nadie más servía.

 

¿Se podría calificar a aquellos viejos y disciplinados peronistas que desde siempre votaron al PP, a la Unión Popular y después al PJ, y que hoy votan a Menem, de “buenos peronistas”? No, porque, a lo sumo, son memoriosos, que se acuerdan de algunas cosas y votan a Menem porque creen que nada ha cambiado. Son incapaces de adoptar una conducta nueva frente a un hecho nuevo, e incapaces también de retomar el destino. Ser hoy un “buen peronista” ya no es retomar el destino, sino añorar el anterior. Existieron infinidad de casos parecidos en la historia; Cristo mismo los llamó sepulcros blanqueados, y desde nuestro punto de vista diremos que han dejado de morar en la cultura viva y han pasado, en muchos casos sin darse cuenta siquiera, al sistema virtual de la contracultura.

 

Empecemos de nuevo

 

– Retomar el destino implica decir, y decirse, “empecemos de nuevo”…

– ¿De nuevo?

– Sí, de nuevo.

– ¿Todo?

– Todo.

– Pero mirá que se puede aprovechar esto para…

– No, no se puede. Hoy no se puede. Dentro de cien o mil años se va a poder, pero ahora no.

– ¿Por qué?

– Porque en el momento en que empezás, es todo de nuevo. De raíz.

 

El Movimiento Nacional, y la independencia y libertad de un pueblo, constituyen una planta que no es perenne, que cada vez que da una cosecha hay que volverla a sembrar. Como el trigo. Se reproduce por medio de semillas. Cada vez que ocurre, todo empieza otra vez…

 

– ¿Empezó otra vez? Bueno, pero no tanto…

– Eso es cierto en el antes, pero en el hoy de hoy empieza de nuevo.

– ¿Desde dónde?

– Desde cero-cero, nada. Memoria, costumbre, tradición, glorias, derrotas… todo es historia, no sirve para nada.

 

Obviamente, en una situación como ésta, el llamado “protagonismo del pueblo” ha desaparecido. Es un tiempo de protagonismo del grupo oligárquico-farisaico. Y vale la pena aquí tener en cuenta que al hablar de protagonismo estamos hablando de espectáculo, de teatro. Y ésto que intentamos explicar no es un espectáculo. A menos que uno concurra a un teatro donde cuando agarran a palos al títere lo agarren a palos también a uno. Pero en el teatro no es así; sin embargo, en la vida sí: cada vez que le pegan al títere los palos los recibe uno. Y no es un espectáculo, porque los pueblos no son proto-agonistas (algo así como “luchadores antes de enfrentarse”).

 

Guardia de Hierro

 

El sentido que tuvo la organización peronista Guardia de Hierro en un principio (su creación data de los años de la Resistencia peronista) no es el mismo que tuvo después, hasta el final. Al principio, en los años 1960-1964  (hasta  los  días  del  retorno  fallido  del  general  Perón  a  la  Argentina),  su  sentido  era  el  de participación en Juventud Peronista. Después cobra otro sentido, producto de la experiencia adquirida en aquel período, de saber que todo eso era inútil, porque por entonces se manejaba la teoría al uso de León, del elan de la época.

 

Veíamos en el peronismo, en primer lugar, una lucha interna en la cual Juventud Peronista, si no era punto, perdía, porque era incapaz de unificarse internamente y también porque era dividida desde afuera, desde la dirección gremial o desde la dirección política local (secretarios generales, consejos o las diferentes alternativas que hubo). Después estaban las divisiones de carácter ideológico, que también existieron: no resultaban fundamentales, pero eran parte de la formación de todos como cuadros, como militantes en principio.

 

Después, notábamos también la ausencia de cuadros en el terreno político y su presencia en el campo gremial. No había para nosotros -para mí- por qué entregar la base popular del Movimiento y la organización política a un grupo de sinvergüenzas, que era lo que veíamos que eran. Todos. Y así nace la segunda idea, que es la formación de cuadros.  No se podía hablar de cuadros que el Movimiento no tenía. Había que extraerlos de algún lado, en principio de la base y en segunda instancia de donde estaban (la militancia política, gremial-universitaria, secundaria, en una palabra, jóvenes trabajadores y de clase media, que es donde los fuimos a buscar), y había que formarlos. En ésto existía una contradicción entre montar una organización que fuera capaz de enseñar a los cuadros y la existencia de la organización de cuadros misma. Esta última resultaba contradictoria con el peronismo, en tanto éste constituía un Movimiento, por un problema de lugar, de espacio. De todas maneras, el proceso que siguió Juventud Peronista en su conjunto, no sólo nosotros, fue ése. Nosotros lo hicimos primero, lo hicimos masivo primero, y todos los demás siguieron este camino muy rápidamente y así se creó la realidad de las agrupaciones de cuadros que constituyeron un poder importante dentro del Movimiento (aunque fuera de él también) en el período 1970-1976. Había aparecido una estructura capaz de enfrentarse al poder gremial. Al poder político ya no, porque estaba “tirado en medio de la calle”.

 

El problema era la obediencia, la subordinación a Perón, la disciplina y, en última instancia, también la disolución orgánica de la organización de cuadros, porque nosotros no construíamos para los cuadros sino para el pueblo. Era ésta una contradicción que expresaba toda organización dentro del Movimiento, mientras éste existió. A veces era tolerable, o tolerada, o absorbida, y otras intolerada o intolerable, o imposible de ser absorbida, cuando planteaban una divergencia fundamental, es decir, en el plano estratégico, con la conducción de Perón. Esta divergencia se planteó con los Montoneros y no sólo con ellos, sino también con otros más: Vandor, el Partido, los “neoperonistas”, etc., etc.

 

Creo que nosotros hicimos honor, por lo menos al nombre, que era el nombre que llevaba el grupo de acción de la Legión del Arcángel San Miguel en Rumania, unos nacionalistas no católicos, sino ortodoxos, que fueron masacrados desde dos vertientes del materialismo: por los alemanes, primero, y por los rusos, después. En rigor, estos eran solamente rasgos muy externos para uno, que por entonces pensaba más en la diferenciación respecto de otros grupos que en la identificación con la Guardia de Hierro rumana. Porque ya el sistema de diferenciación constituía una identificación. Pasar de la indiferenciación a la diferenciación era un paso adelante en la formulación de la identidad, aunque se pensara más en la diferenciación -de los llamados  “revolucionarios”,  de  los  llamados  “políticos”  o  de  los  llamados  “gremialistas”-  que  en  la identificación. Nos oponíamos a ellos, aunque también relativamente, porque frente a enemigos comunes hemos trabajado en conjunto. La oposición no era una lucha a brazo partido, salvo con algunos, muy pocos; en general era una existencia más o menos conflictiva a veces, pero tolerada, cuya única expresión era la política interna porque ¿cuál era la política externa? Una política externa al Movimiento era algo muy difícil. Vencer la gravedad del Movimiento implicaba dar unas cuantas órbitas alrededor de él para poder salir de su fuerza de atracción. El peronismo era por entonces, y lo fue mientras vivió Perón, un planeta pesado. Y ciertos tipos juntaban tanta fuerza para salir que después se quedaban afuera… La cantidad de inercia que acumulaban finalmente disparaba a muchos (a otros no) a los lugares más absurdos. Nosotros optamos por no hacerlo, por quedarnos adentro y por entender que la misión era interior al peronismo, e interior al Movimiento. Las relaciones exteriores fueron siempre muy pocas, bastante pobres, por cierto, porque eran inútiles. El universo del peronismo estaba completo, porque siendo un planeta de ese porte era reflejo, como la Luna, de todas las luces que había en el universo exterior. Todo lo que estaba afuera estaba adentro. Adentro había radicales, conservadores, tecnócratas, comunistas, socialistas, trotskistas, anarquistas, más ricos y mejores. Porque el Movimiento era un todo en sí mismo, pero no estaba aislado. Estaba influido, penetrado, manipulado.

 

La primera guerrilla

 

La idea de la guerrilla, en el peronismo, apareció muy temprano. Los primeros fueron los famosos Uturunco, en 1959. No tenían conexión con nada y, sin proponérmelo, asistí a sus primeros momentos. El fundador de Uturunco había militado hasta 1945 en la Federación Juvenil Comunista y después se hizo peronista.

 

Cuando se inició la Resistencia, Uturunco militaba conmigo. Nosotros habíamos empezado a pensar en términos de “cómo se toma el poder”, de acuerdo a cómo se planteaba la cuestión en aquellos años. Y ahí nació el “plan Chipre”, denominación que buscaba absorber toda una experiencia que Grivas26 estaba haciendo por entonces en Chipre: desarrollar la guerrilla en la isla y tener respaldo en Grecia. Grivas encabezaba en Chipre la guerrilla griega contra la dominación turca y británica, ya que la isla era un dominio británico. La idea de Grivas, un general del ejército griego, era llegar de Grecia a Chipre como un libertador. Tenía oficiales, entrenamiento y gente.

 

A lo nuestro se le puso “plan Chipre” por esa razón: el plan consistía en traerlo a Perón a la frontera argentino-boliviana y tomar un regimiento de infantería en Jujuy, creo que el 22 por aquél entonces, para lo cual había que preparar la concentración de la represión en el área Buenos Aires. A éso obedeció el proceso de las huelgas que comenzaron en agosto del 58 y que incluyó a los gremios bancario, metalúrgico (la huelga de Philips), del chacinado (en noviembre del 58, después este gremio desaparece) y al de la carne (frigorífico Lisandro de la Torre, en enero de 1959). Luego vino la huelga general de febrero de 1959 y finalmente el proceso se cortó, porque el problema había empezado a pasar por quién conducía ese proceso.

 

A partir de ese momento, el gallego Mena -que era Uturunco- y un grupo de muchachos se dijeron: “No, basta, terminémosla con ésto, hagamos la guerrilla, vamos a Tucumán, empecemos otro tipo de proceso…” Y se fueron. En contra de la opinión de la mayoría del “comité central” (en realidad se llamaba Comando Central) del Comando Nacional Peronista. Yo era un muchacho más, pero, obviamente, me enteraba de todo ésto.

 

Los Uturunco hicieron primero la operación de toma de Frías, bastante simple, con un santiagueño que era Samavalle, el Comandante Puma, y después se fueron al macizo de Cochuna. Gendarmería y el ejército los cercaron, pero ellos se solazaban con este cerco: iban, por ejemplo, a bailar a los pueblos y no se enteraba nadie. No había aún infiltración ni habían aparecido las después famosas técnicas antisubversivas. Pero ésto fue hasta que el cerco se hizo verdadero. Aún así lograron escapar tras un enfrentamiento, con Mena herido. Lo llevan hasta el Chaco a pie y desde el Chaco, en un avión, lo sacan a Cuba, donde lo curan y lo operan del apéndice. Esta un tiempo en Cuba y cuando vuelve, vuelve enfermo y muere al poco tiempo, muy deteriorado, bordeando los 50 años. Yo estuve con él pocos días antes que se muriera, en una casita que tenía frente a la estación Aldo Bonzi. Mena me llevaba más de 10 años y yo lo veía como un hombre viejo.

 

 

26 Grivas, Georgios (1898-1974): militar y político greco chipriota, opuesto a la independencia de Chipre.

 

 

Nosotros habíamos querido juntar en ese momento, cuando el Frente Nacional, en el año 1963, un grupo de gente para hacer un poco de fuegos artificiales. Como siempre, éso era en combinación con la política, pero también un tema fundamental para nosotros en aquella época. Hicimos una reunión con Jorge Daniel Paladino, probado en la Resistencia, el gallego Mena y Manolo Buceta. Yo fui el encargado de juntarlos. Conocía de antes a Paladino, exactamente desde los sucesos del 9 de junio de 1956: vivía en Berazategui, donde un sobrino de él era el cuidador del campo de la Asociación Obrera Textil. La reunión se hizo, pero no se llegó a nada y al poco tiempo murió Mena. Ocurría que ya las posiciones habían tomado un sesgo ideológico, como resultado del abandono que muchos habían comenzado a hacer de la doctrina peronista. Creían que la doctrina peronista era revolucionaria solamente desde el poder. Muchos ya decían, incluso, “Perón no viene más, dejémonos de joder con éso…” Igualmente, debo señalar que Mena fue un militante ejemplar, verdaderamente de primera, con un grupo pequeño pero también de primera. No supe nunca más qué fue de ellos.

 

Esa fue, vista desde afuera, la historia de la primera guerrilla de este siglo en la Argentina. Y mientras los Uturunco estaban en el monte, acá en Buenos Aires se hizo Radio Patria Libre. Yo anduve en eso en Mataderos, con un morocho que llevaba la radio en una valija. Se abría la valija, revoleábamos la antena en algún cable de la luz y, osciloscopio mediante, se pasaba una grabación: “Habla Radio Patria Libre…”, una proclama que se oía en 5 ó 6 manzanas a la redonda. Las transmisiones se hacían de noche, a cierta hora, siempre en lugares distintos y por calles poco transitadas. Las hacíamos caminando, aunque a veces tranportábamos la valija en un tranvía. Salió en los diarios, pero no la agarraron nunca. Era una imitación de la radio de la “República del Pato” de los colombianos, la del famoso guerrillero TiroFijo, pero duró poco.

 

La ideologización

 

Entre fines de los años 50 y comienzos de los 60, de todos estos grupos o grupúsculos, que se movían acá y en otros países de Iberoamérica, ninguno era marxista. A lo sumo podían tener algunos elementos de marxismo cuando en ellos intervenía algún universitario, pero los tipos no se proponían ni la “revolución socialista” ni ninguna de esas utopías de origen europeo. Eran más bien intentos de carácter nacional contra la expansión anglosajona en nuestras tierras, y en la Argentina lo fundamental en ellos era el retorno de Perón.

 

Fue en la etapa posterior que comenzó la ideologización en firme, sobre todo por la influencia cubana. Aunque también es una estupidez decir “influencia cubana”. En realidad los tipos iban a Cuba, pero desde Cuba no los llamaba nadie y además los comunistas cubanos no querían que fuera nadie porque a la revolución cubana la consideraban “de ellos”, pese a que al principio el Partido Comunista (Blas Roca, Marinello27 ) estuvo en contra de Fidel Castro. Después, como la mano vino bien, agarraron a Cuba entre los dos grandotes y, mientras uno la apretaba, el otro le metía la furca, aplicando una vieja técnica de carteristas y punguistas: uno te empuja y el otro te “limpia”.

 

 

Fidel Castro y el “Che” en Buenos Aires

 

Fidel Castro vino a Buenos Aires en 1959, en momentos en que acabábamos de salir de las huelgas de enero, que habían terminado en un desastre de presos y despedidos. A Fidel lo recibieron en la avenida Santa Fe con la “Marcha de la Libertad”, un famoso discurso del embajador de Aramburu y Rojas en el Uruguay, Alfredo Palacios, y las loas de La Prensa por haber derrocado al dictador Batista, a quien ese diario veía como “el Perón cubano”. De modo que en aquellos días, para nosotros, Fidel, el “Che” y compañía eran unos gorilas con los que no queríamos saber nada, absolutamente nada. La entrevista del ministro de Economía cubano, Ernesto Guevara, en 1961, con el presidente Frondizi, no hizo más que confirmarnos en esa posición.

 

 

 

27 Marinello, Juan (1898-1977): escritor y político cubano, candidato a la presidencia en 1948. Autor de poemas y ensayos, entre los que destacan “Americanismos y cubanismos literarios”, “Guatemala nuestra”.

 

 

Pese a todo, el petiso Tristán estuvo con Guevara en el aeropuerto, antes de que volviera a Cuba. A mí me parece que a Tristán le interesaba que Guevara y su jefe, así como los cubanos, comprendieran el proceso que vivía la Argentina y el papel que desempeñaba en él la resistencia peronista. Porque no sé hoy si toda la culpa era achacable a los cubanos. Pienso que cuando Fidel vino a la Argentina no tenía, como no la tenían los cubanos, la más remota idea de nuestro país. Y no era precisamente Guevara el que les podía dar una idea de lo que pasaba en la Argentina, de la cual faltaba desde el año 1952, ó 1953 y a la que nunca más se religó. Pese a que fue Perón quien le permitió salir de la embajada argentina en Guatemala porque el golpe de Castillo Armas lo acusó, junto con otro médico también argentino, de comunista y no lo dejaba salir. El mismo Perón me contó a mí, en España, que el embajador argentino mandó entonces una comunicación a nuestro canciller, Remorino, para que la Argentina les diera el salvoconducto, pese a que ambos eran desertores del Ejército argentino. En realidad, Guevara y el otro se habían ido de la Argentina para no hacer la colimba. Cuando Remorino le planteó la cuestión a Perón, éste le respondió:

 

– No importa, déme que yo voy a firmar el salvoconducto.

– Pero, General, mire que…

– Remorino, esos muchachos salen… ¿entendió?

Cuando Perón me contó ésto añadió, burlonamente:

– Porque no sé si usted sabe que él (Remorino) trabajaba para la CIA ¿no? Por eso yo lo tenía ahí…

 

Después que la Argentina le diera el salvoconducto a Guevara y al otro, ambos se fueron a Méjico, donde conocieron a Fidel Castro, que también estaba exiliado ahí. El que los presentó fue alguien a quien yo conocí, Carlos Padilla Pérez, delegado del Partido de la Independencia de Puerto Rico en América Latina, quien así me lo aseguró. Ya había ocurrido el atentado que Collazo y Anita, de ese partido fundado por Albizu Campos, habían consumado en 1952 en Washington, cuando tiraron una bomba en la Cámara de Representantes. Albizu Campos estaba preso por entonces y después murió, también en la cárcel. Y éste es otro eslabón de lo que decía antes: por entonces había un movimiento de tipo emancipador más o menos generalizado en Iberoamérica, mucho más que hoy en cierto sentido. Lo que ocurrió después fue que los comunistas lo ahogaron y se alzaron con el santo y la limosna, una tarea de asfixia del sentido emancipador que ahora continúa la socialdemocracia.

 

Consecuencias de la ideologización

 

El incipiente proceso de interconexión continental de ese movimiento también se consumió, más que nada porque estaba apoyado, sobre todo, en los sistemas ideológicos, salvo con el MNR boliviano, que tenía que ver de una manera más vital con nosotros, lo mismo que con los colorados paraguayos o los blancos orientales. En una palabra, los contactos prosiguieron en el área del Plata, que era una zona claramente diferenciada. En el resto del continente la preeminencia ideológica marcó el tránsito de estos agrupamientos, primero hacia un seudomarxismo y, por lógica consecuencia, su ingreso final al área liberal. Eso pasó, por ejemplo, con el APRA peruano, con un Haya de la Torre que, además de ser maricón, terminó hablando bien de Estados Unidos. Los norteamericanos pronto lo convencieron, a partir de entonces -y no sé si a cambio de algo-, para que se opusiera a Perón.

 

Lo de Haya de la Torre fue lo mismo que lo de Alfonsín. Balbín era un tipo capaz de comprenderlo a Perón aunque no estuviera de acuerdo; Alfonsín es incapaz de comprender ni a los que están de acuerdo, porque escasamente se comprende a sí mismo. Igual que Haya de la Torre, un intelectual soberbio y deliberadamente maltratado para que tomara las posiciones que tomó: llega, por ejemplo, hasta Montevideo y no viene a la Argentina, por entonces gobernada por Perón; más aún, se entiende allí con los colorados uruguayos y con los radicales argentinos. Eso dividió al aprismo en dos, porque acá había algunos dirigentes importantes del Apra que estaban con Perón, pero ¿quién se enfrentaba con Haya?. No obstante, esos dirigentes persistieron en su apoyo a Perón… y nunca más tuvieron figuración dentro del Apra, porque los que se impusieron después en Perú fueron los de la línea de Haya, los liberales, amigos predilectos de los radicales. Y del PRI mejicano.

 

Otro tanto ocurrió con el derrocamiento de Pérez Jiménez por el democrático almirante Wolfgang Larrazábal, el “Rojas venezolano”, como se lo llamó por entonces. Con una diferencia: Pérez Jiménez no era Perón y, en rigor, no existía ningún perezjimenismo en Venezuela. Pero hace poco tiempo tuve que viajar a Caracas y un amigo que allí me hice, la primera vez que me llevó a recorrer esa ciudad en su auto, me señalaba algunas obras públicas y decía: “Ésto lo hizo la sangrienta dictadura”, “ésto otro lo hizo el dictador”, “ésto lo mandó construír el depuesto”. Cuando al fin le dije “Escuchame ¿me estás gastando? ¡Vos sos peronista!”, él se mataba de risa. Y terminó diciéndome: “Mira, ¡todo lo que ves lo hizo Pérez Giménez, todo lo que se destruyó lo hicieron estos hijos de puta!”. ¡Y me lo decía treinta y pico de años después! Caracas es una ciudad absurda, hecha en un lugar absurdo para ser un pequeño poblado, ahora es un monstruo que ocupa montes uno tras otro. La comunicación es horrorosa. ¿Qué hizo Pérez Giménez? Túneles. Perforó la sierra, metió carreteras por el medio y la ciudad está ahora comunicada. Antes de él a nadie se le había ocurrido. Pero después de él tampoco, nunca más. Como decía Perón, Pérez Jiménez era “un justicialista utópico”. Su lema era “todo para el pueblo, todo por el pueblo, pero todo sin el pueblo”. Lo mismo ocurrió con Rojas Pinilla, con Ibánez y con algún otro.

 

Pero los liberales piensan de otra forma

 

Los liberales hablan de “los dictadores latinoamericanos”, al modo que lo hacían los griegos de los heráclidas y de Pisístrato, o que los ingleses opinan de César. Es la misma idea y por las mismas razones: porque la democracia consiste en que estén los “democráticos” en el poder, no importa si son mayoría, minoría o nada. Aquí estuvieron encarnados en los “hombres de la levita negra” (Salvador María del Carril, Juan Cruz Varela y otros maricones a los que nunca se les conoció mujer), que impulsaron a Lavalle a hacer el desastre que hizo y, finalmente, a matar a Dorrego, y que también pensaban de esa forma. Es en el fondo un problema de conformación del entendimiento, o del pensamiento.

 

Junto a esos liberales siempre orbitaban románticos como Echeverría, mal poeta y peor cantor (de guitarrero ni hablar, porque fue a Francia a aprender guitarra -sí, a Francia, que era lo mismo que ir a comprar una heladera al polo, porque este tipo de próceres jamás habría quemado su crédito de liberales yendo a España-, y cuando vino, al año y medio, no sabía un arpegio). ¡Y pensar que Echeverría, con El matadero y La cautiva, fue el delegado superlativo del romanticismo en la Argentina!

 

1965: el segundo período

 

En Guardia de Hierro comenzó un segundo período en el año 1965, inmediatamente después del desastre del fallido retorno de Perón de diciembre de 1964, abortado en Río de Janeiro, y de la construcción de la CGT “De pie junto a Perón”, en Tucumán. En enero de 1965 Perón enviaba el famoso Memorándum en el que hablaba por primera vez del “trasvasamiento generacional” y exhortaba a la unidad de los jóvenes. Poco después Isabel visita la Argentina. Todo el mundo parecía “estar en el cambio”, como se decía por entonces, porque también empezaron a moverse las cosas para hacer en Montevideo el primer congreso de Juventud Peronista. Al comenzar ese período Guardia de Hierro se encontraba reducida a su mínima expresión numérica: éramos tan sólo tres ó cuatro tipos. De modo que debimos empezar todo de nuevo. Con otras ideas: la de superar los grupos y, después del congreso de Juventud, la de borrarnos totalmente de la “interna”. Surge también la idea de rescatar métodos que se habían abandonado por los años 1957 ó 1958, como el de la organización territorial, porque en los gremios, en el partido, muchos se habían ido a las superestructuras, pero ¿de dónde podía venir la gente si no de un barrio? Había que volver a eso.

 

La cuestión de las militancias que terminan yendo a pelear espacios “arriba”, en las superestructuras políticas, y olvidándose de la gente, es un problema recurrente en los partidos políticos y en otros tipos de organizaciones y, en el peronismo, se dio muchas veces. La tendencia a separarse de la gente no aparece porque los tipos son “malos”, sino por aquel problema cultural que ya hemos descripto. Es verdaderamente una pendiente, como el plano inclinado de Arquímedes. A causa de esa caída los grupos u organizaciones reales se transforman en organismos virtuales, en los que la desconfianza es generalizada y de todos contra todos.

 

Por esta razón, a partir de 1965 comenzamos a construir otra cosa. Conformamos un grupo que a partir de una idea, ya más decantada, menos lírica, menos ideológica, más doctrinaria, empezó a caminar. Y en 1967 fuimos a ver a Perón por primera vez.

 

La relación con Perón

 

Ya habíamos logrado conformar otro tipo de organización. Eramos unos 50 militantes, una barbaridad por entonces porque todo el resto de Juventud Peronista no llegaba a esa suma en todo el país.

 

El viaje a Madrid para ver a Perón no fue motivado sólo por ese crecimiento, sino consecuencia también del desarrollo del congreso de Juventud, del que salieron, por un lado, los Montoneros; por otro, nosotros, y por otro más, los muchachos de Juan José Taccone (Basualdo, Mariani, etc.) que formaron la agrupación “8 de Octubre” y eran afines a Onganía. Al principio habíamos estado todos juntos. Por esto el viaje iba a ser con Espina, y yo quería que él viniera por ese motivo, pero cuando nos reunimos en la casa de Alberte, que era el secretario general, que vivía por entonces en Yerbal 61, Espina no quiso. Con Alberte nos habíamos peleado en Montevideo, pero nos volvimos a reconciliar acá, en Buenos Aires, iniciando una serie de conciliábulos que culminaron en la preparación de ese viaje. Ibamos a ir también con los radicales, porque habíamos trabado amistad con los líderes de la Juventud Radical, Carlos Suárez entre ellos. Buscábamos mostrarle a Perón que era posible y estaba en marcha el trasvasamiento generacional y la unidad de los jóvenes.

 

Después del fracaso del primer intento de retorno, no iba nadie a Madrid. Al llegar, llevábamos una carta de Alberte que nos abriría las puertas de la residencia de Puerta de Hierro. Y estuvimos seis meses en España. Durante ese tiempo compartimos alrededor de 120 horas con Perón. Y la relación con él se fue desarrollando.

 

Los ideólogos de la “Revolución Argentina”

 

En 1967 acá estaba Onganía, a quien muchos en el Movimiento ya veían como una reencarnación “actualizada” de Perón. Se habían entusiasmado con el “comando azul” del ejército; los nacionalistas estaban de parabienes, al igual que Mariano Grondona, Miguens y demás autores intelectuales aparentes del onganiato, porque los verdaderos progenitores de aquel golpe, inspirados en un odio visceral a Perón, habían sido Roberto Roth, Jorge Klappenbach y algunos otros civiles (por no decir “comandos civiles”), además de un grupo militar del que son conocidos Imaz (quien en 1955, siendo capitán, encarceló a punta de ametralladora a la junta militar que en septiembre había dejado Perón y que años después fue ministro del Interior de Onganía) y Prémoli. Roth había redactado por esos años algo así como un “Manual del Perfecto Oligarca”.

 

Eduardo Firmenich, quien después sería el jefe del sector combatiente de Montoneros, tiene registradas 17 entradas en el ministerio del Interior de Imaz. En esa misma época se produjo la muerte de Romano, el estanciero de Mar Chiquita.

 

El grupo original de Montoneros

 

Romano era el pagador del ministerio del Interior que tenía a su cargo entregar la subvención que otorgó esa cartera a los partícipes civiles del “operativo Aramburu”, es decir, al grupo original de Montoneros. Pero tuvo la mala idea de quedarse con la mitad del dinero. Entonces aquel grupo original tiró en suerte a quién le tocaba ir a ejecutarlo. Le tocó a Crocco, hermano de la mujer de Aldo Rico. Crocco fue, limpió a Romano y se suicidó, cumpliendo al pie de la letra la orden que le había dado… ¿Firmenich?. El grupo original cobraba, no por matar a Aramburu, sino por hacerse cargo de su cadáver -que les fue entregado- y disponerlo para su presentación ante la opinión pública. Para ésto llevaron los despojos recibidos a Timote, a un campo que allí tenía Ramus.

 

Aramburu se les había muerto a sus secuestradores del corazón en el Hospital Militar. Y fue Prémoli el que lo hizo secuestrar de su casa, en un primer piso, con el pretexto de una cita. Aramburu bajó porque era amigo de Prémoli, pero cuando subió al auto le dijeron que estaba preso y que iban al Hospital Militar. Fue ahí que Aramburu se decompuso y no se recuperó hasta su muerte. ¿Cuál fue el motivo de este acto de fuerza? Sin duda alguna, obedeció a que Aramburu había aceptado ser el candidato de Perón para la apertura electoral que iba a lanzar Onganía. Porque el general Pedro Eugenio Aramburu, digámoslo sin rodeos, había estado con Perón, y el que gestionó esa entrevista fue Ricardo Rojo. La entrevista se realizó en la casa de André Malraux, cerca de París.

 

Puede suponerse que los secuestradores no buscaron la muerte del ex presidente provisional, sino, a lo sumo, detenerlo para separarlo del cumplimiento de un objetivo a cuyo logro Aramburu estaba muy decidido. Por esta misma razón, los mismos que organizaron el secuestro de Aramburu mataron después a Vandor. Paso a paso se cumplía así el plan de reemplazo de Perón, junto con el de liquidación de los liberales, como veremos más adelante. ¿Por qué? Porque al mando de todos estos operativos estaba el grupo nacionalista del ejército, y Aramburu era de los otros.

 

Desde el punto de vista de Perón, en esa etapa de la historia argentina se hacía imposible cualquier avenencia con unos nacionalistas “ratones de iglesia” y para peor con hambre. Tenía que arreglar con los liberales, que es lo que, por otra parte, hizo durante toda su vida. Los liberales eran los únicos que entendían algo de política; los otros eran auténticas bestias que no entendían ni de política ni de nada.

 

Un plan y un modus operandi

 

En cuanto a estos primeros Montoneros, los que se hicieron cargo del cadáver de Aramburu y ejecutaron a Romano, es preciso aclarar que no eran los mismos que los medios de prensa se dedicaron a hacer famosos en todo el mundo pocos años después. El grupo original de Córdoba de Montoneros había hecho ya la toma de La Calera, y de ese grupo el único que quedó después fue Capuano Martínez. Porque los Montoneros fueron en su etapa germinal unos muchachitos nacionalistas católicos, como Vélez, Fierro y otros, que componían la dirección de la JEC (Juventud Estudiantil Católica), lo mismo que Firmenich. El animador de todos estos jóvenes no era otro que el padre Carbone, pero quien los había reclutado en Córdoba era el cura Rojas, capellán del Liceo Militar General Paz, cuando todos ellos eran cadetes. En Santa Fe el reclutador de los primeros montoneros de la provincia fue el cura Serra, en el Liceo Militar General Urquiza, aunque también estaba el director por entonces de la Escuela Agraria de Casilda, Jaime María de Mahieu, un nacionalista ultramontano, antisemita y petainista que había sido “Cruz de Fuego” en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, estaban los numerosos “curas del trabajo voluntario” (que no deben ser confundidos con los curas del Tercer Mundo, pues éstos sólo “hacían facha”). Los curas del “trabajo voluntario” actuaban -sería más apropiado decir operaban– en las villas de emergencia, en los algodonales, en los cañaverales, y reclutaban también para los Montoneros. Por último cabe citar al entonces director del Seminario Diocesano de Villa Devoto, el padre Tello, un cura entrado en años, oriundo de Pigüé, que era profundamente trotzquista en el plano ideológico y en cuyas manos estuvo la formación de varias camadas de seminaristas “revolucionarios” que comenzaron su actuación como curas jóvenes por esos años.

 

Cuando se hace posible disponer de todos estos datos y de todos estos nombres, nadie que disfrute de una mediana inteligencia deja de percibir, en el cuadro de situación que bosquejan, la existencia de un plan, del cual la estructura de la Iglesia fue, en su mayor parte, cooperadora activa. En la conducción del plan estaban sectores del ejército, pero tampoco solos. Cabe pensar que detrás de ellos había otros dispositivos y otros cerebros y, si apuntamos nuestra percepción en este sentido, Roberto “Boby” Roth estaba “más arriba” que el ejército. Decir aquí “más arriba” significa hablar de instancias en las que se decidían más cosas.

 

El libro de Losada, Andá cantale a Gardel, corrobora mucho de cuanto aquí dejamos escrito. Losada, que había pertenecido al grupo de Roth, de Klappenbach, de Muñiz Barreto, esto es, al grupo que manejaba a los militares nacionalistas, dejó el libro en la editorial y se fue de la Argentina, a la que nunca más volvió.

 

Los militares nacionalistas siempre tienen un sacristán atrás. No un cura, sino un sacristán. Porque ellos son “sacristanes de cuartel” y, por tanto, tienen a los militares de “iglesia”. Y los manejan. Nunca son, en realidad, la Iglesia, a la que aparecen ligados en las formas. Metodológicamente son extremistas, porque éso les permite trabajar sobre el otro extremo, armar la pinza y romperle la cabeza a quien le apuntan. Es una técnica, un modus operandi, que los caracteriza y los identifica, como si fuera una huella digital, ante un observador atento.

 

Para completar este panorama de esa época, citamos aquí al ERP, cuya conducción, vía Gorriarán – otro de los jefes extrañamente supervivientes-, sí era auténticamente británica, como ha quedado en claro en los últimos años. El ERP servía de rebote. Porque el montaje de lo que ocurrió en la Argentina de los años 70 tenía una estructura que, como ocurre con las columnas, vigas y arcos, disponía de claves para ser armada. De esta manera se manejaban las contradicciones de un “frente interno”, constituido por ejército, Montoneros y ERP, sino también las contradicciones de los supuestos enemigos. Fue a partir de esta estructura que se creó el escenario de una representación, de una puesta en escena, por encima de la cual movían los hilos los actores verdaderos: el ejército y la marina.

 

El ejército y la marina (I)

 

La guerra de los años 70 fue, en realidad, una guerra entre el ejército y la marina. Y aún continúa. No va a cesar mientras quede uno en pie, porque sus causas son sumamente profundas, de carácter sociológico, cultural, económico, militar y finalmente, también de carácter político-ideológico. Mientras sigan funcionando el Colegio Militar y la Escuela Naval, esos institutos van a seguir produciendo “combatientes de la guerra del tiempo”, como diría Alejo Carpentier.

 

En los años del “Proceso” hubo constantes escaramuzas, enfrentamientos y crímenes que respondían a esta guerra clandestina, en los que se hizo intervenir a no pocos montoneros “recuperados”, residentes en la ESMA. En el crimen de Soldatti, por ejemplo.

 

El enfrentamiento ejército-marina viene de muy lejos. Podría decirse que es de origen. El actual Colegio Militar se crea después de la Escuela Naval. Tengamos en cuenta que el ejército que conocemos lo introduce Roca, por vía de sus compañeros y amigos Luis María Campos y Ricchieri, en 1904. Hasta entonces había existido una Escuela Militar de la Confederación en Paraná, de la que Roca fue cadete siendo presidente Derqui, y de la que salió subteniente artillero. La Escuela Naval ya existía desde 1870: se había creado siendo Estanislao Cevallos ministro de Sarmiento, con motivo del conflicto limítrofe con Chile. Cevallos había escrito un ensayo muy conocido, Diplomacia Desarmada, e hizo luego una campaña como resultado de la cual se estableció la Escuela Naval. Detrás de su creación no sólo estuvo el gobierno de Sarmiento sino, sobre todo, los liberales más liberales de entonces, los liberales logiados. Y se hizo a imagen de la época, como casi todas las marinas de los países sudamericanos: estábamos en plena era victoriana y la marina más potente del mundo era la de Inglaterra.

 

El ejército, en cambio, siempre estuvo más pegado a la Iglesia que a los liberales y su origen fue, en el interior, a lo largo de las guerras civiles, la caballería, aunque la potencia militar de Buenos Aires, desde Suipacha en adelante, residió en la infantería. Poco a poco la caballería, a la que se denominó el “arma gaucha”, fue reuniendo a los grupos ex-patricios (del patriciado de Buenos Aires y del interior). A la infantería fueron a parar los más humildes y a la artillería la clase media con ciertas pretensiones de intelectualidad, ya que tenían que entender de matemática, mecánica y otras disciplinas técnicas, propias de una era industrial en expansión.

 

Pero hay otra diferencia fundamental entre ambas fuerzas: el ejército, desde 1904 en adelante, estuvo ligado al país por la conscripción y por el tipo de organización. Fue desde entonces un ejército de infantería, más popular. Perón era infante y sus amigos eran todos de infantería, lo mismo que sus jefes. Él trató de reunir en la infantería un grupo de gente del tipo de los oficiales de estado mayor, intelectualmente mejor formada y más profesional, aunque de recursos estrechos en comparación con las disponibilidades dinerarias de los marinos.

 

El sueño de aquel liberalismo

 

En la marina casi no había patricios y, en general, sus estamentos superiores eran trepadores de clase media alta que querían tirar a más y de clase media baja que trataban de ser media alta. De modo que la marina argentina se conformó aglutinando trepadores, liberales y pro-británicos, en un “sancochado de masón”, como dijera una vez el padre Leonardo Castellani.

 

Dados los sueños de “gran potencia” y las veleidades de ser el “granero del mundo” de los liberales argentinos, desde Roca28 hasta Yrigoyen, que los ingleses estimulaban ya que poseían los bancos, los ferrocarriles y los frigoríficos y, de paso, compraban carne y trigo argentinos a precios más bajos que en otros mercados, los integrantes de la marina debían vestir impecablemente, estar conectados a los mejores círculos y disponer de un pasar económico lo suficientemente holgado.

 

Estábamos en la Argentina del roquismo, que duró desde 1870 hasta 1910: los cuarenta años victorianos o, para decirlo de otra manera, el período más oligárquico de la historia argentina. Pero también el más “progresista” en el sentido Pellegrini29 , con Torcuato de Alvear como intendente de la ciudad de Buenos Aires y obras en construcción para todos: la costanera, escuelas, correos, hospitales, por todas partes. Era la euforia de un progreso sin base real, pero un progreso cierto (al menos si lo comparamos con los tiempos de exclusión de nuestros días, en los que en la Panamericana cobran peaje, no pueden circular vehículos de más de diez años ni ciclistas y el peatón viene a ser un marciano sin derecho alguno, y existe además un tren de paseo para privilegiados de alto consumo llamado Tren de la Costa).

 

Hay un hecho que es paradigmático de ese sueño liberal: en ocasión de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 la Argentina tenía dos cruceros acorazados, el Moreno y el Rivadavia, que el gobierno entregó al Japón para reforzar su poder de fuego naval contra los rusos. Para decirlo más claramente, se los entregó a los amigos de los británicos para que peleasen contra los amigos de los franceses. Gracias a esos barcos los japoneses, en la batalla del estrecho de Shushima, liquidaron a la escuadra zarista, a raíz de lo cual la marina japonesa, y el Japón, se sentirán eternamente obligados hacia la Argentina. Después llegaron a nuestro país otros buques, que pagaron los japoneses.

 

 

 

28 Roca, Julio Argentino (1843-1914): militar y político argentino. Sucedió a Nicolás Avellaneda en la presidencia de la república (1880-1886). Ministro del Interior durante la presidencia de Pellegrini (1890-1892). De nuevo presidente (1898-1904). Firmó con Chile un acuerdo sobre límites fronterizos (1902) y dio su apoyo a la doctrina Drago.

29 Pellegrini, Carlos (1846-1906): político argentino. Presidente de la nación (1890-1892). Creador del Banco Nación

(1891).

 

El ejército y la marina (II)

 

De modo que el conflicto ejército-marina viene de lejos. Es parte de los conflictos reales que la Argentina arrastra, y no una mera disputa de poder entre Masera y Videla como, según la típica reducción socialdemócrata de la historia, se ha pretendido explicar el fenómeno.

 

Como detalle accesorio, no está de más, en esta descripción crítica, recordar algunas virtudes: la marina, por ejemplo, siempre ha procurado controlar ciertas secciones del poder: además de la Policía Federal, se ha ocupado del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y de ese otro factor de soberanía que es la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

 

Con ésto quiero decir que no se puede apuntar a éstos como “los malos” y determinar que aquellos otros son “los buenos”. Unos y otros son malos y buenos a la vez. El mal para el país fue el conflicto mismo entre ejército y marina y todo lo que ha girado en su entorno. Ver el problema en el “sí mismo” forma parte de la conciencia oligárquica, que ha creído que éso resumía, sublimaba, la historia de la Argentina y del pueblo argentino. Eso no es verdad, porque si bien en todos lados existen conflictos, el problema consiste en si son determinantes o no. Y cuando conflictos como el que tenemos entre ejército y marina se convierten en determinantes, lo que determinan es la ruina, la destrucción del país, que es lo que ha ocurrido durante el “proceso” a causa de estas imbecilidades.

 

Retrocedamos un poco más en el tiempo y preguntémonos por qué ocurrió lo del 55. Ocurrió porque la Iglesia le daba cuerda a algunos militares, y los que más estuvieron ahí fueron los marinos. ¿Cuál era el problema? (Era la campaña antártica). La marina todavía era fuerte y poderosa por entonces, tenía mejor formación y contaba con mayores recursos. El problema eran “los negros”, era una cuestión social. ¿Quiénes fueron las que acicatearon el odio contra ellos? Las mujeres de los militares, en especial las de los marinos.

¿Con quiénes se casan los miembros del ejército? Generalmente con las maestras de los pueblos. Los marinos, en cambio, para casarse deben tener autorización del superior, y de la fuerza. Hay allí una política

de carácter social, estrictamente conducida con esa finalidad. Los marinos se casan más bien con “mujeres-

tijera” de clase media alta que no ejercerán como amas de casa, de más “apellido” que el candidato masculino, que saben inglés y tienen buen roce social. Todas estas características son “notas” que adjudica la fuerza para otorgar la autorización. Vale decir que, mientras el ejército es una burocracia proletarizada, la marina es una burocracia mucho más pequeña, pero cada vez más oligarquizada. Si bien estas cosas no significan de por sí (y ponerlas por escrito connota el peligro de que todo se categorize esquemáticamente y mal, como acostumbra la socialdemocracia), en ellas, ciertamente, podemos encontrar el marco del conflicto. Y hasta se puede señalar que por esta razón la marina y el radicalismo son una misma cosa.

 

El ejército, en cambio, vive con el corazón dividido: una parte en el peronismo, otra con el radicalismo, grupos nacionalistas, etc. En realidad es como decía Perón: “20 por ciento de nacionalistas, 20 por ciento de liberales y 60 por ciento de panzistas”. Los marinos, en cambio, son radicales, no del partido radical sino de lo que se podría llamar la “cultura radical”, en realidad una subcultura edilicia y de guía Peuser, que constituye el dechado de los marinos. Un marino, que pertenece a un círculo social cerrado y vive recluido en apostaderos y bases, tiene que poder hablar de fútbol, de polo y de deportes en general, y de que bebe demasiado… en fin, ser un estólido consecuente pero poder demostrar estaño. Los del ejército, que andan por todas partes, tienen estaño, no necesitan demostrarlo. Las resultantes políticas de ambos modos de vida, mantenidos a lo largo de un siglo, son obvias, y el proceso sigue y sigue… Porque las nuevas camadas son fabricadas con el mismo troquel y van adoptando formas similares a las que en la sociedad tiene ese tipo de contradicción. Se ubican en ella, entonces, por los perfiles, porque tampoco ven bien, sino que ven únicamente las sombras de la realidad, como en la caverna de Platón.

 

Cuando decimos que hoy continúa el viejo conflicto ejército-marina, aunque ya no se asome a la superficie, es fácil comprobarlo: por ejemplo, en Aceros Soler, una industria del ejército, la que hace el desguace es la marina. ¿Una devolución de cortesías, por lo de Domecq García y Fanasul?

 

La marina apoya ahora a la Alianza UCR-Frepaso. Las declaraciones de Astiz, nada menos que a la revista Tres Puntos, y otros hechos de similar talante ocurridos últimamente, han sido programados en favor de la Alianza, para alimentar su crecimiento.

 

Menem, en cambio, y no porque en realidad le importe dada su capacidad de flotación sobre este estanque argentino de excrementos sin hundirse, tiene que ver con el ejército. El general Balza también vive en la caverna de Platón, pero más al fondo y mirando las sombras con prismáticos infrarrojos.

 

La Organización del Trasvasamiento

 

En 1970 ya llevábamos cuatro años de crecimiento y comenzamos a tomar contacto con grupos y organizaciones de todo el país, ante quienes exponíamos un plan de unidad, y ésta se fue ejecutando tal cual estaba formulada. Así pudimos unirnos con el FEN, la ANP de Córdoba, la gente de Cevallos (Santa Fe), de Rachid, de Tagliaferri y los profesionales de Rolando García -después de lograr disipar no pocos prejuicios ideológicos-, con los cuales hicimos una primera reunión conjunta en 1971 en San Antonio, Córdoba.

 

Después hubo un plenario en Castelar que formalizó aquella unidad (de la que habían desertado tres grupos, entre ellos el de Rachid, que se fue a Neuquén), con la advertencia de que esta organización conjunta de diversos grupos -a la que decidimos llamar OUTG (Organización Unica del Trasvasamiento Generacional)- no restaba libertad a cada uno y era sólo circunstancial, cosa que yo dije desde el primer día: No nos hagamos ilusiones. Esto no es permanente, porque es contradictorio con el peronismo. De modo que la contradicción va a llegar sólo hasta determinado punto”. De todos modos, esa unidad duró 22 meses, desde agosto de 1972 (plenario de Castelar) hasta el 5 de julio de 1974, en que, tras la muerte de Perón y considerando cumplido su objetivo y razón de ser, decidimos disolver la OUTG.

 

Volvimos a Madrid en 1972, después del plenario de Castelar y del acto del 9 de junio, estaban los delegados de los Montoneros, los bronces. El único que queda vivo de ellos es Abal Medina; Muñiz Barreto murió, según se dijo, en un accidente… Estaban muy codo a codo, por entonces, con López Rega, que a nosotros no nos daba ni los buenos días desde que nos peleáramos con él en 1967. A López Rega lo habíamos conocido acá, cuando no era López Rega sino “Lopecito”. Nosotros le habíamos puesto el nombre de “Eusebio”, porque Eusebio de la Santa Federación había sido el enano negro que Rosas tenía para irritar a los embajadores, sobre todo al embajador inglés, y López Rega era el tipo que Perón tenía para malhumorar a los Montos y al resto del mundo. Valía menos que una pulga en un elefante. Sin embargo, hasta el mismo golpe del 76 se justificó en el rechazo a los rasgos distintivos de este personaje, y aún todo el sistema sigue hablando de él como sinónimo de peronismo. Hubiera ocurrido lo mismo si el levantamiento de Urquiza se hubiera desencadenado por Eusebio, pero en el siglo pasado lo virtual todavía no se había inventado y además, aún con sus errores, los tipos eran más decentes, decían de modo más directo el por qué de sus acciones. Pero así se escribe la historia…

 

La violencia

 

Todo lo que pasó entre 1971 y 1974, es conocido. Para nosotros el problema central era evitar que se derramara sangre, porque lo que el régimen quería era éso. Se trataba de una provocación constante: los hechos violentos de noviembre de 1972 y después, sobre todo, los de junio de 1973 en Ezeiza, en ocasión del retorno definitivo de Perón, mostraban ya el método secreto que se emplearía en el país a lo largo de toda esa etapa, el de la pinza, y eran el primer anuncio del terror y la violencia que se apoderarían de la Argentina en los años siguientes.

 

Por esta cuestión de la violencia bifronte el capitán retirado Ciro Ahumada, agente del servicio de espionaje alemán del Este, estaba al mando de los tipos de Osinde contra los Montoneros (Ahumada es el pelado que levanta los brazos con un fusil, en la famosa foto del entarimado levantado en el Puente 12 de la ruta a Ezeiza).

 

Ahumada, con Burgos, había volado el oleoducto de Mendoza en 1957. Pero Burgos cayó preso y él zafó. Después trabajó con el negro Mendoza en las relaciones con los cubanos, pero Ahumada desde el exterior, desde Europa. Un día Perón los manda a hablar con el partido Comunista italiano: van Ciro Ahumada y un amigo que había sido subteniente del Colegio Militar (Ciro había sido su instructor) y que el 9 de junio de 1956 se salvó de la matanza que desató la Libertadora ese día porque estaba resfriado y se quedó en cama, pero de lo que no se salvó fue de que le dieran la baja. En cumplimiento del mandato de Perón, ambos tomaron el tren que va por la Costa del Sol a Roma y en Niza, o tal vez en Cannes, una rubia despampanante  lo “levantó” a Ciro, cuya debilidad era cualquier mujer que pasara a su lado, y se lo llevó a Argelia. Esa mina era Tania, agente del servicio secreto de Alemania Oriental, que murió después con Guevara en Ñancahuasu. A partir de la relación que entablan, al parecer no tan casualmente, Tania lo recluta a Ciro, que por esta razón dejó “pagando” a su amigo ex subteniente. Fue éste quien finalmente quien cumplió en Italia lo que Perón había encomendado.

 

Pero para nosotros hubo algunas cosas que no cambiaron durante todo ese período: la cuestión de la formación y la firmeza de nuestra disciplina con Perón. Dijera lo que dijera Perón, eso no estaba sujeto a análisis. Todo lo demás sí, menos éso. Nuestra pelea era con (no contra) las conducciones que querían llevar a su gente a la lucha armada. Entendíamos que Perón no quería éso y por otro lado veíamos que era algo absurdo, inútil y absolutamente estéril estando en el poder. Fue entonces cuando los hechos nos convencieron definitivamente de lo que veníamos sospechando desde 1972: que se había preparado desde las altas instancias de la “Revolución Argentina”, y luego se había desatado, una violencia cuyo único destinatario posible era Perón. Y sabíamos perfectamente cuál había sido su origen.

 

Nuestra lucha no fue con Montoneros o en Montoneros, sino con la gente que fue enganchada después. Con los que no querían a Perón como conductor del Movimiento, sino como mero “forro” de sus intereses, como un Perón-bronce manipulable, un Perón-rey sin gobierno de la situación. De ahí su slogan: “Conducción, conducción, Montoneros y Perón”.

 

Los Montoneros se hacen “peronistas”

 

Sin embargo, esta organización de Montoneros que se enfrentó directamente con Perón había sido “fabricada” siguiendo exactamente el molde de la nuestra. Y sé como fue: nosotros habíamos dejado el esquema de nuestra organización en la casa de Perón y López Rega se lo dio a ellos. No quiero decir que ésto no se les podía haber ocurrido a ellos o que estuviera mal, sino que podrían haber insertado alguna variante. Pero no: la hicieron exactamente igual, con la única diferencia que la organización de ellos era oligárquica de entrada. En efecto, había un grupo que eran, según decían ellos, “los combatientes” -en realidad, los que manejaban todo- y los demás eran “forros”. El nexo entre estos “combatientes” y el gobierno militar de la “Revolución Argentina”, por las razones que hemos expuesto y las que veremos a continuación, no podía haber sido otro que Roberto Roth.

 

Los Montoneros usaban a Perón y usaban a la gente. El origen de esta conducta, más que ideológico -porque la supuesta ideología que habían también “inventado” era una mezcla, un sancocho bastante berreta que buscaba forzar, no una fusión, sino una amalgama en la que se notan claramente los diferentes estratos, como se comprueba leyendo sus documentos de la época- estaba en la vieja idea de los inspiradores del golpe de Onganía: que el Movimiento estaba perfecto y que lo único que había que hacer era reemplazarlo a Perón.

 

La idea fundamental sobre la que trabajaron no fue nunca otra que este relevo de Perón. Por eso se dio después la contraofensiva del 78, cuya explicación no discursiva, sino real, es que el llamado “Proceso” exigió a la conducción de Montoneros delatar a todos los que quedaban “de combate”. Y así se hizo: entregaron lugares de reunión, consignas, nombres, y así fue como los mataron a todos antes sin darles siquiera oportunidad de tomar un arma. Fue con esta única finalidad que los reingresaron desde Europa -pues la conducción estaba íntegramente fuera del país- en esa operación que se llamó “la Contraofensiva”.

 

¿Existen pruebas de esta felonía? Basta con mirar a nuestro alrededor. Galimberti, por ejemplo, es socio de Jorge Born en el negocio telefónico del 0-800. Jorge Born fue su testigo de casamiento con la hija de Romero Victorica, fiscal nada menos que de la causa del secuestro de los Born. Cuando ocurre ese secuestro, en 1973, no se podían sacar dólares de la Argentina -había control de cambios-, pero los Born sacaron 64 millones, de los cuales los Montoneros se llevaron 10 por cooperar en esa operación y ellos, los Born, 54 millones, que depositaron en el exterior. Con un francés que legalizó toda la operación, que fue Pierre Mendes-France, ex premier radical socialista en cuyo estudio de París se saldó el pago convenido a los Montoneros.

 

La ignorancia de estos hechos permite que todavía algunos hablen de ideología. Pero hablar de ideología hoy -decía Perón- es hablar en fenicio, por dos razones: porque el fenicio sería hoy incomprensible y porque, además, era el lenguaje del dinero. Y habría incluso una tercera razón: los fenicios eran llamados los hombres rojos, porque hacían sacrificios humanos…

 

En cuanto a nosotros, de Guardia de Hierro, que en su última etapa integró la Mesa del Trasvasamiento y que se disolvió con ella en 1974, hoy no queda nada. Pero, mientras duró ese mundo que hemos venido describiendo, cumplió una función, que a mí me parece que era necesaria. Y era necesaria para mantener el espíritu organizativo y disciplinario del peronismo y su ortodoxia política, metodológica y doctrinaria, y también como obstáculo para que la operación del régimen en el seno del peronismo no tuviera éxito, y de hecho no lo tuvo, fracasó.

 

Prolegómenos de un fracaso

 

Fracasó la operación Montoneros y fracasó la operación del “Proceso”, que en realidad eran mitades de una misma y única operación. Porque Montoneros es incomprensible sin el “Proceso”. Hay una continuidad entre 1970 y 1982: son doce años que terminan con la rendición de Malvinas y con el gobierno de Alfonsín de la mano del Ejército. Y fueron estos hechos los que demostraron cuál fue la verdadera intención que guió esa operación: se trataba de los mismos personajes de determinados círculos que, cuando Perón lo quiso poner a Balbín de vicepresidente, dijeron que no, que tenía que ser Isabel (no me refiero, obviamente, a todos los que en ese momento prefirieron a Isabel, en cuya elección confluyeron diversas motivaciones). ¿Buscaban la sangre? Nosotros no hacíamos interpretaciones públicas de los hechos, pero operábamos en el sentido que menciono en el párrafo anterior. Fuimos, así, los únicos que nos opusimos a Isabel vicepresidente, en el congreso del partido realizado en el teatro Cervantes. Nuestro compañero Eduardo Espil era por entonces miembro del Consejo Superior del partido Justicialista y, por su oposición a esa nominación, la mesa del congreso en pleno (Camus, Triaca y él) tuvo que ir a hablar con Perón en Olivos. Perón les respondió: “Ese no es mi problema. El congreso es soberano…”. Y así fue que Norma Kennedy, junto con Grassi Sussini -que era jefe de policía de Camus en San Juan y tenía a su cargo la custodia del congreso- y también el resto de la gente de Camus (la logia Victory), que estaban desde el vamos en postular a Isabel, lograron su objetivo. Porque esa demanda calzaba justo en el plan que ya tenían formulado desde mucho antes, nada menos que

¡desde 1961!

 

Fue en 1961, en la sede del CIAS, Centro de Información y Acción Social de la Compañía de Jesús en la Argentina, de la calle O’Higgins, que se formalizó, en efecto, el plan original de reemplazo de Perón (o Movimiento Nacional sin Perón, manejado por los nacionalistas y el ejército). Con los años, y como frutos de ese plan, de él surgen primero los “azules” (contra los “colorados” liberales), más tarde el gobierno de Onganía, después los Montoneros y finalmente ésto de Isabel vicepresidente.

 

Algunos apuntes sobre política italiana en la Argentina

 

Si quisiéramos hurgar con un poco más de profundidad en esta historia, veríamos como, después de la 2ª Guerra Mundial, llegan a la Argentina desde Europa, entre los años 1951 y 1953, unos emisarios que comienzan su tarea hablando, entre otros, con los obispos argentinos, a quienes les dicen que aquí también hay que hacer la Democracia Cristiana. Algunos obispos llegaron a preguntarles para qué querían la Democracia Cristiana aquí si teníamos al peronismo que era, en muchas cosas, más democrático y más cristiano. De modo que tuvieron que fabricar un grupo, manejado por Dom Sturzo y ¿por quiénes más? Por Fiat, Olivetti, Pirelli, los magnates italianos que eran socios de la DC… y de la mafia. Ahí comenzó el golpe del

55.

 

En la composición de la DC la Iglesia italiana jugaba, por decirlo así, de estuche protector, y ¡ni hablar de la función que en la maniobra que ejecutaron aquí cumpliría la Iglesia argentina!. Pero como Italia manejaba la política argentina y la Iglesia argentina y aún el partido Comunista de la Argentina, la política italiana determinaba, secretamente, el rumbo político de la Argentina. No sólo durante ese breve período, sino prácticamente durante todo este siglo. Y ¿quién vino entonces como presidente de la Fiat de Argentina? Oberdan Sallustro, un miliciano fascista que, en retirada de la república de Saló, se encuentra con un íntimo amigo que era miliciano del partido Comunista, Aurelio Peccei, que le salva la vida, por lo cual quedaron ligados para siempre. Pero a principios de los ‘70, para resolver la independencia de Fiat respecto de Agnelli, Peccei lo deja caer a Sallustro y así es como lo matan. Ese conflicto interno de la Fiat siguió después con el secuestro de Revelli Beaumont, sucesor de Sallustro, en el que intervienen, en parte, los mismos que habían actuado en la muerte de éste. Revelli Beaumont fue después presidente de Fiat Francia y vicepresidente de Fiat Italia. Formaba parte del grupo que estaba con Kadaffi y buscaba venderle el 17 % de las acciones de la Fiat, que fue lo que hicieron y así timaron a Kadaffi, porque Fiat ya no existía.

 

Fueron estos hechos los que, en 1972, le abrieron a Perón la posibilidad de volver a la Argentina. Antes de arribar a Ezeiza el 17 de noviembre de 1972, Perón había llegado a Italia en el avión privado de Marcel Dussault, quien ya se había ido de Francia y estaba en Israel fabricando sus aviones, y se entrevistó con alguna gente del Vaticano y con Liccio Gelli. ¿Por qué? Porque había una lucha política en Italia, de la cual Perón participó: por un lado el conglomerado que integraban la estructura mafiosa político-sindical y el Estado (dominado por los Agnelli y compañía, ligados a la Trilateral Commission, que ya por entonces hablaban de “globalización” y armaban inversiones en el Este), y los sectores que patrocinaban las inversiones en el Sur.

 

Este enfrentamiento interno en Italia explica el asunto Kadaffi, el tema de Perón en la Argentina y la cuestión Liccio Gelli. La famosa “logia Propaganda Due” nunca existió, salvo en la realidad virtual masmediática: lo único que realmente ocurrió fue que Gelli le ponía un código “P2” a las personas que contactaba; lo que se dijo más allá de éso fue fruto de la imaginación aplicada a raíz de la guerra psicológica que utilizó como arma el bando contrario. El grupo que integraba Gelli quería, simplemente, reinvertir los excedentes de eurodólares en el Sur, mientras que sus rivales -socios de la Trilateral Commission- habían optado por invertir en la Unión Soviética.

 

Israel

 

Los israelíes, que en la superficie de la política mundial jugaban del lado de los Estados Unidos, por debajo estaban de acuerdo, obviamente que de manera muy reservada, con los que procuraban hacer negocios en el Sur: Sudáfrica, Irán, Argentina (vía Perón), etc. Por algo hay un bosque próximo a Jerusalén que se llama “Teniente General Juan Domingo Perón”.

 

Aquí haría falta recordar que, a la inversa de las acusaciones malintencionadas que se lanzaron por entonces y se siguen repitiendo hasta nuestros días, Perón jamás tuvo problema alguno con los judíos: la Argentina fue el segundo país del mundo, después de Estados Unidos, en cantidad de pasaportes expedidos a favor de los judíos que buscaban escapar de la Europa nazi, durante la Segunda Guerra Mundial. Y el gobierno de Perón fue el primero en el mundo en reconocer al Estado de Israel, a partir de una tramoya que se “cocinó” en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyo presidente era por entonces Atilio Bramuglia.

 

En 1972 -según se ha llegado a decir- Perón volvió a la Argentina acompañado por una custodia del servicio secreto israelí, el Mossad.

 

A Israel todo ese discreto movimiento le reportaría con el tiempo, al menos en las intenciones, un viejo anhelo: independizarse de los yanquis. Y además, el monto que se pondría en juego en este flujo de dinero hacia el Sur, del orden del billón de dólares, no era para nada despreciable.

 

Estos hechos, por lo demás, confirman una característica del fariseísmo: la duplicidad, que en este plano consiste en que la política pública es “verso”, que nunca es la verdadera. En otras palabras, que hay unos amigos públicos que son enemigos privados, y hay unos enemigos públicos que son amigos privados.

 

Cabe acotar, de paso, que el reconocimiento diplomático del Estado de Israel por parte de la Argentina seguía una tradición de la cultura política nacional, cuyo antecedente más inmediato la había convertido también en el primer país latinoamericano en reconocer a la Unión Soviética. Ocurrió en 1918, durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen, y la URSS tuvo su embajada en la Argentina desde 1920. Lo que hizo con ella es, por supuesto, otra historia.

 

¿Se hubiera podido evitar la Segunda Guerra Mundial?

 

La formación del Estado de Israel fue producto de las peripecias de la larga historia del pueblo judío en la Diáspora, pero también del resultado de la Segunda Guerra Mundial.

¿Hubiera podido evitarse esa guerra, y con ella sus nefastas consecuencias en todo el mundo?

Para responder esa pregunta, repasemos antes los hechos. Y los hechos indican que los alemanes abrieron dos frentes, el occidental y el oriental, y no supieron después conducirlos. Confiaron en el manejo de la línea interior, en la que, probadamente, no se puede confiar cuando las diferencias de potencial son muy grandes. No se puede porque, en ese caso, no hay línea interior que resista, por más cortas que sean las rutas de aprovisionamiento y sea posible acumular en uno y otro extremo.

 

Los alemanes no tuvieron en cuenta, o no previeron, este principio estratégico y por eso lanzaron la guerra, interponiéndose y deteniendo  por varios años otro conflicto, latente desde 1917: el de los países capitalistas con la Rusia soviética. Cuando éstos cerraron la pinza sobre Alemania se acabó no sólo la línea interior, sino todo el resto del Tercer Reich. Y ¿no se introdujo inmediatamente la “guerra fría”? ¿No pudo haberse producido ésta sin esa masacre de decenas de millones de europeos, asiáticos y africanos que fue la Segunda Guerra Mundial?

 

Pero Hitler estaba loco, totalmente loco. No “loco” según el enfoque psiquiátrico habitual o la argumentación de los politicólogos. Hitler padecía una locura mucho peor. Pero los mediocres de nuestro tiempo son incapaces de imaginar el monstruo de verdad: sólo imaginan monstruos a la medida humana. No imaginan, a la manera de Hieronimus Bosch, al hombre alquímico. Pero éso era Hitler. Él -y los que son como él- se han colocado a tal distancia de la humanidad que no son ya, siquiera, “hombres monstruosos”, o deformes. Pueden ser hermosos, incluso, porque “la cara es el espejo del alma” cuando uno tiene alma. Dicho directamente, los monstruos a los que nos estamos refiriendo no son humanos. Como Astiz, de quien nadie que lo viera por la calle y no lo conociera diría que es un monstruo, o que está loco…

 

Las caras que dibuja Bosch no son rostros humanos. Tampoco son las caras del mal. Son más bien las caras de la miseria, del estragamiento. El Judas que pinta Bosch en el Descendimiento de la Cruz, el mal ladrón, los que clavan los clavos, son tipos deformes por la miseria y el estrago, no por el mal. El mal es otra cosa. El mal es lo que pinta en el tríptico del Jardín de las Delicias. Por eso Felipe II lo tenía en su dormitorio de El Escorial y, sentándose frente a él, lo miraba todos los días. Está todavía en ese lugar.

 

Lo que le tocó a la Argentina fue Mefistófeles: el demonio como un tipo divertido, elegante, que se viste de frac. Es Alfredo Alcón en Nazareno Cruz y el Lobo. El demonio de verdad no es monstruoso, o lo es después, cuando se revela la verdad. Mientras tanto hay una máscara.

 

La aeronáutica

 

La aparición de los Montoneros no tuvo nada que ver con los marinos. A lo largo de la guerra entre Montoneros y fuerzas armadas, los marinos jugaron “de afuera”. Por eso pudieron decir, en los prolegómenos del “proceso”: “Los que vamos a combatir a los Montoneros somos nosotros”. Querían la exclusiva, no por estar en primera línea de fuego, sino para golpear al ejército, que en su momento había montado, codo a codo con Montoneros, el famoso “operativo Dorrego”. No buscaban en realidad matar a los Montoneros, sino convertirlos, para sacarles toda la información posible. El objetivo que porfiadamente perseguían, más allá de lo que públicamente se decía de la subversión, que era pour la gallerie, era el de trazar el más completo cuadro de situación posible… del ejército. Mientras tanto, el ejército se ocuparía de aniquilar al ERP, que era más bien amigo de los radicales y, por extensión, de los marinos.

 

Por lo demás, ¿cuál sería la doctrina del resto de la apoyatura del “proceso”? ¿Para la aeronáutica, por ejemplo?

 

No sólo para los denominados “sectores económicos” la consigna era, simplemente, robar “en grueso” (la policía sólo recogería las sobras de ese festín). Para algunos militares encumbrados el “proceso” fue una oportunidad única de hacer impunemente negocios imposibles en tiempos normales.

 

El brigadier Cacciatore, un adalid de este tipo de “operativos”, logró “hacer” así 1.600 millones de dólares “para la fuerza”. Esto último, debido a que los brigadieres, además de poner a Yabrán para que les manejase los negocios, son todos socios y, como tales, dueños de numerosas compañías: seguros, el correo (Oca, Ocasa, Edcadassa), los depósitos fiscales, y puede que se nos escapen unas cuantas más… En tiempos del “proceso” se reunían semanalmente con Yabrán y el general Suárez Mason para hablar de estos negocios. Y el gerente general de Edcadassa era Celestino Blanco, hombre de la inteligencia aeronáutica.

 

Ya que hablamos de Yabrán, pongamos sobre la mesa una hipótesis nunca formulada. Imaginemos que el fotógrafo Cabezas, independientemente de su trabajo para editorial Perfil y en sociedad con el policía Prellezo, lo extorsionaban a Yabrán. Imaginemos que Prellezo le decía a Yabrán que Cabezas lo extorsionaba a él, y le pedía dinero para pagarle a Cabezas. Imaginemos que hubo una pelea entre Cabezas y Prellezo, por el reparto de ese dinero. Basándonos en estas tres premisas, cabría también suponer que fue por ese toma y daca que lo mataron. Pero ésta no es nada más que una hipótesis.

 

 

CAPITULO III LA  DISOLUCION

 

El sentido de Guardia de Hierro

 

Los objetivos de Guardia de Hierro estaban trazados de acuerdo a una idea: la de la permanencia en el tiempo de la forma que en aquel momento tenía el Movimiento Nacional. Pero los hechos desmintieron esa idea, pues en pocos años tomaron otra dirección. Tampoco había sido prevista la interrupción brusca y sangrienta, en 1976, del proceso posterior al retorno del general Perón.

 

Guardia de Hierro no fue creada para luchar por el retorno del general Perón a la patria, como todavía pueden pensar algunos. Su creación obedeció un objetivo más modesto, aunque tenía que ver indirectamente con él. La meta de Guardia de Hierro era dotar al peronismo de lo que le hacía falta en aquel momento y que era  percibido como su principal carencia: la organización del Movimiento. Pero no porque el Movimiento no estuviera organizado, sino porque la clave de la cuestión era su tránsito de lo orgánico a lo organizado.

 

El Movimiento siempre fue orgánico. Y tuvo una organización durante un período, hasta 1955. Después esa organización se destruyó, pero no ocurrió lo mismo con lo orgánico, que continuó creciendo.

 

A lo largo de los 18 años de exilio de Perón, para saltar de lo orgánico nuevamente a lo organizativo, se requerían algunos elementos que nos propusimos desarrollar en el Movimiento. Pero cuando el proceso llegó al punto en que ésto fue posible, también se produjeron otras situaciones, que no habían sido tomadas en consideración al principio, simplemente porque no existían. Aparecieron estructuras que, brotadas de otros moldes, comenzaron su accionar declarando engañosamente que su objetivo era la lucha por el retorno de Perón al poder.

 

Para su retorno, Perón no necesitaba de ninguna estructura especial. Necesitaba lo que había, fuera lo que fuere. Como él mismo siempre señaló, se manejaba con “materiales de circunstancias”, con lo que le proporcionaba la realidad, una realidad completa que incluía a su Movimiento y a sus oponentes. No eran necesarias estructuras especiales para su retorno, sí lo eran para otras cosas. Para la permanencia, por ejemplo.

 

Para nosotros el problema no era, creo yo, la toma del poder, sino sostenerse en el poder. El problema fundamental de siempre, en este orden, no es quedarse con una manzana que cae podrida de un árbol, sino cómo hacer para que la manzana que cae sirva para comer mucho tiempo y para que el árbol, además, siga produciendo. Y digo que es un problema fundamental porque, si no lo concibe de esta forma, uno se convierte uno en un vulgar ladrón de manzanas: se las lleva, se las come y ahí se acaba todo el asunto.

 

La suplantación de Perón

 

Con esta última orientación imaginaba y actuaba por entonces la mayoría de los dirigentes y cuadros. ¿Por qué? Porque pensaban en la sustitución de Perón. Y también del Movimiento, en el sentido organizativo (procurando que la organización que, en cada caso, ellos habían fabricado, según designios personales o de grupo, sustituyera a la organización objetiva del Movimiento). Desde siempre, tales dirigentes -dentro y fuera del Movimiento- no pensaban en otra cosa más que en sí mismos. No todos eran así, y hay excepciones que son obvias y otras que no son tan obvias. Continuamente hay justos que pasan por pecadores y pecadores que pasan por justos. También existen los que se han portado mal durante toda su vida y a los que un sólo acto los reivindica, como dice el refrán italiano: “Un bel morire tutta una vita honora” (recuerdo aquí una famosa película de Vittorio De Sica, El general Della Rovere, y puedo asegurar que en la Argentina hubo

también un general así, que fue interventor en una empresa quebrada, Papel Prensa, a la que debió entregar después).

 

En nuestro caso, si bien pensábamos tenazmente en el retorno de Perón y cuanto hicimos fue creado precisamente en el marco de esa política -que fue constante en el peronismo durante 18 años- nuestro objeto era más sencillo, menos pomposo, aunque con mayor proyección en el tiempo: cómo contribuir a dar el salto entre lo orgánico y lo organizativo, en un Movimiento que sería viejo y nuevo a la vez. La carga de lo viejo sería, como siempre, la organización gremial, y el horizonte de lo nuevo lo determinaría la respuesta a una pregunta insistente: cómo construir la organización política verdadera, que no serían ya los partidos constituidos según el molde demoliberal, sino la organización popular. Y éste era nuestro problema.

 

De modo que cuando la organización se re-crea, en su última etapa que va de 1965 hasta 1970, si bien teníamos una idea, no tuvimos en cuenta que la historia nos tenía reservada una sorpresa. Que no sería como nosotros pensábamos. Tampoco era ésa nuestra responsabilidad, sino obedecer a Perón, que sí lo era. Mientras Perón vivió, y aún después durante un tiempo más, lo obedecimos. El primer acto de obediencia fue, inmediatamente después de su fallecimiento, la disolución de la organización.

 

La disolución

 

Se podría decir que la organización se disuelve porque “ha cumplido sus objetivos” o porque “no había más objetivos que cumplir” con esa estructura y en esas condiciones. Muy evidentemente -y no sólo yo pensaba así- era imposible continuar con esa estructura en un Movimiento en desarrollo. Había una contradicción irresoluble que sólo podía llevar al desastre: plantear lo organizativo del Movimiento mientras se retenía lo organizativo en el campo de lo orgánico propio. Una de las dos formas debía desaparecer. Y la que tenía que desaparecer era, obviamente, la nuestra.

 

Dar ese paso atrás significaba transitar nuevamente de lo organizativo a lo orgánico. Y estar así en un pie de igualdad con el conjunto del peronismo, que seguía manteniendo su organicidad sin organización, salvo en las que eran ya organizaciones institucionales, como los sindicatos. En ellas, su grado de institucionalidad era mayor que su capacidad de organización popular, como los hechos lo han demostrado. Y, por tanto, no había organizaciones populares. Porque los sindicatos eran más parte de un Estado que abarcaba también a las instituciones intermedias del país, que propio de las organizaciones de carácter popular. Tanto fue así que ahí los tenemos hoy: existen, pero pegados a lo que muere y siguiendo su curso ineluctable. La organización popular no seguiría el curso de lo que muere, sino que plantearía el curso de lo que va a sobrevivir. Es lo que no pudieron hacer, porque no se podía hacer desde ahí.

 

La liquidación del sindicalismo

 

Existe, frente a este problema, una confusión grave. Perón venía señalando, desde antes de 1970 (ya estaba presente en las cartas que le manda a Roberto Di Cursi, cuando se armó la Lista Gris de metalúrgicos en la Capital, contra Vandor) que lo importante eran los sindicatos, no las uniones ni las federaciones. Que lo importante eran las organizaciones en la base. Que a él no le interesaban los llamados “estamentos”, debido a su artificialidad, sino dónde estaba encuadrada la gente, que es siempre en los sindicatos locales, donde la “burocratización”, entendida como grado de institucionalidad, es mínima y existen grados mayores de participación y acción. Aunque gradualmente el anquilosamiento, la calcificación del órgano popular que fueron los sindicatos hasta 1955 siguiera también su curso hasta la calcificación de los sindicatos locales. Cuando finalmente se estereotipó, nadie más participó de nada, porque era imposible.

 

Llegado el momento, este proceso contó con la eficaz colaboración de la dictadura militar, que se dedicó, casi exclusivamente, a liquidar a los delegados gremiales y a las comisiones internas. De lo cual nadie habló después, ni nadie habla hoy.

 

Los desaparecidos

 

Todos hablan de los desaparecidos conocidos, pero nadie habla de los desaparecidos desconocidos, no porque no hayan tenido familia o amigos, sino a causa de que nadie los defiende. Porque la misma organización gremial actual se ha establecido a partir de la desaparición de esas personas.

 

En 1983, cuando se hizo la reafiliación, se constató que de los delegados gremiales en la base quedaba el seis por ciento (6 %); el 94 % había sido liquidado por el régimen militar. Tales fueron los desaparecidos anónimos. Que no resultaron ni 2.000 ni 3.000, como los otros, sino muchísimos más. Pero nadie los ha contado, como nadie contó las bajas de la Independencia o de las guerras civiles. Lo único que, en el caso de ellos, puede decirse, es que fueron muchos. Muchos de verdad, además de todos los que fueron presos durante seis o siete años por el mero hecho de ser funcionarios, diputados o concejales del régimen peronistas, sin otra causa que ésa. El intendente Coronel, de la ciudad de Córdoba, fue encarcelado siete años por ese motivo, y el diputado Guerrero, de Tucumán, soportó seis por idénticas “razones”. Y algunos de ellos -Bogarín, diputado por Formosa- también murieron.

 

Algo que tampoco nadie dice es que todos ellos fueron condenados por tribunales secretos con leyes secretas y condenas secretas. Nadie habla de ésto, y ésto existía.

 

No existía para la mayoría de los desaparecidos que fueron tomados con las armas en la mano, pero todos estos desaparecidos anónimos no estaban armados: se los condenó simplemente por el hecho de ser hombres que portaban ideas. ¿Qué estaba condenado, entonces? El género humano. ¿Por quiénes? Por estos monstruos. Y digo monstruos porque no tenían justificación alguna ni, aún hoy, podrían alegar nada.

 

En este orden, también considero que han sido cumplidos los objetivos que los peronistas teníamos. Cumplimos lo que podíamos cumplir. El peronismo no cumplió más porque desapareció, o murió. Murió como lo que era: como organización y como orgánica.

 

¿Fue Guardia de Hierro una organización extremista?

 

Desde el punto de vista del visor que el régimen utiliza, que es un visor de sí mismo, nada más, o sea un espejo, nosotros éramos extremistas y por éso figurábamos en el decreto de prohibición de las organizaciones (no de las armadas, sino de las políticas). Y los mismos agentes de inteligencia que manejaban esas listas fueron los que, después del 10 de diciembre de 1983, nos acusaron infinidad de veces de “fascistas”. El periodista Enrique Vázquez, por ejemplo, que fue primero agente de la SIDE durante el “proceso” y después, con la “democracia”, pasó a dirigir la revista El Porteño, desde la cual se dedicó a lanzarnos permanentes andanadas en ese sentido.

 

Pero veamos mejor qué quiere decir “extremista”. Porque ser extremista desde el punto de vista del sistema es ser parte indisoluble del propio sistema. El extremismo es una de las patas fundamentales del sistema y, más aún, en él se reconoce su naturaleza, cómo es. Es precisamente allí donde, como ocurre con las pinzas de los cangrejos, se encuentra la parte quitinosa más dura del sistema. Es que el extremismo está hecho para eso, es una parte prensil.

 

Desde este punto de vista no teníamos nada que ver con el extremismo. Los extremistas eran, por un lado los Montoneros y por el otro, como ya hemos dicho, aquellos grupos que conducía Ciro Ahumada y compañía, a los que la prensa llamó “la derecha peronista”. Eran dos partes -dos pinzas- de un mismo cangrejo.

 

Pero desde otro punto de vista que no sea el visor del régimen, sino la visión de la realidad misma, tal cual es, la palabra extremista no tiene ningún sentido ni quiere decir nada. En primer lugar porque “extremista” indicaría que hay un medio y un extremo, o varios, pero también porque, al decir “extremista”, los que así califican están pensando en la Convención francesa de 1792, donde los representantes estaban en un arco del hemiciclo parlamentario, y del “extremo” eran los que estaban en uno de los flancos del hemiciclo. De ahí proviene este adjetivo, así como los términos “derecha”, “centro” e “izquierda”.

 

El parlamento de la guerra

 

Nosotros estábamos en contra, no de esta versión de un “parlamento” que es un chiste (eso que llaman el Congreso de la Nación), sino del parlamento real -del que también estábamos afuera- al que consideramos como más apropiado denominar el parlamento de la guerra, que tenía los mismos componentes pero en el plano del enfrentamiento o de la violencia, “generada -como decía Perón- desde arriba”.

 

Cuando Perón se refería a la “violencia generada desde arriba” se refería no solamente a la violencia de Estado, la represión, sino también a los Montoneros y demás grupos que, asimismo, habían sido “generados desde arriba”. Y cuando él hablaba de la “violencia de abajo” no se refería a ellos, sino a la huelga, la manifestación, la verdadera violencia del pueblo, que es ésta y no aquella otra. Mas por entonces, como ocurre también ahora, cada uno tenía su “interpretación libre” de la realidad. Pero no hay interpretación libre ni esclava de la realidad, lo único que puede haber es interpretación justa. De modo que esas expresiones sólo se pueden comprender en el contexto del pensamiento de Perón, del momento en que fueron dadas a entender, de cómo fueron expresadas y de quién las decía. De lo contrario son incomprensibles y las aprovecha cualquier vivo para llevar agua a su molino.

 

Creo que nosotros logramos entender bien esta cuestión, y por eso nos separamos y dijimos que estábamos fuera del parlamento de la guerra, sustitución del otro “parlamento”, que tampoco era el “de la paz”, precisamente, sino que estaba íntimamente ligado a aquel otro. Más aún, el Congreso Nacional, y aún las Legislaturas provinciales, esto es, el parlamento político, era un reflejo del parlamento de la guerra y no a la inversa.

 

La política verdadera del régimen pasaba por la violencia, no por la política. Incluso gobernando Perón, como se demostró, o ¿qué fue el infame asesinato de José Rucci? Y de tantos otros, porque decir solamente José Rucci es llevar también agua para nuestro molino, pero también se mataban policías, militares, políticos, dirigentes gremiales… El objeto era demostrar la existencia -y el poder- de este parlamento. Un poder que sólo se expresaba mediante su capacidad de matar o de destruir, y nada más.

 

Frente a ese poder había un parlamento político que era la debilidad misma, no por la institución en sí, sino porque aquéllos que lo componían eran miserables. De un puñado de miserables lo único que se puede obtener es miseria. Allí no había un sólo hombre verdadero. Del otro lado tampoco, ya que se escudaban en las sombras, en el anonimato, en las “máquinas” y en la cobertura que le daban los militares a la ilegalidad. Porque los militares buscaban la propia ilegalidad o, para mejor decirlo, convertir su ilegalidad en legalidad, que fue lo que hicieron en 1976.

 

La “teoría pura del Derecho”, de Kelsen

 

Con el golpe del 76 todo lo ilegal se hizo supuestamente “legal”, pese a que no existe ningún arbitrio que pueda transformar lo ilegal en legal, salvo mediante el subterfugio de apelar a la teoría de Kelsen: “El derecho está engendrado por la fuerza”, que es en verdad la que siempre aplicaron. Contra este amañamiento Perón había escrito después de 1955, en el exilio, su libro “La fuerza es el derecho de las bestias”.

 

La teoría de Kelsen se denomina Teoría Pura del Derecho. Parece un chiste, ya que en realidad es una teoría impura, o espuria, del Derecho. Proclama un “derecho” sin ley ni justicia, que sirve, por ejemplo, para acusar a todo adversario de “extremista”.

 

Pero el problema no es el “extremo”, que no existe, sino la justicia. Ahora bien, para el injusto, como demuestra la historia, la justicia siempre es un extremo. Sólo así se vuelve algo cierto, pero hay que ver quién lo dice, o quiénes lo dicen.

 

Por ésto digo que las acusaciones en contra nuestra, que partían de esta concepción, eran parte de la contrainteligencia y de la contrainformación, y aún persisten, porque contrainteligencia y contrainformación siguen funcionando a pleno. Pero los que aún hoy se recubren con la toga de la justicia y señalan, y acusan,

¿nada tienen que decir de sí mismos? No señalo ésto porque mientan -que también mienten- sino por una cosa peor, que es ocultar la verdad o deformarla. Y, como todos a esta altura ya saben, la mayor parte del periodismo ejercita esa vieja conducta ladina. ¿No se hizo lo mismo el siglo pasado?

 

Durante el período Mitre-Sarmiento-Avellaneda, el de la Guerra del Paraguay, se decía una mínima parte de la verdad y un cúmulo enorme de mentiras e hipocresías, se erigieron altares a ídolos falsos y hasta se compusieron himnos… ¿No hay un “himno a Sarmiento”, por ejemplo? Y ¿no es ésto, un himno a semejante asesino, cosa que ofende a la justicia? Hemos vivido permanentemente entre cosas como ésta, que aún se enseñan a los chicos -cosa que es muy grave, porque más nocivo que hacer el himno es enseñarlo a una edad en la que uno no tiene defensas, como me pasó a mí- porque la iniquidad (ausencia absoluta de equidad) no tiene límites.

 

Perón y la organización

 

Perón asignó un primerísimo lugar, en lo que él proponía, a la organización, lo cual no quiere decir que lo haya conseguido. Porque Perón, más que nada, fue un anunciador, un precursor. Él mismo ha señalado varias veces ésto de la precursión. Pienso que más quería mostrar para enseñar que realizar para que durara. ¿Por qué? Porque él sabía que en el nudo profundo de lo que proponía hay una contradicción que no se puede resolver, que él no podía resolver, que nadie puede resolver. Porque él era el jefe del Movimiento, su creador y su líder y, por tanto, la “institución” principal del Movimiento, y ésto impedía que hubiera organización.

 

Perón podía suscitar lo orgánico, que es lo que hizo, y desarrollarlo todo lo que se pudo, pero no podía montar una organización. Ésto, porque no es posible hacerlo desde la posición que tenía o la situación en la que estaba ubicado. Por eso predicaba. El Movimiento guardó formas organizativas mientras Perón estuvo. Después esas formas se derrumbaron, volvieron a su propia escencia, apenas él desapareció. Lo que quedó fue lo orgánico, que es lo indestructible. Es muy difícil destruir lo orgánico en un pueblo: se consigue con muchos años y haciéndolo de partida, como lo hicieron los norteamericanos.

 

Impidieron la existencia de un pueblo estadounidense cuando los Estados Unidos eran las colonias de Virginia, Kentucky o la Nueva Inglaterra, ahí empezaron. De lo contrario les hubiera sido imposible. En la Argentina es imposible. En toda América es imposible, porque lo orgánico está incorporado a la cultura de los pueblos, que es orgánica.

 

No quiero decir con ésto que el salto a lo organizativo no sea imprescindible. Lo es siempre, en todos los casos en que hay una tarea histórica que cumplir más allá de la que puede cumplir lo meramente orgánico.

 

Lo orgánico y el eterno retorno

 

La organicidad es mantenimiento en una situación, sea cultural o de otro tipo. Lo orgánico es, fundamentalmente, vida que se hace a sí misma y se mantiene a sí misma con una conciencia circular de su propio desarrollo que, por tanto, no sólo retorna siempre al mismo punto donde empezó sino que ésta es la visión que tiene de la historia: “Lo que fue, será”, o sea el eterno retorno. Todos los pueblos piensan así.

 

Pero el desarrollo de éso, que se engendra por insatisfacción, por necesidad, por extensión de espacio y de tiempo (cuando las comunidades entran en contacto entre sí) genera otra cosa, que son las aptitudes para las funciones superiores del espíritu y una razón con capacidad de abstracción, capaz ésta de reflexionar en espacio y en tiempo y correlacionar, por ejemplo, comunidades diferentes. De lo contrario, si la conciencia hubiese sido meramente circular, cada ser humano se hubiera quedado en su propia comunidad para siempre.

 

El hombre sale de la situación de eterno retorno cuando le es necesario, o cuando se hace imprescindible para la comunidad misma. Aparecen entonces aquéllos que son capaces de abstraer primero la idea de temporalidad y después la idea de espacialidad, que son esenciales para el salto. La idea de temporalidad es la que más directamente afecta al hombre, en razón de la muerte. Pero puede verse que estas ideas son ya son abstracciones: en el eterno retorno la muerte no existe, porque la vida siempre vuelve, se repite.

 

Y ciertamente, la vida se repite en un sentido. Tiene un aspecto en el cual éso es verdad. Hay otro aspecto en el cual no es verdad, siempre que se aplique la circularidad a un desarrollo alineal (no lineal) que va más allá de la propia comunidad y de esa circularidad. Se establecen así otras circularidades.

 

La capacidad superior de Polibio30

 

Polibio, a quien los necios toman como ejemplo de circularidad, o de un pensamiento conservador, pretendía demostrar con su Historia Universal -que era en realidad la historia de la Grecia poshelenística- era la grandeza de Roma, por comparación. “Todo ésto que nosotros, los griegos, hicimos mal, y que describo, éstos lo hicieron de otra forma, mejor y, además, comprensible”, viene a decir Polibio, de manera muy pesada, con mucho trabajo y en medio de una confusión terrible. La segunda deducción de Polibio señala: “Y en la manera en que lo hizo comprensible, lo hizo a la vez más claro, más inteligente”. Más inteligente quería decir, en realidad, más inteligible. Era ésto lo que se proponía Polibio, no una circularidad, porque también señala que “todo ésto que hicimos y parecía un círculo vicioso, para Roma ya no es un círculo vicioso sino otra cosa”. Es precisamente por comprender ésto que Polibio puede escribir una Historia Universal, la de la ecumene mediterránea, y dar un salto desde los griegos del período poshelenístico, o de los diádocos, hasta Roma y Augusto.

 

Esa que, por más que se la juzgue desde hoy, es demostrativa de una capacidad superior a cuanto pensaron Tucídides, Herodoto, Jenofonte y, en general, los historiadores griegos. Polibio también fue griego, pero era romano por su objeto, que era el de la cultura romana. Decir que Polibio era “circular” es, por tanto, cosa de profesores liberales de izquierda o de derecha, adeptos al progreso lineal y constante, que es una cosa mucho peor que la circularidad, porque significa ignorar la alinealidad fundamental que tiene la historia.

 

Cuando los liberales, debido a esta omisión, hablan de “historia universal” hablan de la historia de éllos, su historia es uni-versal únicamente porque es una versión. Pero no es la única versión, como pretenden; es la versión hoy dominante, pero no la única, de ésto que por ahora, circunstancialmente, llamaremos “historia”.

 

Continuidad de lo orgánico

 

Volviendo ahora al fenómeno de lo orgánico del peronismo, podemos decir entonces que pervivió mientras la organización se destruyó. Desaparecido físicamente Perón la organización volvió a ser lo que era: nada. Una parte, la organización gremial, se superinstitucionalizó, calcificándose definitivamente a grado de desaparición. Esto obedece a que las instituciones son la última forma que adquieren las organizaciones

 

 

30 Polibio: (204-122 a.C.). Historiador griego radicado en Roma. Su Historia Universal se refiere a la dominación del mundo bajo un imperio único y la política romana.

 

humanas y tal forma puede durar mucho o poco. En este caso duró poco, en la medida en que se cortó totalmente de sus raíces y, por tanto, no se alimentó más. Quedó colgada de la estructura del Estado y encima, ahora, desaparece la estructura del Estado y con ella los restos fósiles de aquella organización gremial. Le ocurre lo que al clavel del aire cuando se derrumba la pared de la que está colgado: al carecer de alas para volar corre la misma suerte de la pared. Tal es el camino que eligieron los dirigentes gremiales, totalmente separado de la participación popular.

 

Pese a todo, esa participación popular sigue existiendo, desde que lo orgánico sigue existiendo. Desde este punto de vista ¿el peronismo sobrevive? Pero ¿qué es lo que sobrevive? Sobrevive lo que era esencial del peronismo; lo inesencial desapareció todo. En rigor, visto este hecho desde otra perspectiva, la histórica, lo que se hizo fue una limpieza, independientemente de que tal cosa signifique sufrimiento.

 

Todos los elementos que eran alógenos al Movimiento Nacional, a su escencia; los que confundían, han desaparecido, se han ido. Sin embargo, lo orgánico del pueblo argentino no desaparece. Las pruebas de que no desaparece son, entre otras: – 6.500.000 votos en blanco en las elecciones de 1997, sin organización, sin dirigentes, sin mandos, sin propaganda y sin voz. ¿Cómo se consigue esa unanimidad, entre tipos que han quedado aparentemente separados por el “exitoso” universo cultural individualista de la “globalización”? Lo que ocurre es que esa unanimidad, o esa unidad, no se “hace”, simplemente es.  La presencia popular en los santuarios tampoco la “hace” nadie; sencillamente ocurre, es, sin que nadie la organice.

 

Una disquisición físico-química

 

 

Este “es” no debe ocultar que detrás hay, ciertamente, un proceso cultural y cultual, en el que ambas cosas forman parte de lo mismo. Ambas dos palabras provienen de la latina colto, que significa cultivo en latín. En el nivel orgánico, lo cultural y lo cultual no se diferencian y hasta son permutables: todo lo que es cultura es culto y todo lo que es culto es cultura. Desde el punto de vista de un observador humano es algo dado; desde el de un investigador un poco más profundo es lo que yo llamo un proceso químico, hasta que aparece el efecto físico del proceso químico, del mismo modo en que, si se calienta el agua, se da un proceso químico, por calor, de movimiento de las moléculas del agua, hasta que llega un punto en que se produce el efecto físico, la ebullición y la aparición del vapor. En su conjunto se trata, por tanto, de un proceso físico- químico que habilita un cambio de estado.

 

Veámoslo a la luz de otra experiencia: si se mezcla ácido sulfúrico con agua ¿qué pasa? Primero, se produce la mera combinación química, sin ningún otro agregado (calor, corriente eléctrica, etc.), de los valores libres del hidrógeno con algunos del ácido sulfúrico. Pero casi de inmediato aparece el efecto físico real: un humo, por otra parte venenoso. También aquí se da un cambio de estado.

 

De modo análogo, en los pueblos hay procesos de carácter “químico” donde los hombres tienen intervenciones que, aparentemente, no producen nada ni vale la pena tener en cuenta. No hay ningún efecto inmediato. Pero se va gestando en la comunidad una acumulación de efectos mediatos que producen finalmente efectos físicos de diverso carácter.

 

Tales nuevos efectos suelen representar, a la vez que promueven, otro tipo de conciencia y de acción, análogo al cambio de estado que gestan los procesos físico-químicos.

 

Simplemente acumular inercia

 

Cuando, como en nuestros días, aparece entonces un mundo distinto al que les tocó vivir en mejores épocas a las organizaciones gremiales supérstites, en tanto instituciones totalmente vaciadas de contenido, el “cambio de estado” se expresa en nuevas formas organizativas y gérmenes de organización, como entre nosotros se da el caso de la Central de Trabajadores Argentinos, la CTA, que tiene un grado de realidad mucho mayor.

 

Sin embargo, nuevos fenómenos como el que acabo de citar no pasan aún del nivel orgánico. Para decirlo mejor, ocurren en el nivel orgánico. ¿Cuál es la prueba? La prueba consiste en que, políticamente, no hay resultado  organizativo  ni siquiera en el propio orden gremial,  porque las conducciones  han seguido siendo las mismas. Y nadie se propone por ésto echar a nadie, sino simplemente existir. Porque todavía el nivel orgánico es el dominante. Nadie ha sobrepasado este nivel: todos los intentos de este período por avanzar en un sentido organizativo, al quedar aislados, han fracasado.

 

A nivel orgánico, lo único que se hace es acumular inercia. Como los vehículos que tienen una segunda y una tercera largas, porque la cuarta tiene menos fuerza. Es preciso que acumulen fuerza de inercia en segunda y en tercera para que, al poner la cuarta, el móvil mantenga la velocidad. La velocidad crece (sigue acumulando inercia) cuando el vehículo inicia una pendiente muy larga. Sin esta inercia no hay posibilidad, ya que existe una relación física entre la potencia, el tamaño del rodado, su peso y el tipo de camino. Todos esos elementos tienen su reflejo en los diámetros y las relaciones entre los engranajes de la caja de cambios y la transmisión.

 

 En otro tipo de vehículos, con segunda, tercera y cuarta cortas, recién encontramos una quinta larga: tienen más potencia en relación al rodado y a su peso, con lo cual acumulan inercia más rápidamente.

 

Un rodado es siempre una batería inercial, un acumulador de energía inercial, lograda mediante la transformación del combustible en potencia. Si se corta el encendido del motor, y se deja el cambio en quinta a 110 km por hora, y si no encuentra obstáculos que lo detengan bruscamente en un choque, el vehículo seguirá en movimiento hasta consumir todo su remanente de energía inercial. Si ese mismo rodado choca contra algo a 110 km por hora, la acumulación de inercia habrá además aumentado el peso del conductor y sus acompañantes en una relación que es una fórmula, y esta fórmula iría variando según fuera la velocidad alcanzada por el vehículo, o la inercia que logró acumular.

 

Necesidad-función-órgano

 

Este caso típico de una rama de la Física, la mecánica clásica, también ocurre en los procesos sociales, aunque no del mismo modo -entenderlo así sería caer en una linealidad, justamente “mecanicista”-. Los procesos sociales o culturales también acumulan una cantidad de fuerza de inercia, vale decir de capacidades, de necesidades, de imprescindibilidades tal que, en algún momento, un grupo de deconocidos hasta entonces, que saltan, por necesidad, del plano inercial del mero existir a otro plano, adquiriendo entonces una cantidad de conocimientos que antes no tenían. Este proceso puede ser más largo o más corto, según la “caja de cambios” y la “transmisión” de que disponga. De no ser así, se deberá acumular inercia.

 

En el proceso argentino hubo quienes creyeron que tenían un vehículo rápido, pero fracasaron en su intento de correr porque no estaba conectado y, por tanto, no tenía transmisión, aunque disponía de motor y caja de cambios. A 4.000 r.p.m. no fueron capaces de dar un paso. Eso fue lo que le pasó, por ejemplo, a la Corriente Clasista y Combativa, la CCC.

 

En toda concepción de la acción hay un momento que es la apreciación de cómo va desarrollándose el potencial orgánico. Cuando sólo tenemos potencial orgánico no hay política, porque lo orgánico no puede pensar en esos términos. Lo que puede pensar es en términos de su propia subsistencia, de su solidaridad, de su relativa organicidad. Yo diría que hay un mecanismo, una relación genética de lo orgánico, que es necesidad-función-órgano. Cuando aparece la necesidad, determina una función para llenarla, y a su vez la función determina un órgano. Este proceso puede durar diez minutos, dos días ó tres años, de acuerdo a las razones  alógenas  o  implícitas  que  participan  del  proceso.  Pero  tampoco  ésto  sobresale  aún  del  nivel orgánico: no puede hacerlo porque no está en su objeto.

 

El error vanguardista, fruto de la soberbia

 

Lo que ocurre es que esta relación necesidad-función-órgano se va extendiendo; tiene un desarrollo extensivo, y también intensivo, mas no cualitativo sino cuantitativo. Cada vez más individuos se incorporan a este tipo de proceso, pero ésto no significa que el proceso “salta de calidad”, como creen algunos seguidores de la teoría de las vanguardias… ideológicas. Tal clase de gente cree que todo se resume en la idea, pero éste no es un problema de la idea, sino de la experiencia cultural, que no es lo mismo. Ciertamente, la experiencia cultural puede generar cierto tipo de ideas, pero evidentemente no ideológicas, sino surgidas de este proceso.

 

¿Cómo se explica que las cosas sean así, sobre todo ante conciencias más fáusticas? Porque hay conciencias que no pueden comprender que el proceso real sea así, sino que creen otra cosa, pero la creen de sí mismos únicamente, porque no podrían hacerla extensible a todos. Ahora bien, si en este orden algo no puede hacerse extensible a todos, no sirve.

 

Todo ésto sucede, y me veo en la necesidad de planteármelo, porque acá terminó una cosa. Lo que terminó una forma del Movimiento Nacional. Lo que continúa es lo que estaba siempre. Para que lo que estaba desde siempre genere una nueva forma del Movimiento Nacional -y ésa es la “X”, la incógnita- debe desarrollarse primero el proceso de base. A medida que, poco a poco, éste vaya acumulando inercia, se generarán nuevos tipos de procesos que, en determinado momento, podrán saltar de la cantidad a la calidad por partes. No será éste un producto de las vanguardias, que siempre son externas, sino un producto del propio proceso.

 

Hay ocasiones en las que éso que llaman “la vanguardia” es generado por el proceso mismo, pero sólo cuando está inserta en éste. En general, aquéllos que se disponen a ser vanguardia no están dispuestos a esperar que el proceso madure y los cubra. Acá hay un problema en tiempo: que la contradicción principal, siendo en realidad de carácter ideológico en los individuos, en el orden objetivo resulta de carácter temporal: los apuros, las ansiedades, las angustias, los problemas ciertamente, se convierten en cosas independientes del proceso. Al decir ésto no hago una condena, sino una descripción: éste es el “tiempo que tienen”.

 

Por el contrario, la cultura orgánica popular, para desarrollarse, usa un tiempo distinto del tiempo subjetivo que prima en los sectores de carácter ideológico. En el seno del pueblo las angustias están sujetas al proceso; no son independientes de él. Porque, mientras los pueblos aprenden de este proceso, aquéllos no están dispuestos a aprender, sino a enseñar. ¿Qué maestros son, que no son capaces de aprender? Si hay una ciencia en ésto, es la de ser capaz de aprender. Es la única ciencia válida.

 

Aprender implica humildad. Judas Iscariote no tenía humildad. No estaba dispuesto a aprender de lo que llamaban los pequeños: los pobres, los miserables, los iletrados… Mas la única forma de llevar adelante las cosas es aprender de ésos. No hay otra. ¿Para quiénes se convierte ésto en un trauma, en una cosa grave? Para aquéllos que creen que saben. Cuanto más creen que saben, más grave es, porque más encastillados quedan. Y, por tanto, más aislados, más separados. O sea, más fariseos (término que significa, justamente, separado). O “sabios ignorantes”, como dijera Perón. No porque no sepan, o porque lo que saben sea inútil, sino debido a que eso que saben se les vuelve inútil por falta de humildad.

 

La humildad de Perón, Yrigoyen, Rosas y San Martín

 

Lo que se sabe sirve cuando está puesto al servicio de aquéllos a los que debe servir. Porque de no ser así, el saber está al servicio de uno mismo, y la soberbia consiste precisamente en éso. Al hacer su aparición, la soberbia separa definitivamente, porque corta todos los vínculos.

 

¿Qué otra cosa movía a Perón y a Eva Perón que no fuera el amor? No el poder, que era secundario.

¿Qué otra cosa que no fuera la humildad? La soberbia los hubiera separado. Y ¿no pasaba lo mismo con don Hipólito Yrigoyen? A principios de este siglo y durante años y años él, descendiente de Alem, de Pueyrredón y de la mejor tradición argentina, patricio de verdad (no como los oligarcas), iba a los sucuchos de la provincia de Buenos Aires a hablar con otros argentinos, de a dos, de a cinco o de a veinte, incansablemente. No iba precisamente a “melonearlos”, como haría cualquier politiquero vulgar; iba a aprender de ellos. Y ¿qué hacía Rosas? Ser el mejor en el lazo, en la doma, en la yerra, en la carrera, en el facón, porque estaba con ellos. Y porque había aprendido de ellos, Si no, no hubiera podido ser el mejor. Las cosas del pueblo no se aprenden en una escuela, se aprenden del pueblo mismo, con los que saben. Y si se aprende es porque se ha tenido la humildad de aprender, hasta de un iletrado o de un pobre. ¿Cómo era San Martín? ¿De quién aprendió, además de hacerlo de sus soldados y de cualquiera? Aprendió de Belgrano -y lo dice él mismo-; las cartas que le envía a Belgrano son todas de agradecimiento, porque Belgrano le enseñó cómo era este país, cosa que no sabía. No bastaba conocerlo de visu o de práctica; era necesario que alguien a quien él respetaba por su estatura moral, se lo explicara. Belgrano era comandante del Ejército del Norte y se redujo a ser jefe de un regimiento cuando San Martín llegó como comandante. No hubo forma de hacerlo cambiar de parecer. Fue entonces que San Martín optó por llamar a Belgrano para cada cosa que hacía, y preguntarle cómo la veía. Hay que ser muy hombre para eso. Pero San Martín no sólo aprendió de Belgrano, sino también de Las Heras, de Necochea, de Arenales -un español, militar de carrera, que fue el más grande guerrillero de su tiempo-, de Güemes -un “gaucho bruto” con labio leporino, con quien Belgrano le recomendó hablar especialmente-, no porque supieran más que él, sino porque sabían cosas que él no sabía.

 

Siempre aparece, en nuestros grandes tipos, en nuestros arquetipos, como se les ha llamado, el tema éste del aprendizaje. Para formar oficiales San Martín hace el Regimiento de Granaderos a Caballo, que era en realidad un “regimiento escuela”, y con ellos arma el combate de San Lorenzo que, en cierto sentido, era un chiste, pese a su lado dramático (murieron ocho, entre ellos el capitán Bermúdez). Necesitaba, como entrenador que también era, ejecutar esta acción para que esos hombres supieran de qué se trataba, y para que él, a su vez, los viera actuar. No era un mero ejercicio, podría no haberse dado, pero desde el punto de vista de la formación fue altamente conveniente. Y ¿quiénes eran esos hombres que San Martín entrenaba? Veamos:

 

Antes del combate de San Lorenzo los hombres de San Martín capturaron a unos barqueros de la “escuadra sutil” -así se le decía- de los españoles del sitio de Montevideo. Uno de ellos, que fue capturado en un bote, resultó ser un paraguayo que les explicó, en su defensa, que estaba obligado a hacer lo que hacía por imposición de las fuerzas españolas. Enterado San Martín, le dijo entonces que a partir de ese momento podía permanecer, si así lo deseaba, con él y sus hombres, y el paraguayo se mostró inmediatamente de acuerdo. Ese hombre, que tenía 16 años al momento de su captura, fue después el coronel José Félix Bogado, último comandante de Granaderos, que volvió con los siete últimos combatientes desde Ayacucho hasta Buenos Aires. Había que ser humilde para actuar como lo hizo San Martín en aquella ocasión; si no, preguntémonos que hubiera hecho con Bogado cualquier otro oficial mediocre.

 

De la misma manera actuó San Martín, general argentino, chileno y mariscal del Perú, con Necochea.

¿Cómo lo reclutó, a él y al hermano, que eran unos señoritos, pero valientes? ¿Qué mejor que proporcionarles un caballo y un sable a cada uno? Y Necochea fue jefe de Granaderos hasta que lo reemplazó Miller. Es obvio que para contener a gente como Bogado, Necochea y unos cuantos más, capaces después de hazañas inauditas, se debía poseer de una grandeza nada común, y -por sobre todo- quererlos. Quererlos al punto de que todos ellos llegaron a ser capaces de hacerse matar por San Martín. Claro que por debajo de ellos ninguno -ni Guido, ni Warnes, ni Miller- lograría la felicidad contagiándose con la grandeza de su jefe.

 

Pero aún Bolívar, que hasta el exilio de Jamaica había sido un señorito mantuano de Caracas, partícipe  de  una  de  esas  revoluciones  de  señoritos  afrancesados  que  hubo  por  aquellos  tiempos  en

Iberoamérica; Bolívar, a quien costó tanto aprender, más que nada a ser humilde, porque era dueño de grandes plantaciones con esclavos, llega a penetrar ese “secreto” vedado a los soberbios. Ocurre cuando los esclavos sublevados con la bandera de España, encabezados por Boves31 , lo aniquilan en la batalla de La Puerta, pasando a cuchillo a todos sus hombres. Al volver del exilio, lo primero que hizo Bolívar, a consecuencia de esa dura lección de humildad, fue disponer la libertad de todos los esclavos. Ésto era algo muy difícil de comprender en su época, pero que la Providencia, al parecer, había dispuesto que él aprendiera.

 

Perón compendiaba todo ésto de una manera mucho más simple: “No se puede conducir lo que no se ama”. Así de sencillo. Y solía complementar esta noción con aquella otra de que “se puede engañar a un hombre durante un tiempo, pero no se puede engañar a todos los hombres durante todo el tiempo” porque, como él también decía, “la mentira tiene las patas cortas”. Expresiones todas éstas de gran actualidad, porque quienes hoy se supone que deciden algo en el país, además de malvados son hipócritas, por tanto son mentirosos: dicen una cosa y hacen otra.

 

Por qué Perón no dejó una organización

 

Perón sabía perfectamente -y por eso lo señaló en varias ocasiones- que él no podía montar una organización que perdurara. Podía proteger lo orgánico, pero no podía montar una organización que perdurara después de él, porque el principal obstáculo era él, no porque lo quisiese, sino por su situación. Lo mismo pasaría si un elefante pudiera decir: yo soy grande y tengo trompa: no estaría confesando una culpa ni haciendo una crítica, sino simplemente reconociendo su propia realidad.

 

Perón no podía dejar una organización porque la misma naturaleza de la conducción carismática impide que la organización funcione.

 

En sus primeros gobiernos Perón no montó una organización. Gobernó con herramientas preexistentes, que tenía al alcance de la mano. Bajo su conducción había tres partidos: el partido político, el partido gremial y el partido militar; él manejaba el Estado y era el jefe de los tres partidos. Esa fue la estructura, más allá de los nombres. Cuando por una confabulación perdió la conducción del partido militar y del Estado, los demás partidos desaparecieron. Sólo permaneció la estructura gremial, pero a costa de pagar su permanencia con su institucionalización, vale decir, su participación en el régimen. Visto hoy en perspectiva, aunque uno por entonces haya hecho otras cosas y creyera en otras cosas, no fue éste un acto de voluntad de Fulano, que era un traidor, o Zutano, que era un ladrón, sino que no existió otra posibilidad.

 

En el plano de la política del régimen hay un conflicto en el tiempo para una política popular. Es casi una fórmula de física o algebraica: Para obtener las condiciones de una política popular en el marco del dominio del régimen hay una contradicción en el tiempo; las necesidades están en contradicción con las posibilidades. Ésto es irremediable, y es lo que lo destruye. Por eso dentro del régimen no puede haber nunca una política popular. Nunca. No porque ellos no quieran, pues sí quieren, en aras de la gobernabilidad. Pasados los años ¿qué mejor para el régimen que un Menem, un gran engaño, para ocultar la contradicción? La gobernabilidad se obtuvo con un sólo gran engaño. Ha sido algo de tal maldad y perversión que fue a emplear la esperanza contra aquél que está esperanzado. Pero eso no es permanente, ni puede serlo, porque la verdad, finalmente, habla por sí misma. “Habla sin artificios”, decía Perón.

 

La cuestión fundamental en la organización gremial, después de 1955, era ésta. Mientras el equilibrio de fuerzas entre el régimen y el Movimiento Nacional, por la presencia de Perón, se mantuvo en una balanza, los gremios institucionalizados pudieron representar, de algún modo, y contribuir, únicamente, a la guerra de desgaste. No daban para más que éso: desgastar, transfiriendo esta contradicción que era de ellos, al seno del régimen. Se transfería mediante los convenios, la huelga, la ocupación de fábricas… eso fue lo que ocurrió mientras el régimen no dispuso de una resolución definitiva, de un poder suficiente para responder muéranse, como tiene ahora. Los sindicalistas de hoy pueden hacer huelgas parciales, generales, con movilización o no, y nada de eso afecta ya al régimen, porque éste se ha desligado total y completamente de aquellas transferencias propias de un equilibrio de fuerzas.

 

 

 

31 Boves Rodríguez, José Tomás: (1783-1814). Marino español. Su actuación militar se desarrolló en la Gran Colombia a partir de 1812. Fue uno de los máximos dirigentes realistas en la lucha con los independentistas. Murió en combate

 

 

La presencia de Perón fue el fiel de la balanza, que mantuvo la unidad del principio operacional (desgastar, pero a la vez desgastarse, como cualquier abrasivo). El cálculo era “yo desgasto diez veces mientras me desgasto una y, por tanto, tengo diez veces más tiempo que mi oponente”, “yo juego al tiempo, pero al desgaste en tiempo”. Esto fue, nada más ni nada menos, lo que hizo Perón durante 18 años (en vez de 180). El extremismo quería que eso mismo ocurriera en 18 días.

 

Después del extremismo, los ex combatientes

 

Los extremistas suelen hacer una apreciación irreal de la fuerza, por un lado, y detentar un desprecio absoluto por el gasto, por el otro. Su razonamiento es: gasto esta fuerza X en un punto del tiempo y el espacio, la quemo para conseguir lo que quiero; lo consiga o no, la quemaré para siempre.

 

El eterno problema de los ex combatientes tiene este origen y se resume en una pregunta: ¿Y después, qué? Si gastan 30 años en una guerra, cuando vuelven ¿qué son? Generalmente es preciso enviarlos a alguna colonia porque no sirven para más nada. Un hombre no es una máquina. Inteligentemente, César ideó hacer servir a los legionarios romanos 22 años y después reunirlos en colonias de veteranos provistas de tierras inmejorables, en Africa por ejemplo, para sacárselos de encima. Los norteamericanos, en cambio, no lo habían previsto con los que volvieron de la guerra de Vietnam y así sufrieron las consecuencias: infinidad de incidentes, accidentes, motines y hasta masacres en serie en su propio territorio.

 

También aquí, después de la Campaña del Desierto, hubo un reparto de tierras a los militares que participaron en ella. Pero la Campaña del Desierto no fue, en verdad, una campaña militar, sino una mera ocupación del espacio. No hubo un sólo combate; fue un embate sobre el vacío para ocuparlo. El vacío ya se había producido. Lo produjeron durante largo tiempo para después ocuparlo, correctamente, por otra parte. Ahí también hubo, a lo largo del siglo pasado, una guerra de desgaste que Inglaterra llevó contra nosotros a través del indio y estuvo a punto de tener éxito en varias oportunidades, de no haber sido porque el indio que vivía en nuestras pampas ya no era el natural de aquí sino el chileno, atrozmente saqueador. En estos movimientos de poblaciones enteras, en los que los ingleses se han mostrado expertos en los cinco continentes, los auténticos indios pampas fueron colonizados y se “araucanizaron”, al punto de perder hasta su propio idioma (el tehuelche, por ejemplo), reemplazado por el mapuche (esta palabra significa gente del río Mapu, río que está al sur de Chile). El negocio que manejaban los ingleses era el de comprar (generalmente con caña y tabaco baratos) el ganado que robaban estos indios en la provincia de Buenos Aires y que llevaban a Chile.

 

Los estudios extranjeros sobre el peronismo

 

De los pocos estudios que he leído sobre el peronismo -estudios que en realidad no me interesan- ninguno tiene nada que ver con el peronismo real. Franceses y norteamericanos, pero también ingleses y suecos, han tomado al peronismo como un objeto de estudio antropológico, pues para ellos el peronismo es eso, o político, cuando han partido de ciertos intereses políticos como, por caso, Alain Touraine, cuyo maestro es Jacques Derrida, inventor de la dèconstruction (globalización es igualación de potenciales, igualación de potenciales es entropía, y entropía es caos). Los dos, tanto como sus seguidores autóctonos, son portadores de un pensamiento antiguo, verdaderamente retrógrado, aunque han tenido la habilidad de presentar su mercadería al gran público del primer mundo revestida con un grueso barniz de novedad en materia de neologismos, concentrado sobre todo en la partícula “pos”. ¿Poshumano, o sea inhumano, por ejemplo? Los imbéciles que compran aquí esa mercadería -por suerte, muy pocos- se enteran de lo que les pasa a través de lo que les dice un tipo que nunca estuvo.

 

 

Tampoco hay mucha bibliografía que provenga del propio peronismo, que en general son memorias, como las que ha escrito Fermín Chávez, o relaciones como la que hizo Benito Llambí en su último libro. Pero generalmente son escritos parciales. Esto ocurre porque la dirigencia, que sería la que supuestamente debería encontrarse en condiciones óptimas para escribir sobre peronismo, no sabe, y los libros que aparecieron firmados por algunos dirigentes (Cafiero, Guardo, etc.) no los escribieron ellos sino que fueron redactados por encargo.

 

Hay, asimismo, numerosos libros sobre peronismo escritos por verdaderos contrabandistas ideológicos como Feinman, discípulo de los franceses, que decían o dicen ser peronistas. Y, para peor, lo que Feinman ignora es lo que los franceses descubren después de toda la fiebre de la desconstrucción, una vez que pasaron los teóricos del caos. Ilya Prygogine, por ejemplo, dice que el caos no es el fin, que el caos genera nuevo orden. Una desgracia para ellos -para los adscriptos aquí al sistema- porque es ésto lo que no pueden ver. Para ellos nuevo orden es el orden de ellos: ¡Bueno, ya terminamos con el peronismo, ahora hacemos la nuestra!.

 

¿Cuál es este orden de ellos? Ninguno. Hicieron lo mismo en 1930, en 1955, en 1980, y cada vez les salió peor. Cada vez un tono menor, menos cosas, menos espacio, menos tiempo, menos fuerza, menos ideas… El orden de ellos sí que ha devenido en caos. Ahora tenemos la Alianza: pa’semejante candil, es mejor quedarse a oscuras. Es innegable que el vacío que eso produce en un ámbito, lo produce sólo en ese ámbito; en el resto de la realidad no influye para nada. Sigue su propio desarrollo, en su mayor parte independiente del proceso real, que es en el seno del pueblo. Los 6.500.000 de votos en blanco son para mí, todavía, una cosa mágica, pero también una prueba de que todo lo que digan o hagan -si es que hacen algo- es absurdamente inútil. Pero ésto es precisamente lo que menos les importa.

 

Lo que ocurre en ese ámbito (que pertenece al régimen) sólo afecta a la realidad popular en tanto su propia respuesta. Nada más. Es una elaboración. La respuesta es cuando está, no cuando uno quiere o cuando uno cree que lo necesita o que la gente lo necesita. No. Es cuando está. Es un proceso relativamente largo. Aunque para muchos diez años son demasiado, para la historia, para la vida de un pueblo, es un segundo, nada.

 

El ciclo del peronismo

 

No hace mucho, en un país hermano, me preguntaron si veía al peronismo como un ciclo de la historia argentina. Les contesté que sí, pero también les pregunté, a mi turno, cómo son esos ciclos. Porque, si se quiere, hay ciclos y contraciclos. Aunque también se podría decir que los ciclos se componen de una afirmación y una negación. Como siempre ocurre, la negación es posterior a la afirmación, porque le está subordinada. La negación es un acto subordinado a la afirmación, como el mal es subordinado al bien.

 

No se puede comprender el peronismo del año 1944 si no se abarca hasta el año 1974. Esos 30 años implican un conjunto: ése es el ciclo. Como es un ciclo, contiene afirmaciones y negaciones de lo mismo

 

En otro espacio y en otro tiempo, ésto mismo se llamó Civilización y Barbarie, una mera fórmula, porque ambos términos de aquel diálogo eran la civilización y ambos dos la barbarie, desde lo que las dos palabras pueden significar realmente, y no desde cómo fueron empleadas. Decir Civilización y Barbarie no resume una época que, como realidad, fue algo mucho más profundo y más vasto.

 

Si se quiere, es mejor decir Destino o No Destino, con esta advertencia: es una afirmación y negación que abarca el conjunto de todas las cuestiones del hombre. No del “hombre argentino”, sino del hombre, y, como está aquí, de este hombre concreto. Pero el diálogo que parte de él es universal, en el sentido de que no es un diálogo folklórico, ni anecdótico, sino profundo y fundamental. Dado aquí. Vivido aquí. Sufrido aquí. Expresado aquí. Con estos materiales, pero siendo universal.

 

Es probable que lo que ocurre en otros lugares no tenga esta característica de universalidad, o habría que forzarlo para que alcanzara un grado de universalidad suficiente. Lo nuestro es de hecho universal. Lo es cuando se da por los temas que están en cuestión, que afectan al conjunto de la humanidad. No es Aparicio Saravia discutiendo con Batlle, discusión que tiene cierto grado de universalidad, pero subordinada a otro diálogo más amplio, que la abarca. Ésto que puede llamarse el “ciclo peronista”, en cambio, no está subordinado a nada. Tiene personería de por sí. Tal es, además, el problema de la Argentina. Veamos por qué.

 

La Argentina no puede ser -en el sentido de existir-, ni dejar de ser o de existir tampoco, en el marco de esta organización de las naciones. No es posible. Su sola existencia es una negación. En la misma medida en que es afirmación de sí, es negación de lo otro. Es una imposibilidad. En cambio, la existencia de una Nicaragua independiente o de una Cuba independiente, por ejemplo, no es negación de nada, ni pasa nada. No digo ésto por desprecio hacia esos países sino que, por el contrario, envidio la suerte que tienen por no ser paradigmas históricos. En cambio la Argentina sí es paradigma de la historia, y éso es lo que sufrimos. Por eso Perón insistía constantemente: “Hemos pagado el precio de los precursores…”

 

El peronismo no fue precursor en la historia de la Argentina, simplemente. Su existencia implicó otra precursión, que nuestro pueblo paga, diría que sin interrupción, desde septiembre de 1955. Este costo que pagamos no es igual que el fruto, porque el fruto, que es nuestro, es también universal. Y universalizable rápidamente, por la facilidad y simpleza de su ejecución.

 

El peronismo, en tanto última manifestación de nuestro ser en la historia, es lo contrario de la conciencia colonial, pero lo contrario también de la estupidez de gran potencia de los nacionalistas. El problema no es ser pequeños, grandes o potencias; el problema es ser lo que debemos ser o no. La Argentina es, y no necesita ser un imperio para eso.

 

El problema de la Argentina es que es. Y ésto es, justamente, lo que a algunos argentinos no les gusta, y lo que muchos otros argentinos todavía no saben. Es esta realidad la que se hace presente, permanentemente, en el diálogo del que venimos hablando.

 

Ser o no ser

 

¿Cuál es aquí la discusión? La discusión, en última instancia, es como la pregunta de Hamlet. Hay quienes prefieren no ser, no sólo en la historia, sino en su vida personal también. Cuando el tipo lo dice y hace de su vida personal un no ser, que no es en la historia -pero que también trasciende- uno se da cuenta de que el problema es un poco más complejo que la mera discusión política. La discusión política puede resultar un trasunto de esta cuestión principal, pero ni siquiera es la única ni la más importante. Porque muchas veces la discusión política encubre otras cosas, actúa de velo para taponar debates mucho más profundos y de mayor duración en tiempo y espacio que los políticos, o que los económicos (como la discusión sobre la propiedad de las cosas, por ejemplo). No digo que estas discusiones no sean importantes, pero el punto de partida, la única verdadera discusión, es la discusión sobre el ser, ya que todas las demás se derivan de ella. Por eso, por ser una discusión sobre todo el ser del hombre, es universal.

 

Cabe aquí hacer una distinción, ya que en ella está la clave de todos los silenciamientos, encubrimientos e incluso ironías actuales: es irremediable que la discusión sobre el ser del hombre (que es en nuestro caso, al mismo tiempo, sobre el ser de los argentinos) lo sea sobre el ser de la humanidad. Es en ese punto que se “pudre” todo, en un mundo que dice “la metafísica no existe” y que sólo existen Adam Smith32 , Marx33 o Juan B. Justo34 .

 

 

 

32 Smith, Adam: (1723-1790). Economista y filósofo británico, nacido en Escocia. Con D. Ricardo es el fundador de la economía política. Analiza la ley del valor y enuncia la problemática de la división de clases. Heredero ideológico de S. Bentham, consideró el capitalismo como el estadio natural de las relaciones sociales. De hecho fundó el liberalismo económico. En la “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, el leissez faire aparece como el motor del progreso económico.

33 Marx, Karl: (1818-1883). Filósofo, economista y político alemán. Autor con Federico Engels de “El manifiesto

Comunista” en que se trata abiertamente un nuevo fenómeno social vinculado a la revolución industrial y al capitalismo; la lucha de clases. Las lecturas de los economistas clásicos, de Rousseau, Saint Simón, Proudhon, le decidieron a incidir en al análisis de la historia, convirtiéndose en uno de los fundadores de la sociología. Intervino en la

fundación de la Primera Internacional.

34 Justo, Juan Bautista: (1865-1928). Político argentino. Fundó el partido Socialista Obrero y el periódico “La Vanguardia”.

 

 

Ellos -el sistema- no pueden reconocer este problema como problema, ni que es ésta la verdadera discusión, una discusión ontológica, del ontos toon (el ser que es, que fue y que va a ser), ni que es, por tanto, una discusión sobre la filiación que, de metafísica, se convierte en histórica y en natural, y también en ideológica. ¿Por qué? Porque ésto está todo reunido, condensado en ella. Y porque en el esclarecimiento que conlleva su práctica reside la única posibilidad de unión de todos los hombres.

 

La nación. Mentira, alienación, banalización

 

Quienes se mantienen ajenos a este problema viven en la más absoluta ausencia o, para mejor decirlo, en una alienación. Ésto se llama enajenación: no se pertenecen, en la misma medida en que no se reconocen como parte de esa discusión, para un lado o para el otro, no importa. Si no se reconocen no son, y sobre esta falsa conciencia -que tiene los pies de barro- construyen la dominación. O, lo que es lo mismo, construyen la mentira. Pero quienes trabajan con la mentira, no está de más repetirlo, pueden engañar a un hombre durante un tiempo pero no a todos los hombres todo el tiempo.

 

Por esta razón podemos decir que el sistema marcha, cada vez más velozmente, hacia su fin. No se puede autosostener. Los que se autosostienen son los que dan la discusión, no importa si de un lado o del otro. Porque ésos son los que saben dónde están parados. El que dice vos no sos, lo dice porque es. Aunque el acto de negación ya sea un acto necesariamente confuso en contraste con la afirmación, que es rotunda y redonda. Pero el que niega el ser debe ser, ya que, si no, tampoco podría negarlo. Entonces no hay negación, porque negación de la negación es afirmación. De donde el discurso resulta artificial: en unos, los que están separados, es hipócrita, y en otros es rotundamente cierto. La verdad y la mentira.

 

La mentira no consiste en el acto de negación (de ellos sobre nosotros) sino en su propia escencia, que es ésta que acabamos de descubrir: que para negar nuestra existencia deben negarse ellos, y, como se afirman, entonces toda negación es una mentira. Un acto de hipocresía del que sólo pretende afirmarse a sí mismo y, negando a los otros, matarlos, para que no existan. Por éso podemos afirmar que es éste su verdadero objeto, no la negación. La mera negación -y ellos lo saben- es falsa, no es posible. La mera negación lleva a construir el sistema ideológico de la muerte, apoyado en la mentira. Es irremediable. Pero en ese marco está la historia de la Argentina desde hace 200 años.

 

Cambian los contradictores pero no cambian los lugares: la Argentina sigue existiendo y la contradicción sigue existiendo. En ese sentido no hay ciclos, o hay -como piensan algunos- pequeños ciclos en un gran ciclo, que es el ciclo de la construcción de la comunidad de los argentinos, que no se sabe en qué consiste, porque hoy decir nación ya no significa lo mismo que antes.

 

Se ha ido abriendo camino en el seno de la conciencia burguesa en decadencia una idea de la nación que ya no está articulada con la idea de estado. Que no es ni estado, ni frontera, ni administración, sino otra cosa, que se parece más a como era antes de la burguesía. Las naciones eran un lenguaje, una religión, una cultura, unas costumbres, una tradición. Y una estirpe. Eso es nación aún para Fierro, que en algún momento habla de un “gringo nación” y en otro de un “inglés de nación”. Por entonces nación no significaba lo mismo que para nosotros hace 10 ó 20 años, sino otra cosa. La idea que suscitaba entonces decir nación no era la  idea de un estado y de unas fuerzas armadas, sino la de pertenencia a una forma de ser, a una forma de expresar el ser. Eso es lo que está aquí en construcción.

 

La construcción de la nación, así entendida, no se hace sin contradictores. Si no hubiera contradictores tampoco existiría la posibilidad de esa construcción. Es una vana aspiración de la vida humana el pensar que se puede construir algo sin oponentes o, lo que es lo mismo, sin la discusión. Toda construcción humana es un descubrimiento de la verdad, y la verdad está, necesariamente, en competencia con la mentira. Para reconocerse debe confrontarse con la mentira. ¿Por qué? Porque lo más parecido a la verdad es la mentira. Por lo tanto debe discriminar, y es en la discriminación donde nace el juicio.

 

La consecuencia lógica de la no discriminación ha sido la banalización y la neutralización de todo saber. Lo señala muy bien Karl Schmitt35 : “El proceso de neutralización de los diferentes campos del saber en la civilización occidental ha llevado a la nada”. No hay posibilidad para el saber, no hay ningún saber válido. En cuanto al conocimiento, el único en vigencia debe ser el tecnológico. La tecnología proporciona la sensación de que los límites se pueden extender de manera inagotable y entonces la cultura, lo artístico, lo intelectual, pasa a ser casi siempre la superación de un límite. Esa manía actual de tensar el límite da la sensación de que está resuelto el problema, de que el intelecto humano puede llegar al infinito, de que no se puede hacer nada fuera de ese carril, por el cual avanzamos cada vez más velozmente. Pero es justamente entonces cuando vamos para atrás. Porque en el mundo real todo está todo como estaba, y esta idea de avanzar velozmente y saltar límites todos los días es meramente una virtualidad.

 

¿Hemos llegado a la nada, o aún falta un tramo?

 

Leonardo o los renacentistas ponían la acción cultural, intelectual o filosófica en la superación de un límite. En la medida que se superaba un límite surgía una creación intelectual, artística… o política. Era la superación de una frontera. Así pasó en Italia. Por algo Perón decía que los italianos inventaron la política. Y es verdad: entre el siglo XII y el siglo XVI ellos hicieron todas las experiencias posibles, una Grecia multiplicada por 100, después por 2.000. Puede decirse que lo hicieron todo. Y, en rigor, toda la historia de la modernidad estuvo contenida allí.

 

Los norteamericanos dicen que respetan y aún que admiran a los italianos… Compraron en las últimas décadas mucho arte italiano y muchos artistas italianos. Pero eso lo vienen haciendo por un problema de moda, para mostrar. Es una demostración del poder del dinero, nada más: ¿Cuánto le costó? Tanto. Ah, está bien. ¿Le costó menos? No sirve.

 

El nivel de lo que se puede decir de Norteamérica, si es que hay algo llamado Estados Unidos, de lo cual yo dudo profundamente, es absolutamente imparangonable. Porque es un agregado no aglutinado. Conserva todos los elementos de la aleación sin mezclarlos. Es como un cajón de Coca Cola sin las botellas: en cada casillero se puede poner un hilo de coser, una muela picada, un diario viejo, un paquete de cigarrillos por la mitad… En cada casillero una cosa distinta: éso es Estados Unidos. No pueden mestizar. Por eso ya tienen 43 ó 45 millones de seres humanos viviendo y durmiendo en la calle, como en la India y, con eso no pasa nada. No pasa nada en el sentido de que, hoy, ya a nadie le importa, no pesa sobre ninguna decisión. Pero si no estuvieran en la calle y estuvieran en su casa sería lo mismo. Una indiferencia cada vez más marcada por el otro. Una insectificación creciente de ese otro, convertido en “el público”. Pero tal ha sido es el proceso de construcción de la oligarquía norteamericana, el grupo farisaico más importante del mundo. No el más lúcido, sólo el más importante. En poder físico, sobre todo. Un poder físico que hoy está baldado, pues no se puede emplear. Que tienen y no les sirve, como se demostró en la “guerra del Golfo”. Eso les ocurre porque no tienen política. Hay poder sin política, Y hay por aparte una política sin poder, totalmente impotente. Este viene a ser hoy el tema de los Estados Unidos: en caída libre… hacia la nada.

 

 

 

35 Schmitt, Kart: (1888-1985). Jurista Alemán, profesor de Derecho Político, aportó la base jurídica al régimen hitleriano.

 

 

El mestizaje (I)

 

De modo que nuestra confrontación no es con “el exterior”. Es con nosotros. En el terreno de la confrontación, el eje conductor sería entonces una concepción del hombre, básicamente diferente, que se corresponde con la verdadera contradicción principal, que es entre nuestra modernidad y la de ellos. Ese es el dinamismo fundamental y hace 500 años que lo arrastramos.

 

Lo que nuestros adversarios niegan es el tema de la cultura mestiza.

 

Durante un período, hacia mediados del siglo pasado, y aún antes, apareció el tema de la “cultura originaria”, a partir de los estudio del lenguaje hechos por los filólogos, sobre todo a partir de Humboldt -el hermano de Alejandro- que fue uno de los fundadores de la filología clásica. Como en esa época ellos estudiaban el origen del lenguaje, de las lenguas, y venían descubriendo el sánscrito, los Vedas, el significado de los jeroglíficos, surgió una clasificación de las culturas, después abandonada, en originarias y mestizas.

 

Cuando esta novedad fue tomada por las potencias coloniales, se encargaron de informar al mundo que ellas eran las culturas originales y que todas las colonias resultaban ser culturas posteriores, de modo que los dominadores fueron, a partir de entonces, los que llevan la cultura. Esa idea fue diseminada por todos lados y se enseñaba hasta en las escuelas elementales. La mentira de tal razonamiento es más que obvia. Pero permitió con el tiempo el exceso contrario, también enemigo de la mestización, que proclama: “No. Las culturas originarias son las colonizadas, las de la flecha, la cerbatana y el taparrabo…”. Razonamiento tan hipócrita como el de los que dicen: “Si no hay democracia, partidos políticos, etc., no hay cultura ni hay civilización”.

 

Los dos extremos se sitúan en el terreno de la imbecilidad. Pero forman parte del dualismo fundamental de la cultura occidental. Como decíamos antes de los extremismos en términos políticos, éstos son extremismos en términos de análisis cultural. Son tan enemigos de la verdad unos como otros. La realidad es que no hay ninguna cultura originaria y todas son mestizas. Todas, absolutamente todas.

 

Es mestiza la cultura griega clásica, pues de lo contrario hubiera sido imposible. Grecia, cuatro tribus de distinta procedencia, fue la primera síntesis, en un plano muy reducido, de Oriente y Occidente. La segunda síntesis, que ya es universal, es Roma: el mestizaje ahí ya fue descomunal, al punto de que decir “yo soy romano”, en determinado momento de la historia del Imperio, ya no quería decir nada ni otorgaba identidad a nadie. Por eso los griegos, tal vez más previsores, habían establecido la línea divisoria en el balbuciente, en el bárbaro, como frontera de su propia universalidad. Pero ellos eran mestizos.

 

De ahí en más no hay ninguna cultura conocida que no sea mestiza. Se aplicó a nuestra América la calificación de “cultura mestiza” como si fuera única por esta cualidad, pero la India -cuatrocientos pueblos diferentes, por lo menos- es una cultura mestiza, y tanto más cuanto que, como península, ha sido el lugar de paso de absolutamente todo entre Oriente y para Occidente, en un sentido o en el otro. Y China es otra cultura mestiza. No hay ninguna que no lo sea, a esta altura de la soireé. Aún no se sabe bien qué pasaba hace 10.000 años, pero Mohenjo Daro o Isarlick ya eran también mestizos, hace 6.000 ó 7.000 años. Troya, la Troya de Schlieman36 , que es la cuarta, era asimismo mestizo de Oriente y Occidente, porque eran griegos mezclados: se trataba de un pueblo de comerciantes y, como comerciantes, obviamente mestizos. Y los cretenses también.

 

Ya que hablamos de arqueología, digamos que, si los europeos han buscado con un criterio científico desentrañar en todo el mundo el misterio de cada lugar, los ingleses querían, con su propia búsqueda, construir un enigma: el enigma de su propio origen. No porque no lo supieran, que bien saben que son mestizos. Pero después que la latinidad se les fue, porque no la echaron sino que se les fue, con las cinco legiones que Roma debió desplazar desde las islas británicas hacia el Rin, quedaron fuera del “paraguas”

romano, que cobijó hasta hoy al resto de los europeos.

 

 

 

36 Schlieman, Hendrich: (1822-1890). Arqueólogo alemán. Basándose en los relatos de Homero, pudo localizar Troya.

 

 

Nuestra cultura es mestiza

 

Nosotros también tenemos una cultura mestiza. El problema de los que toman una posición extremista, valga la expresión, sobre esta cuestión, es que se niegan es a la mestización. Pero además ¿por qué? Porque desde una de las usinas, fundamentalmente los británicos, han difundido la idea de que el mestizo tiene el corazón dividido. Y el mestizo no tiene el corazón dividido: tiene un nuevo corazón, que es algo muy distinto.

 

Tomemos a Bolivia, por ejemplo. El único lugar donde el mestizo tiene allí el corazón dividido es la ciudad de La Paz. Pero ¿quién creó éso? Nada menos que los ingleses, primero con el salitre y después con la gran minería.

 

Si el mestizo no tiene el corazón dividido, sino un nuevo corazón, el dominio ¿qué hace? Negar la existencia de este corazón. Le propone: o tenés el mío o tenés el de aquéllos que viven en el medio de la selva. El mestizo dice no: ni éste ni ése. ¿Con qué se le responde entonces? Con la negación: esta gente no existe.

 

Cuando pasamos la cuestión del mestizaje del plano individual al social, el trasunto político que adopta la negación consiste en impugnar al Movimiento Nacional tendiendo un manto de silencio en su derredor. Una  manera de decir que no existe. Por eso en la Argentina el problema tiene el porte que tiene, porque sólo en la Argentina el Movimiento Nacional fue capaz de decir “Ni aquél ni el otro. No optamos por ninguna de esas propuestas. Es más, tenemos nuestra propia propuesta”. Notables metropolitanos y figurones locales del poder mundial, ante semejante acto de indisciplina, llegaron a preguntarse: ¿Cómo estos bastardos tienen una propuesta de ellos? ¿Están locos? Porque para el imperio es locura lo que para nosotros es cordura, y viceversa.

 

De esta cuestión forma parte la discusión que tiene la Argentina.

 

El problema político permanente

 

El problema político, puesto así en su marco, tiene, pues, un origen más profundo que el que se muestra habitualmente y resulta muy anterior. Lo político y lo económico que aparecen en superficie no son más que la expresión de esa realidad más profunda y anterior. De modo que las cosas no son como diría el marxista (“Rembrandt es el producto del comercio de granos de Holanda”), pues si invirtiésemos los términos (los holandeses se dedicaron al comercio de granos porque Rembrandt existió) nos encontraríamos un poco más cerca de la verdad.

 

El Movimiento Nacional, que es nuestra expresión mestiza, es nuevo frente a los que hablan de la cultura “pura”, sea la “pura” de los dominadores o la “pura” de los dominados. El mestizo no es dominado ni dominador: es libre. Ni el dominado ni el dominador lo son, pues están presos. ¿De qué? De la dialéctica del amo y el esclavo. Ellos son Hégel, nosotros no. Y lo que es raigal en América es ésto, que implanta aquí la modernidad de la reforma católica (a la que los luteranos, erróneamente, asignaron después el mote sin fundamento de “contrarreforma”, pues no hubo nada que se llamara así). Los Habsburgos son los que encarnan tal reforma. Los primeros dos, Carlos V y Felipe II, crean en el siglo XVI todas las instituciones de América, desde el reconocimiento de la humanidad de los indígenas de América -que ocurrió en 1522 ó 23, a raíz de un pedido de Carlos V a la Universidad de Salamanca para que determinara si los pobladores hallados en América tenían alma o no, al que esa cátedra respondió dictaminando que eran hombres y que, por tanto, tenían alma)- hasta la promesa de Carlos V, en base a tal veredicto, de la independencia de América.

 

 

Esa promesa de Carlos V no fue tenida en cuenta por los liberales argentinos de la época de la Independencia, precisamente porque eran liberales (y algunos de ellos masones o influidos por la ideología masónica, que era la de esa época).

 

Los únicos dos que se atrevieron a aprovechar esos fundamentos raigales dejados aquí por los Habsburgos fueron San Martín y Rosas.

 

San Martín en el pacto de Punchauca, que hace en las afueras de Lima con La Serna, general y último virrey del Perú, a quien destituirá poco después el general Valdés, jefe de la logia masónica del ejército español.

 

Rosas cuando habla de la Restauración. La palabra Restauración fue motivo para que todos los izquierdistas se justificaran como antirrosistas, en su verdadero anhelo, que era ser buenos liberales. Pero la Restauración de las Leyes ¿era una vuelta atrás o una recuperación de la cultura propia? Era, en realidad, nuestra restauración frente a la innovación extranjera e invasora que proponía la expansión mundial del liberalismo, y significaba ir para adelante con lo que teníamos. Se ha dicho repetidamente que la Restauración fue un “atraso”, un “retorno al pasado”, pero fue a partir de ella que nació el capitalismo en la Argentina, con la intención de convertir al país en una potencia industrial con relaciones en todo el mundo, mientras los enemigos de Rosas, a quien consiguieron derribar en 1852, todavía pensaban en el comercio, en ser una colonia comercial. No es difícil, por tanto, identificar a los verdaderos artífices de los grandes períodos de atraso que, a lo largo de los flujos y reflujos de la historia, sufrió y sufre la Argentina.

 

Un proceso industrializador similar al encarado por Rosas había comenzado también en el Paraguay con los López, padre e hijo. Si bien existieron serias contradicciones en el campo político con la Argentina de entonces, de más está recordar aquí que esa experiencia paraguaya terminó mediante el asesinato de Solano López, que puso fin a la violencia indiscriminada lanzada sobre ese país por los fundamentalistas liberales de la Triple Alianza, durante la fratricida Guerra del Paraguay. Los liberales, que habían logrado el siglo anterior la expulsión de los jesuitas, no estaban dispuestos de ninguna manera a aceptar un intento similar en el corazón estratégico de la América del Sur.

 

Los Jesuitas

 

Y, puesto que nos hemos referido a los jesuitas, recordemos que, en absoluta fidelidad a la reforma católica y a los designios de Carlos V, promovieron la mestización a un grado superlativo, hecho que se ignora actualmente, incluso en la Compañía de Jesús. Las realizaciones del Padre Anchietta en Río Grande resultan hoy increíbles: la conversión de los caníbales de la costa del Uruguay, el interior de Río Grande y el golfo de Santa Catarina en el siglo XVII, por ejemplo, permitió la fundación de la ciudad de San Pablo, que fue en sus orígenes una reducción de antropófagos, conducida directamente por San Ignacio. Hoy se dice que no existía el canibalismo en esa zona, pero documentos de los que se prefiere prescindir en nuestros días, como las memorias de los misioneros y las Cartas Anuas, lo acreditan de modo irrebatible.

 

El caso de La Misión fue cierto, aunque no de la manera que lo relata la película. Un portugués cazador y traficante de esclavos (personificado por el actor Robert De Niro) fue realmente convertido por Anchietta, quien lo hizo miembro de la Compañía, y fue mártir. Pero el verdadero drama tuvo lugar en San Pablo. La espesa niebla cultural que han diseminado condujo a que centenares de hechos similares de nuestra historia hayan quedado relegados a la noche de los tiempos. Por tales hechos fue disuelta la Compañía de Jesús, a la que se le permitió volver a actuar sólo cuando se convirtió en lo opuesto de cuanto había sido con San Ignacio, aunque usando el mismo nombre.

 

El mestizaje (II)

 

¿Qué es cultura originaria? ¿La de los unitarios? El concepto fue acuñado por antropólogos europeos, a manera de autodefinición. Y es criticado de manera durísima, pero ¿desde qué? Desde la reivindicación del taparrabo y el hacha de piedra. Ambas posturas se encarnan en dos grupúsculos, atados a sendos extremismos ignorantes de la realidad.  Porque la realidad, en este orden, es la construcción cultural independiente, autónoma.

 

Toda cultura tiene ingredientes fusionados de ambos extremos. No es lo mismo fusión, mezcla y amalgama. En nuestro caso empezó siendo amalgama, luego fue mezcla y ahora es fusión, porque ya es indistinguible el origen de los gránulos. La fusión llega a constituir moléculas nuevas.

 

La fusión jamás ocurre, por ejemplo, en el país que hoy encabeza el Imperio, cuyo modelo mantiene todo separado en guetos o casilleros, custodiados por expertos (kapos), en el marco de un gran campo de concentración que se llama Estados Unidos de Norteamérica.

 

En la Argentina, y en Iberoamérica, quieren hacer ésto mismo, pero no pueden. Existe un esfuerzo de guetificación de todos, sin distinción de ricos y pobres. La villa, el country, la aldea vigilada, para todos lo mismo. Incluso los ricos quedan más vigilados, cercados y estrechados que los pobres. Pero cuentan con una garantía: los pobres se custodian a sí mismos, porque siempre tienen un botón adentro. Con ésto se equilibran las presiones. Unos tienen presiones desde adentro y otros presiones desde afuera. Los ricos son lobos, por tanto deben ser encerrados en jaulas. Los pobres no necesitan jaulas porque tienen el vigilante dentro de la cabeza.

 

De esta situación deriva la discusión light de mayor actualidad: “gobernabilidad o anarquía”. Gobernabilidad significa anarquía y anarquía significa gobernabilidad. Son conceptos intercambiables. Viendo cómo funcionan nos vamos a dar cuenta:

 

Gobernabilidad: implica que la gente acepte una situación inaceptable, que sienta como suyas cosas que les son ajenas, que se deje esquilmar, hambrear, miserabilizar, que admita la indignidad propia y ajena.

 

Anarquía: Aprovechar tal circunstancia y desarrollarla: “La miseria es buena porque crea las condiciones de conciencia suficientes para la revolución”, “Tanto peor, tanto mejor”, etc.

 

Entonces ¿están de acuerdo o no?

 

La anarquía es inorgánica, y no conviene nunca olvidar eso. La gobernabilidad también lo es, porque en la gobernabilidad la organización es externa al campo de concentración. En la anarquía es interna. Pero todo encaja. Uno es la caja externa, el otro es la caja interna. Y la contracultura, como siempre, maneja ambas dos riendas, porque es dualista e implica siempre una contracara complementaria que, en realidad, es la misma cara vista desde otro ángulo. Es, por tanto, una discusión en la que no tenemos nada que ver.

 

El problema verdadero no es ni gobernabilidad ni anarquía, sino justicia, dignidad, organización, esto es, orden del pueblo.

 

Todo comienza con la afirmación del ser

 

Nosotros, que somos monistas, debemos buscar el único principio en medio de ésto.

 

¿Por dónde se empieza, desde el punto de vista cultural? Por la afirmación de lo que es verdaderamente nuestro. Por una afirmación del ser (el ontós toon, el ser que es) que supone una idea del hombre, del cosmos, del orden; se trata de una visión del mundo, de una manera de vivir en el mundo y, por tanto, no es cosa folklórica, o pose turística.

 

La afirmación del ser no es asunto de museo, ni de vestirse de gaucho, ni de usar boleadoras, facón o mate, que son todas cosas exteriores y tienen muy poco que ver con la mayor parte de los jóvenes argentinos de hoy, que están aquí de otra manera, o están como pueden, pero que en los comportamientos esenciales responden según la visión del mundo y los temas y tropismos comunes a todos los argentinos, más allá de las actitudes de pesimismo u optimismo, que sí varían según las épocas. Muchas veces el pesimismo imperante en un momento de la propia cultura lleva a un número de sus portadores al abandono y, por tanto, a la adopción de la cultura enemiga por desesperanza de la propia. Ocurre cuando se toma por derrota “definitiva” un revés circunstancial.

 

Pero en el terreno de la cultura no hay derrotas -ni victorias- que sean definitivas. En todas las etapas anteriores que vivió la Argentina, todos pensaron en su momento que la victoria que obtuvieron fue definitiva, y ninguna lo fue. O lo fue en tanto avance en su resolución, ya que cada una contribuyó, o bien en general o bien en un aspecto, a la configuración de la nación. No creo de nadie escape de ésto, no porque alguien lo prohiba sino porque no sale de él escapar, sino más bien afirmar, continuar y desarrollar, conozca o no conozca lo que pasó. Porque el ser no es un problema de conocimiento, sino del ser.

 

El ser es, y ésta es su calidad fundamental; lo demás son predicados de esa esencialidad, que es a la vez sujeto y verbo. El sujeto es el ser y el es es el verbo definitivo; todo lo demás se predica (es ésto, aquéllo o lo otro).

 

Por esta razón no estoy de acuerdo con Rodolfo Kusch, aunque él hizo una investigación del aborigen para llegar al mestizo, que era el que le preocupaba, y arribó a un punto: en sus trabajos él trata del ser y del estar y dice que en el americano el tema es el estar, no el ser. Pienso que es una interpretación todavía superficial, porque nadie puede estar sin ser. No hay ningún estar que no sea del ser, ningún estado que no sea producto del ser. El ser es primero, no es paralelo al estar, que sería una traducción del inglés (to be, estar) ajena al castellano. Kusch alude al mero estar, pero no hay ningún estar posible si primero no es. Independientemente de la conciencia del ser que ese ser tiene, que es también un predicado del ser y constituye otro problema. El ser es, y recién después aparecen las otras cosas: también está, o no está, o hace ésto, o dice aquéllo, o se expresa así.

 

Pienso también que sería una estupidez decir que Kusch se equivocó: llegó en su tarea hasta donde llegó porque su muerte la interrumpió. De haber podido continuarla, hubiera descubierto que ciertamente el ser de Iberoamérica no es el ser europeo, sin que ésto signifique una “no existencia”, y que el problema se sitúa en el predicado, que en principio es aquí ser iberoamericano.

 

La afirmación del ser no sólo supone una visión del mundo y una manera de vivir como postulado necesario, sino que es así. No es un postulado visto por el observador, puesto por el observador como postulado ex post facto, sino que está presente ahí. Y el hombre funciona y reacciona de acuerdo a esta visión del mundo. Lo que quiero decir con todas estas palabras es que esta cultura ya existe.

 

El ser que es, aquél que es (no el que Es con mayúscula, que es Dios, el Ser absoluto), es lo que se expresa tal cual es en todo. Pero ésto que decimos tan simplemente es un complejo, no es una cosa fácil de exponer. Porque el ser se expresa, por ejemplo, en la política, y es lo que hace que haya 6 millones y medio de votos en blanco. Y tiene un rasgo cultural fundamental, cultual, que es el llenado de los santuarios. Esta afirmación del ser se expresa primero en ésto, luego en el campo político y después en el campo orgánico: el hombre se agrupa, se reúne, se junta, se expresa, reconoce. Se trata de una cantidad de expresiones fundamentales, absolutamente esenciales, que están dadas, son definiciones: ésto es de esta manera, no de otra. No puede ser de esta manera o de otra. Y ésto que es, es el resto de la Argentina. El resto de los argentinos. Lo que son los argentinos.

 

Los argentinos no son todos los argentinos; son el resto de los argentinos, del mismo modo que se dice “el resto de Israel”. Son los más auténticamente sí mismos. También más universales por ser sí mismos.

 

La cuestión de los ciclos

 

La alusión a Israel es sólo una comparación relativa desde el punto de vista histórico, nada más. No significa que los argentinos tengamos por delante 2.000 años de historia asegurada, aunque eso pudiera dejarnos más tranquilos. Al formularse estas comparaciones suele aparecer, en nuestros días, el tema de los ciclos y de los fines de ciclo. Pero en el caso argentino todavía no es el fin de un ciclo, sino el agotamiento de un subciclo. Comienza ahora otro subciclo, que podríamos suponer coincidente con el final del ciclo.

 

El gran ciclo argentino en el cual aún vivimos empezó, en mi concepto, con Ceballos. En ese punto de inflexión -1770- llegaron aquí los efectos del borbonismo y subsistía aún la presencia de la cultura original, del mestizaje original. El ciclo actual, que lleva ambas improntas, podría haber comenzado ahí, pero con toda seguridad todavía no terminó. Estas cosas no se pueden medir en años, no son algo meramente cronológico. Se miden por los hechos, se miden por los resultados.

 

La aparición de una nación nueva, de una nación que no existía, es un hecho primordial, al lado de la cual la aparición del estado es una nimiedad. Cualquiera puede crear un estado, pero no una nación. Para que surja una nación se necesitan condiciones de otro tipo. Y se necesita, creo yo, la voluntad de Dios. Un ciclo grande termina y otro comienza cuando culmina la gestación y se produce el nacimiento de una nación nueva.

 

¿Qué esperar de la Argentina de mañana?

 

Esta nación nueva que esperamos ya no será la Argentina que conocimos. Ya no estará confinada al espacio de los argentinos, sino que estará en América. La Argentina es un factor fundamental, determinante, pero no definitivo. La definición que inaugure el nuevo ciclo no va a depender sólo de la Argentina sino también de todos los demás.

 

Los argentinos, no obstante, deberíamos aprovechar lo que hemos aprendido en estos 200 años. En principio, de nuestra propia experiencia, a ser humildes. No podemos pensar, en consecuencia, que la Argentina vaya a ser cabeza de nada (como tampoco cola de nada), sino alma. Como tal, parte del centro de una cosa nueva. No se trata aquí de un centro geográfico, obviamente. Y será parte del nuevo núcleo porque, de no ser así, éste no será algo completo. Con la Argentina sola no se podrá, pero la Argentina habrá de ser parte inalienable del núcleo. Como México, Brasil y algunos otros países que, como Venezuela, posean la voluntad de participar en esta construcción. No así Colombia, que es ya un país anulado.

 

En esa unidad ha de estar también el Perú, un país al que en estos años le han armado una losa bajo la cual lo sepultaron, para que no pueda levantarse por largo tiempo: una oligarquización creciente después de haberle metido a Sendero Luminoso; un proceso de mestización detenido (9 millones de indígenas no integrados sobre 14 millones de habitantes) que constituye un peso para ambas partes, pero cuya separación han alentado los especialistas ingleses, que hablan con ambos, proporcionando a cada cual argumentos con ese fin; una guerra inconcebible con Ecuador, detrás de la cual estaban las compañías petroleras, incluida la YPF privatizada, con intereses sobre los yacimientos de Labrea y Parinas, en la selva, que están en reserva hace más de 50 años y han producido, con anterioridad, otros enfrentamientos fronterizos.

 

Hemos dicho, y acabamos de ver, que el proceso de unidad americana es un proceso complejo, que tendrá aspectos múltiples y contradictorios (los aparentemente malos son buenos y viceversa). No se trata de un proceso lineal, pero avanza. En la Argentina, que sería una de las palancas fundamentales de unidad del nuevo núcleo, solamente será posible si los responsables de participar comprenden que no podrán ser la cabeza (sí, quizás, el corazón) de ese proceso y que tendrán que aprender a ser humildes, pues será necesario trabajar para los otros. Tal proceder es el único que vale para las naciones, para los grupos y para toda persona. ¿Cuál es el problema para que no sea de este modo? ¿Qué se nos quema en el horno si nos ajustamos a él?

 

Hay quienes, perteneciendo por lo general al grupúsculo de sinvergüenzas de clases medias que emigran, andan por América cometiendo desatinos en nombre de la Argentina. Tienen su propia visión del argentino y actúan en consonancia con ella. De modo que quienes en México, Venezuela, Perú, Brasil u otros países los miran y observan sus conductas países quizá no duden en meternos a todos los argentinos en una misma bolsa de desmanes y corrupción. Otros nos conocen un poco más profundamente, saben que eso no es cierto, y lo dicen. De modo que si en esos países ven claramente que hay argentinos que trabajan para esta causa de la unidad continental, va a haber muchos que en ellos se van a sumar. Porque ellos también la quieren, pese a todo. El proceso viene complicado, pero pensarlo en el otro sentido es pensar como lo hacen los europeos, y las naciones de América no son como las naciones europeas ni tienen nada que ver con ellas.

 

 

 

Continuaremos con este trabajo en nuestras próximas ediciones

 

 

 

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