Ramos, Jorge Abelardo

 

DECADA INFAME
JORGE ABELARDO RAMOS

LA ARGENTINA PREVIA AL PERONISMO 
UNA SEMEJANZA CON EL HOY

   Reproducimos este retrato, o más bien esta fotografía de Buenos Aires, que bien puede extenderse en muchos puntos a la Argentina toda, porque es un anticipo de los tiempos contemporáneos. Muchas cuestiones aquí reflejadas bien podrían ser de nuestros días, solo que, multiplicadas en su gravedad por mil.

   Esta Argentina de los 30, que Julio Roca, vicepresidente de la república, no vaciló en humillar diciendo ante los ingleses que debía considerársela como parte integrante del imperio británico, es muy parecida a la Argentina de hoy: endeudada, dependiente, mísera, fatalista, sin fe, desesperanzada, cruzada por la violencia y por todas las plagas sociales posibles y amenazada seriamente en su realización como Nación al servicio de su propio pueblo y de la unidad continental. Por eso reproducimos estos párrafos del libro  El Sexto Dominio, de Jorge A. Ramos, con la salvedad que a la Década Infame la siguió el Renacimiento del 45 y años de felicidad. Es que todo es posible y cuando se trata de los argentinos, más todavía. Pensamos que lo mismo vale para hoy.

Buenos Aires Año Treinta

   “Con la Década Infame, el país ingresa en los tiempos modernos. La orgullosa Argentina descubre el siglo XX con la crisis del treinta. Flota en Puerto Nuevo un tenebroso mundo de náufragos que no provienen del río, sino de la ciudad hambrienta. Los ex hombres levantan sus ranchos de lata en Villa Desocupación. Discépolo, poeta del asfalto, escribe sus tangos, penetrados de amargura siniestra. ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso! En todos los labios se repiten los versos estremecedores de Yira, Yira: es la Biblia del “rate” en la monstruosa ciudad de cemento. Hacen su aparición la “voiturette“, el bar automático y el biógrafo sonoro. Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar, te acordarás de este otario que un día cansado se puso a ladrar”. En la Buenos Aires orgullosa cantada un día remoto por Darío y Lugones, rezongaban ahora bardos harapientos.

   El peso es un peso “fuerte”, sólido, respetable, exclusivo. Otra canción de la crisis lo busca: “¿dónde hay un mango viejo Gómez? los han limpiado con piedra pómez”. La moneda era sana, pero los hombres estaban enfermos. El ejército rechaza a miles de jóvenes inaptos. La tuberculosis hace estragos. La palabra neumotórax es una palabra del año 30. Los maestros sin empleo, los analfabetos con el estómago vacío y los maestros que no cobraban sus sueldos son los fenómenos corrientes en la década. La pequeña burguesía se degrada: se forma una subclase de desocupados. El dolo se combina con la picaresca para sobrevivir. Buenos Aires se puebla de buscavidas y de oficios inverosímiles. Porteños y provincianos hundidos en la desdicha se hacen buscones.

   El amigo del jockey, que persigue la quimera de un “dato” preciso para el domingo; el atorrante divagador y filosófico que bebe café a crédito; el abogado que busca un empleo público; el organizador de banquetes o de rifas inexistentes, el falso influyente, el gestor de empleos, que es cesante, el cesante yrigoyenista de 1930 que hace de su desgracia una carrera y sólo acaricia durante años la esperanza de reingresar al empleo público, el desesperado que corteja a la dueña de la pensión, el escuálido poeta que vive cada quince días, por turno, en casa de algún amigo, el protector de leprosos, que vende rifas sin número, el antiguo proxeneta, herido como un rayo por la ley de profilaxis y que ahora alquila departamentos por hora para el amor fugaz; el empleado embargado y concursado, el ave negra sin pleitos que espera el asunto salvador en el bar Tokio, frente a Tribunales, el rematador sin remates, el naturista transformado en curandero y yuyero, el grafólogo que adivina el carácter, el astrólogo que descifra el porvenir, el falso médico que adquiere su título por 300 pesos en la frontera de Bolivia, el nihilista y el iluminado, el espiritista y el marinero en tierra, el comerciante quebrado y el conspirador radical que sueña con el regreso. ¡Buenos Aires! La pequeña burguesía tirita bajo el vendaval. En la Chacarita de los automóviles se acumulan todos los modelos y junto a ellos, calaveras y gigolós se hunden en la bancarrota. En 1935 se empeñan en el Banco Municipal de Préstamos 10.340 máquinas de coser y las grandes familias venden sus palacios: la quinta Unzué, el Palacio Paz, el Palacio Pereda, el Palacio Ortiz Basualdo, la casa de Del Solar Borrego. Se acuña el vocablo “manguero”.

   El mate había sido una necesidad en los viejos tiempos de la pampa libre; luego fue un vicio amable en las conversaciones lentas. En 1930 es de rigor como alimento casi exclusivo, el bizcocho con grasa. Reina el bar automático. Con una moneda, bajaba del tubo sucio de vidrio un sándwich indiscernible. Era el templo gastronómico para los “gourmets” de la crisis; revestido de azulejos, como el hospital o la morgue, en el local pululaban actores sin trabajo, borrachos disertantes, estudiantes crónicos, vagos sin origen ni destino, empleadillos, mujercitas sin clientes; humedad, sofocación, un vaho de grasa y tristeza.

   Con el habano en los labios, rechoncho y cínico, con un busto metálico de Gorki en su despacho un rápido gatillo, Natalio Botana hacía de “Crítica” el órgano cotidiano del crimen y el escándalo. El dibujante Rojas diseñaba minuciosamente cada noche los grandes charcos de sangre y los miembros amputados de la descuartizada de Juan Bonini. La literatura para porteras nutría a la urbe.

   Una gran página del diario amarillo, hormigueaba de avisos de manicuras; manicuras polacas, francesas, italianas se ofrecían. Eran especialistas recién llegadas. Un éxtasis a precios módicos: dos pesos, tres pesos, cinco pesos. La crisis arrojaba a la calle a las mantenidas de la gente bien; trotadoras o pupilas de las casas de lenocinio competían con la remonta París-Buenos Aires. Pero el senador Serrey, legislador fraudulento por Salta proyectará la Ley de Profilaxis Social; la prostitución se hará clandestina. 
Por solo 20 centavos los jóvenes leían los folletos de educación sexual de “Claridad”, con su museo de horrores. La sífilis y la blenorragia se expanden triunfalmente. El doctor Fernández Verano, con su Liga de Higiene Social, proyecta películas sobre enfermedades venéreas. Muchos asistentes se desmayan en la función al comprender su inmediato porvenir. En Mendoza millones de hectolitros de vino desbordan alegremente las acequias y el trigo se acumulaba en los silos mientras el país entero se doblaba de hambre.

   De Tucumán, Santiago del Estero o Corrientes bajaban  a la Capital las jóvenes vestidas de negro, macilentas y tristes, de alpargatas y monedero vacío, a conchabarse en las familias de la alta o baja pequeño burguesía, por $ 20 ó 30 mensuales, “con comida y cama adentro”. El zoológico será su fiesta, los conscriptos de Plaza Italia, el amor furtivo en la inmensa ciudad hostil.

   Las drogas circulaban por la calle Corrientes, la angosta, la ruin. En las noches de hastío, un nuevo pistolero que la policía evita, el gallego Julio, pasea con edecanes por la vereda luminosa buscando delatores. Salones con espejo y tiro al blanco, cesantes radicales en el café Marzotto, o burreros irremediables hundidos en una silla del Nacional, con los ojos hipnóticos clavados en la victrolera desdentada, sueñan con la pasión. Cuenteros del tío y usureros dialogan en las mesas de mármol lívido de “La Cosechera”. En las madrugadas, los desocupados rodean a los canillitas que venden “La Prensa”. Los “ofrecidos” son muchos más que los “pedidos”. Los desocupados con bicicleta llegan antes que los otros a la oficina o a la fábrica. No hay vacantes de todos modos. En el conventillo de cinco patios, con las macetas de malvones en latas de Ibarra, se hierve al infinito la yerba y un solo ejemplar del diario arrugado circula por toda la población de la casa. La Singer jadea en el fondo. La pantalonera trabaja por pieza. Ignora a Carriego, pero sabe que el confeccionista al por mayor cuenta siempre mal las piezas”.

De El Sexto Dominio, de Jorge Abelardo Ramos, Pags. 203 a 206, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1973.

 

Comments are closed.