Alejandro Pandra por Humberto Podetti

 

 

19 de julio de 2014

 

Alejandro Pandra: el sentido de una vida en el diálogo –ahora eterno-  con su pueblo y a través de él, con todos los pueblos del mundo

Humberto Podetti

 

Alejandro Pandra se encontró con el peronismo muy joven, en la búsqueda del sentido de su vida. En el seno de su familia había aprendido a amar a la patria y a su pueblo, expresado particularmente en los humildes, en los oprimidos, en los desheredados. Pero necesitaba encontrar el cauce para convertir ese amor en compromiso, en acción, en pensamiento. Y lo encontró en el seno de su pueblo. Luego de estudiar en el Colegio Nacional de Bueno Aires, decidió seguir su formación en una escuela singular. Sus aulas eran los hogares de los barrios de Buenos Aires. Allí tuvo cientos profesores de todas las edades, todas las historias y todos los rincones del dolido territorio argentino y americano. Las clases eran impartidas por Perón, desde su exilio de la Patria- mediante grabadores y se desarrollaban luego en un diálogo de los profesores con los alumnos.  El encuentro con Perón y con su pueblo, definió para siempre la causa a la que Alejandro dedicó su vida terrestre.

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Alejandro, con la sonrisa con que recibía a todos

 

En esa escuela se conocieron con Josefina Lamicela y nació el amor, prolongado ahora en el reencuentro definitivo. Construyeron juntos un hogar, en cuyo seno nacieron sus hijas, Eleonora y Malena, “frutos maravilloso de un amor entrañable”, como dice Alejandro en la dedicatoria de su último libro Origen y destino de la Patria.

El regreso de Perón a la Patria, bajo la convocatoria para un argentino no hay nada mejor que otro argentino, le permitió reiterar en presencia del Fundador el compromiso con la construcción de la comunidad organizada, en Argentina y en América y también abrazar el sueño de una comunidad organizada universal.

Desde su hacerse peronista hasta el momento mismo de su partida, su militancia fue incansable y ejemplar. Pero siempre tuvo tiempo para la amistad con todos con quienes se encontró a lo largo de su vida.

Y también para escribir varios libros, con el mismo lema de ese órgano informal de la integración latinoamericana que fue su Agenda de Reflexión: no para dar por pensado sino para dar en qué pensar.

Entre sus obras, cabe recordar Génesis de la Nueva Civilización (1994) en la que analizó la grave crisis con la que culminó el Siglo XX pero particularmente mostró los muchos indicios y sentidos de la emergencia de una nueva civilización. Allí nos decía “….esta vida nos ha sido dada vacía y tenemos que llenarla, cada cual la suya….el autor del presente ensayo ha logrado llenarla encontrando un sentido, una causa noble y una misión particular para resolver la peculiar encrucijada que le tocó vivir, entre el Génesis y el Apocalipsis, bajo el régimen del Espíritu, y entre un origen y un destino. Y también sabe que para cada hombre guarda Dios un rayo nuevo de luz, el sol y un camino virgen”.

Y también El hombre de pie, así como Dios lo hizo, una reescritura americana, al estilo de Helio Jaguaribe del Retrato de un hombre de pie de Salvador de Madariaga, en el que convocó a América a pensarse a sí misma y al mundo: “el primer deber del hombre de pie es saber pensar por sí”.

Por fin, tal vez en un anuncio que no alcanzamos a descifrar cuando lo leímos por primera vez, nos dijo en su último libro, Origen y Destino de la Patria: “La patria es morada, amparo, hogar. Y también una sospecha que nos hace avanzar, no simplemente con nostalgia de retorno al seno maternal, sino hacia otra patria donde se tiene infancia y madre en la consistencia personal de nuestra libertad y nuestra historia. Sin patria, es decir, en un mundo sin sentido, el hombre carece de su libertad más originaria. Tenemos que ganarnos nuestra propia patria. Ella es nuestro patrimonio común, de tal suerte que cuando se la desconoce, se nos desconoce a todos; cuando se la veja, se nos veja a todos. Podremos sentirla inhóspita, pobre o injusta. Sin embargo, al concedérsenos una patria siempre somos fortalecidos. Y por el contrario, si carecemos de ella somos dañados para toda la vida. Quien ha perdido la patria en que ha nacido busca ganar una patria para morir. La formidable tumba de Lorenzo el magnífico, en Florencia, que los Médici encargaron a Miguel Ángel, tiene grabado un epitafio muy sabio: “Allí donde está la patria, está el verdadero reposo”. Por eso, la historia de la patria es al mismo tiempo don y tarea, recepción de sentido y creación de sentido”. 

Alejandro fue desde siempre un militante de la Cultura del Encuentro, que practicó sin vacilaciones toda la vida. Abrazó con entusiasmo, desde su primera enunciación, el proyecto de un mundo poliédrico de Francisco, el Papa villero, el Papa cuyo sacerdocio fue, como su papado, una marcha hacia las periferias de la sociedad y a quien acompañó muchas veces.

Compartimos los sueños, la militancia, la amistad desde muy jóvenes. Casi toda la vida. Con él y otros compañeros y amigos, fundamos este Foro desde el que compartimos muchas iniciativas para la formación de un estado continental suramericano. En estos días trabajábamos juntos en la realización de las III Jornadas Alberto Methol Ferré, un viejo amigo de Alejandro.

La comunidad organizada universal, el mundo poliédrico, para cuya construcción sigue trabajando desde la patria celeste, llevará la huella de sus manos y el sonido de sus palabras. 

 

 

 

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