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EL DEBER DE VENCER

Debe crearse lo que yo llamo el deber de vencer, que va acompañado con la abnegación del individuo. El deber de vencer es indispensable en la conducción.
Aquel conductor que no sienta el deber de vencer, difícilmente va a vencer en ninguna acción. Vale decir que es un hombre decidido a vencer.
Si no vence, debe saber soportar virilmente los golpes del destino.
Es lo único que le podemos dar como compensación al haber sido derrotado. Por eso ha de jugarse cada conductor en cada una de las grandes acciones que él realiza.
No quiere decir esto que se va a jugar todos los días, sino que bastará que lo haga una vez y con suerte.
Para establecerse el deber de vencer no basta solamente la abnegación.
Esa es la escuela de los estoicos, que a veces da buenos resultados. Es una escuela moral, pero no es la escuela del conductor.

CARÁCTER, ENERGÍA Y TENACIDAD

Es necesario tener el carácter, la energía y la tenacidad para cumplir el deber de vencer. Esa es la escuela del conductor.
No es tampoco un hombre que se confía a la fuerza ciega de la suerte. No; él hace su éxito, y lo hace con el carácter, con la energía y con la tenacidad.
Por eso el conductor es, por sobre todas las demás cosas, un luchador. Por inteligente, sabio y bueno que sea, si no lucha para alcanzar lo que se propone, no llegará nunca a ser un conductor.

TRABAJAR PARA LOS DEMÁS

Quiere decir que esta complicada personalidad del conductor presupone muchas cosas que son muy difíciles de cumplir.
Es indudable que el conductor debe saber, en política, que él trabaja para los demás.
En esto, como dijo recién la Señora, hay dos clases de hombres: aquellos que trabajan para sí mismos y los que trabajan para los demás.
El conductor que trabaje para sí mismo no irá lejos.
El conductor siempre, trabaja para los demás, jamás para él. Porque si él se obsesiona con su conveniencia, abandona la conveniencia de los demás, y cuando ha abandonado la conveniencia de los demás, falta poco tiempo para que los demás lo abandonen a él.

ESPÍRITU DE SACRIFICIO

Por esa razón son dos las condiciones fundamentales del conductor: su humildad para hacerse perdonar por los demás lo que no hace por ellos; y su desprendimiento, para no verse nunca tentado a trabajar para sí.
Estas condiciones, que parece que no tuvieran importancia, la tienen —y extraordinaria—en el conductor político.
No ocurre lo mismo en un conductor militar, para quien son secundarias.
En el conductor político esto es quizá lo más fundamental.
Es natural que para esto también se necesite una alta dosis de espíritu de sacrificio, porque en esto se es siempre protector, nunca protegido. Por lo tanto, puesto en la tarea de hacer por los demás y proteger a los demás, uno tiene que soportar también los golpes que vienen dirigidos a los demás, con estoicismo y resignación. A eso llamo yo espíritu de sacrificio.

EL ARTE DE CONVIVIR

El conductor político nunca es autoritario ni intransigente.
No hay cosa que sea más peligrosa para el político que la intransigencia, porque la política es, en medio de todo, el arte de convivir, y, en consecuencia, la convivencia no se hace a base de intransigencia, sino de transacciones.
En lo que uno debe ser intransigente es en su objetivo fundamental y en el fondo de la doctrina que practica.
Pero debe ser alta y profundamente transigente en los medios de realizarla, para que todos, por su propio camino, puedan recorrer el camino que les pertenece.
Ese proceder del conductor es lo que va deshaciendo paulatinamente su pedestal.
El conductor político nunca manda; cuando mucho, aconseja; es lo más que se puede permitir.
Pero debe tener el método o el sistema necesario para que los demás hagan lo que él quiera, sin que tenga que decirlo.

LEALTAD A DOS PUNTAS

Quien conduce en política de otra manera choca siempre, y en política el choque es el principio de la destrucción del poder.
Por eso el conductor no sigue, es seguido, y para ser seguido hay que tener un procedimiento especial; no puede ser el procedimiento de todos los días.
En este orden de cosas, creo que la base es la lealtad y la sinceridad.
Nadie sigue al hombre a quien no cree leal, porque la lealtad, para que sea tal, debe serlo a dos puntas: lealtad del que obedece y lealtad del que manda.
La sinceridad es el único medio de comunicación en política.
Las reservas mentales, los subterfugios y los engaños se pueden emplear en política dos o tres veces, pero a la cuarta no pasan.
¡Y para emplear la falta de sinceridad por dos o tres veces, mal negocio! Es mejor no emplearla. 
Empleando siempre la sinceridad, quizás algún día desagrado, pero en conjunto agradará siempre.
El engaño es un arma muy traicionera, en política, y por otra parte, como dicen los italianos: «le bugie anno le gambe corte».
En esa lealtad y sinceridad, el conductor debe tener grabado profundamente en su alma el amor al pueblo y a la Patria, porque ésa es la base para que él tenga en su alma un sentido perfecto de la justicia.

LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES

Entiendo que el conductor debe tener encarnada en sí mismo, la verdadera justicia, la justicia humana, la justicia de los hombres, con todos los defectos y virtudes.
Eso no debe conocerlo, sino sentirlo, porqué en sus manos está el discernir los honores y la dignidad a quien le corresponda porque, como decía Aristóteles: «La dignidad no está en los honores que se reciben, sino en los honores que se merecen».
De manera que el conductor debe comprender claramente que su justicia es la base de las buenas relaciones, del respeto que por él tengan y de la aglutinación natural de la masa que conduce.
Sin este sentido innato de la justicia, nadie puede conducir.
Si el conductor debe ser también un maestro, debe enseñar; y debe enseñar por el mejor camino, que es el del ejemplo. No delinquiendo él, no formará delincuentes. Porque, en la conducción, de tal palo ha de salir tal astilla.

LA ENSEÑANZA MÁS DIFÍCIL

Es indudable que esa enseñanza es la más didáctica, pero la más difícil, porque hay que dominar el indio que uno lleva dentro de sí.
De manera que es con eso que se inspira respeto también, que es otra de las condiciones que debe tener el conductor: debe inspirar respeto por el respeto que él guarde a los demás, que es la mejor manera de ser respetado. Un respeto cariñoso, pero respeto.
Respeto en lo que el hombre tiene de respetable; porque algunos respetan las formas: yo soy partidario de respetar el fondo de las cosas y de los hombres.

HACERSE SEGUIR

El conductor no lleva a nadie. A él lo siguen; si no, no es conductor.
En la política, es una técnica total y absolutamente distinta de todos los demás tipos de conducción.
El político que quiere llevar a la gente… no llegará a su objetivo. Es como aquel que decía: «Le mando doscientos votantes, pero devuélvame los bozales». ¡Ese no puede ser conductor!
El conductor no debe llevar a nadie. El va adelante, y los que quieren lo siguen.
Los que tienen que hacerse seguir a la fuerza no van lejos. En la política eso es fundamental.
De manera que la tarea fundamental del conductor político es hacerse seguir. Y uno se hace seguir por dos cosas: porque dice la verdad que conviene a todos y porque la cumple honorable y estoicamente.

LUCHAR POR UNA CAUSA

Por esa razón, el conductor, que debe ser un luchador, no lucha nunca en forma personal. El lucha por una causa.
Por eso, cuando algo anda mal, él no se debe ofender personalmente.
El debe mirar, desapasionada, inteligentemente, cómo corregir el error en beneficio de la causa que persigue.
Cuando algunos políticos reaccionan violentamente y luchan entre sí, no están trabajando por la causa de todos: están trabajando por la causa de ellos. Porque, nadie que conduzca debe olvidarse de que él es un luchador de una causa, no de su persona; y cuando alguno de los correligionarios equivoca el camino, puede hacerlo con buenas o con malas intenciones.

CUANDO LOS HOMBRES SE EQUIVOCAN

Si lo hace con buenas intenciones, lo llama, lo aconseja y le dice: «Amigo, no es ése el camino; es éste», sin enojarse.
El conductor no se ha sentido, no se puede sentir ofendido personalmente porque el otro haya fallado, en la elección de los métodos que conducen al objeto que él también persigue.
Y cuando lo hace con mala intención, lo llama y le dice: “Amigo, ¡qué lástima, usted no es capaz para esa función!… Va tener que dejar lo que tiene para dárselo a Fulano; y usted tendrá que incorporarse a la cola y a empezar de nuevo, a ver como lo hace otra vez. Yo estoy persuadido de que usted va a tener éxito al final».
Le da un abrazo y no tiene por qué enojarse, porque no lo sanciona por
haberlo perjudicado personalmente; lo sanciona porque está haciendo mal a la causa de todos, y para evitar males mayores lo saca.

NO HAY QUE MAGNIFICAR LOS HECHOS

Yo he tenido casos de éstos que he resuelto siempre de esta manera.
Se trataba de compañeros míos que andaban por ahí politiqueando: «Te has metido en esto; entonces te quedarás aquí y en lugar tuyo pongo a Fulano allá, y espera para ver cómo vendrá el futuro». Y me han comprendido.
En política no hay por qué enojarse, puesto que uno no persigue intereses personales.
Es más fácil decir estas cosas que hacerlas. No hay en esto por qué tomar las cosas a la tremenda, no conduce a nada.

EL MAL DEL SECTARISMO

Otra de las condiciones que el conductor debe tener es estar siempre lejos de la pasión.
La pasión es, generalmente, producto de un sectarismo.
Cuando el hombre que conduce toda la política se sectariza, pierde la mitad de las armas que tiene para defenderse.
En segundo, lugar, cuando obedece a su pasión, abandona la conducción de todos, para dirigirse a un sector que es el que lo apasiona.
Ese no es un conductor. El conductor debe ser un hombre frío, sin pasiones, y, si las tiene, ha de dominarlas y no dejarlas ver nunca.
Esa es una cualidad muy peligrosa en la conducción. Es necesario que mire con lente planar, que vea todo el panorama, que no se deje nunca atraer hacia una parte de ese panorama haciéndole abandonar el conjunto, porque entonces conducirá a una pequeña parte, abandonando la conducción del conjunto, que es lo que importa e interesa.
Por esa razón, el pasionismo, como el sectarismo, son fatales en política.
¿Por qué razón ha sucumbido el Partido Socialista? Por su sectarismo.
¿Por qué va a sucumbir el comunismo? Por su sectarismo.
¿Por qué va a sucumbir el nacionalismo? Por su sectarismo.
¿Qué es un sectario? Yo siempre combino esto y lo explico con cosas de mi oficio, que son las que más conozco.

ELEMENTOS QUE SE COMPLEMENTAN

En el ejército también puede haber sectarios. Hay algunos que no quieren más que la infantería; otros que no quieren mas que la artillería y creen que todo lo hace la artillería; otros, en cambio no creen ni en la infantería ni en la artillería y creen que la aviación es la que lo decide todo. Esos son sectarios. 
¿Para qué se han construido y hecho las armas en el ejército?
La lucha se empeña desde muy lejos, pero se va acercando.
Cuando estamos a doscientos kilómetros, tiran los aviones sus bombas; cuando nos hallamos a cuarenta, tiran los cañones de largo alcance; cuando estamos a doce, empiezan a accionar los cañones de pequeño alcance; cuando nos hallamos solamente a dos kilómetros, empiezan las ametralladoras; cuando estamos a quinientos metros, se utilizan los fusiles, y cuando las fuerzas se juntan, se emplean las bayonetas, el puñal y todas las armas que uno tiene.
El sectario sería aquel que quisiera formar otro ejército con artillería solamente.
No podría pelear con su enemigo nada más que a cuarenta kilómetros de distancia. Cuando se juntaran, ¿qué iba a hacer?

COMBATIR CON TODOS LOS MEDIOS

En política, el sectario es algo similar. 
La lucha debe tender a la universalidad en la utilización de los medios.
El sectario se va cortando las manos solo, mientras que el otro combate con todos los medios. Eso lo arruina. Esa es su muerte.
Renuncia por sí a muchos medios de lucha, cuando en política hay que multiplicarlos para vencer. Es una cosa simple, y sin embargo muy olvidada. Es el pasionismo de los hombres el que los lleva a su sectarismo.
De manera que el conductor no puede ser nunca sectario si ambiciona el éxito, si quiere el éxito y si tiene el deber del éxito.

LA BONDAD EN EL FONDO Y EN LA FORMA

Otra de las condiciones del conductor es la bondad de fondo y de forma.
Hay conductores que son buenos en el fondo, pero que en su manera de ser son ásperos para tratar a la gente.
¡Qué tontos! ¡Son buenos en el fondo y no lo demuestran! Hay otros que son malos en el fondo y buenos en la forma. Pegan una puñalada con una sonrisa.
No puede ser conductor quien tenga esos defectos, porque los descubren en seguida.
A la primera puñalada se descubre que es un asesino, aunque lo haya hecho con toda dulzura.
Y a ese que es dulce, muchas veces la gente lo tolera más que al otro, que siendo bueno en el fondo se hace odiar por su forma.
Conocí a un jefe muy eminente que un día recibió a una señora que lo quería ver para que resolviese el problema de su hijo.
El, por cumplir su deber, le dijo que no; pero después que se retiró la señora, se lamentaba. Yo me decía: hubiera sido mejor lamentarse allí, cuando atendió a la señora, y no después.
El hombre, es un ser tan complicado, que muchas veces no puede hacer nada completo por sus propios defectos.
A veces el conductor es bueno en el fondo, pero debe serlo también en la forma.
Sólo así se domina a los hombres, porque a los hombres se los domina solamente por el corazón.

ES MÁS DIFÍCIL HACER QUE DECIR

Lo importante es que en la conducción no basta decir todo esto; hay que hacerlo. Y es más difícil hacerlo que decirlo, porque uno debe dominar muchas veces los impulsos, y el impulsivo nunca fue ni será buen conductor.
El buen conductor es siempre reflexivo y profundo.
El audaz y el impulsivo no tienen las condiciones del conductor, porque debe manejar hombres, y no hay nada más difícil que manejar a los hombres.
Es necesario emplear toda la ciencia, todos los valores morales y toda la conciencia que uno tiene para poder manejar bien.
En este sentido, también el Justicialismo sostiene que es más difícil hacer que decir. Lo que tenemos que tratar es que en toda acción de los conductores, en cualquier grado que ejerzan la conducción, no falten los valores que hemos mencionado.
El podrá ser quizá no tan capacitado ni tan preparado para conducir, pero si carece de algunas de estas condiciones que hemos mencionado no podrá conducir.
Por eso dije al principio que puede conducirse sin valores intelectuales, pero no sin valores morales, porque los valores intelectuales son los que conducen al conductor, y los valores morales son los que conducen a la masa.

LO MORAL, FACTOR PRIMORDIAL

Cada acto de la conducción le da ocasión al conductor de mostrar esos valores morales; lo que nunca debe hacer es desperdiciarlos.
Cada vez que tenga que mostrar valores intelectuales en la conducción, ello tendrá la relativa importancia de salvar su prestigio; pero que deba mostrar valores morales, ello tiene el inmenso valor del ejemplo.
Por esa razón yo sostengo que si en toda clase de conducción es importante poseer los valores morales, en la conducción política es indispensable.
Quien no posea esos valores morales es inútil que ensaye conducir; lo hará siempre mal.

VALORES INTELECTUALES DEL CONDUCTOR

Para no extender más esta conversación, quiero decir dos palabras sobre los valores intelectuales del conductor.
En primer lugar, el conductor ha de conocer su oficio, que es sumamente difícil, porque no solamente ha de conocer las formas de acción, sino que también debe tener en evidencia permanente los valores que ponen en movimiento esas formas de acción.
El conocimiento del oficio es indispensable para el conductor, porque él no ha de ser un conductor inconsciente, sino que en todo momento ha de ser un conductor consciente.
El debe ser moral, porque lo es, pero también ha de ser moral porque se controla en todo momento para poderlo ser.
El ha de ser un hombre capacitado, porque si no puede hacer equivocar a los demás; pero debe conocer hasta el último detalle de su propio oficio de la conducción, para hacerlo conscientemente, porque lo mismo es equivocar a los demás a conciencia que inconscientemente.

DOS CLASES DE HOMBRES

En esto hay también dos clases de hombres: hay un hombre que está acostumbrado y le gusta andar por entre las cosas que los otros han creado.
Y hay hombres a los que no les gusta eso, que les gusta crear las cosas por entre las que quieren andar.
Los conductores tienen esta segunda característica: nunca son hombres que andan por caminos trillados. Ellos tienen la fiebre de crear.
Por eso un conductor es maravilloso para crear, pero peligroso para estabilizar, porque tiene fiebre de la creación, y en las creaciones de los hombres es necesario pensar que hay un alto grado de importancia en la perfectibilidad que presupone la creación permanente, pero que también hay un grado importante en la estabilidad, porque estar empezando siempre no es cosa de cuerdos.

LA CREACIÓN Y LA ESTABILIZACIÓN

Es difícil que un conductor, que es un hombre hecho para crear, se someta a la necesidad de esperar la estabilización para no seguir reformando. Todo reformador, ya que la reforma es en el fondo la base fundamental de la creación, se hace sobre formas hechas, reformando, creando nuevas cosas.
Este es un asunto que en el conductor político tiene una importancia extraordinaria: que no se deje devorar por la fiebre de la creación, porque entonces lleva al caos, de la misma manera que no debe caer en el extremo opuesto, porque entonces no hace nada. En esto, como en todas las cosas, los extremos suelen juntarse. Esto es una cosa fundamental que el conductor no debe olvidar jamás.
Pero es indudable que él debe construir y crear, no copiar. Esa es la condición del conductor.
El otro temperamento de las formas de creación lo pongo yo, porque tengo experiencia de esto.

LA TÉCNICA DEL CONDUCTOR

Debe poseer una técnica inteligente, y digo una técnica inteligente porque ésta, objetivamente apreciada, se divide, para mí, en dos: hay una técnica que llega a cierto punto y se esquematiza, se hace rutinaria y realiza siempre lo mismo.
La técnica del conductor ha de ser una técnica inteligente, una técnica en permanente evolución porque la humanidad, de la cual él conduce una parte, está en permanente evolución.
Si él se estabiliza, se queda atrás.
Por eso digo que el conductor ha de poseer una técnica, una técnica inteligente y en permanente evolución.
No se puede decir cuál es la técnica de la conducción, porque es distinta en cada lugar del mundo y es distinta también en cada momento del mundo.
La inteligencia del conductor está en mantener al día su técnica y en no esquematizarse o caer en la rutina de una técnica, que es superada por el tiempo.
Este es un asunto difícil, pero que suplen todos los que tienen una técnica: los médicos, que tienen que vivir al día, los guerreros, etcétera.

EVOLUCIÓN DE LA TÉCNICA

Yo recuerdo cuando nosotros habíamos estudiado profundamente la guerra antes de 1914. Vino la del 14-18 y no sabíamos nada.
Tuvimos que empezar de nuevo. Vino la del 39-45 y ocurrió lo mismo, cambió la técnica y uno tuvo que seguir. Esto les pasa a todos.
Lo mismo les ocurre a los zapateros que construyen una horma y después tienen que tirarla y cambiarla, porque ya a la gente no le gusta ese modelo, es decir que hay una técnica permanentemente evolucionada, como evolucionan los gustos, las formas, los hombres.
No creo que los botines que se usaban en la Edad Media —esas sandalias anchas— sirvieran para un pie como los de ahora.
Hay enormes cambios en todas las cosas, ya sean morales, materiales e intelectuales.
La técnica inteligente presupone que el conductor debe vivir al día con su técnica.
Esto no es un traje que se compra y se usa hasta que se rompa. No, hay que ir reformándola.

INICIATIVA Y CAPACIDAD DE ACCIÓN

El conductor debe poseer una gran iniciativa y una gran capacidad de acción.
Uno de los defectos que más noto en la conducción es que hay mucha gente que conduce y que no tiene iniciativas, está aferrada a normas fijas.
Esa falta de iniciativa se traduce en todos los actos de la vida de esos hombres.
Es más fácil proceder de acuerdo con la costumbre que pensar en hacerlo cada vez mejor. El hombre no solamente es haragán para trabajar materialmente, sino también para trabajar intelectualmente.
Con tal de no pensar, se mueve por el camino ya abierto.
Ese es un gravísimo defecto en la conducción. Es un gravísimo defecto para todo conductor.

LA FUERZA DE LOS PEQUEÑOS MEDIOS

Cada conductor ha de tener permanentemente una iniciativa y decimos nosotros que el conductor político debe llevar una resolución adelantada en el bolsillo, porque los hechos se desencadenan con una violencia y una rapidez tan grandes, que a menudo no hay tiempo de concebir o analizar los efectos de una realización adversa. Por eso la iniciativa juega un papel extraordinario.
Hay que estar siempre pensando que se puede hacer de nuevo; qué cosa va a dar resultado, por pequeña que sea, porque las grandes cosas se componen siempre de pequeñas cositas.
Esas pequeñas cositas son las que no deben descuidarse. La iniciativa, que muchos olvidan, tiene una fuerza tremenda aprovechada la iniciativa del hombre, pueden darse éxitos extraordinarios a la conducción.
Una de las grandes fuerzas de la mujer, en la conducción, es que ella utiliza los pequeños medios, que son tan poderosos, cosa que nosotros no hacemos porque somos hombres.
¡Ellas aprovechan eso, y hay que ver la fuerza que tienen! Ese ha de ser, sin duda, un factor de fuerza que nos trae la mujer a la política, un factor de extraordinaria fuerza.

HAY QUE VIVIR LA SITUACIÓN

Por otra parte, el arte de la conducción presupone vivir la situación, no solamente conocerla.
Vivir la situación presupone conocer los hombres, la historia y los hechos, tres cosas que se enuncian con tanta facilidad, que comprenden el conocimiento integral de la vida.
Es difícil conocer los hombres, es difícil conocer la historia de la humanidad, conocerla bien, pero lo más difícil es conocer bien los hechos, porque ésos están por producirse y casi hay que adivinarlos para conducir.
Es decir que nosotros, cuando estudiamos los hechos para la conducción, lo hacemos como un encadenamiento, diremos, filosófico de la dinámica de la vida, de la dinámica de todos los hechos, hasta cierto punto, y para asomarnos al porvenir, para ver qué puede producirse e ir ya previendo.

Tan anhelante debe ser la conducción, que llega hasta el extremo de asomarse a los últimos hechos para entrever el futuro.

HAY QUE AFIRMARSE EN REALIDADES

No puede la conducción basarse en especulaciones muy ideales, pero sí puede entrever la evolución futura, conociendo la presente y la pasada.
Ese estudio filosófico de la historia, y de los hechos del presente es el único camino que conduce a la posible previsión, pero a la previsión real, no ilusoria.
Basar cualquier solución de la conducción en elementos especulativos lleva siempre a un fracaso tremendo.
En la conducción nada se puede hacer por las dudas; hay que hacerlo con seguridad.
En la conducción hay que ir como la mula en la montaña, que no mueve el pie de atrás hasta que no asienta bien el de adelante.
Aquí no hay nada especulativo ni imaginativo. La conducción se hace a base de una realidad; tiene sorpresas muy desagradables el que confía la conducción en cuestiones más especulativas que reales.
Hay que llegar a la realidad de alguna manera y de allí afirmar las conclusiones de la conducción.
De otro modo es necesario esperar hasta que se produzca para proceder. Nunca se llega tarde cuando uno está vigilante en la conducción.
Este es también un factor sumamente importante, pero presupone nada menos ni nada más que el conocimiento de la historia de los hombres y de los hechos, vale decir, lo que yo llamo vivir la situación.
El hombre que vive la situación está listo para proceder en cualquier circunstancia que se le pueda presentar, porque es un hombre que vive iluminado por el conocimiento de los hechos pasados, de los que están sucediendo y ya asomando las narices en el porvenir. Solamente así se puede conducir.
Con estas condiciones, todo se reduce a tener una concepción clara, un criterio reflexivo y profundo, y un método, del que ya hemos hablado.

COMO LA ESTRELLA POLAR DEL NAVEGANTE

El método es una muleta o un hilo de Ariadna por el cual uno va conduciendo su propia conducta en los hechos.
Si puede seguir, llegará a un éxito, porque la obra de arte en los planes no está en su concepción, sino en su realización.
Un plan generalmente es una gran línea que uno debe respetar y seguir, como la estrella polar para el navegante, que he mencionado muchas veces.
Lo sacan a uno y el secreto está en volver y tomar la ruta. Pero uno llega. Lo malo es cuando lo sacan, pierde el rumbo y ya no llega.
La conducción es ese trabajo permanente: es la brújula y su marcha, y si lo sacan, pierde su rumbo y naufraga.
En cambio, el que no tiene brújula ni decisión de llegar a ese objetivo a menudo no llega a ninguna parte.

SABER REALIZAR EL ÉXITO

En otras palabras: toda la conducción, en este aspecto, intelectual se reduce a volver inicialmente a mis primeras palabras de esta clase, a cumplir el consejo napoleónico: saber realizar el éxito.
Ustedes ven que cuanto yo he expuesto se reduce a esas pocas palabras: la conducción es saber realizar el éxito.
Para saber realizar el éxito hay que concebirlo, hay que prepararlo, hay que organizarlo, hay que ejecutarlo y hay que explotarlo.
Y todo cuanto yo les pudiera decir de la conducción es exclusivamente eso.
Si alguno es capaz de realizar el éxito, aunque no sea conductor, yo me quedo con él.

CAPÍTULO VI

EL ARTE Y LA TEORÍA EN LA CONDUCCIÓN
LAS FORMAS DE EJECUCIÓN

En las clases anteriores tratamos el programa hasta llegar a la conducción, parte teórica, es decir, elementos de la conducción, características de la conducción moderna, la doctrina en la teoría, la forma de la ejecución, el método en la conducción, los organismos de la conducción, y habíamos comenzado a tratar ya la parte de la conducción misma en su aspecto teórico.
En la última clase hablé sobre el conductor, vale decir, sobre la parte vital de la conducción, y dije que, en mi concepto, la gran tarea que había que hacer en esta actividad era distinguir claramente y enumerar los elementos que componen la parte vital del arte, que es el artista, el conductor, y la parte inerte del arte, o sea la teoría.

NECESIDAD DE UNA TEORÍA

Es indudable que todas las actividades tienen su teoría, según sea el método con que se encaran, se estudian y se resuelven.
Nada hay en la vida que no se pueda condensar en una teoría. La teoría es el producto del análisis.
Cualquier acción que se desarrolle en la vida puede ser sistematizada con todas las demás actividades que se realicen paralelamente, formando verdaderas series de asuntos.
Eso, que ha constituido inicialmente el verdadero estudio filosófico de los hechos de la vida, también comprende los estudios que se refieren al arte de la conducción.
El arte de la conducción es eminentemente empírico, es decir, que no se ha podido conformar una teoría previa para el arte de la conducción, como no se ha podido conformar una teoría previa para ninguna de las demás artes.

LA ACCIÓN Y LA TEORÍA

La pintura comenzó pintando, no comenzó con una teoría sobre la pintura.
Y lo mismo ocurrió con la escultura, las letras, etcétera, lo cual equivale a decir que el arte de la conducción ha nacido conduciendo.
Por eso, lo lógico es colocar en primer término a la parte vital del arte, porque el artista es el que ha comenzado, y por eso también nosotros damos preeminencia en el arte de la conducción al conductor.
Este, constituyendo la parte vital del arte, es quien pone a servicio de esa actividad su propia personalidad, personalidad que reúne las condiciones de todo orden que se necesitan para una realización acabada de la obra que él quiere confeccionar mediante su trabajo, su actividad, su entusiasmo, su alma y su inteligencia.

CONFORMACIÓN DE LAS TEORÍAS

Es indudable, sin embargo, que a medida que los hechos han ido repitiéndose en la conducción, ha podido ir conformándose toda una teoría del arte.
Es decir que la enseñanza dejada por todos los conductores de la Historia, sean éstos conductores políticos, religiosos o militares, ha sido útil.
Es de allí de donde vamos a extraer toda una teoría, teoría que comprende lo que nosotros ya hemos comenzado por establecer al mencionar la conducción como una actividad creadora, como una actividad artística y no científica, ni laboral, ni de ningún otro orden.

ENUNCIACIÓN Y APLICACIÓN DE LOS PRINCIPIOS

Es así que en esa teoría, al ocuparse de estudiar científicamente su desarrollo, surge como primera observación que hay un sinnúmero de principios cuya enunciación no interesa tanto como su aplicación; pero en la sistematización de ese estudio hay que llegar a considerar un sinnúmero de principios que se aplican invariablemente en toda la conducción política.
Es a esos principios a los que nos hemos de referir, en primer término, como formando parte de la teoría del arte.
Esos principios forman algo así como el fondo mismo de la concepción de la conducción.

LA TEORÍA Y EL MÉTODO DE ACCIÓN

Es indudable que además de esos principios que conforman el andamiaje sobre el cual se sostiene la teoría de la conducción, existen también otros aspectos que obedecen no a la concepción misma, sino al método de la ejecución, porque la teoría debe conformar un método de acción, además de un método de concepción, porque por tratarse de una actividad creadora, de una actividad artística, el conductor no ha de conformarse sólo con una maravillosa concepción.

EL CONDUCTOR, HOMBRE DE ACCIÓN

Un plan perfectamente bien elaborado no tiene ningún valor como no sea aplicado.
Por eso yo he dicho muchas veces que en la conducción, la obra de arte no está en elaborar un magnífico plan; la obra de arte consiste en realizarlo, porque no se concibe al conductor como un hombre de gran concepción; el conductor se concibe como un gran hombre de acción.
Esto es lo primero que hay que tener en cuenta cuando uno se dedica a estudiar la teoría del arte, porque estudiar la teoría significa hablar de las grandes concepciones; pero si olvidamos que a esas grandes concepciones han de seguir las grandes acciones, no estudiaremos conducción, estudiaremos alrededor de la conducción zonceras que no conducen a nada.

UNA ACLARACIÓN INDISPENSABLE

Por esa razón, antes de iniciar las consideraciones sobre lo principios de la conducción, como así también sobre las formas y los medios de ejecución, hago esta aclaración previa indispensable; de nada vale la teoría del arte si no está el conductor, y de nada vale el conductor que se reduce a concebir. Nada de eso es nada o todo eso es nada.
Lo único fundamental es ejecutar. Por eso es conducción; es concepción. Hay que llevar, y para llevar hay que andar, hay que conducir. Esa es la tarea fundamental.
Caminar no es concebir los movimientos, sino poner las piernas en acción. Conducir no es concebir la marcha, sino realizarla.

LA CONDUCCIÓN Y LA CREACIÓN

Dijimos que la conducción, por ser una actividad artística presupone, en primer término, una creación.
Las creaciones, si son racionales, están siempre afirmadas en una concepción, es decir, que al servir a la acción comienzan a concebir la acción.
Eso, indudablemente, es previo; si no, el realizar una obra de cualquier naturaleza impensadamente no conduce al raciocinio, que también es una de las bases en que se afirma la teoría del arte.

LOS PRINCIPIOS Y LAS FORMAS DE EJECUCIÓN

Aprender los principios no presupone, tampoco, conducir; presupone conducir el aplicarlos en los hechos mismos.
Vale decir que no se puede deslindar en forma absoluta el campo de los principios con el de la aplicación; no se puede aislarlo.
Yo no puedo decirles: «los principios son tales y las formas de ejecución son cuales».
Yo tengo que decirles que hay principios y formas de ejecución. ¿Cuál es la línea divisoria? ¡No la hay!
Es un esfumaje donde se mezcla una actividad con la otra, en forma que yo no puedo, rígidamente, dividir una cosa de la otra.
En algún momento se triunfa solamente con buenas formas de ejecución. En otros casos se prescinde de la forma de ejecución y se triunfa aplicando los principios.
¿Cuándo hay que aplicar los principios? Siempre.
¿Cuándo hay que aplicar las formas rígidas de ejecución? Algunas veces.
¿Cuándo hay que cambiar las formas? Eso yo no lo puedo decir, porque hay que cambiarlas en infinito número de casos.
De manera que lo que yo no puedo enseñar es la aplicación de esto.

LA ACCIÓN Y EL SUBCONSCIENTE DEL HOMBRE

Hay que asimilar los principios, discernirlos y digerirlos.
Van más bien dirigidos, en un conductor, casi a la subconsciencia; él debe asimilarlos de manera tal, que los aplique sin necesidad de mencionarlos, sin necesidad hasta de recordarlos.
Es una técnica que radica casi siempre en el subconsciente del hombre de acción.
El no comete un error, no porque recuerde que no debe cometerlo, sino porque hay algo en su espíritu mismo que hace que le repugne el error, porque él ha hecho una gimnasia que lo ha conducido a un camino, y cuando no está en el camino es como el ciego que tiene la sensación de que no se halla en el camino y tantea buscándolo.
Hay algo así en todo esto de la conducción; algo verdaderamente inexplicable, como inexplicables son algunos fenómenos que radican en la conciencia y en la subconsciencia de los hombres.

LA SENSACIÓN INTUITIVA

En esto hay mucho de esa sensación intuitiva, natural, que se crea por el ejercicio.
Por eso la conducción es un arte todo de ejecución, decía Napoleón. Es un arte simple, pero todo de ejecución.
Es decir, es simple porque no hay nada forzado que uno tenga que recordar, que uno tenga que grabar, que cotejar.
No es un cálculo de probabilidades, no es un cálculo actuarial, no. Es un cálculo realizado por un fenómeno interno cuya explicación es muy difícil, porque son muy difíciles los campos que actúan, y muy indeterminados en su actuación.

A CONDUCIR NO SE ENSEÑA

Ese es el proceso que se produce dentro de uno.
Lo que hay que capacitar es la mente y el espíritu, para que ciertas formas repugnen al espíritu de manera natural, porque si uno tiene que discernirlas mediante el proceso de inteligencia llega tarde y paga caro. Es decir, es la experiencia.
En esto hay una mezcla de concepción, de estudio, una mezcla de temor natural. Es un proceso del alma y de la inteligencia, y es un proceso —diremos— de la experiencia, de lo que uno conoce, de lo que uno ha estudiado, de lo que uno ha penetrado en la concepción de cada uno de estos grandes principios de la conducción.
Por eso he dicho ya que a conducir no se enseña; es una cosa que no se aprende.
Lo que uno puede hacer, es comprender, lo cual ya es una base muy grande para aprender o para realizar.

LA CONDUCCIÓN Y LOS CONDUCTORES

La conducción no se aprende, se comprende.
Por eso muchas veces vemos hombres que durante toda su vida han conducido sin saber una palabra de conducción, y han conducido bien, porque la han comprendido.
Hay otros que conducen durante toda su vida sin saber una palabra de conducción, y no dejan error por cometer.
Y también hay otros hombres que, sin haber conducido nunca, son capaces de penetrar rápidamente el problema, de comprenderlo y de ejecutar bien, sin haber tenido ninguna experiencia.

LA ANTÍTESIS DE LA RUTINA

Quiere decir que no es ni la experiencia ni la comprensión absoluta; no es tampoco el estudio ni la preparación; es todo, es un conjunto de todo.
No es un método; no es el método el objetivo del proceso; no es el método de la inducción, no es el método real, no es el método ideal. No hay método. Es otra cosa.
Los metódicos suelen equivocarse porque son unilaterales, en el fondo.
El método conduce al esquema, el esquema a la rutina, y la conducción es la antítesis del esquema y de la rutina.
Pero se necesita método para la ejecución y también se necesita método para la concepción.
Pero, si uno se somete al método, fracasa; hay que someter el método a uno.

LO VITAL Y LO INERTE

Hay que someter el método a la conducción.
Es decir, señores, en otras palabras: lo que yo quiero decirles finalmente, como conclusión, es que hay una parte vital del arte, que es el artista, y una parte que es la teoría del arte.
Es la teoría subordinada a ese hombre. Y es ese hombre el que hace; ese hombre es el que lleva adelante todo cuanto hay en la teoría.
Y debe conducir con éxito. ¡Con éxito!
La teoría no da recetas, no da posibilidades de actuar correctamente. Es el hombre el que le da la posibilidad de actuar correctamente. Por eso digo siempre: el conductor está por sobre la teoría, y la ejecución está por sobre la concepción.
Ese es el punto de partida para apreciar qué vale la teoría del arte, cuál es el valor de la teoría del arte. Es un valor relativo. Es un bastón que usa el que necesita bastón. Es un bastón…
Eso no es mío. Es de Napoleón. El nunca usó bastón: por eso podía decirlo…

LA CONDUCCIÓN TAL COMO APARECE ANTE NOSOTROS

Por esa razón, yo no he querido, al dictar estas clases, aislar, dentro de la teoría del arte, solamente los principios.
He querido tratar esto, no en una forma ideal, como se presentaría el análisis profundo, sino más bien como se presenta en la vida.
Que es también un método: tomar las cosas como se presentan en la vida, sin estos principios, sin formas de ejecución. Sin métodos o sin creaciones nuevas.
Lo que quiero es presentar la conducción como la conducción se presenta en la vida.
Cada uno, después, puede hacer su propio análisis y su propio desarrollo.
A mí me basta con presentarla tal cual desfila delante de nosotros en la acción, y por eso, al ordenar los principios y formas de ejecución, no he querido poner tales principios y tales formas en ejecución.
Hay cosas que no resisten método. Y la conducción es una de las cosas de la vida que no resisten método.
No resisten método… ¿Por qué? Porque en la vida las cosas no se presentan metódicamente. No se puede sistematizar lo insistematizable.

LA ANTÍTESIS DE LA SISTEMATIZACIÓN

En la vida hay cosas que no se pueden sistematizar. La conducción es una de ellas.
Y si yo la presentara en forma sistematizada, entonces cometería un grave error. Porque en la vida no se presenta así la conducción.
Y yo prefiero presentar la conducción en su teoría del arte tal cual se presenta en la vida. La comprenderemos mejor y la trataremos mejor también.
Distinguir lo que es de forma de lo que es de fondo, eso está en el espíritu de cada uno.
Por eso trataré las formas de ejecución sistemáticamente, en conjunto con los grandes principios de la ejecución.

SÍNTESIS DE LA TEORÍA

Por otra parte, no es fácil desarrollar una materia tan amplia como es la conducción y sobre todo como es la teoría del arte, que conforma toda una inmensa teoría, en las pocas clases que nosotros tenemos que dar.
Por eso, yo me tengo que arreglar de alguna manera para ir comprimiendo esto y dar solamente una síntesis.
Y más bien que hacer esa síntesis, hacerla comprender. Valerme de todo para hacerla comprender.
Es más importante que ustedes comprendan lo que es la conducción, que ustedes se dediquen a estudiarla para aprenderla.
Entonces, yo quiero hacerles comprender, llevar la idea básica al conocimiento de ustedes.
Siempre será más útil que todo lo que yo pudiera presentarles como desarrollo en cada uno de estos principios.

LA ECONOMÍA DE FUERZAS

Hay un gran principio de la conducción que es el de la economía de fuerzas.
Vale decir que en toda acción, sea ésta de concepción en una conducción o sea del empleo mecánico de las masas populares, hay que ser siempre fuerte en un momento y en un lugar, que es donde se va a producir la decisión.
Ese es un gran principio, que no solamente sirve a la conducción, sino a todas las cosas en la vida.
Dedicar los medios principales, atendiendo las secundarias también con medidas y medios secundarios. 
¡Principio que es de economía de fuerzas, aplicable a todos los actos de la vida!

UNO DE LOS GRANDES PRINCIPIOS

Sobre esto, haciendo un estudio analítico, podríamos conformar todo un curso regular para un año de trabajo.
Porque eso, analizarlo en todos sus aspectos, por ser uno de los grandes principios, no de la conducción solamente, sino de todas las actividades de la vida, nos llevaría a un análisis profundo y a una sistematización total de todos los aspectos con que aplicáramos el empleo de ese principio a las actividades totales de la vida. Nosotros lo tenemos que tratar aquí en diez o veinte minutos. Eso les dará una idea de lo que podemos decir al respecto.

TRES ASPECTOS DE LA CONDUCCIÓN

Por esa razón yo no he querido desarrollar un curso, como podría desarrollarse sobre esto, porque no tenemos tiempo, en este tipo de actividad, para hacer un desarrollo, y prefiero tratar en forma más o menos correlativa cada una de las grandes cosas que comprende la conducción, empezando por el principio.
La información, el secreto y la sorpresa: tres aspectos de toda conducción.

LA INFORMACIÓN

Sobre la información, yo ya he sintetizado en un pensamiento todo lo referente a eso: el hombre, o sea el conductor, actúa con tanto acierto como bien informado esté.
La base de toda la conducción racional es, indudablemente, el conocimiento del hecho: esto explica ese aforismo, diremos, de la conducción: se procede tan bien como bien informado se esté.
De manera que eso viene a conformar un verdadero principio de la conducción; es un verdadero principio dentro del arte, vale decir que de eso no puede prescindirse nunca.
No se puede traer a un hombre de la Luna y ponerlo aquí a hacer; no.
Yo observo muchas veces que vienen algunos a hablar conmigo que son hombres que viven acá y andan aquí; los escucho un rato, y me dan ganas de preguntarle: «Dígame, amigo, ¿usted viene del Japón o de la China, que no sabe lo que está pasando en la República Argentina?»
¡Hay tantos hombres de ésos!… Y a lo mejor le vienen a dar consejos a uno.
De manera que es un principio fundamental: hay que vivir la situación.
No sólo hay que conocerla, hay que vivirla, porque hay cosas que no se perciben: solamente se sienten.
Entonces, hay que dar a la epidermis esa sensibilidad que sólo se obtiene mediante la acción, la vida permanente dentro de la situación.
La información es, sin duda, uno de los grandes principios de toda conducción.

EL SECRETO

Ahora, el secreto.
Para la conducción, el secreto es otro asunto sumamente importante. ¿Por qué? Porque la conducción es un método de acción; vale decir, es el método en acción.
La política y su conducción es, simplemente, la lucha de dos grandes voluntades contrapuestas; ésa es la política.
La política es una lucha, una lucha de dos voluntades, sean éstas individuales o colectivas.
Unos luchan por una cosa y otros luchan por otra. ¿Qué presupone eso?
Una acción con un objetivo, por un lado, y una acción con otro objetivo, por el otro.
Esos dos luchan para llegar a una decisión, decisión que ha de ser favorable a una voluntad o a la otra, porque, como son contrapuestas, no puede satisfacer a las dos voluntades.
A la asignación del éxito a una de esas dos voluntades, la llamamos nosotros decisión en el campo de la conducción.
Bien; si son voluntades contrapuestas, lo que hay que hacer es poner siempre delante de la voluntad adversaria un telón, para que no conozca nuestra voluntad, para que no sepa por dónde vamos, cómo vamos y hacia dónde vamos.

LA SORPRESA

Si nosotros cerramos eso a nuestro adversario, podremos proceder aprovechando el otro factor de la conducción, tan importante, que es la sorpresa.
Mediante la información y mediante el secreto alcanzamos nosotros la sorpresa. 
¿Qué es la sorpresa? La sorpresa es un principio de la conducción, vale decir, es el factor que nos permite sacar ventaja de un momento de inacción que el adversario tiene frente a la propia conducción, por no haber previsto un incidente que va a producirse.
Para obtener la sorpresa no es necesario que el adversario no conozca nada hasta que se produzca la decisión.
No; es suficiente que cuando él la conozca ya no esté en tiempo de reaccionar convenientemente y neutralizar la acción de esa sorpresa.
En la acción de la conducción política tiene una importancia extraordinaria la sorpresa.
Es mediante la sorpresa que uno, muchas veces, desarma totalmente al adversario político.

PUNTO DE PARTIDA DE LA CONDUCCIÓN

Esos son los puntos de partida de toda la conducción política. La información, mediante la cual se puede llegar a la sorpresa, a través de un secreto bien conservado en los planes de acción y en la ejecución de la cosa.
Tres aspectos que no debemos olvidar nunca: estar bien informados, mantener el secreto del propio designio y obrar siempre obteniendo el factor sorpresa, que es uno de los principios de valor intrínseco en la conducción.
Sorprender al adversario político, siempre produce una utilidad en la conducción; Es un principio absoluto. Eso da siempre ventajas.
Nunca es un inconveniente el que nosotros lo sorprendamos, y es siempre un inconveniente el ser sorprendido.
Son tres asuntos que no debernos olvidar jamás en toda conducción.

MÁS QUE MÉTODOS, OCASIONES

Podríamos hablar mucho acerca de cómo se obtiene la información, de cómo se mantiene el secreto y de cómo se obtiene la sorpresa. Pero eso nos llevaría quién sabe adonde.
Nos basta saber que son tres elementos, donde la viveza criolla —como decimos nosotros— entra mucho y donde no hay un método, sino que hay ocasiones. Lo importante es aprovecharlas.
Nadie puede enseñarle a un hombre cómo debe obtener la sorpresa. Eso lo lleva cada uno adentro, o no lo lleva. Es cuestión de astucia, de habilidad, de capacidad, de previsión.
Es también importante saber cómo hay que mantener el secreto, sobre todo haciéndole caso a Martín Fierro: «en uno, con gran precaución en dos».
Hay después miles de formas para disimular y también cómo obtener la información.

HAY QUE APROVECHAR LA INFORMACION

Allí entra mucho el hombre, no los hombres. Es decir, hay que saber cómo va uno a informarse, adonde va a llegar, cómo va a obtenerla y cómo va a aprovechar, porque hay algunos espíritus sherlockholmescos que todo quieren saberlo, pero no aprovecharlo, porque si lo aprovechan se descubren.
Y yo les pregunto: si no la va a aprovechar, ¿para qué quiere la información?
Es decir que esto no sólo consiste en obtener la información, sino también en aprovecharla en beneficio de la propia conducción.
Cada una de estas cosas puede ser objeto de un profundo análisis, mediante el cual se pueden desmenuzar y sacar cien mil conclusiones de cada una de esas cosas.
Hay que darse cuenta de que el mundo lleva miles de años en el trabajo de la información; miles de años en el mantenimiento de los secretos y miles de años en la obtención de sorpresas.
¡Si habrá hecho el hombre! ¡Si habrá penetrado el hombre! ¡Si habrá desarrollado el hombre estas tres cuestiones tan fundamentales!

NO HAY NADA NUEVO

En la conducción no hay nada nuevo. Es todo viejo, como el mundo es viejo.
Sólo que constituye muchas veces un sector de esto el olvido; y ese olvido es el que nos es funesto en la conducción.
Pero recordemos siempre estos tres aspectos; que queden bien grabados en cada uno: bien informado, una boca y dos ojos, y dos orejas, para hablar poco, ver mucho y escuchar también mucho. Que es el consejo más sabio que la naturaleza nos da.
Y después dar duro, cuando uno tiene la oportunidad de obrar por sorpresa, para sacar ventajas en la conducción.
Esas pequeñas ventajas que se acumulan a lo largo de la conducción son muchas veces el factor que, echado en la balanza de la decisión, inclina el platillo a nuestro favor. Pequeñas cosas.
Para vencer se necesita tener un poquito más que el otro: nada más que un poquito… ¡Es lo que inclina la balanza!

UNIDAD DE ACCIÓN Y UNIDAD DE CONCEPCIÓN

Otro principio fundamental en la conducción, a menudo muy olvidado por los hombres —sobre todo por los hombres que proceden inorgánicamente—, y de esto no podríamos decir si es un principio perfectamente determinado, o si es también una forma de ejecución; no podríamos determinar dónde empieza y dónde termina; es de todo aquello que se relaciona con la necesidad de accionar, en la conducción, con unidad de concepción y con unidad de acción.
Lo que sí podemos decir es que el no obrar con unidad de concepción, en la conducción política, es siempre un factor desfavorable, como es otro factor desfavorable el no proceder con unidad de acción.
Es indudable que la unidad de acción está apoyada en la unidad de concepción. Y esta unidad, que establece el método, es indispensable en toda clase de conducción.

LA UNIDAD DE CONCEPCIÓN

¿Por qué? ¿Qué es la unidad de concepción?
Es la congruencia en el sistema del análisis; es decir: no oponer ideas antagónicas dentro de una misma concepción, porque una idea destruye a la otra idea, y entonces, después, ocurre lo que les ocurre a muchos hombres con quienes hablamos todos los días.
Usted lo escucha una hora a ese hombre, y él se ha pasado media hora afirmando una cosa, y media negándola.
Y entonces, cuando el hombre termina, usted dice: pero, en conclusión, ¿qué quiere este hombre; adonde va, cuál es la idea?
Hay hombres naturalmente incongruentes, incongruentes en la concepción de las cosas. Porque de eso de que todos tenemos un poco… algunos tienen mucho, otros menos. Pero todos, todos tenemos un poco.
Entonces, hay siempre un cierto grado de incongruencia en cada hombre. Un hombre hace una apreciación, y la va desarrollando.
Y usted se dice: bueno, entonces este hombre va a disponer que se haga tal cosa. Pero no, indica todo lo contrario.
Es decir que su apreciación es diametralmente opuesta a la conclusión o a la resolución, o a lo que él quiere.
Hay hombres a quienes, para destruir lo que dicen, es necesario dejarlos hablar; nada más. Dejarlos hablar: ellos solos se destruyen. Eso es falta de congruencia en sus propias ideas.

UN SOLO OBJETIVO

Bien: a esa falta de congruencia lleva la falta de unidad en la concepción.
Hay algunos que quieren dos, tres, cinco, diez, veinte cosas, y terminan por no alcanzar ninguna. Como pasa con los que corren detrás de cuatro liebres. No agarran ninguna. El que corre detrás de una, ése sí suele alcanzarla.
Es inútil: en la conducción sucede lo mismo que con el que va detrás de veinte objetivos, y que no llega a ninguno. Todo el que va detrás de un objetivo lo alcanza siempre.
Aunque vaya despacio; mientras los que van detrás de los veinte que siguen corriendo, ése toma por otro lado y llega. Llega.
En esto hay que tener un objetivo, no veinte para no lograrlos.
Hay que tener la habilidad de lograr que ese objetivo que uno alcance sea el principal, el que lo lleve al éxito en todos los objetivos.
Porque en la vida, como en la conducción política, siempre hay un objetivo que es el principal, y veinte objetivos que son los secundarios.
Algunos son vistosos, porque Dios ha sido ingenioso en esto: ha hecho las cosas lindas, grandes, para que les gusten a todos.

LO REALMENTE IMPORTANTE

Pero eso no es lo importante: a lo mejor, lo chico es lo más importante. Pero Dios ha disfrazado lo otro para que el que lo vea se vaya de boca. Pero éste es un objetivo secundario. Y cuando lo alcanza, el que ha corrido tras de él, dice: «¿Pero, era esto?» Y recién se da cuenta. Recién, como decimos nosotros, cuando desata el paquete se da cuenta de lo que hay adentro.
En cambio, muchas veces, el que ha sabido elegir profundamente y ve el objetivo allá, lejano, quizá sin apariencias, cuando llega y lo alcanza, dice: «Había sido mucho mejor de lo que yo imaginé».
Ese es el que acierta, el que va al objetivo principal, porque es el objetivo principal el que le da posesión de todos los secundarios.

AL OBJETIVO PRINCIPAL, CON TODO

La conducción política le presenta a uno un tipo, diremos desarmado, con un sinnúmero de objetivos; uno es el fundamental, que, alcanzado, hace caer a todos los demás; los otros son secundarios.
Por eso siempre decimos, en la conducción: al objetivo principal, con todo; a los secundarios, con nada, abandonándolos, que cuando cae aquél, caen todos los demás.
La habilidad del conductor está en saber elegir ése, porque la naturaleza pone muy bonitos a los otros, quizá muy modesto al que vale, como pasa en todas las cosas de la vida: no es lo más pomposo, lustroso y brillante aquello que uno debe perseguir; por eso, el hombre lleva la propia penitencia en el pecado.
Cuando uno se va de boca, hay que ver las «ensartadas» que sufre; en cambio, cuando busca lo sólido, aunque no sea aparente, quizá llegue al objetivo que culmina su vida.

LA CONDUCCIÓN Y LAS LEYES DE LA VIDA

La conducción no se aparta de las leyes naturales de la vida, porque es una actividad de la vida.
Quien crea que la conducción no es la vida, se equivoca. La conducción es la vida en acción, es la vida misma, es la vida propia y la vida de los demás. Eso es la conducción.
Por eso, quien se dedica a la conducción debe ser profundamente humanista. Se conducen hombres y se conducen pueblos; las demás cosas las conduce Dios. Eso es algo sobre lo que hay que estar bien en claro.
El que quiere conducir y se olvida del hombre, es como el que quiere ir en automóvil sin tenerlo: no llega a ninguna parte.
Eso es lo fundamental de toda la conducción: es lógico que si ha de trabajar con hombres, la primera virtud que ha de tener, decía Alfonso el Sabio, es conocer al hombre. Por eso, la principal condición de un conductor es conocer al hombre, porque, en esa unidad de concepción, él muchas veces no puede confiarse a sí mismo y tiene que confiarse a los demás, y cuando se confía a los otros, hay que estar seguro de que no le vayan a hacer un disparate.

LA CONDUCCIÓN Y LA VOLUBILIDAD

Podríamos hablar de la unidad de concepción días enteros, pero en el fondo es esto que yo digo, es esa idea congruente que siguiendo un desenvolvimiento va rectamente a un objetivo, que es el objetivo principal, caído el cual caen todos los demás.
De manera que en la conducción puede haber cualquier defecto, pero no la volubilidad. Es decir, no ser voluble en la conducción, no andar cambiando de objetivos.
Hay algunos que conducen y se ponen en marcha con un objetivo, y están decididos a él, pero se les aparece algo por el camino y ya se van al otro.
Como yo digo, hay algunos que en la conducción andan como perro que ha perdido el dueño: los huele a todos y no sigue a ninguno.
Esto es muy común en la conducción política.
Esos son hombres que no tienen unidad de concepción, son hombres que no han discernido, no se han decidido y no han tomado la resolución de cumplir esa decisión.

LA UNIDAD DE ACCIÓN

Ese es otro de los peores defectos dentro de la falta de concepción.
Es indudable que quien está bien metido dentro de la unidad de concepción ya ha ganado mucho para la unidad de acción.
La unidad de acción es la unidad de concepción en marcha, en ejecución. ¿Qué quiere decir esto?
Quiere decir que así como en el proceso de la inteligencia, en el análisis y en la determinación de los factores del éxito, en la conducción —o, más claramente, en los objetivos de la conducción— debe haber una absoluta congruencia.
En la acción eso se traduce en el empleo de todas las fuerzas concurrentes.
Si en la concepción son las ideas, en la ejecución son las medidas, son las acciones; es decir que a ese objetivo que uno ha determinado congruentemente en la concepción hay que ponerle todas las fuerzas que marchen hacia él, porque si uno pone la mitad de la fuerza para un lado y la otra mitad para otro, el esfuerzo se divide.
Si el esfuerzo es divergente en vez de convergente, ninguna de las fuerzas encaminadas al objetivo va a llegar.
Es decir que se trata de una concentración de esfuerzos, no de una diseminación de esfuerzos.
Esa es la acción de la conducción, y la unidad de acción presupone eso.
Lo cual significa que no debe haber fuerzas en divergencia, sino en convergencia, y que la congruencia en la idea debe ser seguida por la congruencia en la acción.

LOS ENUNCIADOS Y SU APLICACIÓN

Esto parece una cosa simple, y es simple, efectivamente, en su enunciado.
Pero hay que ver lo difícil que resulta en la aplicación, en los hechos mismos, y cómo los acontecimientos lo van llevando a uno paulatinamente a ir dispersando esfuerzos y disminuyendo la acción convergente de los medios sobre el objetivo.
Esto conforma, diríamos así toda una teoría de la conducción.
La unidad de concepción y la unidad de acción es toda una teoría dentro de la conducción.
Yo no puedo, en esta ocasión, extenderme extraordinariamente sobre la parte teórica. Tengo que conformarme con lo ya expresado; ustedes seguirán ahondando en su contenido.

EL EMPLEO DE LOS MEDIOS

No se trata del empleo mecánico de los medios en la conducción política.
El empleo mecánico de los medios de la conducción política conduce siempre a graves errores y a falta de unidad de acción. Es un empleo inteligente de los medios que puede variar cada cinco minutos, porque no es bastante con mandar los medios sobre un objetivo; el asunto está en mantenerlos sobre ese objetivo cuando empiecen a querer irse para un lado o para otro. El hombre es un ser muy complicado en la conducción. Por ejemplo, la destrucción de todos los partidos en la historia política de la República Argentina obedeció exclusivamente a esto: a que sus conductores no tuvieron una unidad de concepción y las fuerzas que organizaron no contaron nunca con una unidad de acción.
Entonces formaron una pirámide invertida. Cada uno, al hacer fuerza, se iba para afuera, porque no tenían una doctrina común.
Lo que tenemos que hacer es formar una pirámide con su base y con fuerzas convergentes sobre un objetivo determinado.
De esta manera, cuando los hombres hagan fuerza, ésta será aglutinante y no disolvente, pues impulsará hacia un mismo objetivo hasta alcanzarlo.

LA ORGANIZACIÓN CONVERGENTE

Toda esta falla de nuestros hombres, en la conducción política argentina, quizá obedezca a ese único defecto.
Nuestros partidos han sido organizados divergentemente.
Posiblemente, la primera vez que se haya organizado un partido en forma convergente sea ahora, porque nosotros comenzamos por fijar nuestra doctrina, nuestros objetivos, nuestra forma de ejecución, y ahora estamos trabajando para llevar a la gente en esa dirección y para que no se nos separe.
Sin embargo, tenemos siempre alguno que medio hace rancho aparte y se separa.

LA OBEDIENCIA Y LA DISCIPLINA

Es indudable que con esto nosotros ya damos —más o menos— por mencionado este tópico tan importante de la conducción.
Y que inmediatamente debemos poner detrás de él los medios que lo sirvan especialmente, o sea la obediencia partidaria y la disciplina partidaria.
Porque cuando se habla de unidad de acción, para asegurarla, el conductor puede hacer la mitad; la otra mitad debe ser hecha por los conducidos.
Y entonces es inútil que un conductor asegure la unidad de acción, mediante su propia conducción, si en la ejecución de los hechos mismos hay fuerzas de distorsión dentro del panorama orgánico de ejecución, que le destruyen la mitad de su trabajo.
De manera que la obediencia partidaria y la disciplina partidaria son dos de las grandes formas indispensables para la conducción.
Vale decir, para que la idea del conductor que conduce una unidad de acción basada en su unidad de concepción sea ejecutable ha de mediar en la masa organizada la obediencia para marchar sobre el objetivo, y la disciplina para no pelearse en el camino. Eso es todo.

MAS BIEN HACIENDO QUE DICIENDO

Pero, ¿cómo hace? Porque es muy fácil hablar de la obediencia y de la disciplina pero es muy difícil inculcarlas y realizarlas.
¿Quién no va a estar de acuerdo en que hay que obedecer? Pero, ¿obedecen todos?
¿Quién no va a estar de acuerdo en que hay que tener una disciplina? Pero, ¿son todos disciplinados?
El hombre quiere que todos sean disciplinados… menos él. Como quiere también que todos obedezcan, menos él. Es propio de la naturaleza humana.
Es indudable que esto, más que nada, es toda una escuela que hay que formar. Es decir, no es producto del saber, sino que es una cosa que hay que inculcar, que hay que enseñar, que hay que llevar a la ejecución, más bien haciendo que diciendo.

OBEDIENCIA Y RESPETO

Siempre digo yo que aprendí desde muy joven que debía ser obedecido y que debía ser respetado. Y en eso no me puedo quejar.
Afortunadamente, siempre me han obedecido y siempre me han respetado.
Para ser obedecido, nunca mandé nada que no se pudiera realizar. Primera cosa. Y siempre, cuando mandé, traté de que lo que yo decía que se debía hacer fuera una cosa lógica, y que el hombre la hiciera con placer y no con violencia.
Y para ser respetado, hay un solo método: respetar.
Nadie es tan indigno y tan miserable que no merezca respeto.
Si uno respeta a todos, aun quizás al que no lo merece, gana, siempre el respeto de los demás.
De manera que esto es simple cuando uno lo ejecuta con esa elevada concepción del respeto y esa elevada concepción de la obediencia.
Si nosotros hacemos dentro de nuestro partido esa escuela, seremos siempre obedecidos, y seremos obedecidos con placer; y si mantenemos ese respeto permanente, habrá siempre disciplina, la mejor disciplina: la disciplina de fondo, la disciplina del respeto, que es la única disciplina que vale en la vida de los hombres.

LA OBEDIENCIA Y EL MANDO

Por eso sobre todo es indudable que podríamos hablar mucho. Yo soy, quizá, un técnico en disciplina.
Cuarenta años he obedecido, y cuarenta años me he hecho obedecer. De manera que algo debo de saber de la disciplina.
Por otra parte, la disciplina castrense es la disciplina más dura, más rígida y más insoportable.
Sin embargo, la naturaleza del hombre llega a soportarla hasta con placer, de manera que no hay disciplina suficientemente rígida como para que el hombre no la pueda respetar y no la pueda cumplir.

LA DISCIPLINA POLÍTICA

La disciplina política no es la disciplina militar. No es la disciplina castrense, ni es la disciplina religiosa. No es esa disciplina.
Es una disciplina sui géneris; es otra disciplina, más bien amable; es una disciplina comprensiva.
El hombre se subordina a la necesidad de conjunto viendo los móviles y los objetivos superiores; cumple con placer un sacrificio en bien del conjunto.
Es toda una educación del espíritu de los hombres la disciplina política.
Cuando eso no se ha conseguido en la masa, es inútil pedirle disciplina.
Al hombre no hay que exigirle el cumplimiento de la disciplina; hay que exigirle la disciplina por el cumplimiento.
Es decir, primero hay que enseñarle a cumplir, para lo cual hay que ponerle en el alma en marcha esa necesidad; después, la disciplina viene sola.
Vale decir que la disciplina política es distinta a todas las demás disciplinas, como que todos somos soldados enrolados en un ejército que tiene que hacer una sola cosa, pero por voluntad propia, porque cuando la voluntad se fuerza, el hombre deserta, y no hay pena ni castigo que le caiga bien a un hombre que políticamente deserta de sus ideas, de su partido o de sus principios.

LA DISCIPLINA Y EL CONVENCIMIENTO

Es decir, es una disciplina por comprensión, por convencimiento, por persuasión, que vale en tanto el hombre está convencido y que deja de valer el día que ese convencimiento se ha perdido.
Por esa razón, hay que pensar mucho cuando se habla de disciplina política.
El hombre no tiene que hacer nada en contra de la causa común, porque repugna a su espíritu hacerlo, no porque esté obligado por las medidas disciplinarias que se puedan tomar contra él.
Hay que llevar a toda la organización esa disciplina consciente y de corazón, sin la cual la obediencia va a ser siempre un mito entre nosotros.

LA DISCIPLINA DE CONJUNTO

La obediencia también nace de esa disciplina de conjunto, nace de esa verdadera disciplina espiritual.
Se trata de disciplinar el alma de los hombres, para lo cual lo que más necesita el hombre es una bandera a la cual sacrificar todas las demás cosas.
Cuando él sea capaz de eso, la disciplina se ha alcanzado, y la obediencia será un hecho permanente en todos sus actos. Eso, en política, es indispensable.
Por eso vemos ‘»algunos sillazos» y todas esas cosas, y decimos: indisciplina.
Todo eso es lógico: comienzan porque uno piensa A y el otro piensa B; unos piensan blanco y otros negro.
Lo primero que hay que hacer es ponerse en marcha en la misma dirección, para no andar a los encontronazos.
Es decir, que todo eso está viciado en su base, y cuando la base está mal, es inútil que uno quiera bailar: le va a temblar el piso.
Lo primero que hay que asegurar es la base en la conducción. Asegurado eso, todo lo demás marcha como sobre un carril, sin desviaciones ni distorsiones de ninguna naturaleza.

LA EDUCACIÓN DE LA MASA

Lo que quiero decir, en conclusión, es que estas cosas son indispensables en la conducción política: la disciplina y la obediencia.
Pero son difíciles de alcanzar, porque se alcanzan mediante la educación de la masa, y la educación de la masa es lo más difícil y lo más largo; pero es lo que más debe entusiasmarnos, porque sin esa educación de la masa, sin la formación de ella en esos sentimientos y en esos pensamientos, es inútil que queramos conducir: será incongruente.
La tarea del conductor no sólo es llevar a la gente, sino persuadirla de que tiene que ir, y enseñarle cómo tiene que ir.
Alcanzado eso, la conducción es fácil; no alcanzado eso, la conducción es imposible.

UN ALMA COLECTIVA

Vale decir que el conductor no es sólo un artista que lleva es también un maestro que forma, que enseña, que va educando y que va conformando toda la organización, y toda organización presupone la formación de todas las almas creando un alma colectiva que piense congruentemente y actúe congruentemente.
Después, el organismo, cuando tiene alma, marcha solo, pues el alma lo va llevando.
Son las almas las que llevan los cuerpos y no los cuerpos los que llevan las almas.
Yo quiero dar término a esto, porque en la próxima clase deseo tratar, con cierta extensión, todo lo referente al principio de la economía de fuerzas y a la continuidad de esfuerzos en la acción de la conducción política.
Esto lo quiero tratar con cierta detención, porque el principio de economía de fuerzas es la médula misma de toda la conducción política.

LA ECONOMÍA DE FUERZAS

Preparando el tema para la próxima clase, les voy a dar solamente un ejemplo para que despierte un poco la inquietud alrededor de este asunto de la economía de fuerzas.
La economía de fuerzas presupone, en la conducción, el empleo de todas las fuerzas de que un conductor dispone, en el estado, en el momento y en el lugar en que él dispone de esas fuerzas.
Emplear bien esas fuerzas es lo más difícil que hay. Es indudable que es lo más difícil. ¿Por qué? Porque cuando uno toma una acción –diremos- ofensiva contra un adversario político, se divide la lucha en veinte escenarios distintos, de los cuales uno es el decisivo y los demás son secundarios.
Donde hay que vencer e imponerse es ahí donde está el objetivo principal, atendiendo los objetivos secundarios con medios solamente secundarios, sirviendo a la unidad de acción.

EL OBJETIVO. EL LUGAR Y EL TÍEMPO

Ahora bien, cuando uno ha elegido ese objetivo, no es suficiente con que exista un objetivo. Existe una acción de tiempo.
Hay que dominar allí en el momento que es oportuno; no se puede dominar siempre; hay que dominarlo en el lugar, es decir que hay que vencer en el lugar y en el momento al objetivo importante.
El hacer coincidir esas tres cosas es lo más difícil de la conducción.

UN CASO CONCRETO

Les voy a contar un caso que ocurrió en Trabajo y Previsión siendo yo Secretario.
Nosotros estábamos enfrentando desde allí toda la lucha política que mantenía el gobierno de la revolución en ese momento.
Yo estaba en contra del gobierno de la revolución, porque no dejaba error por hacer, según mi criterio.
Ellos creían que el que cometía esos errores era yo. Estábamos en marcha, y hasta el momento de la decisión no íbamos a saber si el equivocado era yo o eran ellos.
En ese momento, nosotros estábamos plantados en contra del gobierno. 
Yo tenía que enfrentar a todo el gabinete cuando se reunía. La contra nos había ganado la calle y desde hacía seis meses escandalizaba todos los días.
En una reunión de gabinete muy agitada, donde discutimos mucho, el gobierno me dijo: «Pero si usted tiene tanta fuerza ¿por qué no gana la calle, se impone y nos asegura la tranquilidad?”
Les contesté: «No; yo no voy a ganar ahora la calle, porque ello no interesa en este momento. Voy a ganar la calle en el momento y en el lugar que sea necesario».
El dominio de la calle no se puede mantener en forma permanente, porque habría que tener a toda la gente todo el día en la calle.
¿Es posible realizar una cosa de ésas?

DE CASA AL TRABAJO Y DEL TRABAJO A CASA

Entonces, yo me acuerdo que contesté a eso, diciéndoles a los obreros, que eran nuestros hombres: «De casa al trabajo y del trabajo a casa.»
Los otros siguieron en las calles, hicieron peleas, armaron escándalos.
Hasta que un día, nosotros dijimos: «Ha llegado el momento»… Porque lo veíamos venir.
Esto se estaba poniendo grave: ya mataban a vigilantes, y otras cosas más. Dijimos: «A ganar ahora la calle; y se acabó». Efectivamente, salimos a la calle y se acabó.
Y no salieron más a la calle ni la Fuba ni los demás… Claro, ellos se habían gastado durante seis meses, y cuando estaban en su punto culminante, les dimos la gran paliza y se acabó el problema.
Salimos a la calle, y desde ese día ellos ni hicieron un acto más. ¿Sólo nosotros hicimos actos? ¿Qué habíamos hecho? Los habíamos derrotado en el momento oportuno. Y no en la plaza, no.
No, en la calle Florida, en Florida y Diagonal, allí donde ellos habían establecido su baluarte. Allí se acabaron.

LOS PEQUEÑOS Y LOS GRANDES ÉXITOS

Yo cito estos actos violentos de conducción porque son precisamente estos actos violentos la síntesis de los otros tranquilos, que culminan en un momento y en un lugar, y evidencian claramente cuál es el principio de la economía de fuerza en la conducción política.
Y esto se aplica en todo momento de la conducción y en toda circunstancia de la acción política.
El poder de discernir bien ese principio, y aplicarlo directamente, bien metódicamente, en cada una de las circunstancias, va acumulando para uno ventajas y ventajas en la conducción política.
Porque cada uno de estos pequeños éxitos conforma también el gran éxito.
El gran éxito se obtiene en un momento decisivo y con un golpe decisivo.
Y también al acumular pequeños éxitos, porque muchos pequeños éxitos forman también un gran éxito.
Es decir que en la acción de guerrillas hay que vencer con todas las guerrillas; y en la batalla decisiva hay que vencer con la masa.
Cualquiera de las dos cosas da el éxito, da la victoria. Y el conductor no persigue más que una sola cosa: la victoria.

CAPÍTULO VII

LA ECONOMÍA DE FUERZAS
PRINCIPIOS TÉCNICOS EN QUE SE BASA

En la clase anterior había dejado para tratar hoy lo que se refiere a uno de los grandes principios de la conducción, quizás el más fundamental de todos: el de la economía de fuerzas.
En la conducción política —que indudablemente involucra siempre fuerzas políticas— la economía de fuerzas es un sistema que permite obtener un poder concentrado en un lugar y en un momento.
La lucha política presupone una acción permanente en numerosos lugares y de regular intensidad, vale decir, una lucha distribuida en el espacio en que se actúa y en el tiempo.
Tiempo y espacio: dos factores de toda acción de lucha.
El principio de la economía de fuerzas establece, como condición fundamental para vencer en la lucha política, que es necesario ser más fuerte en la acción en un momento y en un lugar, que es donde se produce la decisión.
Observen ustedes que esto es toda una técnica que no obedece solamente a la lucha. Es un principio casi universal y permanente en la vida.

UNA SOLA COSA A LA VEZ

Se cumple ese principio cuando decimos que hay que aprender una sola cosa a la vez; o que no hay que buscar cosas que respondan a dos objetivos, sino a uno solo.
Como éstos, existe una cantidad de hechos que caracterizan toda la mecánica del empleo de la fuerza en la conducción política.
Este principio, que trata de unificar el esfuerzo, establece que dentro de una lucha hay toda una técnica en acción, y es la misma técnica que existe en la vida para todas las cosas.
Decimos del sofá-cama que no sirve para sentarse y que se duerme mal en él.
Eso está también dentro del principio que nosotros llamamos de la economía de la fuerza, para darle un nombre con el que queremos significar que en ese inmenso campo en que se desarrolla la lucha política hay un principio que es más importante que los demás.

EXPLICACIÓN DIRIGIDA AL ENTENDIMIENTO

Yo no quiero hacer una exposición académica, sino una explicación dirigida al entendimiento.
No me importa, cuando hablo, cómo lo hago, sino utilizar la forma que lleve a la comprensión.
Decía que la lucha política se desarrolla en un inmenso campo que comprende el espacio y el tiempo.
En el espacio hay lugares donde predomina la importancia de una decisión favorable, y en el tiempo existen momentos en que es necesario ganar una cosa.
Hay, en lo referente al espacio, lugares principales y lugares secundarios de la lucha; y en el tiempo hay momentos secundarios y momentos principales o fundamentales de la lucha.
El principio de la economía de fuerzas consiste en ser más fuerte, vale decir, en dominar la situación política en un lugar y en un momento: en el lugar donde sea más decisiva y más principal, en el momento en que sea más decisiva y más principal.

PRINCIPIO DE LA ECONOMÍA DE FUERZAS

Hay algunos que se gastan en un momento que no tiene ninguna importancia para ellos; otros, que se dedican a un lugar que es secundario y que olvidan otro que es principal.
En consecuencia como arremeten en ese lugar y fracasan en el otro, pierden.
Ese es el principio de la economía de fuerzas; vale decir, es un sistema o un método de acción que permite vencer en el lugar decisivo y en el momento decisivo y oportuno. Ese es todo el principio de la economía de fuerzas.

PRINCIPIO INMUTABLE DE LA CONDUCCIÓN

Es indudable que este principio de la economía de fuerzas es, en todos los aspectos de la vida, y especialmente de la lucha, un principio inmutable de la conducción; es permanente.
Su valor es en todos los casos positivo. Es decir, es el único gran principio de la conducción que no puede violarse en ninguno de los casos, porque establece el sistema medular de todos los grandes principios de la conducción.
De él nacen casi todos los principios de la conducción, y casi todos los demás principios de la conducción le sirven a él de una manera directa o de una manera indirecta.
De modo que pueden violarse algunas veces principios de la conducción, pero éste no puede ser violado sin atenerse a las consecuencias de su violación.

DOS O TRES EJEMPLOS ACLARATORIOS

Sobrentendido lo anterior, es decir, caracterizado este gran principio, quiero dar dos o tres ejemplos que aclaran más toda la técnica de su aplicación.
Supongamos que se trata de realizar la propaganda para el movimiento
político.
¿Cómo aplicaremos nosotros el principio de la economía de fuerzas en la propaganda?
Observen ustedes, por ejemplo, el panorama actual de la República.
Nuestros adversarios, como lo hemos comprobado mediante el estudio que nosotros hacemos sobre esto, cuando realizan un acto político en plaza Italia —que es uno de los sectores de la propaganda— llevan a la gente en automóviles, en numerosos automóviles; los custodian, establecen una cadena alrededor del grupo que está escuchando, etc.
Los que van a esos actos son los mismos que van a Palermo, a Medrano, al Puerto, a Avellaneda y a La Plata.
Realizan actos todos los días, y a las distintas partes van los mismos.
Poca gente los escucha. Se protegen de los que van a atacarlos, pero nadie los ataca.
Si nosotros tuviéramos que luchar con un adversario y dispersar nuestras fuerzas poniéndolas en todas partes igualmente, esperando que ellos realicen una acción, iríamos diluyendo o acidulando un medio en todo un amplio panorama.

NUESTRO SISTEMA DE ACCIÓN

Nosotros lo hacemos con otro sistema.
Nosotros no realizamos actos públicos; cuando los hacemos, ya tenemos las fechas determinadas: 1º de Mayo, 17 de Octubre, y entonces les ponemos un millón de hombres en la Plaza de Mayo.
De la misma manera se procede en las demás cosas.
Nosotros vamos llevando una acción orgánica en la aplicación de este principio, como en todas las cosas, porque en la conducción política priva el principio de la economía de fuerzas, pero en todas sus formas y en todos los casos.
Se dice: hay que ganar la calle. Pero si nosotros empleáramos a nuestros partidarios en ganar la calle, deberíamos tener a todos los peronistas durante toda la vida en la calle, porque en cualquier momento pueden aparecer nuestros adversarios copándonos la calle.
No se puede proceder así. La calle hay que tomarla de otra manera. Hay que coparla donde interesa y cuando interesa.
Si vencemos allí, en ese momento, nos hemos ahorrado todo un inmenso desgaste de fuerzas, de actividad, de tiempo.

NO EQUIVOCARSE AL DAR EL GOLPE

Seguros de la victoria, en lo único en que no hay que equivocarse es en el golpe. Hay que darlo en el momento oportuno y en el lugar oportuno, para que rinda sus efectos.
Yo siempre digo, para encauzar a mis colaboradores dentro del principio de la economía de fuerzas: no hay que pegar todos los días. Hay que pegar cuando duele y donde duele.
Es lógico. Es el principio de la economía de fuerzas en la lucha.
¿Para qué estar pegando todos los días? Al final el adversario no siente los golpes. Hay que esperar el momento, hay que elegir el lugar y hay que dar el golpe entonces.
Pegar cuando duele y donde duele. Es una cuestión de tiempo y de lugar.

DESARROLLO DE LA ACCIÓN CONJUNTA

Esto tiene una importancia extraordinaria.
Yo he puesto el caso de la propaganda como podría haber puesto el caso de la acción política misma.
Para esto se hacen planes y en los mismos se establece perfectamente cómo ha de llevarse a cabo la acción conjunta, empezando por la propaganda, por la difusión, por la contrapropaganda, por las noticias, por la acción directa  de la política y por la incidencia de la acción del gobierno en la política.
Hay que hacer un plan que asegure donde duele y cuando duele, para proceder entonces y no en cualquier otro momento.
Si resolvemos emprender una acción ofensiva contra nuestros adversarios políticos y para ello nos dividimos, dispersándonos por toda la República, vamos a ser débiles en todas partes.
Debemos analizar el panorama y decir: ¿para qué vamos a pegar en Tucumán, si allí, una vez, divididos los peronistas, ganamos la mayoría y la minoría? ¿Para qué vamos a realizar ofensivas en La Rioja o en Catamarca? Pero hay otros puntos que son neurálgicos.

DETERMINAR LOS LUGARES DECISIVOS

Nosotros debemos determinar los lugares decisivos, pero nos queda por establecer una segunda condición, que es el tiempo.
Entonces sabemos que vamos a concentrar nuestros esfuerzos en esos lugares, pero nos falta determinar cuándo y con qué medios vamos a actuar.
Entonces, ésa es una acción discriminatoria que va determinando los centros de la acción y los momentos de la misma.
Es lo que permite establecer, dentro del gran panorama político y en todas las actividades políticas, lo que se refiere a tiempo y lo que se refiere a lugar.
Ahí se determina cuáles son las acciones principales en la política y cuáles son las secundarias.

LOS CUATRO PUNTOS DEL PRINCIPIO

Entonces nosotros les dedicamos el esfuerzo secundario a todas las provincias, y a las más difíciles, que representan el objetivo principal, les dedicamos los medios principales.
Eso es todo lo que presupone la aplicación del principio de la economía de fuerzas en la conducción política.
Ahora, señores, de este gran principio podemos llegar ya a la determinación del cuarto punto.
El primero es su enunciación, su comprensión y compenetración.
El segundo, determinar las bases, o sea tiempo y lugar.
El tercer punto sería la determinación de los objetivos y de las acciones; cuáles son principales y cuáles son secundarias.
Vendría después el cuarto punto, que es el método para la aplicación de este gran principio.

MÉTODOS DE ACCIÓN APLICADA

La determinación de los objetivos principales y secundarios es lo que da el verdadero método de acción en la aplicación de los principios de la economía de fuerzas, vale decir que se ha realizado toda una teoría en esto, que se denomina teoría de los centros de gravedad.
Toda acción tiene un centro de gravedad.
El centro de gravedad de la acción política es el lugar o el objetivo principal en el momento decisivo. Allí hay que concentrar las fuerzas.
En la distribución de las fuerzas, de los medios, de las medidas y de las acciones hay que hacer que toda la fuerza política se concentre en ese lugar y en ese momento, constituyendo allí el centro de gravedad de nuestra acción.
Esto conforma una teoría del empleo de las fuerzas.

EL EMPLEO DE LA FUERZA POLÍTICA

El empleo de la fuerza política no es un empleo mecánico, sino un empleo inteligente; no es una asignación arbitraria y discrecional, sino una dosificación perfecta de las fuerzas.
No hay que poner ni un gramo de fuerza donde no es necesaria, para poder concentrar todo el peso de la acción en un momento y en un lugar.
A ese lugar y a ese momento los llamaremos, en este método a aplicar, el centro de gravedad.
Es decir que cuando se realiza la aplicación del principio de la economía de fuerzas en la acción política es necesario establecer, como teoría del centro de gravedad, que para poder destinar a los lugares decisivos y en los momentos decisivos toda la fuerza de nuestra acción política es preciso no perder ningún hombre en lugares donde no es decisivo.
Nunca se es suficientemente fuerte allí donde uno busca la decisión, y es preferible ser batido políticamente en los lugares secundarios, con tal que sepamos vencer en los lugares decisivos.
¿Qué nos importaría perder una elección en otras provincias, si ganamos en las más pobladas, donde está el núcleo principal?

TEORÍA DEL CENTRO DE GRAVEDAD

Porque a esa acción, generalmente, también acompaña del lado un centro de gravedad en la importancia de los sectores que uno atiende.
Esta teoría del centro de gravedad tiene una importancia muy grande en la elaboración de todo plan de acción, y nosotros hemos dicho que en la conducción política, si no se tiene un plan, no se hace nunca nada racional y bien hecho.
Al hablar de todas estas cuestiones, nosotros lo hacemos dándole solamente un carácter informativo, porque de esto podríamos hacer un desarrollo muy grande.
Con tratar cada uno de los cuatro puntos que yo sólo he mencionado, podríamos ir al desarrollo de todo un curso sobre el principio de la economía de fuerzas, con ejemplos y aclaraciones de todo orden, que nos pusieran dentro de una técnica de acción. Pero, desgraciadamente, por razones de tiempo no lo podemos hacer.

CRITERIO DE LA CONDUCCIÓN CIENTÍFICA

Lo que yo he buscado con esto es ir formando un criterio de la conducción científica, de una conducción racional y metódica sin la cual, en política, no se va lejos.
Con la conducción por el buen sentido y por la buena orientación de los hombres que dirigen la acción política como caudillo se puede llegar a cierto lugar, pero de ahí no se puede pasar.
La conducción en manos de gente de estas características es casi un oficio, y a donde nosotros la queremos llevar es a toda una profesión.

Es decir, no nos conformamos con ser hombres manualmente habilitados. No; queremos hacer una conducción de alto grado y de alto vuelo, y a esto se llega sólo cuando uno hace un estudio y una discriminación filosófica de todo el método y de todo el sistema, llegando profundamente a las raíces, que son las que orientan toda la conducción.

DOCTRINA TOTAL DE LA CONDUCCIÓN

Cuando uno quiere llegar a hacer de la conducción un verdadero arte, es necesario penetrar profundamente las bases sobre las cuales se monta la doctrina total de la conducción.
El principio de la economía de fuerzas es, digamos así, el tronco. Todo lo demás son las ramas, las hojas y las raíces.
Yo dije los otros días que quería dedicar por lo menos una clase a explicar este principio, mientras mencionábamos todos los demás principios que influyen en la conducción, porque a este principio es necesario penetrarlo profundamente, conocerlo, ejemplificarlo y dominarlo.
Teóricamente, estos principios de la conducción no se pueden a veces explicar bien. 
En este sentido deben considerarse dichosos los hombres que trabajan con la ciencia, porque ellos se basan en leyes y con un enunciado tienen suficiente, mientras que nosotros, que no trabajamos con nada concreto, sino con cuestiones puramente abstractas, debemos ir conformando toda una mentalidad para encarar, enfrentar y resolver los problemas de la conducción.
Lo concreto, en esto, es la conducción misma. Todo lo demás es abstracto.

APLICACIÓN INDUCTIVA Y NATURAL

Yo quiero ampliar ahora algunas facetas, algunas distintas modulaciones, sobre la aplicación del principio de la economía de fuerzas en la política.
Este principio, en su aplicación, va desde las pequeñas cosas hasta las más grandes e importantes.
En cualquier acto político que uno realiza, como asimismo en la vida diaria, es necesario aplicar el principio de la economía de fuerzas.
Esto presupone que ese principio no se ha de aplicar puramente en forma reflexiva, sino que ha de aplicarse en forma inductiva, natural.
Hay que llevar al hombre que conduce a la costumbre de proceder siempre así en la aplicación de este principio de la conducción.

UNA SEGUNDA NATURALEZA

Los que hemos trabajado ya en varias actividades y que hemos ido sometiendo a este principio todas las acciones de nuestra vida, nos damos cuenta de que ya lo aplicamos directamente, como un acto reflejo de nuestra acción conductiva.
Es una cosa que se aplica sin que uno se de cuenta.
Muchas veces, sin pensar, uno realiza una acción, pero después, cuando la analiza, piensa que ha aplicado bien el principio. A eso hay que llegar.
Si cada vez que uno tiene que realizar un acto de conducción debe pensar cómo aplicará el principio de la economía de fuerzas, se pierde en detalles de todo orden.
Esto debe constituir algo así como una segunda naturaleza, en el que conduce, que le permita aplicarlo sin mencionarlo y sin pensar en él.
Vale decir, hay que disciplinar el propio espíritu de la conducción sobre un método de acción que lo lleve a uno en todos los casos y en todas las circunstancias a aplicar inconscientemente, este gran principio.
Solamente así uno asegura la posibilidad de conducir sin caer, en grandes errores.

LOS GRANDES ERRORES EN LA LUCHA

Pequeños errores se cometen siempre en la conducción.
El gran secreto está en no cometer los grandes errores, porque los que llevan al fracaso no son los pequeños errores, cuando hay grandes aciertos.
Los que llevan a la derrota en las luchas políticas son los grandes errores, aun cuando los aciertos, aunque numerosos, sean pequeños. Esto hay que grabarlo bien, porque es la base de toda acción de la política.
Y perdonen que yo insista en esta cuestión en forma un tanto exagerada.
Determinado de manera general todo cuanto se refiere a la forma exterior de este gran principio, quiero hacer, como decía, algunas consideraciones sobre su aplicación, más ó menos meditando la acción que debemos realizar nosotros durante esta campaña política, lo que ya es un tema más concreto.
Allí se puede ver mejor la aplicación de este principio.

NO TENEMOS MÁS QUE UN PROBLEMA

Tomando el campo general, yo he dicho muchas veces que nosotros, en nuestra acción interna como internacional, no tenemos más que un problema, que es el problema internacional.
El problema económico lo hemos resuelto. El problema social se ha resuelto solo, con la solución del problema económico. Y el problema político para nosotros no existe en este momento, porque en cuanto a las reformas constitucionales, las hemos realizado y las vamos aplicando en base a nuestra Constitución Justicialista, y de acuerdo con eso vamos elaborando un cuerpo de leyes y códigos que se refieren a la aplicación de aquélla, de manera que todo eso sigue su normal y natural desarrollo y no podemos pensar en su fracaso.

LA MENTALIDAD DE NUESTROS HOMBRES

También los hombres han ido cambiando poquito a poquito, y también se ha ido cambiando la mentalidad de nuestros hombres.
Este es un proceso lento, que se va realizando por su cauce natural, sin violencias, sin fricciones y sin ningún otro medio qué la preocupación permanente de comprobarlo en los hechos y de vigilarlo en la ejecución.
En cuanto a la acción de nuestro movimiento peronista en el país, tampoco tenemos problemas de ninguna naturaleza.
El ha ido imponiéndose poco a poco, y sigue imponiéndose cada vez más, a pesar de la lucha enconada de ciertos sectores de la política argentina.

CONCEPTO Y PRESTIGIO DE UNA ACCIÓN

Podemos decir que aquel capital inicial que tuvimos lo seguimos teniendo o lo hemos aumentado en la mayor parte de los lugares, de modo que no solamente contamos con ese enorme caudal, diremos, de hombres que comparten nuestra manera de pensar y de sentir, sino que también tenemos el concepto y el prestigio que nos han dado estos años de acción; en que habremos cometido algunos errores, pero no muy grandes como para llevarnos a la derrota o al desastre en la acción política.
En cuanto al hecho de la lucha comicial, nosotros no podemos temer nada.
Ahora, con la incorporación de la mujer a la acción política nuestra posibilidad aumenta, de manera que no tenemos ningún problema interno.
Sobre todo, no tenemos ningún problema interno al cual tengamos que dedicarnos con todas nuestras energías para resolverlo.

EL PROBLEMA INTERNACIONAL

Pero tenemos el problema internacional; ése sí que es difícil. Es muy difícil y es muy importante, porque el futuro del justicialismo no depende solamente de la República Argentina, y tal vez habrá de resolverse en Europa.
La decisión de todo lo que en el mundo pasa hoy se va a producir en Europa. Es lógico; el mundo vive una vida de dependencia y de relación extraordinaria.
Esto nos ha permitido establecer que hoy el objetivo más importante y la acción principal de toda nuestra acción de gobierno están en la parte internacional más que en la interna.
En 1946, lo decisivo era la parte interna, porque nosotros necesitábamos el predicamento de lo interno; que hoy tenemos.
Debíamos ganarnos esto, porque de lo contrario no teníamos nada que hacer; pero hoy lo hemos ganado, lo hemos impuesto, lo hemos dominado y lo vamos llevando cada vez mejor en todos los sentidos.
Pero ahora el problema está afuera.

DE LO INTERNO A LO EXTERNO

Observen ustedes, entonces, que el centro de gravedad ha pasado de lo interno a lo externo para nosotros.
Yo he de dedicar ahora a la acción internacional los principales medios, y a lo interno sólo los medios secundarios.
Ustedes han de haber observado que en nuestras campañas de ideas vamos saliendo a enfrentar la acción exterior y abandonando poco a poco lo que tenemos concentrado en la acción interna.
Eso tiene que ir aumentando cada día más porque en un momento dado tal vez tengamos que afrontar todo un problema externo.
Esta acción es algo que yo ya había previsto.
Mi señora, que junta todos mis manuscritos viejos y algunas veces los saca del canasto diciendo que son para la Historia, me ha hecho el favor de guardarme los papeles de algo que escribí en la mañana del 5 de junio de 1946, luego de haber pasado mi primera mala noche como gobernante, pensando en las cosas que tenía que resolver al día siguiente.

MOMENTOS DECISIVOS DEL HOMBRE

En la acción común de los hechos políticos internos o externos, uno debe proceder aplicando también el principio de la economía de fuerzas; es decir que el hombre tiene, en el curso de su vida, un sinnúmero de circunstancias que le representan a veces momentos decisivos en los que tiene que tomar resoluciones muy importantes para su propia existencia.
Hay momentos en la vida de una persona en los que debe tomar resoluciones que van a durarle 10 ó 15 años, o tal vez todo el resto de su vida.
No son frecuentes esos momentos, pero cuando llegan es cuando el centro de gravedad de su vida le exige que se resuelva.
El 5 de junio de 1946 yo creí que debía tomar una de las grandes decisiones, de la cual dependería toda mi acción de gobierno, y en ese momento adopté una resolución que es la que me ha permitido mantener todo mi gobierno con un cierto grado de congruencia en la acción interna e internacional.

EL DILEMA DE SER O NO SER

En ese instante de mi vida estudié la situación y tomé la decisión que para mí era fundamental.
Les voy a leer esto, que escribí hace cinco años, una mañana, después de haber pensado mucho durante toda la noche:
Primero: cuando se viven tiempos de desbordados imperialismos, los Estados, como Hamlet, ven frente a si el dilema de ser o no ser.
Segundo: por eso, la cuestión más importante para el gobernante de hoy es decidirse a enfrentar al exterior, si quiere ser, o sacrificar lo interno, si renuncia a ser.
Tercero: cuando defienda su independencia, haga respetar su soberanía y mantenga el grado de dignidad compatible con lo que debe ser una nación, deberá luchar duro con los déspotas y dominadores, soportando virilmente sus golpes.
Cuarto: cuando a todo ello renuncie, vivirá halagado por la falsa aureola que llega de lejos, no enfrentará la lucha digna, pero tendrá que enfrentar la explotación de su pueblo y su dolor, que golpearán implacablemente sobre su conciencia.
Tendrá a menudo que recurrir al engaño para que lo tolere a su frente y renunciará a su independencia y soberanía, juntamente con su dignidad.
Quinto: ésta es la primera incógnita que debo despejar en el gobierno de mi país, delante mismo del pueblo.
Sexto: yo me decido por mi pueblo y por mi patria.
Estoy dispuesto a enfrentar la insidia, la calumnia y la difamación de los enemigos de adentro y de sus agentes de afuera.

LOS ACIERTOS Y DESACIERTOS PROPIOS

Como la mejor didáctica es el ejemplo, yo he querido enunciar este gran principio, citando los ejemplos que pueden contemplarse vividamente en la acción misma, porque yo no soy como los antiguos teólogos, que decían: «haced lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.
Yo prefiero hablar sobre mis propios aciertos o mis desaciertos, que yo no puedo juzgar y que juzgarán, seguramente, el tiempo y los hombres que nos sigan a nosotros.
El momento que estamos viviendo yo ya lo había previsto en 1946 y he tomado todas las medidas para enfrentar esta situación que representa el centro de gravedad de nuestra acción.
Me he permitido, hasta ahora, dedicar siempre el centro de gravedad de mi acción al orden interno, lo que me ha traído el éxito en el interior.
Ahora yo puedo aprovechar ese éxito en lo interno para dedicar el centro de gravedad a la acción internacional.

EL ACTUAL CENTRO DE GRAVEDAD

Yo me despreocupo ahora de lo interno dejándolo a cargo de nuestra gente para enfrentar al exterior, sin miedo de que nadie nos tire del saco desde adentro.
En el orden internacional está actualmente el centro de gravedad, porque ése es el único problema que no hemos podido solucionar y que no lograremos solucionar hasta que se plantee en forma bien determinada.
Tomar hoy soluciones definitivas en ese problema sería anticiparnos y obrar prematuramente.
Hay que dejar que eso vaya madurando con una observación y preparación inteligentes para poder llegar así al momento decisivo, al momento oportuno, con todas las fuerzas en las manos y poder así hacer nuestra voluntad.
Todo esto no es otra cosa que la aplicación del principio: dar el golpe efectivo en el momento efectivo y en el lugar efectivo.

LUCHA DE DOS VOLUNTADES CONTRAPUESTAS

Porque la lucha en el orden internacional es exactamente igual a la lucha en el orden interno.
Se trata siempre de la lucha de dos voluntades contrapuestas.
Vale más el que emplea mejor los medios en la acción política o en la lucha.
La conducción, en el orden internacional, es igual que en el orden interno: es una misma lucha.
Y en estos tiempos, más, porque son luchas ideológicas, en que tienen una dependencia extraordinaria, un alto grado de dependencia, lo interno de lo internacional, y lo internacional de lo interno.
Pero, se me daría vuelta la batea en lo interno, y el «lío» lo tendríamos adentro.
Tal es el grado de dependencia que en nuestros días ha adquirido el problema interno respecto al internacional.
Lo importante es no equivocarse en cuál es el objetivo principal y cuál el secundario.
«Dónde y cuándo», ése es todo el secreto, en mi concepto.

ASI ES LA VIDA; ASÍ ES LA LUCHA

Cuando las circunstancias son muy adversas, a pesar de acertar uno el lugar y el momento, le dan un mamporro. ¡Y bueno: ésas también son cosas de la lucha! En la lucha, uno nunca está seguro.
Esto es como el que anda, en un alambrecarril, hasta que llega a la plataforma: puede llegar o no a ella.
Y si llega, en seguida sigue otro alambre. Así es la vida: así es la lucha. Tiene momentos seguros, que duran muy poco tiempo, para volver después a realizar la marcha insegura por mucho tiempo.
El que no se sacrifica, digamos así, a aceptar esas situaciones, es mejor que no se meta en la lucha. La lucha es para los hombres que aguantan. Los que no aguantan es mejor que no luchen.
También se puede vivir sin luchar.

LA ACCIÓN INTERNACIONAL

En esto hay que ver ahora, discriminado, el gran problema. En esa acción internacional, ¿dónde está su propio centro de gravedad?
Nosotros vamos descartando lo interno, que es secundario, porque ya tenemos vencido y sobrepasado este problema.
Vamos a lo internacional, que es el teatro principal de nuestra acción en este momento.
¿Dónde está el centro de gravedad de todo ese inmenso panorama internacional?
Algunos dicen que es una lucha de dos imperialismos; unos dicen: ¿Por qué no nos arreglamos con éstos? Uno lo oye decir todos los días.
Otros dicen: No los exacerbemos a los otros. Todo eso es secundario.
Hay que establecer un objetivo que sea principal para nosotros.
Ese objetivo principal, en mi concepto, es el siguiente: se ha de producir una guerra en la que un imperialismo va a vencer y el otro va ser derrotado, pero ninguno de los dos, ni el vencedor ni el vencido, va a ganar la guerra.

EN LA GUERRA MODERNA PIERDEN TODOS

En la guerra moderna pierden todos: el vencido, miserable y hambriento, tiene que ser alimentado por el vencedor, porque de lo contrario se muere de hambre. Esa es la guerra de nuestro tiempo. Esto conforma una situación sui géneris.
Hay que hacer una política que no nos vaya llevando hacia esa acción.
Por razones políticas, ideológicas, geográficas y estratégicas, nosotros no podemos entrar a favor del comunismo.
De modo que, descartado eso, nosotros ya determinamos en dónde está nuestro centro de gravedad en la acción: en el frente occidental.
Nosotros vamos a formar parte del frente occidental, y lo que se avecina va a ser una lucha entre el frente occidental y el oriental.
Como nosotros estamos en uno de ellos, tenemos determinado allí el gran espacio en donde vamos a actuar. Pero nosotros tenemos que actuar con una gran prudencia.

APLICACIÓN DE LA ECONOMÍA DE FUERZAS

Todo esto, señores, en la forma que yo lo entiendo, es la aplicación, pura y exclusivamente, en toda la técnica de la acción, del principio de la economía de fuerzas.
Yo busco por todos los medios accionar en forma de ser superior en el lugar y en el momento oportuno.
Si eso se consigue, la acción generalmente se inclina a favor de uno, salvo que la fatalidad lo haga fracasar.
Y el día que eso sucede es porque Dios lo ha abandonado a uno, y entonces es mejor irse a su casa y dejar que venga otro que tenga mejor estrella y Dios lo siga ayudando.
A los hombres les pasa lo que le pasó al más grande de los conductores, a Napoleón, quien, si se hubiera retirado un poco antes de Waterloo, no hubiera terminado en la isla de Santa Elena.
Estas cuestiones son muy importantes y hay que estudiarlas y resolverlas muy fríamente.
He tratado de desarrollar algunas consideraciones respecto a este asunto, y no sé si habré conseguido lo que me propuse, es decir, llegar a la comprensión de ustedes en una cosa tan difícil como es exponer algo tan abstracto.
He tratado de ponerles un ejemplo general y grande de esa acción para que tengan una idea general.

CAPÍTULO VIII

LA CONTINUIDAD EN EL ESFUERZO
EL PLAN DE ACCION

 

En las últimas dos clases empezamos a tratar, dentro de la teoría de la conducción, algunas de las que podríamos considerar las grandes orientaciones y los grandes principios de la conducción. De eso tratamos con cierto detalle, aunque muy sintéticamente, lo que se refiere a la información, al secreto, a la sorpresa dentro de la conducción, a la unidad de concepción, a la unidad de acción a la disciplina partidaria, a la obediencia, a la iniciativa.

LOS GRANDES PRINCIPIOS DE LA CONDUCCIÓN

En la última clase tratamos lo que se refiere, diremos así, al gran principio central de la conducción, que es el de la economía de fuerzas, de que he hablado.
Hoy quiero seguir enumerando algunos de estos aspectos, empezaré con el que sigue inmediatamente al de la economía de fuerzas, y que en cierta manera forma parte de él, y es lo que llamaríamos la continuidad en el esfuerzo.
Hay hombres, o personas, que en todos los actos de la vida están todos los días comenzando.
Es decir, que un día realizan una acción y al día siguiente ya se despiertan con otra idea e inician otra cosa, haciendo lo que los locos, que empiezan a cada rato una cosa nueva y nunca se detienen en una permanente.

CONTINUIDAD EN LA ACCIÓN

Esto, que parecería algo sin mayor importancia, es, quizás una de las cosas que tienen más importancia en la conducción.
En la conducción puede uno hacer cualquier cosa, puede cometer cualquier error, pero hay algunas cosas que son imprescindibles, en las cuales no puede cometerse error sin pagar muy caras las consecuencias.
Una de ellas es la continuidad en la acción.
Hay que obrar, hemos dicho ya en otra oportunidad, sabiendo lo que uno quiere, primero.
Parece una perogrullada, pero no lo es. La mayor parte de los hombres que actúan en la conducción, a menudo no saben lo que quieren.

CONTINUIDAD EN EL ESFUERZO

Todos estos hechos o esas acciones presuponen asegurar una congruencia en la acción; es decir, no estar empezando todos los días y cambiando de orientación o dirigiéndose en una dirección distinta a la que se marcha, sin fijar los grandes objetivos lejanos, y dirigirse a ellos sorteando todos los inconvenientes que se encuentren en el camino.
Después que uno ha tenido un incidente que lo ha desviado; momentáneamente, debe aclarar su panorama y decir: «Yo voy para allá”, y seguir esa línea.
Es lo que nosotros llamamos la continuidad en el esfuerzo.
Creo yo que en la conducción es fundamental hacerse un plan de acción.
El plan de acción tiene, casualmente, la virtud, en primer término, de llevar al hombre a la obligación de saber bien qué es lo que quiere, fijar sus objetivos, y en segundo lugar, perseverar en la dirección de ese objetivo para alcanzarlo.

NO DESVIARSE PARCIALMENTE

La continuidad en la acción, que es otro de los grandes principios, es no desviarse parcialmente, para después encaminarse y seguir sobre su objetivo inicial.
Una mala idea desarrollada con continuidad puede producir un gran éxito; y una buena idea que no se desarrolle con continuidad puede producir un gran fracaso.
Vale decir que no es suficiente establecer un plan, pues ceñirse a ese plan durante toda la realización es más fundamental que concebirlo.
¿De qué puede valer un plan si uno lo abandona al primer incidente que se presenta sobre la marcha de los objetivos de ese plan?
Por eso dije muchas veces desde estas clases que en esto de la conducción no está bien planearlo solamente, sino que el arte está en realizarlo en todas sus partes.

LAS DOS PARTES DEL PLAN GENERAL

¿En qué consiste la continuidad de la acción en la realización de un plan cualquiera?
El plan general consta de dos partes: una de detalle y una general.
Es decir, cuando uno se lanza, a una acción planificada, puede llegar con la previsión racional hasta un cierto punto con todo detalle.
Pero en ese momento en que se empeña una lucha cuya continuación depende de la posición que surja de ella, ya no se puede planificar en detalle.
Un ejemplo aclarará bien esto: nosotros tenemos que realizar una acción política dentro del plan establecido desde ahora hasta la terminación del Segundo Plan Quinquenal.
Nosotros decimos: vamos a hacer esta campaña política; vamos a vencer en las elecciones de 1952 y vamos después a realizar el Segundo Plan Quinquenal, que encierra todos los objetivos, políticos, sociales y económicos.
Yo puedo establecer con detalle todo hasta el 24 de febrero de 1952, fecha en que se van a efectuar las elecciones. Más allá, ¿de qué me vale a mí prever en detalle si a lo mejor puedo perder la elección?

SABEMOS LA DIRECCIÓN EN QUE VAMOS

No hablo de esto con sentido político, sino con el sentido de conducción. Es sólo un ejemplo para poner en evidencia una acción.
De manera que yo puedo establecer un plan perfectamente bien hasta el día 24 de febrero de 1952.
Más allá solamente puedo tender grandes líneas, porque quién sabe cómo variará la situación.
No solamente se puede perder la elección; pueden producirse antes de la elección disturbios, o bien una revolución; puede declararse la guerra…
Desde ese momento, según cómo ganemos la elección, según sea la situación que reste, según sea la situación internacional y según otros factores que podrían producirse, se verá lo que hay que hacer.
¿De qué valdría, señores, prever todo ahora, si después no lo vamos a poder realizar porque la situación ha cambiado?
Nosotros sabemos que hasta el 24 de febrero no va a cambiar la situación. Pero ésta puede variar.
Entonces, prevemos hasta allí; más allá de eso solamente tiramos grandes líneas, como el gran hilo de Ariadna, como una estrella polar cuando se navega con grandes rumbos.
Sabemos la dirección en que vamos, pero no sabemos el camino ni sabemos cómo vamos a sortearlo porque no podemos prever con tanta anticipación.

UNA LÍNEA DE ACCIÓN GENERAL

Para el establecimiento de un plan de esa naturaleza, sólo se puede fijar en detalle hasta donde sea previsible como una línea de acción general.
La continuidad de la acción está en establecerse: de aquí hasta el 24 de febrero, como ejemplo, vamos a marchar hacia tal objetivo, pero si durante ese tiempo nos desvían y nos sacan en otra, dirección, no nos vamos a quedar allí permanentemente para resolver esa situación solamente; resolvemos la nueva situación rápidamente, volvemos al camino e insistimos otra vez sobre el objetivo.
Ese es el concepto de continuidad de acción.

PERSEVERANCIA EN LA ACCIÓN

Vale decir, no es estar siempre accionando, como algunos pueden creer. No; la continuidad de acción es accionar siempre hacia el objetivo, como las agujas de una brújula, que pasan frente a una, masa magnética, se desvían, pero tan pronto no sienten la influencia de la masa vuelven a marcar otra vez el Norte.
Es decir, ante cualquier influencia que lo saque a uno de la idea primitiva, una vez que desaparece se vuelve a la idea primitiva, para asegurar así la continuidad en la acción inicial.
Esa perseverancia en la acción es uno de los grandes principios de la conducción, para evitar que uno sea desviado del objetivo y abandone el objetivo fundamental, que es el trazado, para desgastarse en un objetivo secundario, perdiendo de vista el conjunto perdiendo también la marcha original del propio plan.

LA CONDUCCIÓN SE COMPRENDE

Yo quiero dar solamente el concepto de esto. No olviden que siempre he dicho que la conducción no se aprende, sino que se comprende.
De manera que mi clase no está nunca dirigida a que ustedes recuerden, sino a que ustedes penetren los pensamientos que sustentan toda la teoría de la conducción.
No va dirigida a la memoria, sino a la comprensión de cada uno; con que lo comprendan es suficiente, porque si lo quieren aprender no lo aprenderán jamás.
Uno comprende los grandes principios, después los practica sin acordarse siquiera de ellos. Este es el ejercicio permanente que hay que realizar.
Pero estos grandes principios son, diremos, así, el esqueleto de toda la conducción.
Quien posee el esqueleto puede ir formando lo demás durante el ejercicio; pero, eso que sustenta toda la armazón de la teoría de la conducción es lo que cada uno necesita armar. Ya les digo: comprender, penetrar.
Cuanto más se comprende mejor será la aplicación de estos grandes principios.

EL PLAN HAY QUE CUMPLIRLO

Esta continuidad en el esfuerzo, vale decir, la perseverancia en la acción racional, o sea el cumplimiento de un plan que establece el camino entre la situación y el objetivo que hay que lograr, permite esa marcha entre la situación actual, que es el punto de partida, y el objetivo, que es el punto de llegada.
En la marcha más o menos accidentada según sean los hechos que se produzcan durante ella, la continuidad asegura que uno, partiendo del punto base o inicial del plan, pueda alcanzar el objetivo en más o menos tiempo, en peores o mejores condiciones con más o menos lucha en el camino; pero llega, tarde o temprano, al objetivo que persigue.
Eso es la continuidad en el esfuerzo, eso es lo que hay que trazarse como una cosa inviolable de la conducción. Sin eso, no se va lejos nunca en la conducción.
No hay que proceder como esos que hacen un plan y al día siguiente hacen otro, y después otro. No; malo o bueno, el plan hay que cumplirlo.

NO HAY OBRA DE ARTE EN LAS CONCEPCIONES

Esa es la obra de arte, hemos dicho. La concepción es solamente una concepción. No hay obra de arte en las concepciones. La obra de arte está siempre en las realizaciones. Las artes no son, diremos, cuestiones de concepto solamente; son cosas de acción, y en esto de la conducción lo más importante es accionar.
Accionar racionalmente con la concepción de todos los grandes principios.
Accionar siempre.

Y cuando uno ya no tiene a quién recurrir para lo racional, accionar aunque sea irracionalmente con las fuerzas espirituales.

SABERSE JUGAR TODO A UNA CARTA

Hablando de estas cosas ha dicho uno de los más grandes conductores por lo menos teóricos—, Clausewitz, que cuando el hombre está desesperado y no tiene ninguna solución racional frente a sí, todavía le queda el último recurso de las fuerzas espirituales, y es saber morir gloriosamente.
Ese es, sin duda alguna, el punto máximo de la conducción en ese sentido, es decir, saberse jugar todo a una carta y que sea después lo que Dios quiera.
El hombre que está animado del sagrado fuego de la conducción muchas veces tendrá necesidad de recurrir a eso.
Cuando la desesperación no le deja otro camino, él toma una acción viril para saber cumplir el último principio.

DOMINIO GENERAL PERMANENTE

En la conducción hay otras circunstancias. No sé si las podríamos llamar principios.
Es el dominio que la conducción ejerce en los dos grandes aspectos en que la misma puede dividirse, o sea el dominio general y permanente, que es una de las formas del dominio, y el dominio local y circunstancial, que es otra de sus formas.
Conducción sin dominio es muy difícil de realizar. La conducción se hace a base de dominio.
En primer lugar hay que tener el dominio de la propia fuerza que uno maneja.
¿Cómo puede conducir un político si la gente no lo sigue? ¿Si la gente lo tiene que llevar adelante, empujándolo?
No. El político ha de conducir con la gente que lo sigue por detrás, sin que él tenga necesidad de darse vuelta para ver quiénes son.
Vale decir que ha de tener un dominio.

DOS CLASES DE DOMINIO

En esto hay dos clases de dominio.
El dominio general, que el conductor ejerce sobre la masa conducida, por sus condiciones, por su predicamento político, por su acción política y por su capacidad de acción política.
Si el hombre tiene ese dominio general, lo único que le queda, por hacer es tratar de hacerlo permanente.
Y esa permanencia es posible de lograr de una sola manera: haciendo que el conductor no decaiga en su acción, porque si él obtiene predicamento con su conducta y con su capacidad, inicialmente, y no convence a las masas de lo contrario, él retendrá ese predicamento.
De manera que eso depende mucho de él y de los que lo acompañan. Sus actos de conductor, sus actos de gobierno, sus virtudes personales no desmentidas, le pueden dar el dominio permanente dentro de la realidad de la permanencia humana, naturalmente.
La otra forma de dominio en la conducción es dominar sectores o lugares.
Observen ustedes un ejemplo: en la política hay dos clases de dominio según cuál sea la clase de predicamento que se obtenga la popularidad y el prestigio.

POPULARIDAD Y PRESTIGIO

La popularidad es siempre local y circunstancial. El prestigio suele ser general y permanente, cuando es prestigio.
La popularidad llega en un día, pero también es susceptible de irse en otro día.
El prestigio se gana paso a paso, pero también se pierde paso a paso.
Ningún hombre que se dedique a la conducción política debe olvidar jamás estas dos circunstancias, y ustedes verán ejemplos de esto todos los días.
La popularidad es la de los líderes deportivos y de las revoluciones.
Acuérdense: el 6 de Septiembre la gente estaba toda en la Plaza de Mayo vitoreando la revolución, pero poco tiempo después estaba en la calle gritando en contra de la revolución; la popularidad de un día había caído al día siguiente.
Con nuestra revolución sucedió lo mismo hasta que nos fuimos a la Secretaría de Trabajo y Previsión y empezamos a acumular, todos los días, un poco de prestigio por nuestra acción.
Y ese prestigio lo hemos mantenido luchando, realizando gobernando eficientemente.

ES NECESARIO EL PRESTIGIO

Les diré que también eso se pierde despacito.
Por eso los radicales están empeñados en hacernos perder prestigio, todos los días, con sus actos y reuniones políticas. Pero no debemos temerles.
Ellos realizan actos diariamente, con gente regimentada que llevan en sus automóviles, cuyos números —lo sabe cualquiera— son siempre los mismos.
Nosotros celebramos anualmente dos actos: el 1º de Mayo y el 17 de Octubre. ¿Para qué más?
Mientras nosotros no procedamos mal desde el gobierno, nuestro prestigio no se perderá por las conferencias políticas.
En esto ocurre lo mismo que cuando uno saca la lotería un día y al siguiente juega a las carreras lo que ganó; o cuando uno recibe una herencia, deja su trabajo, se va a pasear y al poco tiempo no le queda un centavo.
En cambio, al que va ganando centavo por centavo, vendiendo naranjas, ¡nadie le saca después la riqueza que acumula!
Para conducir, no es suficiente la popularidad. Para conducir es necesario el prestigio.
Y cuando este prestigio se pierde es necesario retirarse.
Es necesario dejar la conducción a otro que tenga prestigio, o de lo contrario aquélla se va por tierra.
Nadie puede conducir sin ese principio básico de la conducción que es el prestigio.

CONDUCCIÓN POR HOMBRES CAPACITADOS

Nadie, si no convence a la gente, con hechos, de que es capaz de conducir, puede conducir de manera que tengamos algo que agradecerle, si no tiene ese prestigio.
Lo mismo ocurre en la guerra: un comando sin prestigio no lleva lejos a sus soldados.
Los griegos acostumbraban designar por elección a sus generales, y nadie ha conducido mejor que los griegos.
La conducción ha de hacerse por los hombres capacitados; no se puede hacer por los incapacitados.
Y a veces nosotros podemos estar engañados creyendo que alguien está capacitado y resulta luego que no lo está.
En una palabra, la conducción necesita de este prestigio; así surge la aglutinación de las masas, de los ejércitos ó de las colectividades detrás de los hombres de prestigio.
Sin el prestigio no se va lejos ni se conduce nada.

PRESTIGIO PERMANENTE Y GENERAL

Por eso, al hablar de estos dos factores fundamentales de la conducción para todos sus campos, es necesario que el hombre, si alcanza el momento de la popularidad, vale decir si ha obtenido ese dominio local y circunstancial, sea capaz más tarde de refirmarlo en los hechos, transformándola paulatinamente en prestigio, que es el dominio permanente y general.
El que aspira a conducir tiene que trabajar sobre este deseo, y eso se adquiere con virtudes y con hechos, con obras y con virtudes; no se adquiere con cuentos, con mentiras o engaños. Con esto no se va lejos.
La mentira tiene las piernas demasiado cortas; en seguida se la alcanza.
Con estos procedimientos el prestigio se derrumba.

OBRAR CON LEALTAD Y SINCERIDAD

De allí que la política justicialista ha sostenido siempre el abandono de la antigua mentira política, para proceder siempre leal y sinceramente, que es la única forma que asegura el dominio en forma permanente.
Uno debe obrar siempre con lealtad y con sinceridad. Aun los errores cometidos con lealtad son perdonables. Imperdonables son los cometidos con mala fe. Estos no los puede perdonar el pueblo ni ninguna persona de buena fe.
Por esa razón, nuestra base, o la base de nuestra doctrina, afirma eso: que es necesario proceder con veracidad en todos los actos de peronista, y afirmar eso en la lealtad y en la sinceridad de la acción.
El hombre que no procede con lealtad y con sinceridad en nuestro movimiento, o en cualquier otro movimiento, nunca llegará a ser nada. Por eso, el cultivo de las virtudes personales es la base de la conducción.
Un conductor sin virtudes —dije al principio— es un conductor que va de a pie, no va lejos.

DOMINIO DE UNA MASA ORGANIZADA

Señores: sobre esto se podría extender la explicación, pero yo no quiero prolongarla más porque ya va siendo demasiado larga.
Lo importante es establecer con toda claridad que la conducción se hace en base al dominio de una masa organizada o sea de un pueblo que no es otra cosa que una masa organizada; que ese dominio no se ejerce por la popularidad, sino por el prestigio, que es la base de todo; prestigio que da ese dominio general y permanente al conductor y que le da libertad de acción.
Un conductor que no tenga dominio debe andar haciendo combinaciones raras para convencer a su gente de que haga tal o cual cosa.
Si no tiene ese prestigio, ese dominio, entonces resulta muy complicada la conducción, pues en cada ocasión tendría que persuadir a los hombres.
De esa manera no se puede llegar a ninguna parte, pues se tiene que explicar a cada uno lo que debe hacer.
El prestigio asegura la libertad de acción del conductor mediante la subordinación voluntaria de todos los hombres que lo siguen y creen en él.
Creyendo en él, él tiene su gente detrás y no necesita darse vuelta para comprobar si lo siguen o no; él sabe que lo siguen y que lo van a seguir.

LIBERTAD DE ACCIÓN DEL CONDUCTOR

De manera que la libertad de acción del conductor es otro de los factores fundamentales para la conducción.
¿Cómo podría conducir yo un gran movimiento si cada vez que tuviera que tomar una resolución necesitara preguntarme si los peronistas estarán de acuerdo con eso que yo pienso hacer?
Muchas veces yo imaginaría que ellos no estarían de acuerdo conmigo y que tal vez no me seguirían. Eso me limitaría enormemente en mi acción de conductor, pues yo tendría que estar subordinado a lo que a la gente le gusta que uno haga.
Sin esta libertad de acción no se puede conducir: es totalmente imposible.

CONDUCIR DENTRO DE UNA DOCTRINA

Por esa razón, el Movimiento Peronista no sólo ha buscado el prestigio de los líderes, sino también la libertad de acción en la conducción y ha hecho una doctrina dentro de la cual el conductor y los conducidos accionan; los conducidos saben que el conductor no se saldrá jamás de esa doctrina y que cualquier acción que realice será siempre dentro de ella, porque ella es la que da la orientación general al movimiento.
Eso coadyuva para asegurar la libertad de acción del conductor, pudiendo usar toda la gama de recursos que la conducción le brinda, pues él sabe que conduciendo dentro de esa doctrina, aceptada por toda la masa peronista, siempre estará bien, y no tendrá temor de tomar una medida siempre que ella esté de acuerdo con la doctrina.

LAS ARMAS NECESARIAS

La libertad de acción es fundamentalmente necesaria en el conductor; que él sea libremente apoyado por todos los hombres que lo siguen, de acuerdo con la orientación doctrinaria.
La libertad de acción es uno de los grandes principios, y cada hombre puede tomar el curso prudente y sabio que cada una de las ocasiones requiera utilizando la gama de recursos que pueda, pero siempre de acuerdo con la doctrina.
Quitarle armas al conductor es empequeñecer su acción; fiarle todas las armas puede ser peligroso. Por esa razón se crea una doctrina, para no darle todas las armas incondicionalmente, sino las armas necesarias, es decir, lo que está dentro de la doctrina.
De esa manera el conductor no puede ser un tirano ni un dictador, pero tiene en sus manos la fuerza requerida para accionar con la suficiente libertad para cumplir los fines que constituyen los objetivos fundamentales del Movimiento.
De esa manera, con la doctrina, hemos terminado con toda posibilidad de que existan tiranos dentro del Movimiento, pero asegurando, al mismo tiempo, a los conductores la libertad de acción necesaria dentro del Movimiento.

DOCTRINA Y TÁCTICA

Hemos dicho que para asegurar la libertad de acción es necesario contar con una doctrina.
Observen ustedes que cuando nosotros decimos una doctrina estamos fijando una acción ideal, no una acción solamente real.
Yo analizo el mundo entero, y en él hay solamente, para mí, tres países que tienen una doctrina y actúan dentro de una acción bien racional.
Uno de ellos es Rusia, que, mala o buena, sabe lo que quiere y tiene una doctrina a la cual se ciñe. Es decir, tiene un ideal; al servicio del Estado, con tiranía, con dictadura, con violencia, pero tiene un ideal.
Los ingleses siguen su sistema socialista un poco viejo, pero tienen un ideal.
El tercer país somos nosotros, que tenemos otro ideal, que es el Justicialismo.
¿Adonde va a ir, en cambio, el capitalismo?, ¿Cuál es su doctrina? Ellos tienen una táctica, pero no una doctrina. ¿Adonde van? ¿Cuáles son sus ideales?
Amasar dinero, formar grandes compañías, gastar todo lo que acumulan dentro de ese círculo vicioso de su dinero y de su negocio. Pero ¿cuál es su ideal? ¿Qué anhelan para el mundo? ¿Qué creen que debe ser el mundo?

EL ADOCTRINAMIENTO ES LA BASE DE TODO

No pueden ir muy lejos porque no tienen una orientación ni un ideal. Si mañana el mundo derrotado por ellos estuviera en sus manos, ¿qué rumbo le darían? ¿Lo harían como ellos?
Ustedes pueden comprender que el adoctrinamiento es la base de todo. Si no hay una doctrina que fije un ideal, no se llega muy lejos.
Si nosotros tuviéramos la humanidad en nuestras manos, sabríamos qué hacer con ella. 
Pero si el capitalismo tuviese a la humanidad en sus manos le pasaría lo que le ocurre actualmente con el mundo, que lo tiene en sus manos pero que no sabe qué hacer con él. Menos sabría cuando se tratase de ideales.
El adoctrinamiento es la base de toda la conducción, porque para saber cómo hay que ir es necesario conocer adonde vamos, y para eso tenemos que seguir un ideal.
De ahí que los capitalistas hayan dicho a menudo que el Justicialismo es más peligroso que el comunismo; para ellos sí, porque ellos no saben lo que quieren.
Nosotros, en cambio, sabemos adonde vamos y si tuviéramos el mundo en nuestras manos lo haríamos justicialista… sin someterlo a nuestro «imperio».

LA CONDUCCIÓN ES UN ARTE

Señores: En este aspecto de la conducción nosotros vamos desentrañando poco a poco, según pueden ir viendo, esos grandes principios que son la filosofía de la conducción. Es decir, la conducción no es un oficio oscuro e intrascendente cuando se la considera científicamente.
La conducción es un arte lleno de matices y constituye toda una filosofía de la vida, de los pueblos y de los hombres.
Si priváramos de esa filosofía a la conducción, haríamos de ésta una profesión; de esta capacidad artística de la conducción haríamos un oficio oscuro e intrascendente.
Pero nosotros estamos empeñados en una acción de alta conducción, de masas o de pueblos, y no podemos empequeñecer esta función que es tan importante.
Observen ustedes lo que ha pasado con nuestros pueblos y cuál ha sido el índice más desfavorable para la conducción de pueblos como el nuestro, pueblo nuevo, nacido con un empuje extraordinario después de la independencia y estancado cada vez más en su marcha hasta llegar casi a una posición de inercia absoluta.

CUMPLIR EL RITO SIN REALIZAR LA DOCTRINA

¿Qué es lo que le ha ocurrido a nuestro pueblo en el aspecto de la conducción?
En primer lugar, ¿sabíamos nosotros lo que queríamos?
La mitad de los argentinos eran comunistas o socialistas. La otra mitad éramos de tendencia cristiana; había también una pequeña parte que se conducía según el culto o el rito más que según la doctrina.
Nuestros enemigos marxistas fueron haciendo olvidar a la humanidad cristiana su doctrina. Como era más fácil cumplir el rito que realizar la doctrina, todos nos fuimos por la línea de menor resistencia: abandonamos la doctrina y cumplíamos solamente el rito.
Tanto es así, que ahora hacemos el descubrimiento de que hoy en el mundo puede ponerse en ejecución la doctrina social cristiana que hace dos mil años estamos predicando.

SE DEDICARON A DECIR, PERO NUNCA A HACER

Además, estaban los conservadores. Ya conocemos cuál es su doctrina: engañar siempre, para sacar algún beneficio material.
Los otros sectores luchaban por ver quién llegaba al gobierno, pero no sabían para qué querían llegar al gobierno ni qué iban a hacer en el gobierno.
Cuando se les preguntaba cuál era su programa, ellos contestaban cuatro o cinco paparruchas secundarias e intrascendentes, o decían que iban a hacer cumplir las leyes de la Nación, como si las leyes de la Nación pudieran constituir una especie de tabú, permanente para el Estado o la Nación.
Este estado de cosas no ha permitido nunca una conducción, de nuestro país.
Hombres altamente capacitados se dedicaron a decir, pero nunca a hacer.
Teníamos hombres maravillosamente capacitados en todas las disciplinas científicas pero ¿de qué le ha servido eso a la República?
Hombres que tenían mucho en la cabeza y quizá mucho en el corazón, no llegaron nunca a la acción política. Desgraciadamente, la democracia tiene sus defectos, como todos los regímenes tienen los suyos.
En nuestro país los hombres políticos fueron los vivos, los hábiles, los que sabían engañar mejor, y eran todos abogados de importantes compañías, con cuyo dinero contaban para hacer su campaña.

ABOGADOS DE IMPORTANTES EMPRESAS

En los últimos cincuenta años, salvo dos o tres casos, como Yrigoyen, por ejemplo, en general todos nuestros políticos fueron abogados de importantes empresas, de la Unión Telefónica, de los ferrocarriles o de alguna otra, pero todos eran abogados de compañías extranjeras.
Entonces, señores, ¿qué sabían esos hombres de la conducción y del gobierno? No sabían absolutamente nada.
Llegaban al gobierno y en los seis años que estaban en él aprendían algo a fuerza de los errores que cometían en perjuicio de todos los argentinos, pero entonces se hacía una nueva elección y venía otro que tampoco sabía nada de nada, y vuelta a lo mismo para que empezara a aprender.
En nuestras universidades, los muchachos estudiaban ciencias políticas; pero ¿de qué les ha servido?
Pasaban su vida estudiando ciencias políticas, y cuando salían de la Facultad iban a hacer de dactilógrafos en alguna oficina por doscientos pesos mensuales, y en donde su jefe “lo ataba a la pata de su silla» para que no pudiera progresar por su cuenta.

CAPACITAR A LOS HOMBRES

Este es el régimen que hemos vivido nosotros. 
Lo que el régimen justicialista quiere es capacitar a los hombres, darles una manera de conducir, una idea de gobierno, para que cualquiera, en cualquier situación, pueda emplear esa conducción y esa idea de gobierno, e ir formando con esto —que es como una célula inicial— una escuela dentro de nuestro gran movimiento para que los hombres se vayan capacitando.
Dentro de esto, hay que ir después elevando el horizonte, para que estos cursos, que hoy se inician de una manera tan rudimentaria y primaria, nos permitan en el futuro elaborar toda una gama de ciencia del gobierno; para que tengamos después nosotros hombres capacitados, no sólo en el gobierno, sino también en la conducción.

«AMATEURS» GOBERNANDO…

¿Qué puede haber más importante para un país que su gobierno y la conducción de su pueblo?
Y pensar que hemos perdido cien años sin dedicarnos a aprender y enseñar esto, que es lo más fundamental para el país, para que tengamos después «amateurs» haciendo política, «amateurs» haciendo la conducción y «amateurs» gobernando, cuando deberíamos tener hombres perfectamente formados en eso que es lo más fundamental para todos los argentinos.
Un error que comete un argentino lo sufre él, pero un error que comete un gobernante lo sufren los diecisiete millones. Nosotros debemos ser los más interesados en ir formando toda una escuela de esto.
Debemos tener, primero, hombres formados en las virtudes; luego, en la capacidad para el comando y para la conducción, y en la capacidad para el gobierno. Esa es nuestra orientación.
Empezamos así en pequeño, en esta escuela, porque queremos empezar de a poco. 
Después ya veremos cómo vamos a ir agrandando esto para hacer de esta escuela una verdadera universidad, con todos los estudios integrales para la conducción y para el gobierno.

PRINCIPIO MORAL DE NUESTRA DOCTRINA

Todo esto es la base de nuestro adoctrinamiento, es decir ir «educando al soberano»…Cuanto más capacitemos las capas dirigentes, más trascenderá de esa preparación.
Queremos abandonar las viejas costumbres de aquellos tiempos en que se concurría al café para ver cómo se iba a realizar el fraude dentro del comité o cómo se le robarían los libros de inscripción.
En lugar de estudiar esas cosas, estudiaremos cómo debemos desarrollar nuestra doctrina y cómo vamos a cumplir con nuestro deber desde el gobierno.
Ganar una elección para fracasar en el gobierno es un mal negocio. Para fracasar en el gobierno es mejor no ganar la elección. Es preferible que la gane el otro; que fracase el otro.
Todo esto conforma dentro de nuestra doctrina un principio moral sobre el cual hay que construir toda la acción política.

NO HAY NADA INMORAL QUE VIVA

No nos basamos en principios inmorales, porque la inmoralidad no tiene forma permanente en ningún aspecto de la vida. No hay nada inmoral que viva.
Lo único que subsiste sobre grandes fundamentos de perennidad es el conjunto de los grandes principios morales.
La doctrina no es otra cosa que la sustentación de ideas que ajustan para la vida grandes principios morales. Sobre eso asentamos todo nuestro estudio.
Es inútil la habilidad cuando está detrás una mala causa; es grandiosa la habilidad y es grandiosa la capacidad cuando están detrás de una buena causa.
Cuanto más inteligente y capaz es el que ejerce una mala causa, más peligroso y más dañoso resulta para la sociedad.

MOVIMIENTO IDEALISTA Y MORAL

De manera que nosotros, que conformamos un movimiento idealista y moral, eso es lo primero que debemos inculcar a nuestra gente.
Estos son los jalones que vamos marcando en el camino hacia ese gran objetivo que nos hemos propuesto inicialmente.
Todo esto lleva a otra de las condiciones indispensables para la conducción: la acción solidaria.
No hay conducción de masas, por bien organizadas que estén en lo material, si no se ha creado por el adoctrinamiento una acción solidaria.
Ustedes lo pueden observar todos los días con los pequeños «caudillitos» que todavía actúan dentro del peronismo.
Esos no tienen acción solidaria, no tienen una conciencia justicialista y peronista ni tienen una conciencia social. Sin esos dos estados de conciencia política es una cosa muy difícil.
El Justicialismo o el Peronismo es una gran bolsa en la cual cada uno pone un poco de lo que él conquista y de lo que él tiene, de manera que cuando se ponen cosas dentro de esa bolsa nadie se puede pelear.
Se pelea cuándo algún «vivo» quiere meter la mano en la bolsa y sacar algo.
Vale decir que la acción solidaria está afirmada en esa conciencia política y en esa conciencia social.

GOLPE DE MUERTE PARA EL INDIVIDUALISMO

Yo he dicho muchas veces que quizá de todo el bien que yo pueda haber hecho a la colectividad argentina, uno es inigualable: el haber desarrollado en el pueblo argentino una conciencia social.
Eso ha sido el golpe de muerte para el individualismo negativo en el que hemos vivido durante tantos años.
Todo el mundo era enemigo de todo el mundo, y una economía de miseria había creado en el campo económico una lucha permanente en la que, como dice el tango, todos los días había que salir en busca del «peso» para poder comer.
Esa economía de miseria ha sido el azote más extraordinario contra la solidaridad del pueblo argentino.
En política estaba el que le hacía la zancadilla mejor al otro, para que el otro cayera y él saliera adelante; ésa era la escuela nefasta y negativa de ganar haciendo mal a los demás, en vez de ganar corriendo más ligero que los demás y siendo más capaz y más moral que los otros.
Ese es el espíritu maldito del individualismo, carente de sentido social y de sentido político, que no sólo ha hecho de cada hombre un lobo, sino que ha hecho lanzar a unas naciones contra otras.

BANDERA DE LA SOLIDARIDAD

Cuando nosotros decimos que para un peronista no debe haber nada mejor que otro peronista, estamos levantando la bandera de la solidaridad dentro de nuestras fuerzas.
Desgraciadamente, no la podemos levantar dentro de nuestros adversarios, pero cuando a ellos les decimos que queremos que en la Argentina todos estén unidos, les estamos levantando una bandera a favor de ellos dentro de nuestro movimiento.
En esto la conducción debe hacer hincapié de una manera profunda: no puede haber conducción sin acción solidaria. La acción solidaria es también producto de la doctrina.
Cuando todos los hombres piensan de una misma manera y sienten de un mismo modo, la solidaridad viene sola.
Viene esa solidaridad que se consubstancia con la vida misma de los hombres; esa conciencia colectiva, esa conciencia social por la que nosotros luchamos para que todos metan dentro de la bolsa y nadie se avive de querer sacar de la bolsa, pues lo que está dentro de ella se reparte entre todos.
Cuando un peronista, aun en la acción política pequeña, quiere sacar ventaja para sí, está perjudicándose él mismo.
Es tan ignorante y tan poco profundo, que no se da cuenta de que al proceder así hace un gran mal al Movimiento y que si el Movimiento fracasa, él va a ser uno de los fracasados, no un triunfador.
Para que triunfemos cada uno de nosotros tenemos que empezar por hacer que triunfemos todos en conjunto; de allí saldrá el triunfo para cada uno en la medida que cada uno lo merezca, si hay justicia, y si hay injusticia, hay que soportar virilmente los golpes y tratar de llegar más lejos que los demás que no posean virtudes.

LA JUSTICIA ENTRE NOSOTROS

La justicia entre nosotros es otra cosa.
Cuantas veces ha venido alguien con un problema, frente a otro con un problema contrapuesto, y me ha presentado el problema, le he dicho: «No me interesa este problema; me interesa que estén unidos y marchen unidos dentro del Movimiento».
Alguno me ha dicho: «Pero yo tengo razón»
Y yo le he contestado: «A mí no me interesa. Yo tengo una razón superior, que es el Partido”. Yo no estoy aquí para darle la razón a nadie.
Estoy para darle la razón a la suprema obligación que tengo yo, que es el país, que es nuestro movimiento; que son, después, los hombres de nuestro movimiento.
Nadie me ha hecho juez para administrar justicia entre los hombres que tienen intereses encontrados. Que pongan otro juez.
Lo que me interesa es que estén todos unidos en un movimiento único, con una única dirección, con un único objetivo.
Yo en el Movimiento no tengo obligación de ser juez ni de administrar  justicia entre los hombres.

ESPÍRITU DE SOLIDARIDAD

Lo importante es comprender que todo este espíritu de solidaridad, que es superior a la justicia y superior a todos los demás sentimientos que puede tener la masa peronista, hay que imponerlo; hay que ir persuadiendo, si es preciso, de a uno, para que cada uno sepa sacrificar un poco de lo suyo en bien del conjunto, ya que resultará al final en su propio beneficio.
El espíritu de solidaridad en la conducción política es una cosa con la que hay que contar.
Las fuerzas que no estén animadas de esa solidaridad se parecen a una bolsa de gatos, y nadie puede conducir una bolsa de gatos. Si alguien la lleva al hombro, le dañará igualmente la espalda.

SELECCIÓN DE NUESTROS HOMBRES

En esto es muy importante el penetrar profundamente el pensamiento e inculcar en la masa y en cada uno de los hombres la necesidad del desarrollo de una conciencia política y social que lleve a esa solidaridad indestructible, hasta que sea cierto lo que nosotros afirmamos en una de las veinte verdades peronistas: para un peronista no debe haber nada mejor que otro peronista.
Para no alargar esta cuestión quiero dejar planteada una cosa que es fundamental.
Si ustedes han seguido el desarrollo de todas estas consideraciones de carácter doctrinario, habrán llegado a la conclusión, como he llegado yo — y esto si yo he sabido, por otra parte, explicarme bien—, de que para la conducción es indispensable una preparación, que en esa preparación es indispensable que nosotros alcancemos un cierto grado de cultura cívica, cultura cívica entendida y practicada con sentido positivo y no negativo, y que, además de eso, podamos realizar, dentro de esa masa ya preparada y con una cultura cívica, una perfecta selección de nuestros hombres.

CULTURA Y CAPACITACIÓN DE LA MASA

Esas tres condiciones son indispensables para la conducción.
Nosotros no podemos formar, diremos así, desde el niño, en las escuelas, los que han de encargarse de la conducción y del gobierno, porque eso presupondría la supresión total de la democracia, y nosotros no estamos en esa dirección.
Tenemos que formar nuestros hombres dentro del Movimiento.
Para eso, además de prepararlos en conjunto e individualmente, debemos dar a la masa una cultura cívica suficiente y una capacitación suficiente para la conducción y el gobierno a sus dirigentes.
Debemos poder ejercer, dentro de toda esa masa, una perfecta selección de los hombres, porque la tarea del gobierno es cualitativa y allí hay que llevar lo más selecto que dentro del Movimiento tengamos.
Duraremos tanto como buenos sean los hombres que representen la dirección de nuestro movimiento.
Si no, no duraremos mucho, porque vamos a desilusionar a nuestro pueblo, y con razón.

En la próxima clase vamos a tratar, entonces, todo lo que se refiere a esa preparación, a esa cultura cívica y a esa selección humana dentro de la conducción.

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