Alejandro Olmos, un valiente.

 

 

Alejandro Olmos, un valiente.

 

Allá por 1989 recibíamos en Lomas de Zamora a Alejandro Olmos. Se acababa de editar su libro “Todo lo que usted quiso saber sobre la Deuda Externa y siempre se lo ocultaron”. Su autor había demandado en abril de 1982 a Martínez de Hoz y a todos los que hubiere lugar por los ilícitos cometidos sobre su contratación y venía a presentarlo. Levantamos una “tribuna” y tuvo el lugar que merecía. Después de siete años de duro tramitar, la causa solo estaba en la etapa de instrucción. Para desalentar a cualquiera…, menos a Alejandro.

Daniel Adrogué lo definió como un valiente. Solo eso fue el enunciado  de la presentación al visitante. Es que demandar a semejantes siniestros personajes todavía en plena dictadura, solo podía hacerlo un hombre de esa condición. Nada más justo.

La causa siguió por incontables juzgados hasta que el 13 de julio de 2000, el juez federal Jorge Ballesteros, emitió su fallo. Alejandro no pudo conocerlo. Había fallecido el 24 de abril de ese año.

Además de calificarla como fraudulenta e ilegítima, apunta el juez en su escrito final, que no hay registros de lo que supuestamente se debe. Aterrador juicio de quien la había investigado a fondo. Sin embargo, y mientras  transcurren los homenajes a su actuación en el Congreso de la Nación, nada sucede con la investigación por él iniciada a pesar de que está en el ámbito del mismísimo Congreso. Muchos de los que lo homenajean se hacen los idiotas a la hora de proseguir la investigación.

Por el contrario, todos los gobiernos posteriores a la dictadura, a excepción de Rodríguez Saá con la deuda privada,  pagaron religiosamente la pretendida deuda sin denunciar su contratación y por valores de varios centenares de miles de millones de dólares;  reconocieron el total de la misma como legítimo, legal y existente; se pagó al F.M.I. al contado y sin reclamar nada;  aceptaron a los tribunales de Nueva York como sede litigante y, para coronar todo esto, desde 2003 hasta 2013 se pagaron u$s 173.733 millones *, todo ello sin registro alguno según la justicia argentina y como lo denunciara y demostrara Alejandro Olmos. El pueblo sufre esta desgracia.

Nos parece justo y necesario incluirlo en nuestro link Vida y Militancia con un escrito de Norberto Galasso, publicado en Agenda de Reflexión. Nuestro pequeño testimonio.

Gracias Alejandro Olmos.

 

 * Cristina Kirchner por cadena nacional, 26-08-2013

 

 

El patriota militante

Agenda de Reflexión, Nº 354, 24 de Abril de 2007

 

 

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                   Alejandro Olmos

 

Por Norberto Galasso [fragmento]

Alejandro Olmos nació en Tucumán el 1° de mayo de 1924. Allí desarrolló sus primeros estudios, que lo condujeron, luego, a la Facultad de Derecho. Eran los años de la “Década Infame” y el joven estudiante universitario trabó relación con un comprovinciano peleador e insobornable, justamente quién habría de otorgar ese rótulo a tal época de latrocinio y entrega: José Luis Torres. Si bien se adentró en el estudio de las cuestiones jurídicas, por esas vueltas de la vida, el joven no llegó a doctorarse pero, en cambio, al lado de Torres, se “doctoró” en descubrir estafas y en esa cuestión difícil de “lo nacional” –lo antiimperialista, si usted prefiere-, tema escamoteado por el liberalismo conservador difundido por la clase dominante.

En esos fines de los treinta y comienzos de los cuarenta Torres prodigaba sus esfuerzos en denunciar la ignominia del Banco Central mixto –diseñado por un director del Banco de Inglaterra-, el negociado de las tierras del Palomar, las trapisondas de Federico Pinedo y en especial de la familia Bemberg, que a la muerte de don Otto soslayó el impuesto a la herencia con una declaración de bienes tan menesterosa que casi constituía una solicitud de limosna.

Alejandro, pues, no podía tener mejor maestro para aprender a descifrar balances fraudulentos, maniobras de Bolsa y tramoyas en los empréstitos.

El año 45 lo encuentra incorporándose a la caravana popular que lidera Juan Perón. La información con que se cuenta permite suponer que Alejandro comparte con Torres una posición nacionalista y que concurre a su casa –Talcahuano 638, 7° piso de la Capital Federal-, donde arman tertulias políticas, entre otros, Raúl Scalabrini Ortiz, el padre Leonardo Castellani, Ernesto Palacio y Amancio Gonzáles Paz, un sacerdote irascible a quien apodan “Odiancio González Guerra”. Sin embargo, el joven parece colocarse más cerca de los trabajadores en la rica experiencia que están desarrollando, mientras Torres evidencia algunas reservas respecto del nuevo movimiento.

En agosto de 1946 –no obstante su adhesión al gobierno y probando, desde el principio, su independencia de criterio- Alejandro se moviliza junto a sus amigos del nacionalismo, presionando para que el gobierno argentino no adhiera, bajo la presión norteamericana, a las Actas de Chapultepec. Cuando las Actas son aprobadas por el Congreso nacional –con la oposición, entre otros, del diputado John W. Cooke-, “mi padre –testimonia Alejandro Olmos Gaona- en su obsesiva veneración por la justicia, le inició un juicio penal a Perón y a Juan Atilio Bramuglia, lo cual determinó que fuera exonerado del cargo que desempeñara en la Aduana”.

En esa misma época, el joven de veintitrés años visualiza ya a los grandes saqueadores del país y realiza una investigación sobre la empresa ARMCO, en momentos en que ésta intentaba ocupar un lugar de privilegio en el desarrollo de nuestra industria siderúrgica. De esa manera nace un informe que eleva al presidente Perón, hacia 1947. Esta batalla librada por Alejandro fue reconocida por Torres en el capítulo octavo de su libro La Patria y su destino. Allí, afirma: “Un joven comprovinciano, el señor Alejandro Olmos, dirigió al Presidente de la Nación, con antelación al debate promovido en el Congreso, una denuncia concreta y fundada, probando en forma concluyente la miserable conducta de la mencionada organización capitalista internacional en sus relaciones con el Estado… Un diputado leyó en el recinto el mencionado folleto del joven Olmos y nadie intentó allí destruir ninguno de los gravísimos cargos enunciados y probados en contra de la ARMCO. Pero algunos legisladores creyeron de su deber zaherir al autor de la denuncia imputándole culpas que no tiene. “Irresponsable” fue lo menos que de él se dijo, con absoluta falta de razón y de sentido, pues el señor Olmos es tan responsable como lo son todos los ciudadanos argentinos bien dotados y de muy limpios antecedentes. Se dijo de él que era un “comunista conocido” en los archivos policiales, con un evidente afán peyorativo. “Nazi” y “comunista” son dos definiciones ultramodernas utilizadas de ordinario y con abuso para calificar a presuntos enemigos del género humano. El joven Olmos –me consta- es tan comunista como puede serlo el Arzobispo de Buenos Aires… De mí también se dijo que era un “comunista conocido”, con igual intención peyorativa con que, diciéndole lo mismo, se trató de invalidar en el Congreso al denunciante de la sociedad mixta entre la ARMCO y el gobierno argentino. Pero, en mi caso, Braden rectificó posteriormente la versión y en su famoso Libro Azul me llamó “nazi”. Los tiempos pasan, caen los regímenes de gobierno, pero los monopolios quedan y el supercapitalismo internacional mantiene su hegemonía sobre los poderes públicos”.

Las disidencias parciales de Olmos respecto al peronismo gobernante no tuercen su lúcido análisis patriótico y en abril de 1949, en carta dirigida a Perón, sostiene que se ha concretado “el fenómeno revolucionario en la cristalización de los postulados políticos, económicos y sociales”. En otra carta, de la misma época, al coronel Bartolomé Descalzo señala que “vivimos la innegable realidad de un fenómeno revolucionario, extraordinario en su esencia y formidable en su proyección hacia el futuro […] que ha hecho trizas los viejos moldes de la política que ensombrecieron los días de la república, prostituyeron las instituciones y escarnecieran a todo un pueblo”.

Por entonces, se define a favor del revisionismo histórico y, llevado por su espíritu militante, participa en una “Comisión Popular Argentina para la Repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas”, en la cual se desempeña como Secretario General. Resulta interesante consignar que su tránsito por el revisionismo histórico adquiere perfiles singulares, diferenciándose de “los rosistas” de esa época (Anzoátegui, Irazusta, Oliver y otros), quienes adoptan una actitud de prudente respeto a la figura de Bartolomé Mitre. A éstos, Homero Manzi les criticará, en frase siempre recordada: -ustedes se meten con todos los próceres, menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas-. En cambio Olmos, firme en su iconoclastía, no solo reivindica a Rosas sino que arremete contra Mitre y contra La Nación.

 

 

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Así sostiene, en un folleto publicado en abril de 1949: “(…) A Mitre le perdonan los sangrientos crímenes de Arroyo del Medio y su falta de patriotismo al negar los derechos de su patria a las Islas Malvinas durante el gobierno del Gral. Roca. (…) La Nación empeña su esfuerzo para evitar la exhumación histórica de Rosas, pero le tienen sin cuidado algunos antecedentes que sirvieron, tal vez, para encumbrar a Mitre en su categoría de prócer. (…) Dichos antecedentes (…) no justifican el extraordinario relieve alcanzado por su personalidad en la perspectiva del tiempo. Cabe al respecto el interrogante sobre las causas o factores determinantes de su jerarquización procérica. ¿Será por su capacidad militar? Ejemplo de ella: la fuga de Cepeda, Pavón, donde retirándose hasta San Nicolás, ignoraba que había triunfado, su huida a Azul (…) cuando en las faldas de Sierra Chica los indios armados de lanza, luego de dispersar sus fuerzas, casi lo toman prisionero; el combate de La Verde, de donde huyó con sus 9.000 milicianos, batido por los 850 hombres del coronel José Inocencio Arias. Por algo Vélez Sarsfield lo llamó “el mejor poeta entre los militares y el mejor militar entre los poetas”. Luego agrega, siempre refiriéndose a los supuestos “méritos” de Mitre para el procerato: “…¿Será por haber inventado el parte de Caseros o por haber puesto todos oficiales extranjeros, especialmente uruguayos? (…) ¿Será porque los proveedores (de la guerra de la Triple Alianza), cuyas fortunas se hicieron a la sombra de Mitre, le regalaron a éste la casa que hoy ocupa la opulenta imprenta de La Nación? ¿Será porque sustituyó el himno nacional argentino por una canción suya, que hacía cantar todos los 25 de Mayo en el Teatro Colón? ¿Será por sus virtudes cívico-democráticas que le hicieron imponer su candidatura única, basada en el irreductible argumento de la fuerza? ¿Será por lo que le hizo decir a Sarmiento respecto del gobierno de Mitre, que “obtuvo el triunfo del voto unánime” de los pueblos vencidos, aterrados y despojados de sus bienes?

Pero nada logrará La Nación aferrándose a teorías y falsos juicios que si hasta hace pocos años pudieron hacer escuela, hoy se han desvalorizado por el imperio de una nueva conciencia. El pueblo argentino no volverá a creer jamás en las imposturas amargas que educaron su infancia”. Así reparte mandobles el joven Olmos, un día al coronel Descalzo, presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, otro día, a La Nación, uno de los más poderosos órganos de prensa de la Argentina.

En 1953, a través de John W. Cooke, toma contacto con el presidente Perón y le entrega una propuesta de creación de una Secretaría de Asuntos Latinoamericanos, en la perspectiva del acercamiento de nuestros pueblos –que Argentina practica, por entonces, respecto de Chile y Brasil– en la estrategia de la unión latinoamericana.
Consolidada su posición nacional, apoya la experiencia peronista de esos años, aún cuando su implacable mirada crítica lo lleve a disentir con alguna medida, diferencias que, por otra parte, son naturales en todo período histórico de cambio. Carecemos, por ahora, de información acerca de si, entre 1954 y 1955, tomó cierta distancia del peronismo. (Su amigo y maestro José L. Torres se desplaza hacia la oposición y a fines de 1955 publica el periódico Política y políticos, de orientación lonardista.) De lo que no cabe duda es que cuando se produce el golpe se septiembre de 1955, Alejandro integra las huestes de la “resistencia”.

“El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo –recordaría luego César Marcos, un compañero de lucha-. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el sol, la vida se dieron vuelta. De repente, entramos en un mundo de pesadilla…” En esa noche sombría de la primavera de 1955, mientras los burócratas esquivan responsabilidades, dan un paso al frente los luchadores populares: Scalabrini Ortiz desde El Líder, Jauretche desde El 45, Lagomarsino y Marcos desde El guerrillero, Esteban Rey desde Lucha Obrera y Alejandro Olmos con su Palabra Argentina, principales voceros del pueblo inerme enfrentado a la contrarrevolución oligárquica.

Alejandro inicia entonces la experiencia de la clandestinidad, del combate desigual contra una represión despiadada. A partir del 13 de noviembre, día en que aparece su periódico, se entrega con alma y vida a esa lucha, redoblando esfuerzos de todo tipo, desde conseguir el dinero hasta buscar la imprenta capaz de jugarse en la patriada, así como redactar la mayor parte de los artículos con los cuales Palabra Argentina enjuicia al gobierno de Aramburu y Rojas.

“Sumergido el pueblo en las tinieblas de la injusticia de las arbitrariedades de la revolución usurpadora, la voz saliente y arrolladora de Palabra Argentina aplicó – en aquellas dramáticas jornadas – el primer puñetazo en pleno rostro del “vencedor” envalentonado por las armas…Palabra Argentina dio el primer grito de rebeldía –recordará un orador en un acto de homenaje del 11/11/61- y fue factor aglutinante en esos momentos de espanto y amargura.”

Pero la reacción no tarda en contragolpear: secuestro de la edición, persecución policial, allanamiento de su domicilio.

El 9 y 10 de junio de 1956, ante un intenso insurreccional cívico-militar, el gobierno aplica la Ley Marcial y fusila a 27 compatriotas. Olmos sufre hondamente esta masacre no sólo por sus compañeros de lucha sino porque, además, allí muere un familiar y gran compañero, el coronel Ricardo Ibazeta, fusilado en Campo de Mayo, pues vanamente su mujer y sus hijos piden por su vida ya que, según lo registrará un poema de combate, “el presidente duerme”. Hacía mucho tiempo que en la Argentina no se aplicaba la pena de muerte. Palabra Argentina no sólo denuncia los fusilamientos sino que convoca a una marcha del silencio en homenaje a los caídos, “desafiando a los responsables de los fusilamientos de junio”.

Durante los dos años y medio que van desde el golpe militar hasta las elecciones de febrero de 1958, Alejandro vive en pleno combate, redoblando su entusiasmo y coraje para acompañar a los compañeros en esa lucha quijotesca que se da a través del “caño”, el sabotaje, la huelga o la manifestación improvisada. Las casas de los peronistas se convierten en focos de resistencia, las cocinas en centros conspirativos, los pocos periódicos que circulan van de mano en mano, leídos y releídos en el supremo intento de mantener la cohesión del movimiento y no bajar los brazos.

El padre Hernán Benítez le escribe a Perón , en esa época: “Por entonces, entre varios semanarios que le pegaban sin asco al gobierno, descollaba Qué… con Scalabrini Ortiz -¡formidable!- , Jauretche, también Güemes (El Federal). Olmos sacaba Palabra Argentina, con constancia indomable. Padeció de todo. Le secuestraron cinco números. Le allanaron la casa. Lo persiguieron y siguió en la cosa”.
En ese período sufre varias detenciones, que en modo alguno debilitan su ánimo. Cada vez que recupera la libertad, vuelve nuevamente a sus reuniones, a sus artículos y otra vez Palabra Argentina reflorece desde sus propias cenizas. “Conocemos perfectamente cuál es la línea de conducta del compañero Alejandro Olmos –testimonia Luisa Bustos Fierro de Feraud-. Insobornable hasta el extremo de haberlo perdido todo, desde la tranquilidad hasta su casa, sin contar sus encarcelamientos y las largas persecuciones. A este hombre con temple de acero nadie podrá doblegarlo ni hacerlo claudicar en su lucha titánica por la recuperación de nuestras banderas… Así como este pueblo no pudo ser doblegado por la fuerza ni el asesinato, Palabra Argentina tampoco conoció cobardías ni claudicaciones. Leal a la misión que se impuso cuando salió a desafiar a la tiranía, esta hoja panfletaria fue leal a la causa popular que levantó como bandera y como arma”.

Con “el pacto”, las elecciones y la asunción de Frondizi a la presidencia, el año 1958 ofrece un respiro de algunos meses a la militancia, hasta que resulta evidente el abandono del programa electoral por otro, antagónico: concesiones petroleras, inversiones extranjeras, “Plan de estabilización y desarrollo” acordado con el Fondo Monetario Internacional, privatización del frigorífico municipal. Alejandro vuelve, entonces, con su Palabra Argentina, y en enero de 1959 participa activamente en la lucha por los trabajadores de la carne –liderada por Sebastián Borro- y en el intento de huelga general revolucionaria. De nuevo es conducido a prisión, donde permanece varios meses.

 

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 Al poco tiempo de salir en libertad, lanza nuevamente su semanario. Si antes había enfrentado la mordaza del decreto 4161 que prohibía mencionar todo aquello relacionado con el movimiento derrocado en 1955, ahora enfrentará a los tribunales militares del Plan Conintes, como asimismo a la permanente censura en los medios de expresión. No se arredra, sin embargo, y continúa la pelea, hasta que la inflación eleva desmesuradamente los costos y lo obliga a suspender la publicación de su periódico.

 

Sin embargo, no se da por vencido, y un año después, el 28 de junio de 1961, reaparece Palabra Argentina, como siempre, bajo su dirección. Allí sostiene: “Palabra Argentina no ostenta mejor aval que todas las interrupciones de su accidentada vida. Cada clausura ha sido un mojón más en esta ruta hacia los objetivos de la Liberación Nacional”.

En el mundo político ya es conocido, pero rechaza toda posibilidad de obtener algún cargo rentado de manera estable. Su independencia es la joya más preciada y no la habrá de perder, ni debilitar por compromiso alguno con nadie cercano al poder. Su austeridad es ejemplo para su familia y así como sufrió cárcel, sufrirá también estrecheces económicas, pero mantendrá siempre la plena libertad para levantar su voz, sin concesiones, frente a quienes saquean a su patria. Así rechaza varias propuestas para desempeñar puestos públicos entre 1973 y 1976, con plena conciencia –ya en los cincuenta y algo- que tampoco obtendrá jubilación alguna en el futuro, pues no ha efectuado los aportes correspondientes.

Solo en enero de 1976 asesora por unas pocas semanas al ministro del Interior, su amigo Roberto Ares, pero al poco tiempo vuelve al llano. Un amigo le sugiere que un cargo público podría derivar en un jubilación de privilegio, pero él se desinteresa del tema y continúa su camino sin importarle la propuesta.

Otras son sus preocupaciones ahora que se ha producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976, cuando recrudece la represión hasta insospechados límites de crueldad, y cuando Martínez de Hoz pone en marcha, desde el Ministerio de Economía, un “modelo” de capitalismo financiero dependiente, centrado en el endeudamiento externo, la libertad de tasas, la apertura económica, las bicicletas financieras y la fuga de capitales. Alejandro examina atentamente las medidas adoptadas por la dictadura militar, así como sus efectos en el mercado financiero y en el movimiento de divisas.

Con enormes dificultades logra documentación acerca del endeudamiento de las empresas públicas, del ingreso de capitales extranjeros, de la variación de las tasas de interés internas y externas. Son varios años de minuciosa investigación. Aquel muchachito que había aprendido a desmenuzar balances con José Luis Torres se convierte ahora en fiscal implacable de los tejes y manejes de los “Chicago Boys” y los principales bancos de plaza. Moviéndose en esa maraña de cifras, desnuda la siniestra verdad de todas las negociaciones vinculadas a la deuda externa.
Pertrechado de datos y pruebas suficientes, a mediados de 1982, cuando aún no ha terminado la represión, este increíble Quijote aparece en el Juzgado Nacional de Primera instancia en lo criminal y correccional Federal N° 2, del Dr. Miguel del Castillo, para presentar su denuncia contra José Alfredo Martínez de Hoz y demás responsables, fundada en que “el plan económico concebido y ejecutado por el Ministro de Economía de la Nación en el período 1976-1981 se realizó con miras a producir un incalificable endeudamiento externo, que el ingreso de divisas tuvo por objeto la especulación financiera y la evasión de capitales, así como la apertura económica produjo cierre de empresas y dificultades en la capacidad exportadora y de producción y crecimiento del país”. Dicha denuncia la amplía, con fecha 13/10/83, agregando nuevos antecedentes.

De esta manera da la batalla que proseguirá hasta su muerte. Infatigable, tozudo, con increíble perseverancia, Olmos mantendrá activa esta causa, agregando nuevas pruebas y documentos. Foja sobre foja se irán conformando cuerpos que configurarán un monumento de esa vergüenza nacional. Durante esos años, multiplica esfuerzos brindando conferencias e interviniendo en mesas redondas sobre la cuestión de la deuda. Viaja incansablemente, polemiza e intenta introducir su verdad en “los medios”, sorteando los obstáculos de la aceitada maquinaria dominante. Al mismo tiempo, prosigue investigando las diversas cuestiones vinculadas a la deuda externa, como el alza de las tasas de interés aplicadas por los Estados Unidos o la estatización de la deuda externa privada, orquestada por González del Solar y Cavallo en las postrimerías de la dictadura militar, que opera –a través de los seguros de cambio- durante el gobierno de Alfonsín.

El 5 de septiembre de 1984, la cuestión de la deuda externa adquiere estado público con el allanamiento del estudio Klein-Mairal, dispuesto por una comisión parlamentaria. “Allí –sostiene Olmos-, 200 carpetas revelaban de manera inequívoca todos los hilos de la conspiración económica que pasaban por las manos del Secretario de Estado Dr. Klein”. Con este motivo, el Congreso lo convoca y se desempeña como “asesor de hecho de la comisión investigadora y luego como asesor (oficial) de la comisión de Economía del Senado”.

Aporta allí al esclarecimiento de los aspectos ilegítimos de diversas negociaciones de deuda externa, pero finalmente el Congreso deja dormir esa valiosísima documentación. Los diputados radicales sostienen que la promesa de Alfonsín de “distinguir la deuda legítima de la deuda ilegítima” no puede cumplirse, pues ello resultaría “incompatible con la estrategia económica del gobierno”.

En esa época Alejandro redacta su libro sobre la deuda, entregado a la imprenta a fines de 1989 y cuya primera edición llega a las librerías en los primeros meses de 1990: “Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa y siempre se lo ocultaron”. Si el libro resume una patriada, la edición del mismo adquiere el mismo carácter de insólita gesta: la denominada “Editorial de los Argentinos” –al margen del mundo comercial- se nutre del esfuerzo del propio Olmos y de un grupo de amigos coincidentes con la lucha antiimperialista.

 

 

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“Olmos denunció arbitrariedades, acusó privilegios y condenó sistemas- define la solapa del libro-. El proceso judicial de la deuda externa de que trata este libro es el combate que Olmos libra en circunstancias trascendentales de la política argentina. Esta obra es su aporte al conocimiento de la verdad, desafiando, como siempre, los riesgos que supone enfrentar a los poderosos”.

La aparición del libro le permite intensificar la tarea de difusión, especialmente ahora [el artículo fue escrito durante el gobierno menemista], cuando las privatizaciones de las empresas públicas y la consiguiente “capitalización de la deuda externa” anudan otro eslabón al vasallaje y acentúan la naturaleza corrupta de las negociaciones. Mientras, la acción judicial prosigue y los peritajes demuestran, paso a paso, la veracidad de sus imputaciones.

Una de las incidencias de ese proceso judicial le permite a Olmos enviar una carta abierta al ministro Domingo Cavallo, bajo el título “La indignidad de un ministro”. Allí sostiene, el 30 de junio de 1994: “El Juzgado Federal que investiga penalmente mi denuncia sobre la estafa de la deuda externa recibió del Banco Central los textos de algunos acuerdos celebrados con el FMI, pero en idioma inglés, porque el Banco no disponía de textos en castellano. Ante ello, el Juez reclamó a su Ministerio el envío de las correspondientes traducciones oficiales. En respuesta, su Ministerio comunicó que se hallaba gestionando ante el FMI (en Washington) las copias en castellano de dichos acuerdos. Vale decir: su Ministerio y el Banco Central se manejan en inglés. Y cuando se necesita volcar tales documentos al idioma del país, su Ministerio recurre a Washington para obtener traducciones al español (¡!). Fue así que, meses después del reclamo judicial, su Ministerio envió al Juzgado los textos en castellano que el FMI le remitiera. Y con membrete –por supuesto- del mismo Fondo. Este vergonzoso hecho –que los argentinos deben conocer- me obliga a señalar que su respuesta a la justicia de mi país constituye una afrenta a la dignidad nacional y una prueba de su desprecio a las instituciones y a la condición independiente de la República”. Sobre esta misma cuestión, lanza, poco mas tarde, un volante titulado “Traición se escribe en inglés”.

En esa época, con la colaboración de algunos compañeros del campo antiimperialista –entre otros, Norberto Acerbi, Luis Donikiany, Carlos Juliá-, Alejandro funda el Foro Argentino de la Deuda Externa.

Desde allí continúa la lucha infatigable: “Compatriota: te convocamos a una nueva guerra por la independencia, la lucha contra la Deuda Externa. Contra esa Deuda –fraguada y fraudulenta- donde se asienta un sistema de dominación y de injusticia… Esta no es la causa de un sector ni de un partido. Es la causa de todos… junto a los pueblos que, en la Patria Grande de la América nuestra, no se someten al poder financiero que roba y esclaviza”.

 

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Asimismo, viaja al exterior y participa en diversos congresos. A fines de 1998, expone, en Bruselas y Ámsterdam, acerca de “el caso argentino” –único país donde el tema de la Deuda ha sido planteado ante la justicia-, asistiendo luego al Encuentro Internacional realizado en Caracas y poco más tarde, en abril de 1999, presentando un informe ante el Tribunal Internacional de la Deuda, reunido en Río de Janeiro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras, el juicio continúa sustanciándose –lleva ya diecisiete años desde su iniciación- y acumula más de 30 cuerpos y 500 anexos. Las pericias han acreditado el carácter fraudulento de la deuda y los graves daños ocasionados al país. Su carácter delictuoso resulta evidente, llegándose al extremo de que el Banco Central reconoce carecer de registraciones sobre la deuda y para “la administración de la misma” se constituye un comité de siete bancos acreedores liderados por el Citibank, “comité que será quien determine cuánto debe el país, a quién y cuándo debe pagar”.

Cercanas las elecciones del 24 de octubre de 1999, Alejandro envía sendas cartas abiertas a los dos candidatos a presidentes –Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa- exhortándolos a oír el reclamo popular y “no pagar lo que no se debe, ni lo que es ilegítimo y a demandar la devolución de los pagos mal habidos, exigiendo reparaciones por los daños causados”. A Duhalde le imputa complicidad desde la función pública “al someterse a la trampa de los delincuentes internacionales”. A De la Rúa le refuta su compromiso de “honrar la deuda” y lo alerta especialmente sobre la posible designación –en el caso de triunfar- de José Luis Machinea como ministro de Economía, así como el posible nombramiento de Daniel Marx para negociar la deuda, sosteniendo que ambos ya se han desempeñado en gobiernos anteriores y no constituyen garantía alguna de desempeño en defensa de los intereses nacionales. La carta a De la Rúa termina proféticamente: “Y no olvide aquella sentencia del presidente Sarney del Brasil cuando advirtió: Deuda que se cancela con la miseria, ¡se paga con la democracia!

En esos días de noviembre o diciembre de 1999, me encontré con él por última vez. A los setenta y cinco años –no obstante la grave enfermedad que ya lo aquejaba- Alejandro Olmos mantenía plenamente sus ímpetus de luchador, así como sus proyectos. Me explicó que estaba dispuesto a remover cielo y tierra para lanzar nuevamente Palabra Argentina, pero ahora como diario. Era imprescindible –me dijo- estar todos los días junto al pueblo revelando verdades, acompañando sus experiencias… Por supuesto, le prometí mi colaboración, pero cuando le aduje que para aparecer diariamente se necesitaría una fuerte financiación, que estimaba muy difícil de lograr, hizo un gesto de contrariedad, como negándose a aceptar los obstáculos que imponía la realidad.

-Pero ¡como se le ocurre que no vamos a conseguir el apoyo financiero necesario! Pero sí, esté seguro que lo vamos a hacer… Y agregó, convencido: -Lo vamos a hacer porque es imprescindible hacerlo, ya mismo, pronto… En eso quedamos, y cuando nos despedíamos me comento con suma ansiedad: – Me informaron en el juzgado que la sentencia está por salir. Y reconoce todas mis denuncias, ¿qué le parece?.

Contó las moneditas para el colectivo –él, que hacía dos décadas que había entregado su vida a contar cómo engrosaba la deuda externa en miles de millones de dólares-, y se perdió entre el ir y venir de sus compatriotas, en el atardecer de la Plaza de los dos Congresos.

En ese verano del 2000 –apesadumbrado por la muerte de uno de sus hijos-, Alejandro da su última batalla, esta vez contra el cáncer. En la noche del 24 de abril un amigo me informó que había fallecido.

La sentencia del juicio de la Deuda fue dada a conocer recién 80 días mas tarde: el 13 de julio. Si bien los imputados quedaban sobreseídos por el transcurso del tiempo, la justicia reconocía como correctas las denuncias de Alejandro y dada la gravedad del asunto transfería el expediente –después de 18 años- al Congreso Nacional para que se informara y adoptara las medidas correspondientes.

Algunos amigos lamentaron que Alejandro no hubiese vivido un tiempo más para gratificarse al conocer esa sentencia que venía a dar razón a su larga y porfiada lucha. Seguramente le hubiese gustado leer detenidamente ese documento –como siempre, a microscopio, detectándole concesiones y sutilezas-, pero, de cualquier modo, los hombres como Alejandro Olmos no necesitan el reconocimiento de ningún juzgado, ni tampoco la necrología que le negaron casi todos los diarios. Como decía Arturo Jauretche refiriéndose a los luchadores nacionales que, como en este caso, “entran en todos los barullos, pero no en la listas de cobranza”, ellos están seguros de “ser los triunfadores, porque van a la lucha sabiendo que sólo son eslabones”.

 

     NORBERTO GALASSO

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