José Ignacio Rucci Argentino y Peronista

 José Ignacio Rucci


Argentino y Peronista

 

Para Vida y Militancia
por Claudia Rucci (InfoRegión.com.ar) y
por Ernesto Gutiérrez (Publicaciones de Revista Forjando, Jauretche Centro de Estudios, www.bancoprovincia.com.ar)

 

1


2

Pintura de  Carlos Gorriarena

Perón y Rucci en Ezeiza 17-11-1972

 

Lomas de Zamora, septiembre 2014

Claudia Rucci recordó a su padre.

La Universidad Nacional de Lomas de Zamora y la agrupación Felipe Vallese recordaron a José Ignacio Rucci durante una semana al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte.

 

“A los chicos de La Cámpora: Montoneros no atentó contra Rucci sino contra Perón”, Claudia Rucci.

 

 El momento más emotivo del acto llegó cuando, Claudia, hija del dirigente asesinado hace 41 años, recordó a su padre y compartió con el auditorio anécdotas de su infancia. “Estoy sumamente emocionada. Quiero agradecer a Diego (Molea) y los militantes de la Felipe Vallese por este reconocimiento”.

“Recuerdo a mi padre como un gran trabajador (…) Recuerdo un nombre que todo el tiempo se nombraba en casa, que era Perón (…) Recuerdo también unas cajas que no había que tocar, que era donde se guardaban las cintas que él traía cuando iba a ver al general Perón, de las que se hacían copias para que todos los compañeros pudieran escuchar su mensaje (…) También recuerdo cuando sonaba el teléfono a la madrugada y no había que moverse porque era el General que quería hablar con José para darle instrucciones”, recorrió Claudia.

Uno de los puntos risueños de las tantas historias que ilustraron el homenaje fue una anécdota de la hija de Rucci sobre la foto del paraguas: “Mi mamá que se llama Coca nos había cambiado para ir a recibir a Perón y mi papá no quería que fuéramos porque decía que era peligroso. Empezó una discusión y en un momento mi mamá le dice ‘Ojalá que te llueva’. No llovió por la naturaleza, fue la maldición de mi madre”, contó entre risas.

Luego, con seriedad compartió con los presentes una reflexión sobre aquella imagen. “En esa foto del paraguas yo siempre digo que se lo ve muy feliz a mi padre. Con la felicidad de la misión cumplida. Creo que es la foto más bella que tengo de mi padre. Ese paraguas no estaba allí sólo por la lluvia. Uno cuando camina bajo la lluvia y le pone el paraguas al otro lo está protegiendo. Ese fue el trabajo de mi padre hasta que lo asesinaron: proteger a Perón”, explicó.

Cerca del cierre de su alocución Claudia Rucci habló sobre el crimen del líder sindical. “A mi padre lo asesinaron porque era la única manera de quebrar a Perón. Quienes lo asesinaron no entendieron nunca nada y siguen sin entender nada. Quisieron enseñarle al General lo que era el Peronismo. No entendieron que cuando asesinaron a Rucci asesinaron el voto de millones de argentinos que creían en una patria grande y un pueblo feliz. No entendieron que cuando asesinaron a Rucci también asesinaron a Perón”.

Publicado por InfoRegión.com.ar el 23-09-2014


RUCCI, EL SINDICALISTA DE PERÓN
por Ernesto Gutiérrez


3


Se ha querido identificar a José Ignacio Rucci como parte de una burocracia sindical quietista, traidora y conservadora. Sin embargo, el recorrido por su vida gremial y política, que en los complejos años setenta lo encumbrará en la CGT, revelará un militante tan comprometido con los valores y los momentos fundamentales del peronismo como con la lealtad a su líder; y que pagará su activismo con la muerte. Ingobernable para los militares golpistas, odiado por el sindicalismo de izquierda y “clasista”, molesto para los sindicalistas “participacionistas” y para los políticos neoperonistas, Rucci fue abrigado como un hijo por Perón y para la mayoría del activismo sindical aún hoy es considerado el mejor y el más leal de todos nosotros. Su origen humilde, la participación activa en la Resistencia gremial a la dictadura antiperonista de 1955-58, su vertiginoso y hábil crecimiento como dirigente en el interior del sindicato metalúrgico (UOM) y su papel de unidad y de lealtad a Perón en una CGT completamente fragmentada, quizás expliquen la dimensión de militante y líder sindical que legó Rucci para su posteridad. 


A pocos meses de la dictadura antiperonista del 55, un joven escritor que había celebrado la caída del notable líder popular y que pasaba su tiempo leyendo en un bar de la ciudad de La Plata, escucha un diálogo misterioso sobre el paradero de unos fusilados. A partir de esta azarosa escucha nace Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, obra que acabará siendo el registro de la ruptura entre una porción importantes de las clases medias y su pequeña criatura política llamado Revolución Libertadora. No solo se verán definitivamente defraudados de aquella gesta que sólo unos meses antes habían celebrado como desnazificadora, sino que además a muchos de estos letrados hijos del 55 se les revelará tormentosa la brecha entre los intelectuales y el pueblo. Y comenzarán ese camino de nacionalización cultural que los integrará vitalmente al peronismo.

 

Sin embargo, la escisión cultural en la Argentina volverá a aparecer tras los efectos de largo plazo que nos ha deparado el genocidio de la última dictadura y la economía de mercado y de fragmentación social del neoliberalismo. Mucho se ha rememorado sobre el llamado peronismo de izquierda, a través de memorias, ensayos, películas, festivales, etc., y de aquel setentismo primaveral se ha guardado bastante poco sobre lo que doctrinariamente en vida de Juan Perón se denominó “la columna vertebral del movimiento”: el sindicalismo. Quizás porque la dictadura apuntó sus garras desaparecedoras sobre los cuerpos del trabajo y en particular sobre los delegados gremiales, y entonces no quedó más que el vencido silencio. Quizás porque la brecha entre los letrados intelectuales de la Revolución y los manuales hombres del sindicalismo no ha dejado de amplificarse en un modelo económico de desocupación. Y esta distancia se revela en el personaje histórico que nos toca biografiar: José Ignacio Rucci.

 

Las decenas de placas conmemorativas que primerean en la sede de la Confederación General del Trabajo se presentan como un notable contraste de la indiferencia de los investigadores –salvo mañosos panfletos de petit cojuncture política y una solitaria pero noble, rigurosa y señera biografía de Luis Fernando Beraza- y de la descalificación casi instintiva de una parte sustancial del peronismo de izquierda y de toda la intelectualidad progresista.

 

El desafío de nuestro artículo pasa por dilucidar por qué la mayoría del gremialismo argentino pondera a Rucci como principal mártir y héroe, y bajo el recorrido de su vida y obra se nos han revelado grandes mitos movilizadores del peronismo, de su doctrina y de su historia viva. Quizás esto explique la razón sindicalista, hegemonizada desde el 45 por la identidad peronista, de conservar con sabia paciencia la memoria de un incómodo para los otros y de el mejor de todos nosotros para los propios.

 

De la épica del ascenso social a la lealtad con Perón, pasando por su participación en la Resistencia, su organicidad sindical y su mirada estratégica de conjunto, en aquel “José” se verá condensado una valerosa porción de los valores sociales, culturales y políticos que el peronismo aún sostiene en su práctica y en su doctrina.

LA ÉPICA DEL ASCENSO SOCIAL: de Alcorta a la gran ciudad, 1912-55.

 

Hijo de un peón rural y de una ama de casa, “José” nace en la ciudad santafesina de Alcorta durante el año 1912, precisamente el mismo en el que los arrendatarios agrícolas se alzan heroicamente contra los grandes terratenientes y dejan una huella grande en la historia de las luchas nacionales. Abandonará la escuela por necesidades económicas y a los veinte años recalará en Rosario, donde trabajará de chocolatinero de cine, de “limpiatripas de frigorífico” –como contara él mismo- y finalmente en la verdulería del tío. Y en una de esas, un amigo lo invita a viajar a Buenos Aires en un camión de reparto del periódico El Mundo, que iba tan camino a la gran ciudad como los centenares de miles de compatriotas que desde el ´30 habían comenzado a emigrar desde todos los rincones del país, dando lugar a una nueva clase trabajadora urbana, síntesis del criollaje federal y de los inmigrantes gringos.

 

Al llegar a la Capital, trabaja de lavacopas, mozo y cajero en una confitería de Floresta y en otra sucursal ubicada en el barrio de Belgrano. Mientras alterna sus fines de semana futboleros con San Lorenzo, y tras varios trabajos ocasionales, en 1944 ingresa como operario en la Hispano Argentina, una fábrica de automotores, donde conocerá a Hilario Salvo, quien luego será secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), y a una delegada gremial de nombre Nélida Blanca Baglio, que terminará siendo su mujer y la madre de sus dos hijos: Aníbal Enrique y Claudia Mónica.

 

El 17 de octubre lo encontrará como uno más del “subsuelo de la patria sublevado” y comenzará su militancia gremial dos años después, al ingresar a la fábrica de electromecánicos Alejandro Ubertini, desde donde llegará a ser convocado por el sindicato a formar parte de la comisión paritaria. Pero tras la crisis económica de 1952 y su cambio de trabajo a la fábrica CATITA (Compañía Argentina de Talleres Industriales y Anexos), emergerá un verdadero dirigente sindical. Ejercerá como delegado electo sin licencia gremial y miembro de la Comisión Interna, y será reiteradamente valorado entre los compañeros por su valentía frente a la patronal -por ejemplo, durante una protesta por mejores condiciones laborales, llegará a encerrar en una habitación al Jefe de Personal- y por una notable oratoria en las asambleas.


“José” será contemporáneo de la fundación de la UOM, llevada adelante en abril de 1943 por un grupo de dirigentes de la “izquierda nacional” y como alternativa al gremio existente bajo conducción comunista. Asimismo, será testigo y parte del acelerado crecimiento de afiliados en la UOM: en 1943 con tres mil, tres años después con cien mil y en 1957, tras el derrocamiento de Perón, con 180 mil.

 

El pasaje de aquel hijo de peón rural a dirigente de la organización sindical más numerosa del país peronista refleja la incorporación de las masas urbanas y rurales a la vida política nacional, y de un modo que las convierte en protagonistas activas. Porque la fenomenal plebeyización de la élite política que produce el peronismo, en perjuicio del tutelaje de los “doctores”, está reflejado en todo el itinerario de Rucci. Décadas después como líder de la CGT, este rasgo será motivo de un encontronazo con un periodista, quien despectivamente lo calificará como “José Campera”, debido al cambio de vestimenta que había insuflado en la dirigencia sindical al abandonar las corbatas por las camperas. Y “José”, con una reparadora y justiciera ironía contestará: “son lujos de secretario general”. Venganza de clase, podría entenderse; justicia de clase, quizás dijera aquella abanderada de los humildes.

 

GLORIA DE LA RESISTENCIA: del Congreso Normalizador a la toma del Lisandro de la Torre, 1955-65

 

El golpe cívico-militar de 1955 encontró a Rucci con 31 años y desde CATITA con una importante influencia en la UOM Capital. Su responsabilidad gremial lo llevará a profundizar la resistencia en el ámbito sindical: en oposición al decreto que prohibía discutir todo convenio colectivo y salteando la intervención militar del sindicato, los delegados peronistas declaran una huelga por tiempo indeterminado para el 16 de noviembre de 1956. El investigador Daniel James dirá que son estos los años en los que el “revanchismo gorila y oligárquico” generará una mayor identificación entre Perón y las experiencias concretas y cotidianas de los trabajadores, y la resistencia artesanal y clandestina los dotará de un particular “orgullo de clase”. Por esos días, la conducción nacional del sindicato metalúrgico ya pasaba de hecho por un joven rubio de ojos claros, delegado de la fábrica Philips y cuyos compañeros apodaban “el Lobo”. Se trataba de Augusto Timoteo Vandor.

 

Será en el Congreso Normalizador de la CGT de 1957 donde se destacará Rucci. Como conclusión de la intervención del marino Patrón Laplacette, la dictadura de Aramburu apostaba a elegir (o ubicar) una conducción dócil en la central sindical a través de alianzas con sectores gremiales del radicalismo, el socialismo e independientes. Elegido congresal de la UOM, Rucci dará forma ad hoc a una comisión interna del Congreso que se encargará de unificar la posición de los peronistas y de bloquear el desarrollo fluido del encuentro, arbitrariamente establecido por el gobierno. Se logrará crear una comisión verificadora de credenciales revisando la cotización de cada gremio y ese “gran dirigente, un poco duro de boca”, como Andrés Framini (dirigente textil que días antes había sido elegido líder de una unificada pero clandestina “CGT Auténtica”) lo calificara décadas después, lanzará este grito de resistencia al plenario: “la Union Obrera Metalúrgica lanza su ´yo acuso´ al señor interventor Patrón Laplacette y a todos los ´lacayos´ que se prestan a estas cosas”. Finalmente, se logrará un acuerdo entre peronistas, frondicistas, comunistas y algunos independientes, y la posición “amarilla” (y lacaya) llevada adelante por los llamados “32 gremios libres y democráticos” será derrotada por un nuevo agrupamiento gremial: “las 62 Organizaciones Peronistas”, que pasará a ser la rama gremial del movimiento peronista y la rama política del peronismo en el interior del movimiento obrero organizado.

 

Semanas después, “las 62” se reunirán en la ciudad de La Falda (Córdoba), donde emitirán un programa político de profundo sentido nacional y socializante -por ejemplo, se exigirá una reforma agraria a través de la expropiación del latifundio- y el 10 de diciembre cerrarán el exitoso año de Resistencia con un acto en el Luna Park, al que concurrirán más de diez mil personas. Mientras llegaba a escribir un artículo en el emblemático periódico Palabra Argentina de Alejandro Olmos, aquel José nacido en Alcorta resultaba ser un activo protagonista de estas jornadas en las se soñaba con la “huelga general revolucionaria”.

 

A partir del acuerdo con Perón, durante los primeros días del gobierno de Arturo Frondizi se aprueba la Ley 14.455 de Asociaciones Profesionales, que restablecía el régimen peronista de sindicato único por sector y resultaba ser una subterránea plataforma para recuperar el poder sindical a pesar de la proscripción del peronismo. Con alta participación electoral, en la UOM logra triunfar la Lista Azul, encabezada por Avelino “El Gallego” Fernández -quien luego cede el secretariado general a Vandor- y apoyada activamente por Rucci. Este sector sindical mantendrá una conducta de confrontación con el gobierno desarrollista debido a la promoción de la inversión extranjera y en particular en 1958, frente al intento privatizador del Frigorífico Lisandro de la Torre, ubicado en el barrio de Mataderos. La intensidad del conflicto llevará a “las 62” a declarar una huelga general, por la que sufrirán inmediata cárcel más de doscientos dirigentes, entre ellos Vandor, el dirigente del Vestido José Alonso y el mismo Rucci, quien el 19 de enero será encerrado en un barco ubicado en Dársena Norte, para luego ser trasladado al penal de Santa Rosa (La Pampa) y ser liberado recién a principios de 1960. Sin embargo, a partir del plan CONINTES volverá a ser detenido y pasará dos meses en la cárcel de Caseros.

 

ORGANICIDAD SINDICAL: de la renuncia al sindicato a la intervención en San Nicolás, 1965-70

 

Salido de la secuencia de encarcelamiento, José se encuentra con que la fábrica CATITA, de donde surgía su licencia gremial desde 1957, había cerrado sus puertas y por cuestiones estatutarias, no pudo cobrar la indemnización. Y luego de haber sido elegido en dos ocasiones sucesivas (1960 y 1964) como Secretario de Prensa de UOM Capital, renuncia al sindicato por diferencias con Vandor y, fundamentalmente, con Avelino Fernández, Secretario General de Capital. A partir de un episodio en el cual este último acusa a su Adjunto José de Cursi de desvío de fondos, Vandor resuelve que éste sea apartado junto a Rucci, quien finalmente decide renunciar al gremio. Fernández declarará más adelante sobre Rucci: “Yo lo expulsé de la seccional Capital Federal por corrupto, y le dije a Vandor que no lo quería ni de portero”.

 

Viviendo en una pequeña casa de Villa Martelli (Vicente López), comprada a partir de un préstamo, y ya con sus dos hijos, el historiador Luis Beraza reconstruye la respuesta casera y familiar de Rucci frente a la preocupación de su mujer sobre qué iban a hacer en adelante: “Coca, vamos a vender la casa que estamos pagando, con la plata cancelamos la deuda que tenemos, y con lo que nos sobra compramos un taxi. Mientras tanto, nos vamos a vivir a la casa de la tía de la calle Los Patos, en Parque Patricios”. Sin embargo, en pleno crecimiento de la estructura del sindicato, recibirá un llamado de Vandor. Le propone ser interventor de la Seccional de Comodoro Rivadavia, oferta que acepta pero que inesperadamente más adelante se verá reemplazada por otra, que resultará un trampolín para llegar a la cumbre del poder sindical: la intervención de la seccional de San Nicolás, en agosto de 1965.

 

Primero había sido un conflicto interno de la UOM entre un secretariado local que estaba alineado con la conducción nacional y un adjunto más bien crítico y distante. Paralelamente, en la empresa estatal y siderúrgica SOMISA un grupo de dirigentes de izquierda estaba buscando fundar un gremio de fábrica o empresa, que iba a resultar un problema para conservar la homogeneidad orgánica del sindicato. Tras un primer grupo de interventores que envía la conducción nacional de Vandor, luego decide sumarle a Rucci, quien da un giro en la estrategia interventora y pone como primer objetivo ganar la Comisión Interna de SOMISA a través del armado de una lista diversa pero propia. Demostrando ya no sólo el compromiso orgánico con el sindicato en su conjunto sino también una fina capacidad política para superar adversidades, por ajustado margen se logra derrotar a la opción de izquierda y aquel “petiso” de nombre “José” será adoptado y recordado por los nicoleños, en un testimonio que recupera Beraza: “tenía una gran capacidad para exponer su pensamiento en las asambleas y no arrugar. Recuerdo una vez el caso de un delegado que había sido echado por Rucci y que terminó aplaudiéndolo en una asamblea.”

 

En lo sucesivo, en SOMISA se lograrán las demandas gremiales acumuladas, entre ellas la confección de un nomenclador de actividades y los regímenes especiales para tareas riesgosas, y particularmente en un contexto nacional adverso donde aquellas primeras expectativas de Vandor con el gobierno de Onganía ya habían trocado por el enfrentamiento directo. Sin embargo, aquel clima aldeano de victoria observará con sorpresa dos acontecimientos impactantes del año 1969. Primero el Cordobazo, que le pega el tiro de gracia al onganiato y a su sector sindical afín: los “participacionistas”. Y el asesinato de Vandor el 30 de junio, perpetrado por un grupo comando perteneciente a un sector marginal del peronismo.

 

Mientras tanto, Rucci se apresta a ganar soberana y autónomamente la Seccional de San Nicolás y entonces se hace imperioso conseguir un trabajo del sector en la zona: ingresa a la fábrica de llantas Protto Hnos.; y rápidamente organiza elecciones gremiales internas, donde su propia y única lista sale victoriosa. Entre sus miembros y como Secretario de Organización, se presentaba un joven Naldo Brunelli, que en décadas recientes ha tenido un papel protagónico. Y además, la lista de Rucci recibiría el apoyo de quien hasta la muerte de Vandor había sido un ignoto tesorero del sindicato, el mismo con quien había compartido cautiverio en aquel barco de la Dársena Norte y acaso quien se convertirá en nuevo Secretario General al derrotar a Fernández en los cuestionados comicios posvandoristas. Nos referimos al hombre de Villa Lugano: Lorenzo “El Loro” Miguel.

 

 

LO ESTRATÉGICO O LA MIRADA DE CONJUNTO: el secretario general de la CGT, entre clasistas y participacionistas, 1970-72

 

Todavía algunos sostienen que Rucci fue elegido secretario general de la CGT por órdenes de Perón. Sin embargo, será precisamente su capacidad de construir poder interno y sus habilidades políticas, las que llevarán a “José” a la cima del sindicalismo nacional. Conquistada la Comisión Interna en Protto Hnos., obtiene el Secretariado General de la Seccional, logra ser delegado metalúrgico en “las 62” y acuerda con Lorenzo sus aspiraciones a la titularidad de la CGT y a que ésta vuelva a su rol combativo y establezca como agenda central la vuelta de Perón.

 

El Congreso Normalizador de la CGT “Augusto T. Vandor” se inicia el 1° de julio de 1970 y el espacio de “las 62”, conducido por la UOM, propondrá como candidato a Rucci, quien deberá superar al grupo de “los 8” –expulsados de las 62 por orden de Perón, y con candidato propio-, a los “participacionistas” o Nueva Corriente de Opinión –donde se encontraban desde José Alonso, del Vestido, hasta Rogelio Coria de la construcción, que estaban envalentonados en empoderar a un dirigente del sector- y a los “no alineados” o independientes. De parte de Perón y a través de su delegado Jorge “El Colorado” Paladino, se recibirá sólo la siguiente indicación: “la mitad de los cargos y la Secretaría General o nada”.

Tras arduas negociaciones de más de ochenta horas, “las 62” logran encabezar la lista única con Rucci como Secretario General y de los pretendidos diez cargos, obtienen ocho, y los restantes lo reparten entre “los 8” y los independientes, para dejarles una pequeña porción a los “participacionistas”, quienes ya derrotados recién a último momento deciden sumarse a la lista única. Si bien “las 62” consigue ser la cabeza de la CGT, carecerá de mayoría propia en el Comité Central Confederal y deberá lidiar con numerosas internas e intereses encontrados.

 

Al poco tiempo y en circunstancias muy similares a las de Vandor, cae asesinado el dirigente sindical Alonso, con quien el nuevo titular de la CGT había mantenido reiteradas diferencias pero que por esos días habían comenzado a converger en la unidad. Dirá Rucci: “viste, la única vez que estaba en la justa, lo amasijaron”.

 

En setiembre, sorprende con un documento que interpela a la Iglesia, las Fuerzas Armadas, los Estudiantes y los Obreros, y que recupera los ejes de un programa nacional, socializante y revolucionario como aquel de La Falda de 1957 que había ayudado a elaborar y que en términos de contenido estaba en sintonía con aquellos de Huerta Grande (1962) y de la CGT de los Argentinos. Será también el puntapié inicial para establecer diálogos institucionales con numerosas organizaciones de la sociedad civil, entre ellas la Iglesia.

 

La conducción de Rucci en la CGT pondrá como eje central la vuelta de Perón, estrategia a la que deberá adaptarse todo el conjunto de tácticas circunstanciales, y que encontrará adversarios de diverso calibre e intensidad en los políticos neoperonistas, en los militares, en los sindicalistas “participacionistas” y tanto en el gremialismo “confrontacionista” como en el sindicalismo “clasista” de empresa.

Aquellos que apuestan a “un peronismo sin Perón” y priorizan construcciones y alianzas políticas locales serán conocidos como “neoperonistas”, quienes –según Rucci- parece que “quieran trenzar con el Gobierno: nosotros no. Yo a los políticos no les doy ni la mano”. Durante el desarrollo de un acto en Tucumán, ciudad que visitaba para resolver un conflicto de la CGT Regional surgido a partir de la alianza de su secretario general con el gobernador provincial, Rucci se apropia del micrófono y según consigna la crónica, recurre a “sus artimañas de orador de barricada”, pide un minuto de silencio “por los mártires y la compañera Evita”, entona la Marcha Peronista y “de allí en más el cónclave fue suyo”. Un activista presente declarará: “Cuando José se pone la camiseta peronista, mata”.

 

En los tiempos de la dictadura del general Levingston y precisamente sobre los militares será tajante: “no tengo un solo militar amigo; ni siquiera un conscripto”.

Sobre los “participacionistas”, quienes nunca perderán algún enlace negociador en los palacios de gobierno, Rucci tendrá duras declaraciones en un acto organizado en Salta: “hemos actuado hasta ahora como los agiotistas, que colocan la mercadería al mejor postor. El movimiento obrero es la niña bonita: todos la quieren sacar a bailar, incluso el gobierno con cargos graciosos. Fue la ocasión en la que los presentes corearon el siguiente cántico: “Vandor está en el cielo, Rucci en la pomada / y dentro de tres meses, Perón en la Rosada”. El dirigente Juan José Taccone, de Luz y Fuerza y considerado de aquella corriente, años después casi que realizará una confesión, al ponderar el acierto que significó la elección de Rucci como titular de la CGT: “le dio autenticidad al proyectar en la cúspide de la dirigencia gremial su imagen de base. Rucci supo conducir con habilidad a la CGT en medio de grandes contradicciones que se fueron presentando a medida que avanzaba el proceso político argentino en sus dos principales polos de atracción: peronismo en Puerta de Hierro y Lanusse, en Casa Rosada”.

 

Durante una primera etapa del sucesivo gobierno de Alejandro Lanusse, el líder exiliado avalará una línea negociadora como forma de cerrarle el paso al sector más duro de las Fuerzas Armadas. En las sucesivas citas oficiales con Lanusse, el secretario de la CGT le exigirá la puesta en práctica de la ley de convenios colectivos -para una negociación libre sin topes ni arbitrariedades- y la liberación de los presos políticos y sindicales, entre ellos la del gráfico Raimundo Ongaro y la del cordobés Agustín Tosco, ambos públicos detractores de Rucci.

 

Durante estos meses de la dictadura del liberal Lanusse, la CGT sufrirá reiteradas veces la suspensión de su personería legal y la retención de sus fondos, y será el mismo presidente de facto quien promoverá a un sector del peronismo encabezado por el inefable Guillermo Patricio Kelly a la difamación del titular de la central sindical, por ejemplo, acusándolo de ser propietario de estancias en Santa Fe y Punta del Este. Paradójicamente, buena parte de esta campaña injuriosa será retomada argumentativamente por sectores de la izquierda peronista y en la historia más reciente por el progresismo autóctono.


La cultura letrada ha reservado un singular espacio a la confrontación de modelos sindicales en torno a las figuras de Rucci y de aquel dirigente cordobés de Luz y Fuerza, Agustín Tosco. Alcanzará su momento más álgido en la publicación de dos solicitadas que el titular de la CGT le dedica a fines de 1972, una de ellas titulada “Las verdades escondidas tras el velo intelectualizado de dudoso dirigente gremial. A Ud. Señor Tosco me refiero”, y en el debate televisivo que los dos dirigentes protagonizan por el viejo Canal 11 en el programa “Las dos campanas”. Dejando de lado las disputas ideológicas (incluso, Rucci se reconocerá “admirador de la revolución cubana” y ya que “apoyaría toda revolución destinada a la liberación del pueblo”), allí se presenta por un lado la práctica gremial de Tosco y de la izquierda gremial en general, que considera que el mandato de los trabajadores se expresa “en las bases mismas” y a nivel local ; y por otro lado, la posición de Rucci y de la mayoría del sindicalismo, quienes ponderan un movimiento sindical vertebrado en cuerpos orgánicos, con una CGT centralizada en el secretariado general, el Consejo Directivo y el Comité Confederal, y descentralizada con 75 delegaciones regionales.

 

LEALTAD A PERÓN: el hombre de Perón en la CGT, vuelta, Pacto Social y tragedia, 1972-73 

Pero una vez abierto el camino de apertura electoral, Perón dará un volantazo e implementará una línea más intransigente del peronismo: elecciones limpias o nada. Héctor Cámpora será designado su delegado personal, y abrigará al referente de los sectores juveniles, Rodolfo Galimberti, y al más leal de los sindicalistas, Rucci, en perjuicio de Lorenzo. Y esta táctica más dura ofrecerá como resultado la vuelta del líder a su patria el 17 de noviembre de 1972, día lluvioso en el que aquel alcortense de nombre José sonreirá felicísimo y cediendo un paraguas a su jefe y padre político dejará grabada en la memoria colectiva su lealtad política.

 

Si bien públicamente parecía pasar a un papel secundario tras la designación de la fórmula Cámpora-Solano Lima, el sindicalismo peronista conservará un 25% de lugar en las listas electorales del 11 de marzo de 1973 y a los tres días del triunfo, Cámpora será recibido en la CGT, donde Rucci proclamará “el apoyo incondicional de los obreros al presidente electo”. Y fundamentalmente, Perón le encomendará a Rucci una doble tarea. Primero, homogeneizar la conducción de la CGT y de “las 62” bajo su lealtad, destronando “participacionistas” y evitando el crecimiento del clasismo y la izquierda sindical. En esta dirección, en febrero de 1973 se creará la Juventud Sindical Peronista y el propio Cámpora llegará a exigirle al gremialista cordobés Atilio López, del peronismo no ortodoxo, que abandone sus alianzas con sectores del clasismo y de la izquierda sindical.
Y segundo, le pedirá terminar de pulir el Pacto Social con la Confederación General Económica (CGE), que el 8 de junio se sellará con la firma del Acta de Compromiso Nacional, a menos de un mes de asumido el gobierno de Cámpora. Rucci declarará: “yo sé que con esto estoy firmando mi sentencia de muerte, pero, como la Patria está por encima de los intereses personales, lo firmo igual.”

 

La segunda vuelta de Perón del 20 de junio terminará en una batalla a los tiros entre los sectores internos del peronismo. Aquel emblemático “Ezeiza”, donde un oscuro organizador (el Tte. Cnel. Osinde) había buscado apoyo de seguridad en los barrabravas de la Juventud Sindical Peronista, significará efectivamente la sentencia fatal de Rucci para los sectores guerrilleros y de izquierda del peronismo, ya que públicamente terminará justificando el uso de armas en el acto. Sin embargo, no sólo el titular de la CGT siguió los acontecimientos desde la alejada sede de Azopardo sino que además buena parte de los grupos de seguridad ofertados por la JSP respondían más directamente a la UOM y al gremio SMATA que al propio Rucci e incluso un testimonio recabado por su único biógrafo desprejuiciado señala una fuerte discusión la misma noche de Ezeiza con Lorenzo Miguel, a quien le reprochará haber llevado armas largas al acto. Quizás la casi exclusiva acusación contra el jefe de la CGT se explique en el fluido vínculo que existía entre Lorenzo y la jerarquía de Montoneros y en la relación de lealtad inconmovible de Rucci con Perón.

 

Desde sectores montoneros, se iniciará un trabajo de inteligencia para asesinarlo y se sucederán reiteradas críticas a Rucci desde la publicación partidaria El Descamisado. Vale mencionar que a principios de año, en una visita de campaña a Chivilcoy, el Rucci había titular de la CGT había perdido a su secretario personal e íntimo amigo, Osvaldo Bianculli, en un confuso enfrentamiento con militantes de la Juventud Peronista que se habían acercado a increparlo. Incluso la izquierda peronista lo insultará a cánticos frente a Perón durante el desfile militante realizado el 31 de agosto frente al balcón de la CGT y que había sido organizado como “gesto” de negociación y consenso entre la rama sindical –Lorenzo- y juvenil –Montoneros-.

 

Al día siguiente del triunfo abrumador de la fórmula Perón-Perón, Rucci recibirá en la CGT un llamado de Perón, quien le solicitará la renuncia de todo el Consejo Directivo de la central y le manifestará: “yo no puedo empezar una gestión con dirigentes desprestigiados. A usted lo voy a reivindicar pero a los otros no”. Coherentemente leal al líder, Rucci responderá que “mi renuncia ya la tiene, voy por las otras”. Sin embargo, en la reunión de la tarde con la cúpula de la central, su reclamo será dilatado.

Y al día siguiente, el martes 25 de septiembre de 1973, la tragedia lo esperará al salir de su casa de paso, ubicada a metros del cruce de las avenidas Nazca y Avellaneda, en el barrio de Flores. Sin entrar en detalles y luego de haberse expuesto hasta hoy una diversidad de especulaciones -además de una publicitada pero sesgada investigación reeditada recientemente-, se puede afirmar que su asesinato estuvo a cargo de la regional Capital de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, grupo guerrillero que poco antes se había fusionado a Montoneros, pero que a pesar del aparente conocimiento de esta conducción sobre el plan de asesinato, tenían aquellas FAR un modo de accionar relativamente autónomo.

Aquel hombre llegado de Alcorta, había pasado sus últimos años durmiendo habitualmente en el último piso de Azopardo. Incluso había llegado a recibir gente en pijamas. Desde mayo de 1973 vivía con su familia en un pasillo al fondo de Flores, en una casa prestada por un amigo y colaborador como forma de evitar los viajes diarios a Ramos Mejía, donde estaba terminando de pagar un hogar propio. Quizás por esos pasos en falso que tan frecuentemente nos depara la historia, aquel sueño justicialista de la casa propia no pudo ser disfrutado en vida por quien quizás fue uno de los más generosos y entregados feligreses del peronismo.

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

Beraza, Luis Fernando; José Ignacio Rucci, Buenos Aires, Vergara, 2007.
Calello, Osvaldo y Parcero, Daniel; De Vandor a Ubaldini, Buenos Aires, CEAL, 1984, dos volúmenes.
Cernadas Lamadrid, Jorge C. y Halac, Ricardo; Rucci y el sindicalismo, Buenos Aires, Perfil, 1986.
James, Daniel; Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
Reato, Ceferino; Operación Traviata. ¿Quién mató a Rucci?, Buenos Aires, Sudamericana, 2012.
Senén Gonzaléz; Santiago y Bosoer, Fabián; El Hombre de Hierro. Vandor. Rucci. Miguel. Brunelli, Buenos Aires, Corregidor, 1993.
Senén Gonzalez, Santiago; “José Ignacio Rucci ´el soldado de Perón´”, en Todo es Historia, Buenos Aires, N° 314, septiembre 1993, pp. 8-22
Torre, Juan Carlos; El gigante invertebrado. Los sindicatos en el gobierno (1973-76), Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
Verbitsky, Horacio; Ezeiza, Buenos Aires, Contrapunto, 1988.
VV.AA.: Debate Rucci-Tosco, en Programa “Las Dos Campanas” (Canal 11), 13 de febrero de 1973, desgrabación.

Comments are closed.