Juan D. Perón, Roque Pérez y el destino de grandeza

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Juan D. Perón, Roque Pérez y el destino de grandeza


Juan D. Perón, Roque Pérez y
el destino de grandeza

Por Roberto Maffeis



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 La humildad, el sacrificio y el férreo vínculo con la tierra en sus primeros años, serán decisivos para el futuro conductor de los argentinos.

“Si Juancito Sosa pudo ¿por qué nosotros no?” (1)


 


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 El rancho donde nació Perón en Roque Pérez, antes y después de su restauración. Hoy es monumento histórico de la Provincia de Buenos Aires.

 

 

 

 Lo que sigue son unas breves reflexiones acerca de la incidencia que tuvo en la vida de Perón su nacimiento en la localidad de Roque Pérez, provincia de Buenos Aires en 1893.

 

 Va de suyo que no se trata de dirimir acá la polémica que existe, por ahora y durante un tiempo más hacia adelante, sobre si nació donde consignamos o en la vecina localidad de Lobos, distante a escasos 38 km. Pensamos que la misma está lo suficientemente esclarecida por la investigación de Hipólito Barreiro y que consta en su libro “Juancito Sosa, el indio que cambió la historia” (2) y por la declaración del propio Perón, “…Se afirma que fue el pueblo de Lobos quien me vio nacer. Ahí  hay una casa, las de mis primeros años, donde gateé, donde comencé a dar mis primeros pasos, pero que con toda seguridad no vio mi alumbramiento, pues éste había acaecido en Roque Pérez, Partido de Saladillo” (3),  y no es este el sentido de la apelación que promovemos en estas líneas. Entre otras cosas porque haber nacido en un lugar o en el otro en la década del 90 del siglo XIX, pensamos que no hubiese variado en mucho el temperamento de la criatura que vio la luz en ese entonces “por esos pagos” y que terminó siendo el más grande de los argentinos.

 

Lobos, por ese entonces, es ya un pequeño poblado con algunas casas más que su vecina Roque Pérez, pero, está tan vinculada al desierto verde de la Pampa Húmeda que la envuelve y la entorna en aquellos años, que poco hubiese hecho a la diferencia que apuntamos. (4)

Roque Pérez a su vez, bastante más pequeño, era poco más que la estación del Ferrocarril Sud (luego Roca) construida en el paraje en 1884 y un puñado de casas, entre ellas la de los Perón, tan de cara al desierto como la anterior localidad.

En ambos casos, la ligadura de los padres de Juancito al trabajo rural hubiese determinado de haber sido un lugar u otro el del nacimiento, la misma naturaleza de su carácter. Los vínculos con la tierra, con las necesidades y la crianza con los humildes como él, van a ser decisivos en su formación.

 

El libro apuntado posee un prólogo escrito por Julio C. González que es de tal profundidad y precisión, que nos atrevemos a transcribirlo íntegramente por ser el que revela la dimensión exacta de la trascendencia del nacimiento de Perón, a la sazón,  en aquel paraje.

 

“Argentina, año de 1983. Termina un siglo de guerras sangrientas. Levas para formar ejércitos para separarnos de España. Levas para formar ejércitos para integrar las huestes de las guerras civiles. Caudillos contra caudillos se enfrentan sanguinariamente por motivos diversos. Por presuntas diferencias ideológicas que nadie entiende. Guerras permanentes contra las provincias, del puerto de Santa María del Buen Ayre al cual arriban todos los buques del exterior. Epidemias de fiebre amarilla y de cólera. Muertes sin cesar para el gaucho mestizo. Muerte y esclavitud para el indio. Masacre de toda la población nativa. Al final del siglo, reemplazo de los muertos por millones de inmigrantes que en una Europa saturada de guerras sobran y molestan a los intereses todopoderosos.

 

Las familias inmigrantes se hallan en la misma situación que los autóctonos diezmados y en extinción. Empero, los inmigrantes han tomado una decisión trascendente y heroica nunca analizada: han cruzado un océano para comenzar de nuevo. Para ello han tenido que cortar con un arraigo milenario den la cultura y un religamiento de siglos. Empiezan de nuevo. Sólo cuentan con su inteligencia, sus habilidades y esperanza. Al igual que el gaucho y que el indio, han sobrevivido como muestrario humano de las matanzas de guerras sin fin.

 

Todo esto es la verdad que nos exhibe el censo de 1895. Cifras crueles. No ampulosa literatura de adjetivos calificativos que forman himnos y poesía imaginarios que nada tienen que ver con la cruda realidad de cada día que transcurre.

Quienes dirigen la Argentina no son aristócratas de una cultura y un espíritu humanista, ni maestros de creación para el bien común. No entienden la política como “la expresión más alta de la caridad y del amor al prójimo” (5), por el cual hay que velar siempre como lo hacen los médicos por el juramento hipocrático.

Son plutócratas cuya mentalidad sólo contabiliza pertenencias económicas y rentabilidades monetarias. Los gobernantes, en su gran mayoría, no son gente de bien. Son gentes con bienes.

 

Al despojado –indio, gaucho o inmigrante- se les sustrae el futuro de su trabajo de sol a sol. No tiene un pedazo de suelo para edificar su rancho. Se los desprecia con un sofisma muy curioso: los plutócratas enriquecidos son la civilización. Los otros son designados con un pleonasmo de marginación: indios, gauchos e inmigrantes son la barbarie. Para el léxico oficial carecen de conocimientos porque son brutos, no porque son pobres por causa del despojo que sufrieron y soportan. La legislación del despojante y saqueador legitima esta situación.

Esta gran masa de marginados no tiene derecho a procrear con el amor sublime. Sus hijos, como en el sistema de las casta brahamánicas, son considerados por los que mandan como un producto biológico para nuevos menesteres de trabajo. No son hombres y mujeres nacidos del amor y hechos a imagen y semejanza de Dios. No a imagen física, sino a imagen creadora del Dios del Universo que es fuerza de todas las fuerzas y causa de todas las causas.

 

Ser indio e hijo natural en esa sociedad de ficciones, de hipocresía y cinismo, no de verdades concisas y sustantivos era nacer condenado al desprecio y al aislamiento.

Valor y coraje sin par es también ahora correr el velo de todo esto. El doctor Hipólito Barreiro los asume.

 

Cuando se publique este libro los cuzcos dactilógrafos de la cultura oficial y la apostasía permanente no se lo van a perdonar: ni al autor ni al biografiado, el indiecito Juancito Sosa.

Los que administran el país, los plutócratas, son tan sólo gerentes o capataces de los que desde afuera nos gobiernan para beneficio exclusivo de los intereses domiciliados en esas latitudes lejanas. No importan qué bandera tengan.

El hombre argentino no vive ni convive: espera resignado. Los pueblos de la América saqueada no coexisten en sus penurias y aislamiento de los que no pueden ni siquiera quejarse. Silencio de hierro.

Ante esto, los cerebros y los espíritus argentinos más lúcidos y puros levantan su voz. Hacen letra la palabra al que no puede hablar. Diagraman a la perfección el régimen jurídico para construir una sociedad superadora de las miserias.

Juancito Sosa, indio e hijo natural, como lo acredita en esta investigación exhaustiva el doctor Hipólito Barreiro, el chico que está sólo y espera.

No desespera. La Divina Providencia le ha dado una inteligencia agudísima y fuera de lo común Es un ser excepcional. Esa es la única herramienta que tiene para salir del estamento en que nació y cumplir una misión que le da su Destino: cambiar la vida de millones de niños a los que sólo aguarda la soledad y el fracaso cuando salen del vientre de sus madres. Son los que no ven ninguna luz en el lunel. Igual que ahora.

 

Juancito Sosa será, pues, la semilla germinante que hará nacer, procrear y crear a millones de semillas humanas, argentinas e iberoamericanas que nunca hubieran germinado si no hubiese existido una voz de un ser que los impulsara.

Juancito Sosa tenía que redimirse y redimir a sus hermanos. Para ser mesías de ese pueblo tenía que ser mesías de sí mismo.

El indiecito Juancito Sosa era, pues la semilla que la Divina Providencia había reservado para hacer una Nación y un Pueblo que se atrincherará en el Estado Nación Argentino (estructura jurídica que todavía no se ha formado) para albergar por siempre a los argentinos definitivos e irremplazables.

Juancito Sosa, semilla de indio, gaucho mestizo e inmigrante vasco francés, era el que iba a reunir a todos los argentinos que estaban y están solos. Que esperaban y continúan esperando que el hombre argentino asuma el rol que le corresponde en el concierto armónico de las civilizaciones.

Ese hombre argentino que no germina porque lo continúan sepultando la avaricia, el interés y la mezquindad insaciable de los poderosos.

 

Juancito Sosa iba a construir un pueblo de hombres y mujeres de carne y de huesos que viviesen dignos y felices. No de sociedades anónimas que son “monstruos sin alma” conforme al concepto de ese eximio jurista universal de fines del siglo pasado que fue Rudolph von Ihering. Una Nación Argentina que fuese para siempre socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

 

Esta obra del doctor Hipólito Barreiro no es tan sólo importante sino trascendente. Demuestra que por su genética cultural, Juan Domingo Perón Sosa tenía un pensamiento diferente. Nada que ver con los rigurosos mitos, dogmas y esquemas que desgarraron a Occidente.

Juancito Socia fue la síntesis, como él mismo lo expresara en una de sus obras (6), de la intuición y de la razón. Las dos vías para llegar al conocimiento conforme a Platón, a San Agustín y a Malebranche.

 

El doctor Hipólito Barreiro inaugura con esta obra la reconstrucción histórica de la Argentina existente y real que permaneció ignorada por generaciones. Algo muy distinto del revisionismo histórico que consistió en mantener una galería escultórica de presuntos próceres y patriotas donde se permutaba una apellido por otro, y una escultura por otra, pero donde la historia del despedazamiento de la Argentina y de los Argentinos no se menciona ni se analiza.

El revisionismo consistió en reemplazar una estatua por otra, como ya lo hemos dicho. No en señalar a la Nación y al pueblo argentino una nueva huella para salir del pantano del fracaso y de la desintegración de los hombres y de las mujeres que integran generaciones siempre truncadas.

 

Con este libro, Juancito Sosa vuelve a hablar. Revive en los millones de marginados por falta de trabajo. Resucita en los miles de masacrados de 1976 a 1983. Regresa en los millones de argentinos emigrados que se fueron, expulsados por la destrucción de la Argentina industrial, tecnológica y científica creada por él, en los años que corren desde 1943 hasta 1955.

 

Si Juancito Sosa pudo ¿por qué nosotros no? Es la pregunta que deben hacerse todos lo que lean este libro. Es un libro que puede  transformar a la Argentina actual en su pensamiento, en sus sentimientos y en su acción política. Atrás podrán quedar la pesadumbre y la resignación.

Juancito Sosa es el Perón que vuelve como el mesías que ha de reiniciar su misión –y vuelve de cuerpo entero- para quedarse como piedra angular. De esa piedra angular que son sus manos. Sí esas manos que, cortadas en una acto de nigromancia repugnante, serán, después de la lectura de este libro, las manos fuertes de cada uno de los argentinos que vivirán en el siglo XXI. Los del tercer milenio, lo que trasformarán esta Argentina atrozmente injusta, económicamente esclava y política y jurídicamente triturada, en la Argentina de la vida plena de creación para millones de seres humanos felices. En Argentina que parirá el hombre cósmico que habrá de nacer en las raíces de las inteligencias marginadas tal como lo profetizaron José Vasconcelos refriéndose a Iberoamérica y Miguel de Unamuno cuando, a principios de siglo escribió que España y el espíritu latino serán rescatados por América.

 

La vida del autor: médico rural en la Argentina de su juventud, médico filántropo durante sus 17 años en África Negra; embajador de la República Argentina, del Presidente Juan Domingo Perón Sosa, en la sufriente Liberia; exiliado argentino en los años 1976-1983 y médico otra vez, que lega a las futuras generaciones el apostolado de esta reconstrucción histórica de Juancito sosa, y que continúa, sin transar y sin rendirse, hasta la victoria definitiva de la vida sobre la muerte.

El libro es una lección de vida y de esperanza que será perenne para todos los hombres y mujeres de nuestra América desvastada. De nuestra Iberoamérica que habrá de nacer y ser independiente de todos los egoísmos económicos.”





Bibliografía y Documentación de apoyo

  1. González, Julio C. en el prólogo a la primera edición de “Juancito Sosa, el indio que cambió la historia”, de Barreiro, Hipólito, Ed. Tehuelche, Bs. Aires, 2000
  2. Barreiro, Hipólito, Ob. cit.
  3. Perón, Juan D, en “Yo Perón”, Pavón Pereyra, Enrique, Editorial MILSA, 1993
  4. Establecemos una pequeña discrepancia con Hipólito Barreiro, porque pensamos que el trabajo en el campo de Juana Sosa, madre de Juancito, era desde Lobos o desde Roque Pérez indistinto y este cabalgaba en la montura de su madre desde la más temprana edad. Ergo: el temperamento se modeló desde ambos lados.
  5. Pío XI
  6. Perón, Juan D. en “Conducción política”, 1951

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