DISCURSO DEL CNEL. PERÓN AL INAUGURAR LA DIVISIÓN DE TRABAJO Y ASISTENCIA DE LA MUJER EN LA SECRETARIA DE TRABAJO Y PREVISIÓN 3 de octubre de 1944

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DISCURSO DEL CNEL. PERÓN AL INAUGURAR LA DIVISIÓN DE TRABAJO Y ASISTENCIA DE LA MUJER EN LA SECRETARIA DE TRABAJO Y PREVISIÓN 3 de octubre de 1944

 

 

 

DISCURSO DEL CNEL. PERÓN AL INAUGURAR LA DIVISIÓN DE TRABAJO Y ASISTENCIA DE LA MUJER  EN LA SECRETARIA DE TRABAJO Y PREVISIÓN

 

3 de octubre de 1944

 

 

 

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El Cnel. Perón es esperado a diario por trabajadores en la puerta de la Secretaría de Trabajo y Previsión

 

 

 

Dentro de nuestra inmensa tarea de poner orden en el complicado mecanismo social argentino, toca hoy el turno al trabajo de la mujer, un tanto olvidado y descuidado a pesar de su extraordinaria importancia presente. Más de novecientas mil mujeres de nuestro país intervienen en la producción, desempeñándose en los más variados oficios y profesiones.

Dignificar moral y materialmente a la mujer, equivale a vigorizar la familia. Vigorizar la familia es fortalecer la Nación, puesto que ella es su propia célula.

Para imponer el verdadero orden social ha de comenzarse por esa cédula constitutiva, base cristiana y racional de toda agrupación humana. Hablamos de una organización superior que imponga un orden que no sea una presión ejercida desde fuera de la sociedad, sino un perfecto equilibrio que se suscite en su interior.

Para suscitar ese equilibrio interno, no basta un frío cuerpo de legislación mecánica, sino que es menester la seguridad del ejercicio de una justicia humana y segura, de que han carecido muchos legisladores y gobernantes. Por eso es que, sin cierta afición nativa a la justicia, nadie podrá ser un buen político.

La División del Trabajo y Asistencia de la Mujer, cuya creación celebramos hoy, es una necesidad social y la conciencia del deber de resolverlo, ha movido a esta Secretaría a concretar tal obra. 

Aquí hallarán eco las sanas inquietudes y apoyo las legítimas aspiraciones de la mujer argentina de hoy, que con su colaboración honorable y destacada en las labores intelectuales o científicas, en la docencia, en el comercio y en la industria, sabe sacar energías de su propia debilidad, para cooperar con el hombre en la elaboración de la grandeza de la Patria.

La sociedad moderna no restringe el trabajo de las mujeres, pero está en la obligación de asegurarles una eficaz protección, una mejor retribución de su esfuerzo, una asistencia, un apoyo y una ayuda oportuna y constante.

A esa alta finalidad ha de dedicarse por entero el nuevo organismo que hoy indica su labor.

La Secretaría de Trabajo y Previsión ha querido poner al frente de esta nueva División a una distinguida mujer, la doctora Lucila De Gregorio Lavié y la señorita profesora e inspectora del Consejo Nacional de Educación, María Tizón, quienes con talento, virtud y entusiasmo, representan la máxima garantía a que puede expirar el Estado.

Dentro de nuestro sistema institucional, la asistencia y la tutela jurídica que el Estado debe prestar a la mujer, se manifestará principalmente en una legislación apropiada y humana.

La forma de salvaguardar sus justos derechos y de satisfacer sus verdaderas necesidades, está en ampliar y perfeccionar la legislación que la protege y ampara. Las particularidades propias del trabajo femenino deben determinar en el país la existencia de una legislación especial; pero en nuestro caso adolece del defecto de que la integran leyes que son a menudo confusas y que no abarcan la totalidad del problema. Requieren una articulación nacional y una recopilación en cuerpo único, que constituyan el estatuto de la mujer que trabaja. En la preparación del mismo, la División del Trabajo y Asistencia de la Mujer, en manos auspiciosas, ha de asegurar los elementos para llegar a una base sólida y segura.

Es menester persuadirse de que para que las leyes del trabajo de la mujer, dejen de ser frías enunciaciones teóricas, deben ser objeto de una eficiente aplicación, que no puede quedar librada a la voluntad de quienes están obligados a cumplirlas, sino que deben estar sometidas a un severo contralor. Todo ello debe ser debidamente contemplado en la regulación jurídica de las normas que rigen las actividades femeninas del trabajo.

Siendo así, tarea de coordinar, de ampliación y de perfeccionamiento de la legislación vigente, el proyecto de Estatuto del Trabajo Femenino, será el instrumento legal para la defensa y dignificación moral y material de la mujer que trabaja.

Poco será todo cuanto se haga para evitar la explotación del trabajo de las mujeres, pues ellas contribuyen a ampliar con su esfuerzo meritorio el campo de la producción, aseguran la vida honesta y digna de sus hogares y contribuyen de manera efectiva al engrandecimiento del país.

El salario inferior de la mujer puede convertirse en factor de explotación y competencia desleal para el hombre, perturbar la economía y generar una baja en los salarios generales.

El establecimiento del principio de igual salario por igual trabajo es por ello fundamental para la existencia de una verdadera justicia social y un normal desenvolvimiento del trabajo.

Si la organización moderna de la sociedad exige a las mujeres el doble esfuerzo en funciones dentro y fuera del hogar la retribución adecuada a su labor pasa a ser un imperativo elemental de esa justicia. Aparte de que los salarios femeninos por debajo del nivel de vida y del salario vital individual, traen consecuencias graves de índole física y moral, que el Estado está en la obligación de evitar.

Si he de confesar la verdad, os diré que de todas las tareas emprendidas aquí, ninguna es para mí tan grata como ésta. No solo porque se trate de la mujer, que respeto y venero como la mejor creación del Supremo Hacedor, sino también porque reconozco lo que la mujer representa en la historia de la Patria y en su grandeza presente, que hace que la Argentina no tenga que recurrir a la legendaria Esparta para encontrar ejemplos de la grandeza heroica de sus mujeres.

Pertenezco a un grupo de hombres que ha hecho de los valores morales el escudo contra todas las debilidades humanas y el baluarte de los magnánimos contra la vacuidad de los pusilánimes.

Pensamos que el hombre tiene una misión creadora, vivir y ser, es producir grandes obras; no existir, conservarse, andar entre las cosas que ya están hechas por otros.

Nuestras mujeres empiezan a sentir nuestras inquietudes porque comienzan a comprenderlas y porque en último análisis, ellas son tan sensibles como nosotros.

Dichosos los pueblos donde sus mujeres se interesan en los problemas de los hombres, desgraciados los países donde las mujeres desertan de la austeridad de sus hogares para refugiarse en la esterilidad de frívolas distracciones intrascendentes y secundarias.

 

 

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